Actuar como Jesús (6)

¿LATIGAZOS EN LA CASA DE ORACIÓN?

Según el evangelio de Juan, no muchos días después de la boda en Caná de Galilea, Jesús subió a Jerusalén. Allí “halló en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas allí sentados. Y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos, y a las ovejas y los bueyes; y esparció las monedas de los cambistas, y volcó las mesas; y dijo a los que vendían palomas: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre, casa de mercado (Juan 2:14-16)”.

¿Cómo se explica que el dulce y amoroso Maestro de Galilea realizara un acto de violencia radical? Empuñó un látigo, volcó las mesas, expulsó abruptamente a personas y sus pertenencias. ¿Puedes imaginar la escena?

Hace un año mi esposa y yo presenciamos una obra sobre la vida de Jesús en el teatro “Sight & Sound” de Pennsylvania, Estados Unidos. ¡Qué presentación tan impresionante! Cuando llegó ese momento de Jesús en el Templo casi me paralizó el corazón. Aunque ignoro las veces que he leído esa narración bíblica, pensé que a los creadores de la obra se les había ido la mano. ¿Jesús actuando de forma impetuosa, echando a gritos y golpes de látigo a la gente y sus turbios negocios? No me agradó, aunque poco a poco reaccioné: ¿acaso usaría el azote de cuerdas solo para impresionar?

Al escuchar el primer latigazo salté en mi asiento. Aterrado, vi que Jesús desbarataba de forma violenta los cobertizos y las mesas mientras los actores y animales huían despavoridos por los pasillos del inmenso auditorio. Por primera vez en mi vida y después de 50 años de ministerio pastoral, comprendí los sentimientos de Jesús al actuar así. Él se indignó al entrar en los atrios del Templo y comprender lo que sucedía.

Se acercaba la fiesta de la Pascua y como el deseo de celebrar la fiesta en Jerusalén ─al menos una vez en la vida─, era el anhelo de todo creyente piadoso, los judíos venían de todas partes. Los mayores de 19 años debían pagar un impuesto que consistía en medio siclo galileo, equivalente a día y medio de trabajo del obrero común. Como en Palestina se usaban otras monedas además de la local (romana, griega, egipcia, etc.); los cambistas se ubicaban en el Atrio de los Gentiles para facilitar el cambio de moneda a los que llegaban de lejanas tierras. Los viajeros podían cambiar su dinero en cualquier lugar, pero en el Templo la comisión por tal servicio era más alta.

También se vendían los animales necesarios para las ofrendas y sacrificios: becerros, corderos y palomas. Aunque los peregrinos a veces traían sus propios animales, podrían ser rechazados debido a las exigencias de la ley para ser sacrificados. Por ello, y para facilitar a los peregrinos encontrar todo lo necesario, comenzaron a ofertarse allí, lo cual pronto degeneró en un negocio lucrativo. ¡Las autoridades del Templo, en contubernio con los vendedores, rechazaban los animales traídos por los peregrinos, obligándoles a comprar los que allí se ofertaban a precios exorbitantes! El Atrio de los Gentiles, se convirtió en un bullicioso mercado, extorsionador y corrupto hasta la médula.

Allí, en el único lugar del Templo al que podían entrar todos los visitantes, fueran israelitas o no, los intereses mercantiles terminaron sobreponiéndose a la piedad. Si algún extranjero de visita en Jerusalén, quisiera llegar al Templo para orar y adorar al Dios de Israel, el único lugar donde podría entrar ─el Atrio de los Gentiles─, solo ofrecía una experiencia mercantil bulliciosa, donde las ofertas de precios y las discusiones dominaban el ambiente.

En el sitio más añorado y sagrado de Israel, primaba una atmósfera de competencia, enriquecimiento y mercado. Además, el peregrino que llegara emocionado a adorar “en los atrios de la casa de Jehová (Salmo 116:19)”; para ofrecer sus ofrendas y sacrificios, podría ser estafado sin el menor escrúpulo. ¿Cómo Jesús no iba a airarse? Él, que entregaría voluntaria y generosamente su vida para salvar y justificar a muchos (Isaías 53:11); se horrorizó por la usura y mezquindad de vendedores y cambistas. ¿Permanecería impasible viendo extorsionar a quienes buscaban de Dios el perdón de sus pecados? Estudiándolo bien, la reacción de Jesús al echar a los usureros ─aunque tuviera un látigo en sus manos─, fue un acto bondadoso y justo para quienes allí eran engañados. Desde siglos atrás, los profetas advertían sobre la incoherencia del sistema sacrificial del Templo: “¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios? Hastiado estoy de holocaustos (…) no me traigáis más vana ofrenda (…) son iniquidad vuestras fiestas solemnes (…) aprended a haced el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego y estemos a cuenta… (Isaías 1:11-20)”. Si dudas de la justeza y bondad del acto de Jesús, lee en tu Biblia todo este pasaje, del cual solo lo he copiado fragmentos.

El Jesús de Nazareth amoroso y tierno que tenemos en nuestras mentes, jamás reclamó nada para sí, mostrando nobleza inigualable. No merecía sufrir, más lo afrontó todo con humildad hasta lo sumo. “Angustiado él, y afligido, no abrió su boca. Como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca (Isaías 53:7)”. Clavado a una cruz horrenda, pidió perdón para sus ejecutores pues no sabían lo que hacían. Debiéramos añadir al concepto admirable que tenemos sobre él, su violento desempeño en el Templo, porque en nada demerita al ser más bondadoso y amante que existió. Por lo tanto, opongámonos duramente cuando percibamos en alguien pretensiones de usar la obra de Dios para su enriquecimiento ─aunque no usemos el látigo─, ya que carecemos del carácter impecable de Jesús. Del mismo modo, debiéramos oponernos duramente cuando veamos que algunos usan la obra de Dios para su encumbramiento, abuso de poder o para extorsionar a los más pobres e infelices. En eso también es necesario actuar como Jesús.

Los creyentes actuales enfrentamos peligros inmensos, pues normas empresariales y de mercado cada vez resultan más atrayentes a algunas iglesias y organizaciones cristianas. Años atrás tuve contacto estrecho con instituciones aferradas a su propósito misionero de alcanzar y bendecir personas ─y a la convicción de que existían para dar gloria a Dios─, que no ansiaban más capital que el suficiente para emprender la propia misión. Creían que si eran fieles mayordomos, Dios proveería siempre lo necesario. Hoy los conceptos de rentabilidad y solvencia económica dominan instituciones cristianas que, al no ser productivas al estilo de empresas seculares, venden al mejor postor propiedades icónicas, otrora destinadas a propósitos altamente espirituales. ¿Cambió el Dios en quién creían? ¡Imposible! ¿Cambiaron las convicciones doctrinales y éticas que sustentaban sus proyectos? Tal vez.

Y no es que desechemos o modifiquemos propiedades y proyectos si Dios nos guía a ello, ni que renunciemos a cobrar un precio justo ─sin intención de lucro─, por servicios o materiales cristianos que a su vez, bendigan a quienes los disfruten y ayuden a suplir para la misma obra. Lo inconcebible es el espíritu que da por desechable lo que no permita, a toda costa, fuertes ganancias económicas. ¿Será difícil recordar que la herencia incorruptible en la obra de Dios no tiene nada que ver con las riquezas de este mundo? Permitir que instituciones cristianas se conviertan en mercados altamente lucrativos, las apartará poco a poco de su verdadera misión. Sabemos cómo pensaba Jesús al respecto y como denominó a quienes, pese a todo, continuaron haciéndolo… ¡evitemos ser como ellos y actuemos como él!

Dios continúa siendo el mismo. Él seguirá supliendo lo necesario para su obra y sus hijos fieles. ¿Acaso lo dudas?

Alberto I. González Muñoz.


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