
Frecuentemente solemos pensar que ya no somos valiosos para algunas personas que antes eran importantes para nosotros. ¿Te sucedió así alguna vez? Tras muchos años sin vernos, un compañero de la escuela primaria corrió emocionado a saludarme en una iglesia a donde fui invitado a predicar.
—¿Y tú eres…? —le pregunté al abrazarlo, sin reconocerle.
Él, muy entristecido, me expresó su queja:
—Siempre que coincidimos en algún lugar no me reconoces… ¡Y tú eras el amigo más querido de mi infancia! ¿Signifiqué tan poco para ti?
Apenadísimo, intenté consolarlo:
—Nunca digas eso. Me reconociste porque sabías que hoy predicaba aquí. ¡Hemos cambiado tanto!
Muy atribulado, mi amigo olvidado insistió:
—Nunca pensé que no me recordarías. ¿Me borraste de tu vida?
Pocos sucesos resultan más devastadores que el hecho de sentirnos ignorados. Por ello la Biblia dice que Dios nos amó y escogió desde antes de la fundación del mundo… habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Efesios 1:4-5). Saber que Dios nos conoce y tiene un plan con nuestras vidas nos eleva más allá de las estrellas. Si en la explicación científica del inicio de una vida humana la fecundación es un milagro fortuito de la naturaleza, es consolador saber que sin importar las circunstancias que rodearon nuestro nacimiento, Dios nos conocía antes de que nos formásemos en el vientre de nuestra madre.
El valor de tu vida para Dios te concede una seguridad inefable de su amor y cuidado. David, el cantor de Israel, lo sabía: Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:16).
Isaías el profeta lo proclamó: Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre… (Isaías 49:1). Dios mismo dijo a Jeremías: Antes que te formase en el vientre te conocí… (Jeremías 1:5). Pablo también lo expresó: me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia (Gálatas 1:15). Y Jesús dijo: aun vuestros cabellos están contados (Mateo 10:30).
Dios nos reconoce personalmente aunque formemos parte de una multitud. Incluso, si confundidos por mezquinos intereses nos alejamos de su presencia, habrá fiesta en los cielos el día que regresemos a él buscando su perdón y ayuda. ¡Puedes confiar en ello! Como el padre de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-20), él corre, se echa sobre nuestro cuello y nos besa.
Así son las riquezas de la gracia de Dios. ¡No olvides eso jamás!

Hermosa reflexión sobre nuestra valía ante Dios. ¡ Saber esto,nos anima a amar y sentirnos amadis!
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