Por fe, no por vista

Durante los últimos tiempos, debido a la duración de la pandemia, se ha vuelto usual escuchar con frecuencia que todavía no vemos la luz al final del túnel. Los túneles son vías subterráneas o submarinas que nos permiten atravesar montañas, ciudades, ríos y hasta mares. Los primeros se construyeron a finales del siglo XIX y hoy hay alrededor de 200 de ellos en todo el mundo.

Cuando son largos —algunos tienen varios kilómetros—, aunque los consideremos seguros, siempre que atravesamos algún túnel nos agrada ver la luz que lógicamente anuncia la salida. Hay pocas sensaciones más desagradables como la de verse en un túnel donde ocurre un accidente o se detiene el tráfico por alguna razón. ¿Te ha sucedido alguna vez? A mí sí. Es una situación muy opresiva que tiende a desesperarnos.

Lo mismo nos ocurre cuando inmersos en situaciones difíciles no vislumbramos cómo van a terminar o resolverse los problemas que nos afligen. En circunstancias tales, solo la fe puede ayudarnos. Por eso la Biblia enseña que la fe es la convicción de lo que no se ve…  

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¡Ahora sí sabemos!

Cuando en diciembre del año 2019 escuchamos de una nueva y grave neumonía viral en una remota ciudad de China, muchos no le dimos importancia a la noticia. Con la ayuda de Dios y los actuales conocimientos científicos, era un suceso demasiado lejano como para preocuparnos. ¡Qué ilusos fuimos! ¿Será que los últimos adelantos científicos y tecnológicos obnubilaron nuestra visión y creíamos que la tierra ya estaba libre de tales flagelos? Como disfrutamos de tanto desarrollo y múltiples pasatiempos atractivos, nos cuesta comprender que la vida pueda tornarse trágica cuando menos lo esperamos. Aunque la historia intente recordárnoslo, preferimos ni pensar en ello.    

Si deseas conocer sobre pandemias anteriores, busca en el sitio https://www.elagora.com el artículo: ¿Cuáles han sido las pandemias peores de la historia? ¡Te sorprenderás! Aunque la actitud cristiana es de fe y confianza absoluta en el Señor ante cualquier evento semejante, somos muy frágiles ante tales amenazas. Las enfermedades y catástrofes naturales, los accidentes de cualquier tipo y los inevitables conflictos humanos pueden alterar de súbito el curso de nuestra existencia.

La Covid-19 invadió el planeta en un par de meses y continúa causando muertes, dolor y mucho desasosiego destrozando la economía y las mejores aspiraciones de muchos, provocando también diversidad de pugnas y controversias. A casi dos años de su aparición, ansiamos desesperadamente librarnos de ella y de todas las restricciones higiénicas, pues la vida es casi intolerable con tantas limitaciones. Sumémosle además las noticias diarias sobre catástrofes naturales, conflictos sociales y conductas humanas deleznables. ¡En qué mundo vivimos!  

Ya han enfermado casi 240 millones de personas, de los cuales cerca de cinco millones fallecieron. A la vez, se han alterado radicalmente las costumbres, los hábitos de vida y nuestras relaciones afectivas. La labor normal de iglesias, instituciones y ministerios cristianos se ha afectado en todo el mundo. ¿Qué sucederá después que los terrícolas más civilizados de la historia hemos mostrado en este tiempo aciago tanto desatino, dando paso a un egoísmo y una irritabilidad rabiosa? Un estudio de la Universidad de Queensland (Australia), tras obtener datos en 204 países, afirma que el año pasado hubo 129 millones de casos importantes de desórdenes depresivos y trastornos de ansiedad. ¿Cómo serán los datos del presente año dada la permanencia de la pandemia? Y lo peor: la mayoría de tales casos fueron jóvenes de edades entre los 20 y 24 años. ¿No es preocupante?

El escenario pandémico ha sido muy complejo. No faltaron falsos profetas declarando un fin rápido y total de la enfermedad y algunos médicos y varios youtubers sugiriendo curas sencillas y milagrosas tan vanas como las mismas profecías. Han abundado reacciones contrastantes con respecto a las mascarillas, medidas sanitarias, las vacunas y los medicamentos, ha aparecido una avalancha infame de noticias falsas o tergiversadas, enardeciendo un ambiente ya delirante. ¡Es difícil entender todo lo sucedido! Como cristianos, se hace imprescindible mostrar un testimonio eficaz que logre el impacto salvífico, bienhechor y esperanzador del glorioso evangelio que predicamos. ¿Cómo lograrlo en circunstancias tan caóticas y llenas de desconfianza?  

Aunque los creyentes y las iglesias han clamado a Dios fervorosamente, más que desaparecer, la Covid-19 sigue siendo una pesadilla recurrente. Por lo tanto, nos urge recordar que no somos los primeros terrícolas atacados por una pandemia desastrosa. A pesar de los colapsos hospitalarios ocurridos hasta en los países ricos y los posibles errores o indolencias humanas al combatir la enfermedad, hoy poseemos recursos que nuestros antepasados desconocían cuando enfrentaron eventos peores.

Al final de este escrito verás un gráfico sobre las pandemias ocurridas anteriormente. Si nuestro nivel educacional, científico y tecnológico no pudo evitar la enfermedad ni el daño ético y sicológico en la conducta humana, ¿cómo afectarían a nuestros predecesores dichos fenómenos? Deben haberse desconcertado y sufrido muchísimo más que nosotros. ¿Por qué nuestras reacciones han resultado tan paradójicas si poseemos mejores medios y conocimientos para combatir cualquier enfermedad? ¿Será que la híper saturación informática y lúdica que nos acosa diariamente desconcierta y confunde a esta sociedad hedonista, prepotente y corrupta al verse retada por una pandemia atroz? La mentalidad posmoderna, habituada a hacer su voluntad a toda costa, se rebela a aceptar con buen espíritu los sucesos desagradables de la vida. Y a algunos hijos de Dios los desconcierta también.   

Con todo respeto, confieso que me indigna escuchar a algunos creyentes cuando afirman que Dios envió la pandemia como castigo por los pecados de esta generación. ¿Sopló Dios y esparció el virus sobre el mundo? No, lo hizo la irresponsabilidad humana, rebelde siempre a abstinencias y restricciones incómodas. Imposible atribuir a Dios que un virus incapaz de trasladarse por sí mismo invadiera todo el planeta. Sin duda fuimos los ingeniosísimos seres humanos quienes lo propagamos sin que la poderosa ciencia contemporánea pudiera impedirlo. Conociendo el peligro, una actitud más reflexiva y cuidadosa hubiera provocado una historia distinta. Pero la prudencia, la corrección, la cordura y la sensatez brillan por su ausencia cuando las personas afirman que todos sus antojos —hasta los más absurdos—, deben y tienen que ser cumplidos. No atribuyamos a Dios un mal provocado por la irreflexión de quienes la Biblia describe como seres impetuosos, enfatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella (2 Timoteo 3:4-5). Tras lo ocurrido en el huerto del Edén, las consecuencias de la desobediencia humana trastornaron la creación y desde entonces el pecado y la corrupción se pasean en la tierra. Por lo tanto, nada de lo malo que ocurra sorprende a quienes creemos en la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana.

Con ello no demerito la labor realizada por científicos, personal médico y de servicios, investigadores, líderes sociales, etc., que con magníficas intenciones y sacrificios luchan en todos los países atendiendo a los enfermos. Ellos merecen nuestra gratitud y admiración sin olvidar que al igual que nosotros son seres humanos, susceptibles a errar y pecar, no dioses infalibles que todo lo pueden. ¡Oremos mucho por ellos!

Ahora bien, el Dios eterno e infalible, nuestro amante Padre Celestial, tampoco parece responder todavía al incesante clamor de sus hijos pidiendo el fin de la pandemia, por lo cual ignoramos cuanto terminará. Conociendo lo que duraron otras en la antigüedad, todo es posible. Confieso temer que también algunos cristianos estemos influidos por el espíritu del posmodernismo y nos frustremos si todo en nuestra vida no es color de rosa ni ocurre en el momento en que lo deseamos, lo cual es una debilidad teológica. Nuestra sumisión a los propósitos soberanos de Dios debe ser incuestionable.   

Uno de los pasajes bíblicos que considero más profundos dice lo siguiente refiriéndose a Cristo: Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen (Hebreos 5:7-10). ¿Querrás releerlo un par de veces a ver si captas la inmensidad que enseña? Según William Barclay lo que quiere decir es que todas las dolorosas experiencias que pasó Jesús le capacitaron para ser el salvador que la humanidad necesitaba.

¿Comprendes el significado de tal declaración? Ni el hijo de Dios escapó a un intenso sufrimiento en este mundo pecaminoso y por lo que padeció aprendió la obediencia. ¡Y nosotros creemos que no merecemos sufrir y cuando nos toca, nos turbamos como el apóstol Pablo, que incapaz de tolerar un aguijón clavado en su carne, creyéndolo un mensajero de Satanás que le abofeteaba, no se daba cuenta que más bien respondía a un propósito divino de hacerle humilde, sensible y obediente, preparándolo para cumplir su misión de la mejor manera.    

Es lógico entonces que Dios negara a su predicador y escritor estrella el favor de liberarse de su aguijón y le respondiera: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9). ¿Cómo asimiló el apóstol tal respuesta? Sencillamente, sobrellevando su sufrimiento realizó una gloriosa obra misionera y escribió las cartas que formando parte de la Biblia han bendecido, animado y capacitado a los creyentes de todos los tiempos. Es correcto que no nos agrade sufrir porque demuestra cordura y mente sana, más esperar que no experimentemos sufrimientos en este mundo corrupto es totalmente irracional, pues de un modo u otro nos alcanzará. Lo importante es permitir que el dolor nos prepare como a Cristo para la absoluta obediencia, la cual no solo glorificará a Dios sino que proporcionará poder y belleza a nuestro servicio y testimonio cristianos.

Ahora tú y yo sí comprendemos el horror de una pandemia, su poderosa carga mortífera y su poder desestabilizador. ¿Imaginaste alguna vez lo que sufrieron nuestros antepasados enfrentándose a las anteriores? Ahora podemos hacerlo porque lo hemos vivido en carne propia. Por lo tanto, recordemos que bajo cualquier circunstancia, mientras más sensibles y empáticos seamos al sufrimiento de otros, más cerca estaremos de Dios, más semejantes seremos a Cristo y estaremos mejor preparados para compartir y modelar su evangelio a los demás. Lo que hemos aprendido y sufrido en estos dos años no será en balde, puede darle un renovado vigor a nuestras vidas al profundizar nuestra dependencia de Dios y nuestra obediencia absoluta y apacible a sus designios.

Mientras tanto, esperando qué Dios hará en el futuro próximo, repitamos como el salmista cuando abrumado por las circunstancias creyó desfallecer: Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien. He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas sus obras (Salmo 73:28).

¿Cuándo y cómo aconsejar?

Siempre que vayamos a aconsejar a alguien, la persona debe percibir que lo hacemos con un amor lleno de esperanza y que no estamos para condenarles, sino para ayudarles a levantarse y resolver sus problemas de la mejor manera. En la actualidad la gente sufre muchas frustraciones y tiene mucho rencor oculto. No hay nada como la fuerza de un verdadero amor cristiano y los consejeros debemos ofrecerlo a raudales. Si somos capaces de hacerlo, la gente estará dispuesta a escuchar nuestras palabras alentándoles a cambiar de vida y resolver sus problemas…

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Siguiendo a Jesús

Creo que a veces complicamos el proceso para que las personas se reconozcan como seguidoras de Jesús. ¿Será que erróneamente esperamos demasiado del momento puntual en que alguien decide seguir a Cristo?  Muchos piensan que si no ocurre una experiencia emocional fuerte o una comprensión total de lo que ella significa no hay una verdadera conversión.

En los relatos de los evangelios es obvio que el método de Jesús para hacerse de seguidores fue muy sencillo: ¡Solo les invitaba a hacerlo! Me temo que impresionados por el relato de la conversión de Saulo de Tarso —en muchos aspectos única—, o el del joven rico a quien Jesús le pidió que vendiera todos sus bienes o algún otro caso más, creamos que quienes decidan creer en Cristo debieran sentir una experiencia fuertemente emocional o traumática.

Sin embargo, la realidad es que todos no llegamos a la fe de la misma manera. Aunque es importante el momento en que decidimos creer en Cristo, lo realmente definitorio es la permanencia…   

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¿Te sientes lejos de Dios?

Muchas personas viven lejos de Dios durante gran parte de su vida sin darse cuenta que él siempre está cerca y con los brazos abiertos dispuesto a recibirles. Más cuando iluminados por el Espíritu Santo finalmente oyen la Palabra de Dios, comprenden cuán cercano y disponible él ha estado siempre. Bien lo dice Pablo: ¿Más qué dice? Cerca de ti está la palabra, en tu boca y tu corazón. Esta es la palabra de fe que predicamos; que si confesares con tu boca y en tu corazón que Jesús es el Señor y creyeres que Dios le levantó de los muertos serás salvo (Romanos 10:8-9).

Lo más interesante es que a veces los propios hijos de Dios, ya salvos, abrumados por circunstancias de la vida o por pecados propios vuelven a sentir que él está lejos, lo cual es un error. Dios nunca se aleja, ¡somos nosotros quienes lo hacemos! Por lo tanto, solo bastará regresar arrepentidos a sus brazos porque él es un Padre amante, misericordioso y perdonador.

Una de las parábolas más preciosas de Jesús nos recuerda de manera muy clara esa verdad…  

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Cuando Dios parece tardar

Por el Rev. Rodolfo Rodríguez Matos, Iglesia Evangélica Misionera, La Habana.

El capítulo 11 del evangelio según Juan cuenta una de las fascinantes historias del ministerio público de Jesús. Está nucleada alrededor de la enfermedad y muerte de su amigo Lázaro, cuya familia le era muy cercana en el plano afectivo.

Cuando Lázaro enferma, sus hermanas mandan el aviso de inmediato a Jesús (vv.1-3). Ellas sabían de su amor por la familia y su profunda amistad con su hermano. Este aviso tenía el propósito de que Jesús viniera lo antes posible y sanara al enfermo. Ellas sabían del poder de su Maestro; tantas veces que él estuvo en su casa, de seguro les compartió el testimonio de sanidades hechas en favor del pueblo.

Sin embargo, Jesús no corre de inmediato a Betania, sino que decide ir a Judea, luego de declarar que esa enfermedad es para gloria de Dios (v.4). ¿Por qué no se apuró en ir? ¿Cómo es que deja pasar tanto tiempo, hasta llegar después de muerto su amigo?

Cuando Jesús llegó, a la casa de Lázaro, sus dos hermanas coinciden en el mismo punto: “Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto” (vv.21,32). Esta afirmación, por un lado, confirma su fe en el Maestro; pero por el otro, implicaba decirle: has llegado tarde.

Para Marta y María estaba claro que Jesús pudo hacer un milagro que recuperara la salud de su hermano; lo mismo creía algunos de los reunidos (v.37); lo cual hubiera sido grande. Pero Jesús ha llegado cuatro días después de sepultado para resucitarle (vv.38-44). Ahora el milagro sería mayor.

Parecía que se tardaba, pero no; el Señor nunca llega tarde, lo que pasa es que nunca anda apurado. Él siempre obra conforme a sus propósitos y estos los lleva a cabo en su tiempo. Somos nosotros los que andamos apurados, queriendo que las cosas se hagan a nuestro modo; aun así, muchas veces llegamos tarde o estropeamos los planes de Dios por la premura.

La gloria de Dios se mostró devolviendo la vida a un muerto putrefacto delante de mucha gente, y abriendo la posibilidad de testificar de Aquel que es la resurrección y la vida; el que da vida eterna a todo aquel que en él cree (vv.23-26).

¿Tienes alguna situación que te apura y crees que el Señor se está tardando porque no lo ves hacer lo que crees debería hacer? No te desesperes. Él sabe siempre lo que hace, y lo que hace, es para gloria de Dios, no para complacer nuestra premura en hacer que las cosas sucedan.

Así que, si ya le has dicho lo que te sucede, como lo hicieron las hermanas de Lázaro, solo espera y déjalo obrar en su tiempo y a su manera. Quizás no haga lo que piensas que debe hacer, pero lo que él haga, siempre será lo mejor. ¡Él nunca se tarda!

¿Cómo ser un buen consejero?

Todos los creyentes en Cristo debemos estar dispuestos a ayudar y aconsejar a otras personas siempre que se nos presente la oportunidad. El apóstol Pablo escribió a los colosenses: La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros con toda sabiduría… (Colosenses 3:15). Y también exhortó a los tesalonicenses: Por lo cual, animaos unos a otros, así como lo hacéis (1 Tesalonicenses 5:11).

No obstante, a la hora de aconsejar a alguien es muy importante buscar la dirección de Dios sobre todas las cosas y no basarnos solo en nuestra propia prudencia. Hay principios ineludibles que nunca podemos olvidar si deseamos ser buenos consejeros…

Juntos… Cambiando mentes, cambiando corazones, cambiando vidas.

(http://www.esperanza para el corazón.org)

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¿Seguiremos preguntándonos?

Mientras revisaba los más de 40 artículos que he escrito con respecto a la pandemia del Covid 19, preparándome para escribir el siguiente que se llamará: ¡Ahora sí sabemos!, me encontré con uno que publiqué el 17 de mayo de 2019 en mi página personal de Facebook. Entonces teníamos muchas preguntas e incertidumbres sobre la Covid 19 y esperábamos poder librarnos de ella lo más pronto posible.  

Al leerlo, me sorprende que la mayoría de los cuestionamientos que me hacía en él todavía permanecen vigentes en mayor o menor grado. Por ello me decidí a publicarlo de nuevo antes que el otro, el cual hablará de algunas certezas que ahora sí tengo al respecto. Creo que su lectura ayudará e entender más claramente todo lo que expresaré en el próximo…

LA COVID-19: MÁS PREGUNTAS QUE RESPUESTAS.

Desde que oí hablar sobre la Covid-19, me hago muchas preguntas. No deseo atacar ni juzgar a nadie. Al no ser político, científico ni epidemiólogo, soy incompetente para una afirmación autorizada sobre tales temas. Suplico tu generosidad si expongo algún criterio torpe desde mi condición de anciano pastor jubilado, inquieto por tener infinidad de cuestionamientos.

¿Cómo un virus que se desintegra al contacto del agua y jabón, aterra, enferma, y mata a millares de personas? ¿Acaso en los países más desarrollados –a diferencia de lo que pensaba– los hábitos higiénicos brillan por su ausencia? Los que sufrimos por una razón u otra la escasez de jabón, detergente y productos higiénicos, ¿estaremos fatalmente condenados a sufrir la enfermedad?

Esparcido por alguien al hablar, toser, estornudar, besar, abrazar, etc., nos dicen que el virus solo contagia a quien esté a menos de un metro de distancia. No pulula en el aire como los mosquitos. De no alcanzarnos, caerá sobre la superficie más cercana. Por eso se aconseja cuidarnos de todo lo que tocamos. ¡Y la cantidad de tarecos que tenemos! Imposible palpar algo sin limpiarlo antes con cloro. Mala noticia para los alérgicos y para quienes no lo conseguimos tan fácilmente: ¿Deberíamos retirarse a los montes lejos de toda civilización y vivir con lo esencial con tal de evitar el riesgo?

EL virus que se irradia apenas un metro, ¡aborda aviones que sobrevuelan los océanos! ¿Entonces? Creado o no en laboratorio –científicos eminentes lo dudan aunque en las redes sociales tal inculpación es viral–, lo propagan viajeros que, o se creen sanos al embarcar o esconden los síntomas. ¿Será todo una conspiración malévola?

La Covid-19 ha desatado muchos demonios: la desconfianza, el pánico, la acusación ladina, la duda suspicaz ante las noticias oficiales, todo nutrido por una proliferación de pronunciamientos que, asumiendo autoridad y credibilidad total, afirman conclusiones tan discordantes que acrecientan el caos. ¿Será todo un engendro diabólico? Tal realidad, lo confieso, me horroriza. La Biblia dice que Todas las cosas son puras para los puros, más para los corrompidos e incrédulos nada les es puro; pues hasta su mente y su conciencia están corrompidos (Tito 1:1). Cuando mi mente solo percibe el poder del mal a mí alrededor, tiemblo, y ruego a Dios me perdone. ¡Todavía me aferro a la fe de que todo está sujeto a su dominio, por lo tanto, nada debiera ser tan caótico!

Comparando las muertes pandémicas hasta el día de hoy (//www.worldometer.info/) con las causadas por otras enfermedades, las producidas por hambre, cáncer, sida, accidentes, suicidios, malaria y gripes estacionales son muchísimas más ¿Por qué no nos angustian tanto dichas muertes? Y otro número peor supera a la suma de ellas. Creo en el derecho a la vida, por lo cual pregunto a quienes aseguran que un embrión humano todavía no debiera asumirse ya como una persona: si no se interrumpe su desarrollo, ¿alguien duda de que llegará a serlo? Entonces, ¿a cuántos millones de embriones le hemos impedido la vida? ¿Seguirá siendo humana la humanidad?

¿No habrá demasiadas conductas egocéntricas convirtiendo este mundo en un lugar odioso? Siglos atrás Pablo escribió sobre hombres amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán le eficacia de ella, a estos evita (2 Timoteo 3:2-5). ¿Acaso los hijos de Dios podemos ser arrastrados por el mismo espíritu que permite a muchos abandonar la piedad, la misericordia y la bondad humanas?

Aunque la pandemia fuese una producción perversa, o su expansión causada por imprudencia o indolencia, ya nos dañó a todos. ¿No podría ser un suceso fuera de todo control humano, que en algunos contratos legales se cataloga como acto de Dios que libera a todas las partes de responsabilidad? ¿Habrá en este caso más víctimas que necesiten atención y ayuda que culpables merecedores de desprecio, juicio y castigo? Y creo que todos pecamos con frecuencia por conductas desatinadas que causan el desastre.  

Sea lo que fuere, no hay otra alternativa para los corazones llenos del amor de Dios: dedicarse a consolar al que sufre, curar al enfermo, animar al que teme, instar al incrédulo a la fe, al malvado al arrepentimiento. Y orar mucho para vencer la cultura del odio. ¿Podremos ignorar algunas palabras que Jesús dijo?: Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y hace llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:44-45).

Por mi parte, elijo desechar la cultura del odio. ¿Y tú? ¿Acaso me condenarás y criticarás por hacerlo?

El perdón de Dios

Muchas personas tienen una idea totalmente errada sobre Dios. De alguna manera extraña han fijado que él arde en deseos de condenar al mundo y que cuando alguien le abandona o hace algo pecaminoso, es totalmente imposible alcanzar su perdón y no hay manera de escapar de su ira. ¿Dónde habrán aprendido eso?

Otros, habiendo creído en él durante la niñez o la juventud, impresionados después por otras ideas y conceptos olvidan todo lo que aprendieron y se vuelven los mayores incrédulos, llegando a ser hasta enemigos de la fe… hasta que un día se sorprenden ellos mismos cuando resurge en ellos las ansias de volver a Dios. Entonces les avergüenza regresar aunque se dan cuenta de cuánto han perdido al vivir lejos de él la mayor parte de su vida.

Demasiadas veces he oído a personas decir: ¡Dios no puede perdonarme! Lo cual es un error colosal. Él no solo puede, sino que lo desea ardientemente…  

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Nuestra mejor oración

Según la Biblia, una razón por la que a veces no recibimos respuesta a nuestras oraciones, es porque pedimos mal: Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:3). De niño, pedí a Dios que los Reyes Magos me trajeran un tren eléctrico más grande que el que tenía un primo mío porque él se enorgullecía de tener el mejor que había en el pueblo. Seguro de que Dios contestaría mi petición, esa mañana me levanté listo para salir corriendo a su casa y echarle en cara:

—¡Me trajeron un tren mayor y mejor que el tuyo!

Los Reyes Magos me trajeron el tren, pero era de cuerda, más chico y de muy mala calidad. Así aprendí que algunas oraciones ni siguiera llegan al techo. Para colmo, enseguida llegó mi primo y se burló muchísimo de mi ridículo y barato tren de cuerda.

La Biblia enseña que Dios no escucha peticiones que buscan exaltar nuestro ego. ¿Lo sabías? Sin embargo, hoy comprendo que aquella petición fue mi oración mejor contestada aunque no se me concedió lo que pedí. Recibí una buena lección sobre la verdadera sabiduría, esa que él quiere que le pidamos y está dispuesto a concederla en abundancia…  

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