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¿Es aburrida la santidad?

Cuando se habla de santidad muchas personas se asustan. Si bien Dios quiere que sus hijos vivan apartados de la corrupción y el ambiente falso y frívolo que caracteriza al mundo contemporáneo, ello no quiere decir que debamos abstenernos de todo disfrute o bienestar. La santidad no es un castigo ni un impedimento para disfrutar la vida. ¡Todo lo contrario! Más bien es un tesoro que nos libera de cargas, costumbres y decisiones que sí pueden desgraciarnos…  

El programa Mensajes de Fe y Esperanza se transmite de lunes a viernes a las 7:55 por los 800 AM (Onda Media)

Dios es amplio en perdonar

Apoyada poderosamente por los medios masivos de comunicación y las redes sociales, la conducta humana contemporánea evidencia cada vez más un rechazo rotundo a los valores que enseña la Biblia como Palabra de Dios. Aunque ello nos aterre, debiéramos asumirlo sin sorprendernos, pues el apóstol Pedro lo advirtió con claridad: Así qué hermanos, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor; o por entrometerse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello (1 Pedro 4:15-16).

Al sugerirnos que glorifiquemos a Dios por ello, se refiere a que debemos mostrar nuestro amor y obediencia a Dios con una actitud tan piadosa como firme, pues en un versículo posterior aclara: De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel creador; y hagan el bien (1 Pedro 4-19). Me agrada como traducen ese versículo dos versiones bíblicas contemporáneas: Así que, incluso los que sufren en conformidad con la voluntad divina, deben confiarse a la fidelidad del Creador, sin dejar de hacer el bien (BHTI). De modo que si sufren de la manera que agrada a Dios, sigan haciendo lo correcto y confíenle su vida a Dios, quien los creó, pues él nunca les fallará (NTV).

Sabemos que en los primeros tiempos del cristianismo, cuando la creciente iglesia primitiva impactaba más al pueblo, los gobernantes, los ancianos y los escribas (Hechos 4:8) les prohibieron a Pedro y Juan predicar y enseñar en el nombre de Cristo, más ellos contestaron:  Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (4:19-20).

En aquellos momentos, los cristianos en Jerusalén eran una multitud muy impactante, tanto por su número como su comportamiento: Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades, y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno (2:44-45). La prohibición de predicar no fue causada solamente por la sanación del cojo de nacimiento en una de las puertas del templo, sino también por la amorosa vida comunitaria de los recién convertidos en la ciudad, lo cual provocó el recelo de quienes no eran tan generosos ni preocupados por el bien común.

Ante tal disyuntiva, impresiona la manera en que los creyentes oraron: Y ahora Señor mira sus amenazas y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra mientras entiendes tu mano para que se hagan sanidades, señales y prodigios… (4: 29-30ª). No estaban muy preocupados por las intimidaciones. Solo dijeron a Dios mira sus amenazas y pidieron les concediera predicar con denuedo —valor, decisión, intrepidez—, y que se manifestara obrando prodigios como solo él podía hacerlo.

¡Qué historia tan llena de lecciones! Satanás intentó impedir el exitoso movimiento alentando los propósitos egoístas de Ananías y Zafira (5:1-11) y las murmuraciones en la congregación (6:1-6). Como la pujante iglesia continuó predicando y creciendo (6:7), las reacciones exteriores culminaron en el martirio de Esteban (7:54-60) y la persecución de los creyentes, asumiendo Saulo de Tarso un rol protagónico estelar.   

¿Imaginarían los creyentes cuál sería el mayor prodigio que sucedería? El  perseguidor que asolaba a la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel (8:3), respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor (9:1); ¡se convirtió a Cristo! Viajó a Damasco persiguiendo a los creyentes que huían de Jerusalén, pero regresó como un predicador del evangelio (9:1-22).  

Los cristianos fueron tan sorprendidos por tal suceso que al regresar Pablo a la ciudad él trataba de juntarse con los discípulos y todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo (9:6). ¿Te das cuenta que la falta de fe que a veces muestran los creyentes sobre las maravillas que Dios hace, continúa siendo un mal endémico del cristianismo?

¿No estaremos nosotros desconcertándonos demasiado por el actual y evidente rechazo a las enseñanzas bíblicas debido a las posibilidades tecnológicas y mediáticas actuales? Confiemos más en el poder de Dios mientras continuamos haciendo el bien como nos corresponde. Como Dios sigue siendo el mismo, las conversiones y los prodigios más inesperados pueden suceder. Veinte siglos de historia del cristianismo nos demuestran que él siempre muestra su gloria y su poder para bien de los suyos.

Aunque haya cada vez más corrupción y agresividad contra la fe cristiana, no dudemos: Dios continúa siendo amplio en perdonar. Desde hace muchos siglos el profeta Isaías escribió: Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7).

Prediquemos y enseñemos con amor la Palabra de Dios sin amilanarnos por las amenazas del tiempo presente. Dios sabe cuánto sucede. No nos enfoquemos demasiado en las críticas de quienes no quieren, no aceptan o no pueden entender nuestra fe, pues así podríamos desarrollar una actitud que acreciente las barreras entre ellos y nosotros dificultando más la tarea de compartirles con amor y gracia las verdades bíblicas que pueden transformar sus vidas para bien.   

Me impresionan mucho la misericordia, gentileza y comprensión que Jesús mostró en sus relaciones con los pecadores de su época, incluyendo a los publicanos —los recaudadores de impuestos—, que solían ser tan despreciados y odiados por todos. Él fue mucho más severo y crítico para con quienes desde una supuesta posición de fe y amor a las Escrituras, no cumplían con lo que pretendían enseñar. ¿Entonces? Si nos preciamos de amarle y tenerle a él como nuestro único Señor y Salvador, nuestro ejemplo supremo de vida, haríamos bien en imitarle. Tal vez así nuestro testimonio impactaría mucho más a tantos que ahora nos critican y desprecian. ¿Podríamos intentarlo?

Juan, por cierto, lo escribió muy claro: El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo (1 Juan 2:9).  

La verdadera adoración

¿Será que solo adoramos a Dios cuando asistimos a la iglesia? ¿O podemos incluso asistir a un culto y no adorarle como él merece? Lo cierto es que pudiéramos estar presentes en un culto cristiano y no tener un verdadero espíritu de adoración. ¿Te parece absurda esta última declaración?

Para muchas personas, la adoración es un momento en el cual abandonamos todo lo demás y nos dedicamos a cantar o a hablar con Dios. Sin embargo, la verdadera adoración a Dios implica mucho más que participar en culto o tiempo de alabanza. Aunque asistamos con frecuencia a la iglesia, oremos antes de los alimentos o leamos la Biblia y oremos privadamente, todo ello son “actos” que realizamos ocasionalmente, con mayor o menor asiduidad.

No obstante, el concepto bíblico de Adoración no solo incluye esos actos específicos, sino que debe abarcar todas las esferas de nuestra vida. De otro modo, puede que seamos personas que realicemos ciertas prácticas religiosas, pero sin llegar a ser realmente adoradores…  

Temor a actuar indebidamente

¿Por qué será que a veces actuamos de manera incongruente con la fe que profesamos? Hasta el mismo apóstol Pablo nos abre su corazón cuando expresa: Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago (Romanos 7:15). ¿Es extraño entonces que nos suceda a nosotros?

Cuando tales actitudes nos dominen, ya sea que nosotros mismos nos demos cuenta o que otros creyentes nos reprendan, seamos honestos y reconozcamos con sinceridad nuestras malas actitudes o errores. Debemos pedir perdón si hemos defraudado u ofendido a alguien y profundizar nuestra vida espiritual, a fin de ser más capaces de tener dominio propio en toda circunstancia. Sobre todo, nunca olvidar que errar o mostrar actitudes incorrectas no significa que hayamos dejado de ser cristianos. Solo que necesitamos profundizar en nuestra fe y permitir que siempre sea el Espíritu Santo quien nos guie y no nuestras emociones…

Vasos de barro

Siempre me es difícil definir cuál es mi versículo preferido de la Biblia porque tengo muchos. No obstante, el texto que se muestra en la imagen cautivó mi alma desde joven y a él me agarro firmemente en momentos difíciles debido al profundo significado de sus enseñanzas. Fue la primera porción bíblica que vino a mi mente tras la explosión del Hotel Saratoga el pasado 6 de mayo de 2022.

¡Cuán terrible la muerte de las personas atrapadas en los escombros, en el sótano del hotel, en el edificio de viviendas aledaño por la calle Prado, así como de quienes en el momento más desgraciado se encontraban transitando casualmente por los portales. Muchos cubanos enfrentan un dolor indescriptible, incluso quienes salvaron su vida pero perdieron sus viviendas, familiares amados y todas sus propiedades.

A su vez, dicho acontecimiento causó una inmensa tristeza a los bautistas cubanos. El edificio de Zulueta y Dragones, sede de la Convención Bautista Occidental y de la Iglesia Bautista El Calvario, fue grandemente afectado por la explosión.

¿Sabías que hasta la reconstrucción del Saratoga décadas atrás, nuestro edificio y el hotel compartían una misma pared colindante en la calle Dragones? Al hacer la excavación para el sótano y la nueva cimentación del hotel a fin de proveerle de su propia pared posterior, los cimientos de nuestra propiedad cedieron y súbitamente aparecieron grietas en las paredes de la cocina y otras habitaciones de la Casa Pastoral en la segunda planta, habitaba entonces por el Pbro. Reinaldo Sanchez y su esposa. También afloraron grietas en el piso y las paredes de la casa del Pbro. José M. Mártiz y su esposa en la planta baja. Ello requirió un trabajo cuidadoso de los constructores bajo la supervisión de la Oficina del Historiador de la Ciudad. Para ello colocaron en el piso de la vivienda del pastor Mártiz testigos de yeso que en pocos días evidenciaban que los cimientos cedían a causa de la excavación realizada al lado de nuestro edificio. Todo el daño que sufrieron las casas ya mencionadas fue corregido cuidadosamente por los constructores, quienes también vertieron grandes cantidades de concreto en el subsuelo hasta que se detuvo el corrimiento citado.  

Desde entonces ambos edificios ya no compartían una pared colindante. El Saratoga se reconstruyó  sobre sus propios nuevos cimientos y su nueva pared posterior pudo elevarse por siete pisos más sobre la altura del nuestro. Dicha enorme pared, observable desde la propia calle Dragones, fue la que ahora cayó en gran parte sobre nuestro edificio tras la explosión. También ocurrieron los mayores desplazamientos en el mismo lateral derecho del templo –el más cercano al Saratoga–, incluyendo grietas y desplomes en locales de la iglesia y las viviendas antes mencionadas.

Internado en casa y padeciendo de Covid-19 desde una semana antes, ¿cómo negar la conmoción que sufrí al conocer del hecho? No tuve valor para escribir sobre ello hasta ahora, tres semanas después. Solo atiné a agarrarme de nuevo a las palabras leve tribulación momentánea. Enfermo y con el corazón quebrantado, me sostuvo la convicción de que aún los peores sucesos pueden proporcionarnos grandes experiencias espirituales, pues la inefable soberanía divina es capaz de transformar una gran pérdida en bendiciones antes insospechadas.

Más de sesenta años unen mi vida a ese edificio que me cautivó desde el primer día en que traspuse sus puertas. ¡Cuántas experiencias, reuniones, cultos, convenciones y congresos de todo tipo hemos disfrutado allí! Imposible recordar cuantas veces prediqué en su plataforma, ya fuera en actividades convencionales o como predicador invitado, también para impartir estudios y conferencias antes de retirarme del pastorado activo. A su vez, allí muchos mensajes inspiradores alimentaron mi alma, ayudándome a crecer en la fe y en la entrega incondicional al ministerio cristiano. ¡Cuántos momentos sublimes de adoración y compañerismo allí disfrutamos!

Los bautistas de mi generación no olvidamos las asambleas anuales en los durísimos tiempos de la década de 1960 y los años posteriores, cuando nuestra membresía convencional decrecía año tras año debido a la emigración de creyentes y pastores y al triste abandono que muchos también hacían de su fe.  Aunque sufríamos intensamente, allí nos reuníamos multitud de fieles que llenando los laterales y los pasillos del templo, muchos de ellos de pie. Así cantábamos a viva voz – apenas sin instrumentos – los gloriosos himnos cubanos “A la Lid”, “Cuba para Cristo”, “Cual Josué se esforzara en la batalla” y otros que entonces nos hacían vibrar de emoción y hoy son totalmente ignorados. No obstante, comprendo que quienes no escucharon aquellos himnos convencionales entonados con un estusiasmo desafiante, difícilmente puedan imaginar el gozo celestial que emanaba de aquellos cantos de batalla en tiempos tan difíciles y contradictorios.

En nuestro emblemático edificio trabajé diariamente los cinco años que presidí la convención, durante los cuales se celebró el centenario de la organización de la misma. También por más de veinticinco años dirigí la oficina de Educación Cristiana y el Ministerio de Educación Cristiana –como se llamó después–, hasta mi retiro del ministerio activo en marzo del 2016, hecho que ocurrió también bajo la cúpula de nuestro tan amado e histórico templo.  

Duele mucho la situación actual de nuestra sede. Por más de ciento treinta años los bautistas acostumbramos reunirnos allí para alabar a Dios y nutrirnos de la fuerza espiritual que el Espíritu de Dios proporciona cuando los creyentes adoran juntos. ¿A qué se refiere el apóstol al hablar de esta leve tribulación momentánea sino a la vida misma y a las dificultades que cualquier creyente o comunidad cristiana pueden afrontar en este mundo? En versículos anteriores Pablo recordó a los Corintios que la grandeza y la gloria de nuestra fe en Cristo se manifiesta en frágiles vasos de barro para que la excelencia del poder sea de Dios y no de nosotros (2 Corintios 4:7).

Sí, ¡somos vasos de barro débiles y quebradizos, por lo cual puede sucedernos lo peor en cualquier momento! Lo maravilloso no son nuestros cuerpos, pertenencias o edificios… ¡tampoco lo son nuestras tradiciones sean antiguas o contemporáneas! Todo ello puede ser abatido mientras nosotros, por la fe, seguiremos declarando con confianza absoluta que estamos atribulados en todo, más no angustiados; en apuros, más no desesperados; perseguidos, más no desamparados, derribados, pero no destruidos, llevando en el cuerpo siempre la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo mortal (2 Corintios 4:8-10).

Era adolescente cuando leí en un antiguo libro – del cual olvidé su título y el autor –, que si tras la muerte de Jesús alguien junto a la cruz proclamara que después de muchos siglos posteriores el crucificado sería adorado y bendecido por gran parte de la humanidad, muchos le considerarían loco.

Tal vez no recuerde las palabras exactas, pero jamás he olvidado esa enseñanza. Al enfrentar sucesos que catalogamos como tragedias horrendas, solemos olvidar que Dios tiene poder para convertir el crimen más cruento e injusto de la historia humana en una bendición inefable para quienes confían en él. Con razón Pablo escribió: Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? Más nosotros tenemos la mente de Cristo (1 Corintios 2:14). Aunque seamos vasos de barro, si siempre reaccionáramos con la mente de Cristo, enfrentaríamos los acontecimientos adversos sin amedrentarnos.

Si valoramos nuestras tragedias humanas a la luz de la gloriosa eternidad que disfrutaremos con Dios, los padecimientos que enfrentemos serán una leve tribulación momentánea que produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria. Ningún acontecimiento adverso podrá sorprendernos ni destruir nuestra fe aunque nos cause desasosiego, provoque preguntas incontestables o suframos un dolor punzante. ¿Destruirá acaso la explosión del Saratoga a la Iglesia Bautista El Calvario o a la Convención Bautista de Cuba Occidental? Un hecho milagroso que agradecemos a Dios con toda humildad, es que ninguno de los trabajadores y los tres niños que estaban en el edificio al momento de la explosión sufrió daño alguno.

El avance indetenible de la obra de Dios no depende de edificios ni de construcciones aunque las necesitemos debido a nuestra condición de vasos de barro. ¿Nos dañará el período seguramente largo que llevará la reconstrucción de nuestro templo insignia? La iglesia ha continuado reuniéndose y predicando el Evangelio de Cristo en lugares hasta ahora jamás soñados. ¡Dios tiene planes de bendición!

Nuestra Convención Bautista promociona y alienta el trabajo de más de 500 iglesias desde las mismas oficinas que usó por muchísimos años cuando nuestras congregaciones eran una cantidad ínfima, por lo cual ya necesita de su propio edificio sede; tal como poseen otras obras evangélicas cubanas con lugares de reunión, cuartos de hospedaje, oficinas bien equipadas, centro de comunicaciones, comedor, cocina, almacenes y el lugar apropiado que soñamos para el añorado Museo Bautista, a fin de conservar cuidadosamente nuestros documentos y valores históricos. La propia Iglesia El Calvario también necesita todas las capacidades del edificio actual. ¿Será que esta circunstancia adversa abrirá las puertas para suplir las necesidades lógicas de una obra en crecimiento? ¡Dios proveerá todo lo necesario para ello!

Agradecemos grandemente que las autoridades del país manifiesten una disposición altamente favorable para facilitar la reconstrucción de nuestro edificio por su alto valor histórico y patrimonial, así como en la búsqueda de un lugar cercano donde la iglesia realice su ministerio de manera estable mientras se restaura y reconstruye nuestro edificio dañado. No obstante, ¡jamás debiéramos olvidar que el cristianismo conquistó el mundo sin edificios aunque hoy los estimemos indispensables! No poder utilizar un edificio no significa en lo absoluto que la obra de Dios vaya a detenerse.

En esta hora de indiscutible dolor, se requiere que actuemos con sabiduría, gracia, amor y generosidad sin límites para con quienes nos rodean que no conocen de Cristo. Incluso para con aquellos que nos desprecian, tal como enseñó Jesús en el Sermón del Monte. Nosotros también a veces necesitamos que los duros golpes de la vida nos hagan recapacitar. Estoy convencido de que dadas las profundas necesidades materiales y espirituales del pueblo cubano, estamos a las puertas de otro avivamiento como el que nos sorprendió en la década de 1990 y en los años posteriores. ¡No lo dudemos!

Por mi parte, anciano y ahora enfermo tras más de sesenta años sirviendo al Señor dentro de la Convención Bautista de Cuba Occidental, si Dios me concede vida para ver de nuevo el templo de la Iglesia Bautista El Calvario en todo su esplendor, entraré a él lleno de gozo y me sentaré directamente debajo de la hermosa luminaria que cuelga de su cúpula. Aunque siempre me he alejado de esa lámpara que ilumina el local desde 1938 temiendo que un día aciago pudiera caer sobre los asistentes, ella resistió inconmovible la explosión y la destrucción del edificio.

Dicha lámpara merece que la reconozcamos como nuestro símbolo perpetuo de gloria y victoria. Bajo ella me sentaré y recordaré la inolvidable noche que celebramos el centenario de la Convención en el año 2005, mientras toda la congregación cantaba emocionada el impresionante Coro Aleluya de G. F. Handel.

Sí, volveremos a disfrutar de nuestro histórico santuario completamente restaurado, más hermoso y funcional que nunca. ¿Crees esto?

Porque todo aquello que es nacido de Dios vence al mundo.  Y esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4)

¿Ministros o estrellas de la farándula?

Temo que algunos conceptos bíblicos sobre el ministerio cristiano se hayan distorsionado con el tiempo. Aunque en las iglesias evangélicas se insiste en que todos los creyentes son ministros y siervos de Dios, al parecer se concede una importancia mayor a determinadas labores, mientras que a otras apenas se les valora. Este tema queda muy claro en la carta a los efesios donde se enseña que todos los creyentes son llamados a hacer la obra del ministerio. Dios constituyó a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12).

Todos los creyentes, unos desde posiciones de liderazgo y otros desde nuestro propio lugar y esfera de servicio, somos ministros y servidores de Dios, llamados a edificar y bendecir tanto al cuerpo que es la iglesia, como a los no creyentes con quienes nos relacionamos. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en el nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios (2 Corintios 5:20).

Ningún ministro o ministerio es superior a otro porque todos servimos a Dios. En el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios, Pablo insiste en el valor de todos en el cuerpo de Cristo. Allí vemos que junto a los apóstoles, profetas, pastores y maestros, están también los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas (1 Corintios 12:28). En la obra de Dios todos somos útiles y necesarios.  

Serví durante 23 años como ministro de Educación Cristiana en mi denominación, por lo cual entre otras responsabilidades prediqué y enseñé en nuestro campamento en muchísimos retiros espirituales. Puede que el Señor me usara para bendecir a los que allí asistían, pero a su vez, la relación que tuve con todos me bendijo y enseñó mucho más a mí. Tampoco era la única persona que ministraba entonces en ese campamento. Muchos fueron allí a predicar y enseñar también mientras otros más cumplían tareas diarias que aunque a veces no eran reconocidas como labores ministeriales, sí lo eran. Quienes cocinaban, limpiaban y administraban el lugar comenzaban a trabajar cada día mientras nosotros todavía dormíamos. Su ministerio consistía en asegurar que todo estuviera listo y dispuesto a su tiempo.

Cuando nosotros adorábamos y estudiábamos la Biblia, ellos ministraban preparándonos los alimentos y atendiéndonos a veces hasta altas horas de la noche. Como ministros del Señor, así ofrecían sus dones y capacidades para la edificación del cuerpo de Cristo. Cuando los retiros terminaban ellos seguían ministrando para mantener las instalaciones disponibles. Aunque algunos les vieran como simples empleados, ¡eran ministros y servidores del pueblo de Dios! Cada vez que allí usé el púlpito para predicar durante tantos años, también otros ministros dirigieron la adoración guiándonos a un encuentro con Dios y su Palabra.

Del mismo modo que dediqué mucho tiempo y oración para preparar mis conferencias, otros ministros también lo hicieron —incluso viajando desde lejos— para realizar un ministerio totalmente voluntario y por amor. Cuando aquellos retiros espirituales resultaban impactantes, con frecuencia los directores, los predicadores y los músicos nos llevábamos injustamente la gloria ignorando cuánto tuvo que ver el trabajo de aquellos otros ministros incansables que jamás subieron a las plataformas ni aparecieron en los primeros planos.

Cuando alguien tomaba allí decisiones trascendentes, se consagraba al Señor, se edificaba en su fe o recibía el llamado para un ministerio específico, los asistentes comentaban sobre la profundidad de los mensajes, la belleza de la música y las bondades del lugar. ¿Pensaban, acaso, en esos otros ministros que jamás usaron el púlpito, ministrando constantemente sin jamás aparecer en un primer plano? Sin el trabajo de ellos nunca hubiésemos recibido tantas bendiciones. Entonces, en la obra de Dios, todos los ministros son valiosos, no solo los predicadores, los líderes, los músicos o los maestros.

Cada vez más tiendo a creer que quienes siempre ministramos desde las plataformas puede que no seamos los que en realidad servimos más conforme al espíritu de Cristo, sino aquellos que se entregan humildemente en las labores más humildes. Tras una iglesia, ministerio, campamento, seminario o evento cristiano siempre habrá una pléyade de ministros anónimos laborando desinteresada y amorosamente mientras otros tal vez les consideran como simples empleados, personal de apoyo o formando parte de la omnipresente comisión de orden. ¿De dónde sacamos esos nombres? En la obra de Dios solo hay ministros y todos valen por igual.  

Pudiera ser que quienes jamás aparezcan como estrellas en los escenarios porque se ocupan de tareas difíciles y labores a veces inadvertidas, sean los más grandes y dedicados siervos del Señor, aunque nosotros olvidemos que sin ellos no podríamos disfrutar muchas de las bendiciones que recibimos.

Cuando estudiaba en el Seminario Bautista de La Habana conocí a un valiosísimo ministro de Dios cuya influencia bienhechora marcó la vida de todos los estudiantes. ¡Era él a quienes todos acudíamos en nuestros momentos difíciles! ¿Piensas que sería el rector o algún profesor eminente? En realidad él no poseía diploma ni grado alguno en Teología o Misiones aunque mostraba una habilidad prodigiosa para hablar de Cristo a quien se encontrara en su camino.

Aquel ministro que mucho nos ayudó era Jesús Díaz, el conserje del edificio, quien pastoreaba y bendecía a los estudiantes de una manera como nadie más lo hacía en el plantel. ¿Te sorprende? Si necesitábamos un consejo o una oración, era a él a quien primero acudíamos los estudiantes. Orar con él era una experiencia espiritual inolvidable y sus consejos —certeros y fieles a la Palabra de Dios— nos ayudaron a todos. Se fue al cielo sin que tal vez nadie le dijera cuán importante, decisivo e impactante fue su ministerio de oración y aconsejamiento en los estudiantes de aquella época. No obstante, creo que él lo sabía y era muy feliz con ello aunque jamás se glorió al hacerlo, porque era un hombre humilde hasta la médula. Fue un fiel ministro del Señor dotado de características excepcionales. ¡Qué bendición haberlo tenido disponible en nuestro tiempo de seminario!

Para la unidad de la iglesia y el progreso del evangelio de Cristo es necesario reconocer como exitosos ministros a quienes sirven con tanta sencillez que nos motivan a ser mejores con su sola presencia, sin reclamar títulos ni reconocimiento alguno. ¡Necesitamos muchos ministros como Jesús Díaz! En la eternidad nos sorprenderemos cuando sepamos de la grandeza del ministerio de algunos hermanos y hermanas a quienes nunca valoramos como ellos merecían. ¿Conoces a alguien así? El cuerpo de Cristo no puede crecer bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro (4:16) sin que reconozcamos a esos ministros sencillos —¡y tan enormes a la vez!—, que nos sirven y bendicen con absoluta humildad y dedicación.

La Reforma Protestante pretendió hacerlo y enfatizó la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, pero en la práctica el ministerio siguió en manos de una élite que dirigía, enseñaba y tomaba decisiones considerándose por encima del pueblo común. En el Siglo XXI seguimos haciendo lo mismo. ¿Será por ello que tenemos tantos problemas y divisiones, desencuentros, confusiones e incongruencias dentro de la iglesia del Señor en estos tiempos?

Las iglesias cristianas del Siglo XXI tienen que volver a sus orígenes. Tal parece que algunos seguidores de Cristo están impresionados por el espíritu farandulero del postmodernismo y pretenden seguir sus patrones, métodos, costumbres y manifestaciones. Nuestro llamado no es ser extravagantes influencers con miles de seguidores virtuales cada uno viviendo a su aire. ¿Sería Jesús uno de ellos si viviera en esta época? Creo firmemente que él rechazaría los valores y las excentricidades actuales y se dedicaría de lleno a la labor redentora. Con ello no pretendo decir que desconozcamos el valor de las redes sociales para propagar también el evangelio, sino que las usemos sabiamente, sin dejarnos impregnar de la vanalidad y superficialidad —o la insensatez impúdica— que muchas veces las contamina.  

Como servidores de Dios que todos somos, recordemos que el impacto de nuestras vidas no depende de cuánta belleza o sensualidad exhibamos en las pantallas digitales, sino de cómo seamos en lo profundo de nuestro corazón, totalmente entregados en ser instrumentos de bendición a las personas a nuestro derredor. Es así como se determina el alcance de nuestros ministerios, se decide quienes somos y mostramos a quien servimos en realidad.

Ministros sí, pero no es necesario ser estrellas rutilantes que todo el mundo elogia y admira al estilo de la farándula. No fuimos llamados a eso. El supremo llamado de Cristo nos llama a negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz. ¡No hay otro modo de seguirle a él! Jamás olvidemos que el mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17).

La adoración

Aunque no todos lo reconocen, una de las más grandes necesidades del ser humano es adorar. Tanto es así, que hasta los más incrédulos terminan adorando a alguien o algo porque los seres humanos fuimos creados con esa necesidad y vamos a suplirla de una forma u otra.

Los cristianos, no obstante, reconocemos que fuimos creados para adorar a Dios, para alabanza de su gloria. El apóstol Pablo, en la carta a los Efesios capitulo 1, versículos 4 al 6, nos enseña que Dios nos escogió en él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos y sin mancha delante de él, en amor habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo, para alabanza de la gloria de su gracia. ¡Fuimos creados con la misión de adorar a Dios!

¿Cumplimos correctamente esa misión que nos corresponde? En este y los próximos programas de Nuestro Hogar, insistiremos en cómo debemos adorar a Dios y lo que ello puede significar para el bienestar y la estabilidad de cada uno de nosotros…  

El regalo de la salvación

Muchas personas visitan las iglesias o incluso leen y estudian la Biblia, sin jamás tomar una decisión consciente de convertirse en seguidores de Jesús. ¿Eres tú, un seguidor o una seguidora de Jesús? Visitar la iglesia, relacionarte con creyentes, o incluso leer la Biblia y orar cuando sientes necesidad de hacerlo son buenas acciones pero necesariamente no te convierten en una persona cristiana. Somos cristianos solo si seguimos las enseñanzas de Cristo tras la convicción de que hemos pecado y necesitamos el perdón de Dios.

El perdón de los pecados se recibe cuando arrepentidos, decidimos seguir a Jesús. ¿Has tomado ya esa decisión? Simpatizar con Jesús o con la iglesia no basta para ser perdonado. Dios desea tu arrepentimiento para ofrecerte el regalo de la vida eterna. ¡No esperes un minuto más para tomar la mejor decisión que puedas haber hecho jamás. Jesús dijo: “El que a mí viene no le hecho fuera”.  

El cuidado de los ancianos

Como la expectativa de vida de las personas ha subido en muchos países en los últimos tiempos, en la sociedad contemporánea el número de ancianos es mayor que en épocas anteriores. Ello es una buena noticia para todos porque quienes nacen ahora tendrán la posibilidad de vivir más que sus antepasados. No obstante, como la vida moderna tiende a exaltar más los valores propios de la juventud, lo cual es lógico; es importante no menospreciar o tener en poco a los ancianos. ¡Ellos también fueron jóvenes y mucho de lo que ahora disfrutamos lo debemos a su paso por la vida antes que nosotros!

La ancianidad es una etapa tan valiosa de la existencia humana como cualquier otra. Si bien es cierto que las fuerzas y capacidades de los ancianos van disminuyendo, jamás debiera faltarles nuestro amor y cuidado hacia quienes nos precedieron en la vida. Tristemente el comportamiento humano contemporáneo tiende a aislar a los ancianos y muchos mueren en la soledad, sufriendo un abandono afectivo casi total, cuando en realidad lo que verdaderamente merecen es llegar al final de sus vidas rodeados de amor…  

Seguridad de salvación

Conversando con un creyente fiel ya muy anciano, postrado en cama y a punto de morir, me sorprendió que me dijera: A veces temor morir y no ser salvo. Me falta mucho para ser como Dios quiere.

¡Él era una persona magnífica! Seguía a Cristo desde su juventud y su fidelidad era incuestionable. ¿Le temía a la muerte o experimentaba lo que Pablo sintió al escribir: No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto… (Filipenses 3:2)?

Le tomé su mano y le dije:

—Hermano, ¿te salvas por tus méritos o por los de Cristo?

—¡Por los de Cristo, pastor, yo no tengo méritos! —me contestó con voz muy débil.

Comprendí que consciente de su cercana muerte, más bien sentía que era indigno para presentarse ante Dios, lo cual no era dudar de su salvación, sino todo lo contrario: maravillarse aún más por ella.

Comencé entonces a cantarle el antiguo himno: ¡Oh Cristo mío!, que en la última estrofa dice: Cuando ésta vida tenga yo que abandonar, corona hermosa Tú me ceñirás. Y con dulce canto tu bondad alabaré, y en mansión de gloria siempre moraré. Y murió poco después con una sonrisa en sus labios.

Jamás debemos olvidar que somos salvos por gracia por medio de la fe. Ello excluye toda jactancia, y a la vez, todo temor…

El programa Mensajes e Fe y Esperanza se transmite de lunes a viernes por los 800 AM (Onda media)

Los héroes del Siglo XXI

¿Sabías que puede haber héroes en todas las esferas de la vida? La heroicidad no solo se muestra en guerras o batallas victoriosas porque pueden existir héroes tanto en el bando vencedor como en el perdedor. Además, casi siempre los verdaderos héroes mueren ignorando que lo fueron. Así ocurre porque renunciando a sus beneficios personales, no necesitan incesantemente ser admirados ni reconocidos. ¿Habrá héroes en el siglo XXI?

¿Acaso no escasean la renunciación, el sacrificio, el trabajo desinteresado, la austeridad, el decoro y la moderación? Ahora brillan más el exhibicionismo, la popularidad, la búsqueda de la fama y los placeres personales a toda costa. Por eso muchos verdaderos héroes a veces mueren en la sombra. Hablando de los héroes de la fe, La Biblia aclara: de los cuales el mundo no era digno (Hebreos 11:39).

El concepto bíblico sobre el heroísmo parece ser una virtud perdida pues los paladines de la Biblia se destacaron en áreas que hoy no resultan atractivas. La heroicidad de Abel fue ofrendar a Dios como debía; la de Enoc, vivir en íntima comunión con él; la de Noé, obedecerle sin escuchar la burla de todos; la de Abraham, creer en la promesa divina aunque fuera absurda; la de Moisés, renunciar a privilegios palaciegos guiando cuarenta años a un pueblo rebelde por un desierto horrible. ¡Si queremos obedecer y honrar a Dios, no debieran sorprendernos algunos retos que la vida nos presenta!  

Como los héroes se entregan sin reserva a sus deberes, impactan mucho los que se mencionan en Hebreos 11. Para muchos hoy en día la vida ideal es recostarse a la brisa y bajo una sombrilla en una playa tropical, disfrutar de cuanto entretenimiento encontremos en nuestros equipos electrónicos o conseguir a como sea cuanto antojo se nos ocurra. Creen que el supremo bien es vivir de fiesta en fiesta —o de culto en culto si es que son cristianos—, disfrutando siempre lo más posible. ¡Claro que adorar y disfrutar es bueno y necesario! No obstante, nuestros deberes nunca deben abandonarse con tal de vivir en constante disfrute.  

Quien viva solo para sí mismo no logrará mucho de valor. Bien expresó José Martí que el triunfo es de los que se sacrifican. Tampoco alcanzamos promesas sin afianzarnos en la fe ni escapamos a consecuencias dolorosas si no actuamos con integridad. Si la filosofía contemporánea nos repite que la vida es un carnaval, la de Cristo implica cargar la cruz e ir en pos de él. ¿A quién seguimos? Si actuamos exclusivamente buscando nuestra conveniencia, comodidad y bienestar puede que estemos en el bando equivocado.  

Según la Biblia, los héroes se crecen en las experiencias difíciles. Lea Hebreos 11 y comprobará que regularmente les toca lo peor: vituperios, azotes, prisiones, cárceles, pruebas, apedreamiento, muerte, emigración, angustias, pobreza y maltratos. ¿Será que es imposible ser héroe viviendo lo que suele llamarse la buena vida? Por cierto, puede que cada vez todo resulte más difícil de ahora en adelante para quienes no estén dispuestos a renunciar a los principios bíblicos y continúen predicando el mensaje del evangelio con todas sus implicaciones.

Si continuamos catalogando como pecado a las conductas que la sociedad cada vez más acepta como legítimas aunque la Biblia las condene, nos esperan críticas, enfrentamientos y persecuciones. Jesús lo profetizó: Si el mundo os aborrece, sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros (Juan 15:58). Y el apóstol Juan lo recalcó: Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os aborrece (1 Juan 3:14).

Muchos interpretan la vida abundante que Jesús prometió como una existencia de riquezas y disfrutes sin límite, lo cual está lejos de la verdad. Si queremos vivir siguiendo a Jesucristo, recordemos solo podemos lograrlo cargando su cruz. Por lo tanto, no te preocupes mucho si la vida te está llevando recio. Puede que te esté ofreciendo la oportunidad de ser un héroe. ¡Aprovéchala!   

Otra realidad es que los héroes mueren persiguiendo su ideal: Conforme a la fe murieron todos éstos sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, y confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra (Hebreos 11:13). Dos veces se nos advierte: no recibieron lo prometido (Vs. 13 y 39). ¿Te asusta? La idea de que podemos lograr en la vida todo lo que deseamos es un concepto mundano. Sí, suspira hondo cuando debas renunciar a algunos de tus sueños. ¡Eso es parte del proceso de crecimiento espiritual!

Todos estamos de paso en este mundo. Debemos proseguir sin claudicar hasta nuestro último aliento, aferrándonos a los principios y valores de nuestra fe. A fin de cuentas, obedecer y agradar a Dios es nuestro mayor galardón aunque otros piensen de nosotros lo que quieran. Eso nos ayudará, incluso, a intentar otra heroicidad bíblica que aunque para muchos es absurda, es un reclamo de Jesús: Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seais hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir el sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos (Mateo 5:45-46). ¡Oh Dios, qué dificil! Al menos ayúdanos a orar como Esteban cuando lo apedreaban.  

La última lección es que los héroes perfeccionan su historia en sus sucesores. Así nos sorprende la última idea de este capítulo magistral: proveyendo Dios alguna cosa mejor para nosotros, para que no fuesen ellos perfeccionados aparte de nosotros. (Hebreos 11:40). ¿Ellos, los héroes de la fe, perfeccionados junto a nosotros? Lo son por el ejemplo y la inspiración al que conocer sus historias nos anima a entregarnos como ellos hicieron.

Del mismo modo, gracias a nuestra salvación en Cristo, nosotros podemos ser héroes de la fe para quienes nos sobrevivan. ¡Qué gran consuelo a padres y madres que viven clamando por la salvación y la consagración de sus hijos! Si eres uno de ellos, continúa orando con fidelidad. No claudiques. Si no ves en vida la respuesta a tus oraciones, muere abrazando tu ideal. ¡Dios es experto en obras póstumas! Nuestra muerte no puede impedir el triunfo de la causa a la que entregamos la vida ni la respuesta de Dios a nuestras oraciones. ¿Lo ignorabas? Recuerda que la fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1).

¡Qué gran consuelo para pastores y maestros cristianos que a veces temen haber arado en el mar! Habrá muchas sorpresas en el cielo, hermano y hermana mía. Personas con las cuales creemos haber perdido nuestro tiempo nos sorprenderán delante del trono del Cordero alabando Su gloria. Podemos confiar en que el futuro perfeccione lo que hemos hecho y que fructifique todo lo que con amor sembramos. Por ello vale la pena no ceder a la corrupción y vivir contracorriente. Podemos partir pero no impedir que Dios se manifieste y ocurran grandes cosas después de que marchemos. Así nuestra obra será perfeccionada. Lo inútil y vergonzoso es ceder a la presión de un mundo que en proceso de corrupción se encamina al desastre final.

Los héroes de la fe mencionados en Hebreos 11 escogieron una vida santa y piadosa, por ello se dice que de los cuales el mundo no era digno. Ellos brillaron sobre el mundo de su época porque se rebelaron contra la mediocridad, la incredulidad, la corrupción, la superficialidad y la desobediencia a Dios que les rodeaba.

Nosotros no podemos unirnos a la corriente que convierte a esta tierra en un lugar inhóspito, peligroso y deshumanizante. Muchas tragedias humanas por las que algunos culpan a Dios o a quienes le aman y le siguen, provienen del pecado, la corrupción y el creciente egoísmo humano. Debemos agradecer a los ecologistas porque en cierto modo, ellos confirman las enseñanzas bíblicas sobre las consecuencias de nuestras conductas pecaminosas sobre la naturaleza.

Podemos llegar a ser héroes de la fe del siglo XXI sin necesidad de ser arrasadores de likes en internet o prestarnos frívolamente a fotos en las redes —que corregidas con filtros, usando poses provocativas o exhibiendo privacidades— revelan hasta donde la mundanalidad domina más nuestras costumbres actuales que los valores espirituales que decimos poseer. No me refiero, por supuesto, a fotos familiares o de actividades fraternales y eclesiales, sino a aquellas que por simple imitación de lo que abunda dondequiera, parecen ignorar que los hijos de Dios han sido llamados a no conformarse a las costumbres mundanales, sino a buscar la buena voluntad de Dios agradable y perfecta (Romanos 12:2).  

Nuestra misión no es convertirnos en rutilantes y extravagantes estrellas mediáticas, sino alejarnos de la corriente corruptora que intenta adueñarse totalmente de la conducta humana. Mientras continuamos proclamando el glorioso —y poderoso— evangelio de Cristo, continuémonos mostrándonos de la manera piadosa, prudente y sabia a la cual Cristo nos llama. También urge que enfrentemos con esperanza y gracia las adversidades; dispuestos a vivir y morir persiguiendo nuestro ideal. Solo así las próximas generaciones tendrán la posibilidad de conocer un cristianismo puro y limpio, que no claudica mezclándose con las corrientes de la época.

Tal como hacen los salmones, urge que remontemos el viaje de regreso a nuestras raíces. Estos increíbles peces nadan contracorriente retornando a las aguas tranquilas y limpias donde nacieron, asegurando así la continuidad de la especie. Vencen todos los obstáculos para lograrlo. Ellos lo hacen por instinto. Nosotros debemos hacerlo por convicción.

La convicción que nos apremia a vivir contracorriente.

¡Ejerzamos la libertad gloriosa de vivir como hijos de Dios!