¿Embajadores o jueces?

Aquellos que decimos ser seguidores de Jesucristo, debiéramos ser muy cuidadosos. ¿Qué imagen estamos dando al mundo? Hay un versículo bíblico que cuando lo leo me aterra: Dijo Jesús a sus discípulos: Imposible es que no vengan tropiezos; más ¡ay de aquel por quien vienen! Mejor fuera que se le atase una piedra de molino y se le arrojase al mar, que hacer tropezar a uno de estos pequeñitos (Lucas 17:1). La palabra pequeñitos, que aparece varias veces en los evangelios en labios de Jesús, no siempre alude a los niños, sino a todos los que creen y confían en él con humildad y sin pretensiones.

De modo que, cuando los no creyentes —o los nuevos cristianos— nos observan a nosotros, ¿seremos en realidad un buen ejemplo de lo que significa ser humildes y fieles seguidores del Señor Jesús? Como nuestros hechos suelen ser más poderosos que las palabras, podemos predicar mucho sobre él; pero si cotidianamente no vivimos en verdad lo que creemos, pudiéramos convertirnos en piedra de tropiezo para quienes descubren nuestra inconsistencia.

Cierto es que la corrupción humana presente dondequiera —y la fuerte oposición que se manifiesta cada vez más contra muchos preceptos bíblicos— pueden hacernos sentir incómodos y muy molestos con lo que sucede a nuestro derredor. No obstante, el hecho de que se nos ha llamado a ser embajadores en nombre de Cristo, nos obliga a amar, comprender y perdonar, propiciando que cada día más las personas se acerquen a Dios y puedan conocerle. Muchos que hoy le rechazan no tienen ni la menor idea de la maravillosa transformación que pudieran experimentar si le conocieran y creyeran en él.   

Por ello se requiere que cumplamos con naturalidad nuestros deberes cristianos sin petulancia, altivez ni muestras de insensibilidad hacia quienes nos rodean. Puesto que recibimos el perdón de nuestros pecados por gracia, debemos ser humildes y ofrecer a todos el mismo trato que hemos recibido de Jesús. Bien claro lo escribió Juan: El que dice que permanece en él debe andar como él anduvo (1 Juan 2:6). No hacemos nada del otro mundo cuando tratamos a las demás personas con el mismo amor con el que Cristo nos perdonó. ¡Es nuestro deber ineludible!

No podemos ahora ser jueces de la conducta ajena porque no vemos el corazón de las personas. Aferrados a la cosmovisión cristiana que hemos adquirido por fe —la cual no impide que a veces fallemos—, debemos ser comprensivos ante las debilidades e inconsecuencias humanas. Jesús, siendo Dios, trató con amabilidad y respeto a los pecadores de su época. Al estudiar los evangelios es obvio que él fue muy crítico con quienes pretendían ser extremadamente dogmáticos, pero no cumplían con los preceptos que enseñaban y exigían a otros. ¡Los juicios que expresó Jesús contra los Fariseos fueron los más duros que salieron de sus labios! Sin embargo, fue generoso y tierno para con los pecadores, incluyendo a quienes le crucificaron.  

Al relacionarnos con los no creyentes, debemos recordar que somos embajadores y no jueces. ¿Comprendes la magnitud de nuestra responsabilidad como embajadores? Pablo insiste con una ternura infinita: Y todo esto proviene de Dios, quien nos encargó a nosotros la palabra de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la palabra de reconciliación. Así que somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en nombre de Cristo: reconciliaos con Dios (2 Corintios 5:18-20). ¿El Dios desobedecido, abandonado y negado por muchos, rogando a quienes le rechazan que se reconcilien con él? ¡Esa es la maravilla del amor de Dios!

El oficio de embajador es tan antiguo como reconocido. Como representan a sus países frente a gobiernos extranjeros, siempre harán y hablarán lo que se les ordene, pues no les corresponde fomentar ni declarar guerras, sino ayudar a mantener las buenas relaciones. Por lo cual, cuando dos países entran en un conflicto serio, retiran inmediatamente a sus embajadores.

¿Comprendes? Mientras Dios nos tenga como sus representantes en este mundo, aunque nos aterre el incremento de la maldad y la enemistad que muchos muestran —tanto hacia él como para con nosotros—, nuestra misión ineludible será ejercer el ministerio de la reconciliación, rogando a quienes le desprecian que se vuelvan a Dios.

Muy claro lo expresó Pablo en Efesios 3:19: Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cual sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios (Efesios 3:19).

¡Qué bueno sería que jamás confundiésemos la misión que como cristianos tenemos en esta tierra!

Adoración (5)

Cuando Jesús dijo: el que ama a padre o madre más que a mí no es digno de mí (Mateo 10:37), ¿estaba enseñando que al decidir seguirle podíamos abandonar totalmente nuestras responsabilidades para con nuestros familiares? De ninguna manera.

Es iluso pensar que al conocer a Cristo nos liberamos de deberes filiales porque ello resulta incongruente con la enseñanza general de la Biblia. Del mismo modo, cuando alguien dijo al Señor: Permíteme que vaya primero y entierre a mi padre, y Jesús le contestó: Sígueme, deja que los muertos entierren a sus muertos (Mateo 8:21-22); bajo ningún concepto podemos interpretarlo como que el Señor le exigía abandonar una acción tan sagrada para los judíos como ofrecer un entierro digno a sus familiares. La frase deja que entierre a mi padre era proverbial. Significaba esperar a la muerte padre —la cual podría ocurrir en un futuro incierto— para solo entonces poder seguir a Cristo. Era una simple excusa justificativa que demostraba poca disposición a pesar de lo que había expresado.

Ningún familiar no creyente puede impedir que sirvamos a Dios, pues ello es una decisión personal, pero la obediencia que debemos al mismo Dios nos exige que les amemos y nos ocupemos de ellos aunque rechacen y desprecien nuestra fe. Por lo tanto, si descuidamos la atención que ellos merecen, nuestra adoración pudiera no resultar genuina…  

  

Satisfacción eterna

Cuando Jesús se sentó en el pozo de Jacob y tuvo una conversación profunda con una mujer samaritana, hasta sus discípulos se admiraron de que él hablara con alguien que además de vivir en un área que los judíos despreciaban, tenía un historial de vida cuestionable.

La hostilidad entre judíos y samaritanos existía desde que los últimos construyeron un templo para la adoración en el Monte Gerizim, despreciando al Templo de Jerusalén. Por ello muchos judíos incluso rehuían internarse en el territorio de Samaria aunque por allí pasaba el camino más corto para viajar desde Jerusalén hasta Galilea.

Jesús soslayó los prejuicios y la enemistad existente entre ambos pueblos e inició con la mujer una conversación tan significativa que resultados fueron asombrosos.

Jamás debiéramos dudar del efecto transformador que puede ocurrir en el alma de cualquiera —no importa quien fuere, piense como quiera, o viva donde sea—, cuando abraza la verdadera fe y encuentra la paz y el perdón que cada ser humano necesita…

Los retos de todos los tiempos

Hablando de los héroes de la fe, la Biblia afirma: de los cuales el mundo no era digno (Hebreos 11:39). ¡Qué concepto tan interesante! Ellos se distinguieron por la integridad de la fe que mostraron frente a la generación en la cual les correspondió vivir.   

La enseñanza bíblica sobre el valor y la dignidad de las personas es incompatible con lo que ahora percibe la mayoría sobre quiénes son los admirables, poderosos y héroes del momento. Hoy la fama de alguien se mide por sus seguidores en las redes sociales, sus propiedades o el dinero que posee, su posición social, empresarial, política o por las multitudes que sea capaz de congregar si es un artista y las emociones que manifiesta la gente cuando sube al escenario, etc. De modo que, salvo dignas excepciones, muchos de los héroes y famosos actuales no son precisamente dechados de virtud, lo cual las redes sociales publicitan con saña. En realidad hoy mucho tiene que ver con la astucia y las coyunturas que propician y aseguran lo que llamamos realización personal, concepto que deslumbra y subyuga a un mundo donde el ego se manifiesta cada vez más agresivo.

La Biblia promueve valores diferentes al reclamar a los creyentes que ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos (2 Corintios 5:15). De modo que aunque como cristianos también tengamos derecho a realizarnos como personas exitosas e influyentes, debe quedarnos claro que si nuestras acciones y decisiones van dirigidas siempre a buscar solo nuestra conveniencia, comodidad, bienestar y reconocimiento personal, pudiéramos estar en el bando equivocado.  

Los personajes bíblicos más prominentes, aunque disfrutaron grandes victorias espirituales también sufrieron vituperios y azotes, prisiones, apedreamiento, muerte, migraciones, pobreza, angustias y maltratos, como lo describe el capítulo de Hebreos antes mencionado. Por tanto, no nos extrañemos si a los cristianos fieles del Siglo XXI todo llegara a resultarnos más difícil de ahora en adelante, sobre todo para quienes no estén dispuestos a ignorar los principios bíblicos y persistan en obedecer y compartir el evangelio de Cristo con todas sus implicaciones.

No ignoramos que muchos que se consideran cristianos interpretan la vida abundante que Jesús prometió como llena de riquezas y disfrutes sin límite; libre de preocupaciones y sufrimientos humanos porque olvidan las palabras de Jesús: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame (Lucas 9:23). Por lo tanto, si notas que la vida te está llevando recio, hermana o hermano mío, no te asombres. ¡Te está ofreciendo las mejores oportunidades de llegar a ser un héroe o heroína de la fe!

Obedecer y agradar a Dios es la meta suprema de quienes decidimos seguir a Jesús aunque otros piensen mal de nosotros y nos rechacen. Los héroes de la fe en Hebreos 11, como escogieron ser maltratados con el pueblo de Dios antes que gozar de los deleites temporales del pecado (v.25) ganaron que la Biblia se refiriera a ellos de manera tan loable, pues recibieron la condena y el maltrato de sus contemporáneos por rebelarse contra la impiedad, la incredulidad, la corrupción, la superficialidad y la desobediencia a Dios que les rodeaba.

¿Te das cuenta que ahora tenemos la misma disyuntiva? Las incongruencias y conflictos humanos que hoy sufrimos provienen del pecado, la podredumbre moral y el creciente egoísmo que se manifiesta en la cultura contemporánea. Pero muchos achacan todo a nuestra interpretación dogmática de las verdades bíblicas que ellos consideran arcaicas. Por ello, aunque sus críticas contra nosotros sean cada vez sean más amenazadoras, nuestra misión es mantener una fidelidad absoluta al Señor siendo consecuentes con la fe que profesamos.

Aunque nos acusen, desprecien y no logremos muchos likes en internet en nuestras publicaciones, debemos mantener íntegro nuestro testimonio personal a toda costa. Lo cual significa vivir una vida que nunca demerite lo que creemos y predicamos. Cuidémonos mucho de no aparecer en fotos frívolas en las redes sociales ni en aquellas que corregidas con filtros nos hagan aparentar lo que no somos, pues ello demostraría inmadurez y superficialidad. Evitemos la moda creciente de retratarse en poses provocativas o sensuales porque los verdaderos hijos de Dios a través de los siglos, se han preocupado por glorificar el nombre de Cristo mediante su santidad, humildad e integridad personal. Con respecto a las fotos aludidas solo me refiero a aquellas que revelan cuantos hábitos y prácticas mundanales ya han logrado penetrar la vida y las costumbres de algunos cristianos contemporáneos. No olvidemos la recomendación de Romanos 12:2: No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de nuestro entendimiento, para que comprobéis cual sea la buena voluntad de Dios agradable y perfecta (Romanos 12:2).

Es obvio que para vivir en santidad y en obediencia a Dios habrá que tomar decisiones heroicas que podrán molestar o disgustar a quienes no comparten ni entienden nuestra fe. Si así ocurriera, tal como aconsejó el apóstol Pedro, siempre debemos estar preparados para presentar defensa con mansedumbre y reverencia ante todo aquel que demande la razón de la esperanza que hay en vosotros (1 Pedro 3:15). Ello significa que trataremos con amor, respeto, dignidad, humildad y bondad a nuestros opositores porque ese es nuestro deber cristiano. En toda circunstancia difícil, recordemos las palabras alentadoras que Jesús dijo a sus discípulos: No temáis, manada pequeña, que a vuestro Padre os ha placido daros el reino (Lucas 12:32).

Aunque vengan tiempos más difíciles, mantengamos la confianza en el amor y la protección del Dios que jamás abandona a los suyos. Como Pablo dijo hace más de 2,000 años, todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo padecerán persecución; más los malos hombres y los engañadores irán de mal en peor, confiando y siendo engañados. Pero tú persiste en lo que has aprendido y te persuadiste (2 Timoteo 3:12-14). ¡Desde entonces quienes han querido desaparecer la fe cristiana de la faz de la tierra no han podido lograrlo!

La Biblia y la historia del cristianismo nos recuerdan que es meritorio no ser dignos de este mundo. Bien lo dijo Cristo: Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no sois del mundo, antes yo os ejegí del mundo, por eso el mundo os aborrece (Juan 15:19). Aunque suframos y seamos incomprendidos, vivivamos nuestra fe como corresponde y actuemos como embajadores que somos en nombre de Cristo con la sublime misión de llamar a todos a reconciliarse con Dios. Si así hacemos, comprobaremos que como decía un antiguo himno: no importa que sufra, sufrió el por mí, ¡sirviendo a Jesús soy feliz!

No perdáis, pues vuestra confianza que tiene grande galardón; porque es necesaria la paciencia, para que haciendo la voluntad de Dios obtengáis la promesa. (Hebreos 10:35-36).

La adoración (4)

Aunque cuando mencionamos o leemos la palabra adoración pensamos en actividades específicas que hacemos al reunirnos en las iglesias, campamentos o instituciones cristianas con el propósito de alabar a Dios, ¿estaremos claros en lo que ella significa?

La palabra que se traduce como adoración en el hebreo bíblico significa inclinarse, postrarse. Se encuentra por primera cuando Abraham vio a los tres mensajeros que venían de parte de Dios a anunciarle que su esposa tendría un hijo y salió corriendo de la puerta de su tienda a recibirlos y se postró en tierra (Génesis 18:2).  

De acuerdo a las palabras griegas que se usan posteriormente para hablar de la adoración en el Nuevo Testamento, su sentido original era actuar piadosamente, hacer reverencia, dar obediencia, honrar, dar servicio u homenaje. El Diccionario Expositivo VINE que analiza las palabras del Antiguo y el Nuevo Testamento, afirma que aunque la adoración a Dios no se define en ningún pasaje de la escritura, las palabras y los verbos usados en toda la Biblia para hablar de ella, muestran que la adoración no queda limitada a la alabanza, y que ampliamente puede considerarse como el reconocimiento directo de Dios, de su naturaleza, atributos, caminos y demandas.  

Entonces, está claro que nuestra adoración a Dios no solamente tiene que ver con lo que hacemos cuando nos reunimos para adorarle, sino con la manera en que mostremos nuestra comprensión de la naturaleza de Dios, sus atributos y las demandas que nos hace…

La sinceridad de los Salmos

¿Por qué a los cristianos nos resulta tan necesario y atractivo el libro de los Salmos? ¿Será que en ellos a la par de grandes expresiones de fe y confianza en el poder y la grandeza de Dios, encontramos lamentos, quejas y hasta declaraciones de desesperación frente a las adversidades? Dicho libro, que se encuentra en la parte central de la Biblia, es una colección de cánticos y oraciones que expresan mucha variedad de sentimientos, algunos de los cuales nosotros también los sentimos a veces, pero dudamos si estaría bien expresarlos, pues tememos que cualquier hermano o hermana que nos escuche piense que estamos mal espiritualmente o nos diga:

—No hables así, que a Dios no le agrada  

Pero en los Salmos se habla con absoluta sinceridad. En ellos podemos hallar expresiones muy piadosas junto a quejas y gritos de desesperación y angustia. Probablemente no haya una emoción humana que no esté reflejada en algún salmo. No recuerdo donde leí alguna vez que era el más humano de los libros divinos, porque sus escritores abrían su alma a Dios sin esconderle todo lo que sentían… ¿podremos hacerlo nosotros también?

Adoración (3)

Muchas personas consideran la adoración como un acto que solo se realiza circunstancialmente cuando nos reunimos y apartamos para alabar a Dios. Por ello, si alguien nos pregunta por qué vamos a la iglesia, contestamos sin demora:

–Vamos a la iglesia a adorar a Dios.

No obstante, ¿será posible que asistamos a la iglesia, participemos en la alabanza, escuchemos un mensaje bíblico y no estemos verdaderamente adorando a Dios? Desde el Antiguo Testamento los profetas nos alertan de que tal posibilidad es muy común. El propio Jesús, citando un pasaje del profeta Isaías, dice lo siguiente: Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías diciendo: Este pueblo de labios me honra, más su corazón está lejos de mi (Marcos 7:6). De modo que si voy al templo y me emociono cantando y diciéndole palabras hermosas al Señor, pero cuando todo termina no aplico tales verdades a mi vida diaria… ¡mi adoración será vacía, inútil y más bien ofensiva para Dios!

Para que nuestra alabanza glorifique al Señor y exalte en verdad su nombre, debemos practicar las verdades que decimos y expresamos durante nuestra adoración. De otro modo, todo no será más que palabras o acciones vacías que tal vez disfrutemos al realizarlas, pero si no las respaldamos con nuestra vida diaria no le agradarán al Señor, sino más bien le ofenderán… Recordemos las palabras que el profeta Amós pone en labios de Dios: Quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé la salmodia de tus instrumentos (Amós 5:23)…  Si nuestra vida no respalda lo que decimos y hacemos en la adoración, realmente no estaremos adorando…

 

Poco a poco se llega lejos

Hace mucho tiempo leí la siguiente afirmación de la cual no recuerdo su autor: Nadie es malo de repente, el trabajo del maligno siempre empieza lentamente. ¡Qué gran verdad! Por ello es necesario que estemos alertas pues las tentaciones de Satanás para dañar nuestra vida de fe y servicio sincero al Señor, pueden comenzar por sugerencias insignificantes a las cuales no les concedemos mucha importancia.

Sin embargo, con el tiempo y apenas sin percibirlo, ellas irán minando nuestra vida cristiana, dañando nuestra relación con el Señor, apartándonos de la voluntad de Dios y también de una buena y edificante relación con nuestros hermanos en la fe.

Del mismo modo que una enfermedad física puede comenzar por síntomas apenas perceptibles a los cuales no les hacemos caso, la frialdad y el desinterés pueden afectar nuestra vida espiritual comenzando por actitudes y acciones que al parecer, no tienen demasiada trascendencia…

Nuestros errores ocultos

Todos poseemos un concepto sobre nosotros mismos que asumimos como realista y sincero; pero quienes nos conocen íntimamente bien pudieran tener otros criterios. Desde la antigüedad se sabe que conocerse a uno mismo es una de las tareas más difíciles de cumplir para un ser humano. Por lo tanto, no lograremos un conocimiento cabal de quienes somos y de la manera que respondemos a los retos de la vida, si no estamos abiertos a recibir sin ofendernos la información que otros pueden proporcionarnos sobre cómo ellos nos perciben. ¡Todos tenemos defectos y cometemos errores que suelen ser invisibles a nuestros ojos!  

¿Será que tal fenómeno no solo ocurre a nivel personal, sino también con respecto a la manera en que se aprecian a sí mismas las asociaciones humanas de todo tipo, así como las iglesias, las diferentes tradiciones religiosas y hasta las propias naciones y sus gobernantes? Me horroricé cuando alguien de mi denominación me habló de su iglesia local afirmando con insistencia y categóricamente que era la mejor iglesia de Cuba. ¿Podría esa persona, en verdad, tener un conocimiento cabal de todas las iglesias de Cuba como para hacer tal valoración? Es asombrosa la facilidad con que a veces emitimos juicios de valor absoluto sin tener siquiera la menor posibilidad de documentar su certeza.

El antiquísimo libro de los Salmos nos advierte con claridad: ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Sí, es muy difícil reconocer los errores propios con total sinceridad. Lo sabes por experiencia propia, ¿no? Hay extravíos nuestros que no percibimos, así como otros que preferimos o pretendemos ocultar a nuestros allegados. ¿Acaso creemos que ignorar, minimizar u ocultar nuestros yerros nos libra de sus consecuencias? ¿Seremos tan ingenuos?

En cualquier esfera de la vida el reconocimiento sincero de las malas decisiones y acciones es un acto muy valiente, positivo y redentor; tanto cuando nos demos cuenta nosotros mismos o cuando otros nos advierten del error cometido. Solo que para ello hará falta humildad y sinceridad, dos virtudes cada vez más escasas no solo a escala personal sino al nivel de todas las organizaciones humanas, incluyendo las naciones.

El empecinamiento, la obstinación y la incapacidad para analizar con objetividad el valor de las opiniones diferentes cuando se refieren a nuestra conducta o proyectos de vida, suelen ser algunos de los más grandes y frecuentes desatinos que cometemos en el Siglo XXI. La humanidad ignora de ese modo que tal manera de actuar confirma la enseñanza bíblica: Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2 Timoteo 4:3-4).   

Mientras tanto, el mundo sigue su loca carrera de desenfreno tan imparable como contagiosa. Seamos humildes cuando alguien nos advierta de alguna conducta o decisión errada sobre la cual no tengamos conciencia total. ¿No es obvio, acaso, que todos podemos equivocarnos? ¿Somos ya tan soberbios que nos negamos a reconocer nuestros errores con completa sinceridad, siempre tratando de minimizarlos? Por ello debiéramos repetir con insistencia la antigua oración del salmista: Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro y estaré limpio de gran rebelión (Salmo 19:13).

No reconocer nuestros errores cuando otros nos advierten sobre ellos, es una rebelión contra Dios y una muestra de soberbia que puede resultar trágica.

«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Salmo 139:23-24)»

Dios es amplio en perdonar

Apoyada poderosamente por los medios masivos de comunicación y las redes sociales, la conducta humana contemporánea evidencia cada vez más un rechazo rotundo a los valores que enseña la Biblia como Palabra de Dios. Aunque ello nos aterre, debiéramos asumirlo sin sorprendernos, pues el apóstol Pedro lo advirtió con claridad: Así qué hermanos, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón, o malhechor; o por entrometerse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello (1 Pedro 4:15-16).

Al sugerirnos que glorifiquemos a Dios por ello, se refiere a que debemos mostrar nuestro amor y obediencia a Dios con una actitud tan piadosa como firme, pues en un versículo posterior aclara: De modo que los que padecen según la voluntad de Dios, encomienden sus almas al fiel creador; y hagan el bien (1 Pedro 4-19). Me agrada como traducen ese versículo dos versiones bíblicas contemporáneas: Así que, incluso los que sufren en conformidad con la voluntad divina, deben confiarse a la fidelidad del Creador, sin dejar de hacer el bien (BHTI). De modo que si sufren de la manera que agrada a Dios, sigan haciendo lo correcto y confíenle su vida a Dios, quien los creó, pues él nunca les fallará (NTV).

Sabemos que en los primeros tiempos del cristianismo, cuando la creciente iglesia primitiva impactaba más al pueblo, los gobernantes, los ancianos y los escribas (Hechos 4:8) les prohibieron a Pedro y Juan predicar y enseñar en el nombre de Cristo, más ellos contestaron:  Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído (4:19-20).

En aquellos momentos, los cristianos en Jerusalén eran una multitud muy impactante, tanto por su número como su comportamiento: Todos los que habían creído estaban juntos, y tenían en común todas las cosas, y vendían sus propiedades, y sus bienes, y lo repartían a todos según la necesidad de cada uno (2:44-45). La prohibición de predicar no fue causada solamente por la sanación del cojo de nacimiento en una de las puertas del templo, sino también por la amorosa vida comunitaria de los recién convertidos en la ciudad, lo cual provocó el recelo de quienes no eran tan generosos ni preocupados por el bien común.

Ante tal disyuntiva, impresiona la manera en que los creyentes oraron: Y ahora Señor mira sus amenazas y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra mientras entiendes tu mano para que se hagan sanidades, señales y prodigios… (4: 29-30ª). No estaban muy preocupados por las intimidaciones. Solo dijeron a Dios mira sus amenazas y pidieron les concediera predicar con denuedo —valor, decisión, intrepidez—, y que se manifestara obrando prodigios como solo él podía hacerlo.

¡Qué historia tan llena de lecciones! Satanás intentó impedir el exitoso movimiento alentando los propósitos egoístas de Ananías y Zafira (5:1-11) y las murmuraciones en la congregación (6:1-6). Como la pujante iglesia continuó predicando y creciendo (6:7), las reacciones exteriores culminaron en el martirio de Esteban (7:54-60) y la persecución de los creyentes, asumiendo Saulo de Tarso un rol protagónico estelar.   

¿Imaginarían los creyentes cuál sería el mayor prodigio que sucedería? El  perseguidor que asolaba a la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y a mujeres, y los entregaba en la cárcel (8:3), respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor (9:1); ¡se convirtió a Cristo! Viajó a Damasco persiguiendo a los creyentes que huían de Jerusalén, pero regresó como un predicador del evangelio (9:1-22).  

Los cristianos fueron tan sorprendidos por tal suceso que al regresar Pablo a la ciudad él trataba de juntarse con los discípulos y todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo (9:6). ¿Te das cuenta que la falta de fe que a veces muestran los creyentes sobre las maravillas que Dios hace, continúa siendo un mal endémico del cristianismo?

¿No estaremos nosotros desconcertándonos demasiado por el actual y evidente rechazo a las enseñanzas bíblicas debido a las posibilidades tecnológicas y mediáticas actuales? Confiemos más en el poder de Dios mientras continuamos haciendo el bien como nos corresponde. Como Dios sigue siendo el mismo, las conversiones y los prodigios más inesperados pueden suceder. Veinte siglos de historia del cristianismo nos demuestran que él siempre muestra su gloria y su poder para bien de los suyos.

Aunque haya cada vez más corrupción y agresividad contra la fe cristiana, no dudemos: Dios continúa siendo amplio en perdonar. Desde hace muchos siglos el profeta Isaías escribió: Deje el impío su camino y el hombre inicuo sus pensamientos; y vuélvase a Jehová, el cual tendrá de él misericordia y al Dios nuestro, el cual será amplio en perdonar (Isaías 55:7).

Prediquemos y enseñemos con amor la Palabra de Dios sin amilanarnos por las amenazas del tiempo presente. Dios sabe cuánto sucede. No nos enfoquemos demasiado en las críticas de quienes no quieren, no aceptan o no pueden entender nuestra fe, pues así podríamos desarrollar una actitud que acreciente las barreras entre ellos y nosotros dificultando más la tarea de compartirles con amor y gracia las verdades bíblicas que pueden transformar sus vidas para bien.   

Me impresionan mucho la misericordia, gentileza y comprensión que Jesús mostró en sus relaciones con los pecadores de su época, incluyendo a los publicanos —los recaudadores de impuestos—, que solían ser tan despreciados y odiados por todos. Él fue mucho más severo y crítico para con quienes desde una supuesta posición de fe y amor a las Escrituras, no cumplían con lo que pretendían enseñar. ¿Entonces? Si nos preciamos de amarle y tenerle a él como nuestro único Señor y Salvador, nuestro ejemplo supremo de vida, haríamos bien en imitarle. Tal vez así nuestro testimonio impactaría mucho más a tantos que ahora nos critican y desprecian. ¿Podríamos intentarlo?

Juan, por cierto, lo escribió muy claro: El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo (1 Juan 2:9).