El sentido de la vida

Puede que en la actualidad, el tema de este programa sea difícil de comprender para muchos. Por regla general —incluso en ambientes cristianos—, hay quien piensa que el sentido de la vida es sacarle a todo el mejor provecho económico. Por lo cual, cuando una decisión o una oportunidad que se nos presenta no nos reporta beneficios evidentes, se deja de lado sin reparos.

Nadie piense que estoy defendiendo la pobreza ni diciendo que sea una virtud vivir miserablemente. ¡Si así hiciera, habría perdido la cordura! Mi único interés es recordar a los seguidores de Jesús que la suprema razón de nuestra vida va más allá de la obtención de riquezas materiales o ventajas personales. Nuestra sublime misión es servir al Señor con humildad y sencillez, incluso cuando ello demande sacrificios y renunciamientos…  

El sentido de la vida

Puede que en la actualidad, el tema de este programa sea difícil de comprender para muchos. Por regla general —incluso en ambientes cristianos—, hay quien piensa que el sentido de la vida es sacarle a todo el mejor provecho económico. Por lo cual, cuando una decisión o una oportunidad que se nos presenta no nos reporta beneficios evidentes, se deja de lado sin reparos.

Nadie piense que estoy defendiendo la pobreza ni diciendo que sea una virtud vivir miserablemente. ¡Si así hiciera, habría perdido la cordura! Mi único interés es recordar a los seguidores de Jesús que la suprema razón de nuestra vida va más allá de la obtención de riquezas materiales o ventajas personales. Nuestra sublime misión es servir al Señor con humildad y sencillez, incluso cuando ello demande sacrificios y renunciamientos…  

Nuestro gran reto

Como son tan difíciles, contradictorios y demandantes los tiempos que vivimos, quienes decimos ser seguidores de Cristo no podemos descuidarnos al reaccionar ante las disímiles circunstancias que enfrentamos en la vida diaria. Puede que haya diferentes opiniones ante cuál debe ser la actitud cristiana ante determinadas situaciones, pero me atrevo a afirmar que nuestro mayor reto siempre será ser consecuentes con lo que decimos creer, con las enseñanzas de la Palabra de Dios, y con lo que ella demanda de nosotros.

El asunto no es emocionarnos al leer la Biblia y cantar canciones en la iglesia, lo cual es realmente fácil. Lo que demuestra si realmente somos “cristianos” es como reaccionamos, especialmente delante de los no creyentes, cuando las cosas se nos ponen difíciles…   

Sorpresas en el cielo

Cuando ingresé al Seminario Bautista de La Habana en septiembre de 1963 ya el Pbro. Reinaldo Sánchez Llanes se había graduado y era pastor en la Iglesia Bautista de Camajuaní, en la antigua provincia de Las Villas. Como crecí y me formé en otra denominación, no conocía a la mayoría de los pastores bautistas, salvo aquellos que enseñaban en el seminario.

De modo que en medio de una atmósfera muy difícil en el país para con la religión y los creyentes, sufrí la crisis de abril de 1965 y todas sus consecuencias dentro de Convención Bautista de Cuba Occidental. Por lo tanto, siete meses más tarde fui llevado junto a otros doce estudiantes a las UMAP, y solo pude graduarme cuatro años más tarde, todavía sin conocer al pastor antes citado y a su esposa, la misionera Zoila Hernández.   

Solo cuando en 1977 vinieron a pastorear la Iglesia Bautista El Calvario de la Habana, fue que comencé a tratarles y a valorar el ministerio de ambos. ¡Qué siervos de Dios, tan entregados y sin más pretensiones que servir al Señor y a las personas con un corazón generoso y tierno!

Entonces también escuché algunos comentarios y cuestionamientos desagradables que, comparando a Reinaldo con los anteriores pastores de dicha iglesia, expresaban dudas de que él tuviera suficiente preparación, experiencia y capacidad para pastorear la congregación más numerosa de los bautistas occidentales. ¡Qué cosas suceden a veces entre los cristianos!

No obstante, muy pronto fue notorio el exquisito cuidado espiritual que el nuevo pastor ofrecía a su rebaño y el amor que su esposa derramaba a raudales para con todos. Con la humildad que le caracterizaba, Reinaldo se entregó por completo a predicar el evangelio, atender y alimentar con mucho amor y sabiduría a su grey, mientras también cuidaba con esmero el edificio, sede también de las oficinas de la Convención, el cual dada su antigüedad necesitaba difíciles y muy cuidadosas reparaciones. Tal fue así que, disgustado por la calidad del trabajo hecho por algunos ―y entre otras tareas que realizó personalmente―, ¡él mismo, sobre los andamios, colocó nuevas jambas alrededor del cielo raso del techo del templo! Quería que el trabajo restaurador del histórico lugar quedara con la curiosidad que en verdad merecía. Reinaldo estuvo al tanto de cada detalle de la restauración por amor al Señor, a su iglesia y al templo donde se reunían.

Como padecía de Colitis ulcerativa desde principios de la década de 1980, su salud empeoró y el 13 de abril de 1990 fue necesario intervenirlo quirúrgicamente. La magnitud de la cirugía y su estado posterior fueron tales que todos esperábamos su partida con el Señor, más Dios preservó su ministerio por treinta y dos años más. ¡Y qué ministerio! Entonces sí aprendí a admirarlo con toda mi alma, porque entre tantas virtudes evidentes en su carácter y vida cristiana, al tratarlo más de cerca, puedo afirmar que jamás había visto sobrevivir a alguien a una Colostomía y otros males físicos que le afectaron después, con tanta gracia, pulcritud y dignidad, sin quejas, con un espíritu cristiano y una confianza en el Señor que a todos nos inspiraba. ¡Y lo hizo durante treinta y dos años!

Durante el tiempo en que Dios me permitió presidir la Convención Bautista de Cuba Occidental (2002-2007) mi relación con Reinaldo Sánchez se hizo más profunda. Su ayuda, amistad y grandeza de alma fueron definitivas para enfrentar serios problemas y circunstancias que nuestra obra padecía. Como fue tesorero la mayor parte del tiempo de mi período presidencial, su honestidad acrisolada, espiritualidad, sabiduría y capacidad para mediar, marcaron mi vida. Me acompañó en las situaciones más difíciles y complicadas, siempre actuando con rectitud, justeza y seguridad, pero con amor, compasión y humildad cristiana. Ignoro que hubiera sido de mi en determinadas situaciones si él no hubiese estado a mi lado brindando su apoyo y su consejo, siempre atinado y certero. Además me demostró que su compromiso de fidelidad hacia la Convención Bautista de Cuba Occidental y a la obra de Cristo en Cuba era tan profundo e incuestionable como su amor por el Señor y por la iglesia El Calvario.

Tuve el privilegio de predicar el 15 de febrero de 2007 en el culto donde se hizo efectivo su retiro del ministerio activo en El Calvario. Prediqué sobre el pasaje bíblico de Deuteronomio 34:1-12; que narra cuando Moisés sube a la cima del Monte Nebo para contemplar la tierra a la cual no podría pasar tras su largo peregrinaje con el pueblo por el desierto. Usé dicha porción bíblica porque terminar un ministerio activo de 45 años en la forma que Reinaldo y Zoila lo hicieron, era llegar triunfantes al punto más alto del camino, donde podemos mirar atrás y ver cuánto Dios nos bendijo y usó para el bien de muchos. A la vez, desde la cima podemos mirar hacia adelante y reconocer que ya es necesario que otros nos sustituyan, tal vez con menos experiencia, pero con nuevas fuerzas. Escogí el pasaje bíblico, sobre todo, porque me parecía que las palabras “nadie como él” refiriéndose a Moisés (34:11) también eran aplicables al carácter, la fe y el estilo de ministerio de Reinaldo Sánchez entre los bautistas occidentales. En muchos sentidos él fue único e irrepetible, como también lo fue y lo sigue siendo nuestra hermana Zoila, quien a pesar de su dolor y actuales limitaciones, es ejemplo de entereza, fe y confianza en el Señor.  ¡Todos los que conocimos y tratamos de cerca a esta pareja ministerial, hemos sido muy privilegiados!

Solo me queda algo más que señalar. Cuando leemos en la Biblia los requisitos bíblicos para el ministerio pastoral, es indiscutible que Reinaldo Sánchez los encarnó a todos, hasta el último, el cual a veces los pastores descuidamos: También es necesario que tenga un buen testimonio para con los de afuera, para que no caiga en descrédito ni en lazo del diablo (1 Timoteo 3:1-7). ¿Por qué razón un ministro  —quien debe vivir totalmente entregado al Señor y a sus responsabilidades ministeriales—, también tiene que lograr “buen testimonio” de quienes no conocen mucho sobre la fe cristiana, sus bondades ni sus requerimientos? ¿Por qué la Biblia dice que si un pastor no logra buen testimonio para con los de afuera, cae en descrédito y en lazo del diablo? Creo que lo hace porque el mal testimonio de un ministro para con los de afuera alejará irremediablemente a muchos de la fe, pero su buen testimonio personal sí puede influir para acercar muchos a Cristo, incluso después de su partida.   

Gracias, Reinaldo, hermano admirado y tan querido, porque al partir a tu añorado encuentro con tu Señor y Salvador ―tal como deseaste y compartiste muchas veces―, no solo dejaste un buen recuerdo en quienes admiramos tu desempeño e integridad ministerial porque compartimos tu misma fe. ¿Sabes? Al conocer de tu partida, también los de afuera reconocieron tu valor, fidelidad e integridad cristiana y conservarán de ti un buen recuerdo. Tú, tan humilde, y a la vez tan inmenso, lograste que todos los que te conociéramos fuéramos impactados por la profundidad, la sinceridad y la autenticidad de tu fe. ¿Qué más puede desear un ministro del Señor Jesús?

¡Auguro que te esperan muchas sorpresas en el cielo!  

(Con muchísimo amor para Zoila, Abby, Víctor, Samuel, los nietos, familiares y todos aquellos que extrañaremos y recordaremos a Reinaldo hasta el último día de nuestras vidas).

La adoración (7)

Muchos piensan que adorar es solo un acto que hacemos cuando nos reunimos con la iglesia, cantamos alabanzas, oramos y escuchamos las enseñanzas de la Palabra de Dios. En programas anteriores hemos insistido en que adorar es mucho más que eso.

Si todas las emociones que experimentamos y el reconocimiento que hacemos sobre la grandeza y el poder del Dios a quien decimos amar con todo el corazón, no las mostramos también después en nuestra conducta diaria, algo ha fallado en nuestra adoración.

Más que en el templo y junto a los hermanos en la fe, donde todo nos incita a glorificar a Dios, el gran reto de los verdaderos creyentes es adorarle a él mostrando una conducta que dignifique nuestras creencias cuando estemos realizando las actividades cotidianas, y mucho más cuando nos relacionemos con personas no creyentes para quienes la fe en Dios no signifique absolutamente nada.

No es necesario cantar, levantar las manos o extasiarnos escuchando enseñanzas hermosas en un culto cristiano para demostrar a otros que adoramos a Dios con todo nuestro corazón, pues a él también le honramos con nuestras acciones y actitudes para con los demás dondequiera que estemos. La calidad de nuestra conducta y la manera en que practicamos nuestra fe en las disímiles ―y a veces frustrantes― circunstancias de la vida común, son un poderoso testimonio. Solo así demostramos a familiares y conocidos que de verdad adoramos a Dios en cada momento de nuestra vida y que “adorar” para nosotros, no es solo una hermosa costumbre que tenemos cuando vamos al templo y nada más…

¿Olvidamos lo esencial?

Toda la Biblia nos enseña que Dios exige a su pueblo que viva en santidad. ¿Ocupa tal reclamo divino un lugar preponderante en la enseñanza cristiana actual? El asunto no es cantarle a Dios: Aleluya, santo, santo, poderoso, el gran Yo Soy ―como proclama la tan hermosa canción contemporánea―, o el himno que usábamos antaño: Santo, santo, santo, Señor Omnipotente, siempre el labio mío loores de dará. Si bien es necesario reconocer la santidad y la grandeza de Dios en la adoración, ¿cuántos mensajes sobre la santidad en la vida cristiana has oído últimamente? ¿Será imposible cumplir ese reclamo bíblico?

Son incontables las citas del Nuevo Testamento que al referirse a los creyentes usan la palabra “santos”: tus santos en Jerusalén (Hechos 9:13); los santos que habitaban en Lydia (Hechos 9:41); los que estáis en Roma, llamados santos (Romanos 1:7); a la iglesia de Dios que está en Corinto, santificados en Cristo Jesús, llamados santos (1 Corintios 1:2); a los santos y fieles en Cristo que están en Efeso (Efesios 1:1). Y muchísimas más.

¿Pensaremos acaso que es pretencioso llamarnos santos porque al compararnos con la santidad de Dios o con la vida de Jesús nos aterra comprobar cuán lejos estamos de ello? No obstante, al no insistir constantemente en esta enseñanza bíblica estamos dando lugar a que muchas costumbres mundanas terminen adueñándose de nosotros aceptándolas como normales…  

Cristianos bajo ataque

Dirigida a los expatriados en diferentes regiones del Asia Menor, territorios que hoy forman parte de Turquía y que entonces eran parte del Imperio romano, la hermosísima primera epístola de Pedro intenta animar a quienes vivían bajo ataques y persecución, presentando enseñanzas esenciales sobre cómo responder en tales situaciones. Recordemos que Jesús exhortó a los discípulos: El siervo no es mayor que su Señor. Si a mí me han perseguido, a vosotros también os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra (Juan 15:20).

¿Por qué los creyentes nos indignamos al experimentar falsas acusaciones y críticas a la fe que predicamos? Antes de reaccionar, primero debiéramos recordar la enseñanza paulina de que el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las pueden entender porque se han de discernir espiritualmente (1 Corintios 2:14). Después, urgirá también que recordemos el consejo de Pedro: Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba que os ha sobrevenido, como si alguna cosa extraña os aconteciese. Así qué, ninguno de vosotros padezca como homicida, o ladrón o malhechor, o por entremeterse en lo ajeno; pero si alguno padece como cristiano, no se avergüence, sino glorifique a Dios por ello. (1 Pedro 4:12; 15-16).

Cuando era un joven lleno de sueños y me preparaba para servir al Señor, sufrí la vergüenza de ser clasificado en mi país como lacra social y se desplomó mi mundo completamente. Catalogado así junto a millares de jóvenes, mi fe y mis principios fueron puestos a prueba. Agobiado y casi claudicando tras un largo período de intenso sufrimiento, Dios impidió que tomara decisiones que comprometerían mi vida y futuro ministerio. Por ello me emociona que Pedro ofrezca a los creyentes bajo ataque: Gracia y paz os sean multiplicadas (1:2). ¡Viví esa experiencia! Cuando somos desacreditados debido a nuestra fe la gracia y la paz de Dios jamás nos abandonarán. ¡Qué maravillosa promesa para cuando nos sentimos atacados, perseguidos o calumniados!

Pedro afirma que a pesar de ser atacados y perseguidos tenemos una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos (1:3); una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible reservada en los cielos (1:4); asegura que somos guardados por el poder de Dios mediante la fe para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo postrero (1:5). ¡Ni siguiera la peor persecución puede despojar a los creyentes fieles de tales ganancias!

Atacados por quienes no conocen o entienden nuestra fe, ―algo muy común en estos tiempos― Pedro nos amonesta: De modo que los que padezcan según la voluntad de Dios, encomienden sus almas sus almas al fiel Creador, y hagan el bien (1 Pedro 4:19). Él insiste en que encomendados a la fidelidad divina continuemos haciendo el bien aunque seamos tratados mal. Por lo tanto, quien proclame que el cristianismo incita al odio incentivando radicalismos ancestrales que impiden a los humanos una vida libre y totalmente disfrutable, ignora de raíz los valores de la fe cristiana. ¿Habrá algún otro sistema de pensamiento lo suficientemente altruista e inclusivo como para obedecer la siguiente enseñanza cristiana?: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos (Mateo 5:44-45).  El Dios de la Biblia no anhela condenar a todos los no creyentes, pues proclama lo contrario: Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su hijo unigénito, para que todo aquel que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16). De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas pasaron y he aquí son hechas nuevas, Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos enseñó a nosotros la palabra de la reconciliación (2 Corintios 5:12-19).   

Penosamente no siempre los cristianos vivimos a la altura de la fe que profesamos al no practicar otra enseñanza bíblica que transformaría nuestro interactuar con quienes erróneamente nos catalogan como sus enemigos: Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos, porque esto es la ley y los profetas (Mateo 7:12). Dicha tristemente hoy casi ignorada Regla de Oro, haría mucho bien tanto a los actuales cristianos como a nuestros acusadores.

Nuestro mundo, cada vez más ególatra y depravado camina hacia su autodestrucción ―algo que algunos científicos y ecologistas declaran sin que muchos les hagan caso―, pero no lo hace porque un Dios odioso así lo desee. En realidad es el mal proceder humano cada vez más enajenado y renuente a corregir errores y conductas fallidas, el que provoca que la vida sea más difícil y contradictoria para todos. ¿Será necesario alargar este artículo enumerando la cantidad de tragedias humanas que ocurren, las calamidades naturales, injusticias, perversidades, actos de corrupción y actitudes ególatras que hoy dañan hasta a los países más desarrollados y que poseen más recursos? ¡Ni hablar entonces de aquellos  que carecen de tanto que hasta las más elementales normas morales son obviadas con tal de sobrevivir!

Por ello los seguidores de Jesús en todos los países oramos fervientemente por una intervención divina que transforme corazones, provoque el arrepentimiento necesario y logre para todos y en todas partes la bendición divina. Tal proceder no proviene de un odio radical y fundamentalista como algunos pretenden, sino del amor que brotó a raudales por la humanidad sufriente en la cruz del Calvario. Por ello los verdaderos cristianos ―incluso quienes viven bajo ataques, perseguidos y vilipendiados―, ruegan para sus países una restauradora intervención divina y claman al Señor pidiendo misericordia, arrepentimiento y salvación. ¡Esa es nuestra manera de hacer el bien!

La adoración (6)

Cuando somos cristianos, ¿los compromisos que adquirimos con nuestra nueva comunidad de fe nos exoneran de cumplir a cabalidad las responsabilidades familiares? Aunque al conocer a Jesús, servirle a él y adorar a Dios en el compañerismo de otros creyentes se vuelve una necesidad imperiosa, debemos ser muy cuidadosos.

Algunos confunden la enseñanza bíblica de que obedecer a Dios debe ser lo primero en nuestras vidas. ¡Claro que debe serlo! No obstante, mientras más sinceramente amemos al Señor, más amorosos debiéramos ser para con nuestros familiares ―incluyendo aquellos que no sean creyentes―, lo cual es imprescindible para que nuestro testimonio delante de ellos sea efectivo. Por lo tanto, nunca debiéramos utilizar la excusa de que tenemos actividades en la iglesia para liberarnos de compromisos o deberes familiares.

Mostrar responsabilidad con el cuidado, la atención y el amor que debemos ofrecer a nuestros seres queridos, es una muestra de obediencia al Señor y también un acto de adoración. Además, ello convencerá a nuestra familia de la obra que Dios está haciendo en nosotros y les permitirá valorar más la fe que profesamos…

Imperfectos pero sirviendo

¿Usará Dios personas imperfectas para hacer su obra? ¡Claro que lo hace! Como no existen personas perfectas en este mundo ―aunque a algunos terrícolas nos guste pensar que lo somos―, él bendice a quienes creemos en él y nos usa para bendecir a otros aunque en muchos aspectos todavía estemos lejos de la perfección. Otra realidad es que él también puede utilizar a cualquier ser humano, sea quien sea, creyente o no, a fin de que sus propósitos se cumplan.

De modo que si conoces y estudias la Biblia encontrarás historias de personas imperfectas que pese a ello, fueron usadas grandemente por Dios para bendecir a otros y para el cumplimiento de sus propósitos divinos. El mismo apóstol Pablo escribió: yo mismo no persigo haberlo ya alcanzado, pero una cosa hago, olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta… (Filipenses 3:13).

Aunque nos falte mucho todavía para llegar a ser como Dios quiere que seamos, podemos ser útiles en la obra de Dios, si estamos dispuestos a obedecerle y servirle con humildad…

La luz al final del túnel

Sufriendo los múltiples problemas de la vida diaria —y especialmente en los últimos años debido a la pandemia del Covid 19 y sus terribles consecuencias, hemos oído muchas veces la expresión: no se ve la luz al final del túnel. Ignoro a cuantas personas les agradará la experiencia de atravesar túneles, pero aunque reconozco su utilidad para acortar distancias, debo confesar que no me agradan en lo absoluto.

Por lo tanto, habituado a los pocos y cortos túneles cubanos, en los cuales la aludida luz al final se ve casi inmediatamente después de entrar a ellos; cuando transito en el extranjero por túneles mucho más largos me inquieto bastante. Si por alguna razón el tráfico se detiene y todavía no se ve la luz de la salida —algo que suele ocurrir con demasiada frecuencia—, mi inquietud aumenta cada segundo. ¡Qué agradable sensación de alivio y seguridad experimento cuando los vehículos comienzan a moverse y puedo ver la dichosa y añorada luz al final!

En algunos aspectos la vida humana es como un túnel. Aunque no fuimos del todo conscientes cuando entramos a él, sí sabemos que estamos haciendo un recorrido terrenal que sin duda terminará un día. Solo que en este caso, a pesar de todos los inconvenientes, desencantos y frustraciones que suframos, deseamos que nuestra muerte demore en llegar lo más posible. También, la gran duda o pregunta de muchos con respecto a ella es si habrá luz o tinieblas al final, ¿o acaso sencillamente nada como piensan otros?

La Biblia habla claramente de la luz que experimentan los creyentes en Cristo durante su vida terrenal, la cual será mucho más gloriosa cuando arriben al final de ella…