¿Arrogancia o humildad?

Los versículos que inspiran este comentario nos retan a asumir una actitud que en nuestra corrupta y orgullosa condición humana es muy difícil. ¿Estimar cada uno a los demás como superiores a él mismo? ¡Qué locura! Además, la humildad no está de moda hasta en algunos círculos cristianos que muestran un proceder muy arrogante opuesto a todo lo que Cristo exige de sus seguidores. Aclaro que lo que Pablo enseña no es que dejemos de valorarnos nosotros mismos, sino que respetemos el valor y la dignidad propia de los demás.

Aunque cada vez sea más fuerte el rechazo actual a las enseñanzas cristianas —porque se consideran retrógradas y discriminatorias por los límites que imponen a la conducta humana—, ello no puede impedir que los cristianos mostremos una conducta humilde y amorosa. Sí, nos entristece que muchos se opongan a lo que predicamos y enseñamos, pero ello no anula nuestro deber de amar y servir a los demás, sean quienes fueren. La actitud de Jesús —¿recuerdas que lo catalogaron amigo de publicanos y pecadores?—, no significaba que él estuviera de acuerdo con sus modos de pensar y actuar.

Jamás debiéramos mostrar una actitud altanera y despreciativa. El mismo Pablo insiste: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia… (Colosenses 3:12). ¿Será que tal comportamiento solo debemos mostrarlo para con quienes sustentan y afirman nuestra fe? No lo creo. Al interactuar con los no creyentes urge mostrar un espíritu compasivo, recordando que solo somos pecadores perdonados por la gracia de Dios y todavía tenemos mucho más que alcanzar y comprender. ¿Acaso ya somos perfectos? ¿En realidad es fácil y nos place obedecer siempre al Señor ante cualquier disyuntiva?

Tristemente terminó la época cuando los cristianos cantábamos haz lo que quieras de mí, Señor, tú el alfarero, yo el barro soy, dócil y humilde anhelo ser, cúmplase siempre en mí tu querer, como expresaba un antiguo himno totalmente olvidado. Ahora preferimos cantar jubilosas y enfáticas declaraciones exigiéndole a Dios que las cumpla. Jamás olvidaré al grupo musical que en un retiro de jóvenes propuso una canción lema que declaraba repetidamente: te diré, Dios, mis deseos para que tú los cumplas. Fueron humildes y aceptaron mi pedido de cambiar tal expresión. ¡Si bien es obvio que podemos decirle a él nuestros deseos, jamás debiéramos hacerlo en forma de orden! El orgullo humano suele estar tan enraizado en esta época que solemos no percibir cuanta arrogancia y presunción pueden manifestar algunas de nuestras actitudes, conductas, decisiones y expresiones.   

Seguidores de uno que no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2: 6-9), nuestras reacciones a los inconvenientes de la vida o al acoso de los impíos con frecuencia son impropias.

Cuando alguna situación provoca que nuestra autoestima se vea amenazada, los cristianos del Siglo XXI fácilmente exclamamos: ¿Humillarme yo? ¡No tengo por qué hacerlo! ¿Será que nos gusta experimentar superioridad, ocupar los primeros planos y ser siempre aplaudidos como si fuéramos los reyes del universo? ¿Nos resulta vergonzoso que alguien nos señale errores o aconseje intentando ayudarnos? Jesús fue escupido, coronado de espinas, crucificado, desechado y despreciado, pero aceptó el camino de la humillación si ello consistía en obedecer al Padre. Es posible que a veces olvidemos a quién amamos y seguimos como nuestro ejemplo supremo de vida. Nuestra misión en la tierra no es ser los primeros en todo, ni brillar como grandes personalidades inatacables, sino ser obedientes incondicionales a quien nos salvó y redimió cueste lo que cueste.

Una niña lloraba porque en el programa de fin de curso le ofrecieron un papel secundario y a su amiguita le asignaron uno principal. Tras secarle las lágrimas, su madre buscó un reloj de mesa y le preguntó mostrándoselo:

—¿Qué ves ahora?—, a lo cual la niña contestó que veía un reloj andando.

La madre viró el reloj, abrió la tapa posterior y le repitió la pregunta.

—Ahora veo rueditas de distintos tamaños dando vueltas—, dijo la niña, tras lo cual la madre añadió:

—Hija, si quito la más pequeñita todo el reloj será inservible. Nunca es vergonzoso hacer un papel secundario. ¿Entiendes lo que quiero enseñarte?.

Vivimos en un mundo tan arrogante y retador que a veces nos contagiamos olvidando importantes requerimientos que nuestra propia fe nos exige. Sentirnos menospreciados, incomprendidos, maltratados o perseguidos no es excusa para mostrar altivez y desamor. Bien escribió el apóstol Pedro: Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de su conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues, ¿qué gloria es si pecando sois abofeteados y lo soportáis? Más si haciendo lo bueno sufrís y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado de parte de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 Pedro 2:19-23). ¿Será pedirnos demasiado que actuemos de esa manera? ¿Olvidamos que 1 Juan 2:6 nos enseña: el que dice que está en él debe andar como el anduvo?

Desde el antiquísimo libro de Proverbios nos llegan palabas alentadoras: El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría y a la honra, precede la humildad (Proverbios 15:33). Y para advertirnos de que somos bendecidos cuando actuamos humildemente, el Nuevo Testamento nos alerta con agudeza: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Santiago 4:6).

Ante la opción entre la arrogancia y la humildad, no hay que hacer preguntas. ¡Sabemos muy bien lo que Dios desea y espera de quienes decimos ser sus hijos!

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