La paciencia de Cristo

Tesalónica era una cuidad próspera cuya situación geográfica permitía que la Via Ignatia —que unía a Roma con el Oriente—, atravesara su calle principal. Por lo tanto, fue un lugar muy propicio para que la fe cristiana se expandiera tanto hacia Roma como al resto del mundo. Tras predicar Pablo por tres semanas en la sinagoga, resultó que algunos judíos creyeran, griegos piadosos en gran número y mujeres nobles no pocas (Hechos 17:4). ¡Tanto impactó ese éxito misionero que provocó un violento alboroto en la ciudad! De modo que Pablo y Silas tuvieron que huir de ella. Conscientes del gran grupo de nuevos creyentes y de las inculpaciones que ellos mismos enfrentaron por parte de las autoridades —estos que trastornan el mundo entero también han venido acá (Hechos 17:6)Pablo les escribe para animarles y continuar instruyéndoles en la fe.   

Nótese que las palabras paulinas: Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios y la paciencia de Cristo no son una orden, sino la expresión de un deseo sincero de su corazón. Conociendo que ellos recibieron la Palabra en medio de gran oposición (1 Tes. 1:6); el apóstol les conforta recordándoles que partiendo de ellos, había sido divulgada la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que en todo lugar vuestra fe se ha extendido (1 Tes 1:8). Por lo tanto, no quería que ellos respondieran de manera violenta al antagonismo que seguían enfrentando, animándoles para que mostraran en sus corazones al amor de Dios y la paciencia de Cristo. 

Es lógico que al ser injustamente acusados, calumniados o perseguidos, respondamos de manera virulenta, algo que hoy solemos ver con frecuencia hasta en las redes sociales. Tengo amigos que ya decidieron abandonarlas por estar cargadas de toxicidad, penosas pugnas entre los mismos cristianos, críticas y acusaciones constantes, demasiada superficialidad mundana y otros males todavía peores. No obstante, considero que nuestro deber es continuar compartiendo en ellas con humildad y sabiduría las enseñanzas cristianas, mostrando a todos el amor de Dios y la paciencia de Cristo. El espíritu con que nos manifestemos y respondamos a quienes se burlen o nos ataquen dirá mucho de nosotros mismos y demostrará cuan real es nuestro compromiso con la fe que sustentamos.

La Biblia expresa claramente cómo debemos responder si somos injustamente tratados: Pues para esto fuisteis llamados: porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado ni hubo engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (2 Pedro 2: 21-23).

Es quimérico esperar que el mundo incrédulo nos valore y respete. De modo que cuando percibamos desprecio, odio o enemistad, esforcémonos en tratar a los demás con el amor que Cristo mostró para con los pecadores de su época. Paradójicamente, él sí criticó con dureza a los Fariseos pues su conducta contradecía lo que ellos mismos enseñaban y volcó violentamente las mesas de quienes convertían el Templo de Jerusalén en una cueva de ladrones. ¿Comprendes? ¡Lo que más airaba al Señor era la hipocresía y falsedad de los líderes religiosos! ¿No es ello una seria advertencia para quienes decimos creer en él y seguirle? A su vez, su paciencia y bondad se mostraba tan ampliamente para con las personas despreciadas y descarriadas, que le acusaron de ser amigo de publicanos y pecadores (Mateo 11:19). Obviamente, él no aprobaba sus conductas, pero consciente de su misión salvífica y redentora, mostraba paciencia y compasión sin límites. ¿Acaso no deberíamos hacer lo mismo?

Me preocupa que clamemos y deseemos con urgencia el juicio condenador para los impíos, como si ignoráramos que nosotros somos pecadores perdonados y salvados totalmente por gracia. Jamás olvidaré a una hermana muy amorosa y fiel que mostraba un férreo desprecio hacia alguien. Para confrontarla, un día le pregunté qué haría si esa persona que odiaba se arrepentía antes de morir, aceptaba a Cristo y tuviera que alabar al Señor en el cielo junto a ella. La hermana, muy turbada, me contestó molesta:

—¡A mí Dios no puede hacerme esa gracia!

Le recordé que en Jerusalén Saulo de Tarso asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres, y los entregaba en la cárcel (Hechos 8:3). No obstante, eso no fue impedimento para que arrepentido y deseando servir a Cristo, el perseguidor no solo se convirtiera en un creyente más, sino en un líder extraordinario, usado por Dios como un poderoso predicador, misionero y escritor bíblico que tras más de dos siglos de su muerte aún nos bendice y anima a todos.

No deseo aparentar ser más cristiano que nadie. Conozco bien —y Dios mucho más—, cuán lejos estoy de ser como él demanda de mí. Por ello me inquieta que todavía sea cuenta pendiente para muchos de nosotros, el reto que Jesús nos dejó al incluir en el Sermón del Monte el deber de amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos ultrajan y persiguen (Mateo 5:38-48). ¿Te atreverías a dejar esta lectura por un momento, tomar tu Biblia y meditar detenidamente en el pasaje citado? ¿Imaginas por qué Jesús, mientras le crucificaban pidió al Padre que perdonara a sus ejecutores porque no sabían lo que hacían?   

En medio de este mundo tan corrupto, guerrerista y loco, solo mostraremos una fe genuina frente a quienes nos atacan y desprecian si acogidos e iluminados por la gracia divina, permitimos que el amor de Dios y la paciencia de Cristo dominen nuestro corazón y nuestras reacciones.

 ¿Podremos lograrlo alguna vez? Como buenos seguidores de Jesús, ello nos daría consuelo y gozo inefables aun en medio de las peores tribulaciones.


Si tras finalizar de leer este escrito deseas escuchar y meditar en el himno «Mi Entrega», texto y música del hermano Hanoi Pons y cantado por Yusín Pons, activa el siguiente archivo de audio:

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