
El 21 de mayo de 1972, un hombre entró a la Basílica de San Pedro en Roma como un peregrino más, escondiendo bajo su ropa un martillo de geólogo y arremetió contra una de las esculturas más preciadas del famoso Miguel Angel Buonarroti (1475-1564): La piedad. Dicha obra muestra a una María bellísima sosteniendo en sus brazos y sobre sus piernas el cadáver de Jesús, observándolo con ternura, tristeza y serenidad mientras contempla el cuerpo de su hijo crucificado.
Tal ataque —condenado mundialmente por dañar una obra artística excepcional—, fue una rebelión contra la fe cuya escultura representa, la cual no muestra a María y a Jesús con las expresiones angustiosas y lastimeras que eran usuales en toda la iconografía anterior, sino serenidad de espíritu y grandeza de alma.
María sostiene con dignidad el cuerpo inerte de su hijo. El rostro de Jesús irradia la paz de su obra consumada mientras su cuerpo espera ser sepultado y despertar a la resurrección segura. Dicha escultura revela la esencia, el poder y la belleza inigualable de la fe cristiana aun en medio de los más terribles y desconcertantes acontecimientos.
El ataque a La Piedad fue un símbolo del rechazo contemporáneo a la fe que proclama el arrepentimiento ineludible, la redención necesaria y la rendición absoluta a Dios como el único camino verdadero, pues hoy prevalecen la rebeldía, la osadía y la provocación. ¡Mientras más exigentes, audaces y rebeldes sean los seres humanos más realizados se sienten!
Egocentrista y enajenada, gran parte de la humanidad contemporánea rechaza intromisiones divinas en su incesante búsqueda del placer. Culpa a la cultura judeo-cristiana de los muchos males que enfrenta por crear tabúes y exigencias absurdas. Para muchos, la fe cristiana resulta retrógrada, mojigata y fastidiosa. Hoy, la palabra piedad es sinónimo de lástima y por lo tanto, amenaza la dignidad humana y se prefiere hablar de solidaridad, una actitud que demuestra identificación con una causa, derecho o necesidad ajena.
Sorprende que desde la antigüedad de los Salmos se nos advierta: se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres. Habla mentira cada uno con su prójimo; hablan con labios lisonjeros, y con doblez de corazón (Salmo 12:1-2). ¿Creías que la pérdida de piedad era un mal contemporáneo? Cuando la piedad se pierde, la mentira, la adulación, la hipocresía, el egoísmo y la conveniencia propia se adueñan de la conducta humana y los valores más esenciales vuelan a bolina. ¡Es terrible! Por ello la Biblia exalta la piedad recordándonos que Simeón, hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él…(Lucas 2:25). Nos narra que hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto…(Hechos 8:2). Pablo nos presenta al judío de Damasco que le atendió tras su conversión como un varón piadoso que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban (Hechos 22:12). Y Pedro escribió: Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios…! (2 Pedro 3:11-12a).
La piedad es una necesidad esencial, una virtud que por amor a Dios demuestra devoción, reverencia y compromiso de obediencia a la voluntad divina. A su vez, inspira actos generosos sin esperar retribuciones ni reconocimiento, porque es el resultado irrebatible de nuestra relación con Dios, por lo cual termina manifestándose en todas las esferas de nuestra vida. Sin ella, incluso podremos mostrar solidaridad con quienes tengamos una causa común o hayan sufrido determinados males. Sin embargo, más allá de ello, ser piadosos implica exaltar a Dios y proclamar su gloria por nuestras acciones bondadosas, pues reconocemos que solo provienen de él. Tal vez por ello la palabra solidaridad se use más actualmente pues la piedad se perciba con recelo. ¿Sabes por qué? La primera exalta la filantropía humana permitiendo vanagloriarnos de nuestros hechos bondadosos y desplazar a Dios como innecesario. La piedad bíblica, no obstante, implica un vínculo constante con él que a la vez se manifiesta en una amplia, fácil, genuina y generosa interacción con los seres humanos, sean quienes fueren.
Además, la piedad tiene que ver con algo más profundo que la emotividad y el disfrute que algunos experimentan en su relación con Dios o la bondad que muestren en sus relaciones humanas. Muchas personas asumen en apariencia tales comportamientos, pero conservan concepciones falsas que al final afectan su conducta. La verdadera piedad no es posible sin una verdadera relación con Dios, porque de otro modo terminará simulando un manto de comprensión y bondad para con los demás que pudiera ocultar dos grandes males: El primero, una permisividad tan amplia para con la conducta ajena que trascienda fronteras éticas. Y el segundo, una actitud hipócrita justificativa que busque, más que todo, ocultar inconsistencias y graves errores propios.
Es Imposible aprobar lo que Dios condena aunque algunos se disgusten porque rechacemos sus comportamientos errados. Aconsejar a alguien con amor y advertirle sobre una conducta destructiva o pecaminosa no es discriminarle ni despreciarle. ¡Es mostrarle piedad! Sin embargo, al compartir el evangelio de Cristo con quienes no piensan ni creen como nosotros debemos hacerlo piadosamente, enfatizando la belleza y la grandeza del amor de Dios sin mostrar desprecio o poca valoración hacia sus personas. Dios quiere y puede redimirles.
Otra virtud de la piedad es que nos ayuda a asumir nuestra fragilidad y temporalidad. Estamos de paso en este mundo y todo seguirá existiendo después de que tú y yo abandonemos el escenario. ¿Lo has pensado alguna vez? De jóvenes asumimos que la vida es demasiado larga y no pensamos en la posibilidad de morir. Ya ancianos —algo que no todos logran—, ¡nos deslumbra la brevedad de la existencia humana! Por ello, ser piadosos implica asimilar que vivir es un regalo inigualable que debemos aprovechar intentando glorificar a Dios con todas nuestras acciones. Ello nos ayudará a enfrentar las diferentes etapas de nuestra existencia asumiendo lo que corresponde a cada una del modo más sabio y con un mejor espíritu. Solo así es posible encarar los desafíos del proceso normal de envejecimiento sin frustraciones, amarguras y quejas constantes. Muchos aseguran que la ancianidad es horrible y triste, olvidando que cada etapa de la vida tiene su encanto y sus recompensas si se vive piadosamente, pues es obvio que hasta la juventud más radiante puede volverse miserable debido a una vida impía. Por ello resulta dramático y peligroso que tanta gente ignore los enormes beneficios de la piedad.
Aunque hoy los amantes de la cultura física digan que el versículo siguiente es una insensatez, bien nos va a todos en hacerle caso: Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera (1 Timoteo 4:7-8).

!! Cuanto nos hace falta esa practica !!
Es coma la caballerosidad, el respeto, los Buenos valores, que se han perdido.
Gracias pastor por este hermoso recordatorio de la Piedad.
DIOS le continue bendiciendo y usando para SU, Reino.
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