Grandes retos del cristianismo contemporáneo (1)

Según la Biblia, desde los albores de la humanidad la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y todo designio del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5), por lo tanto el diluvio universalpretendió librar al planeta de la corrupción existente. Sin embargo, siglos más tarde Pablo catalogaba la conducta humana como maligna y perversa (Filipenses 2:15). También previó que pese al sacrificio de Cristo muchos seguirían siendo amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad pero negarán la eficacia de ella (2 Timoteo 3:1-5). ¡Qué descripción tan horrenda y habitual!

La impiedad se incrementa a diario porque paradójicamente el desarrollo científico-técnico de la humanidad facilita los recursos para que se propague, por lo cual quienes deseen vivir piadosamente enfrentan en la actualidad retos colosales. Hoy se tiende a catalogar al cristianismo bíblico como retrógrado y falso. Incluso en congregaciones que se consideran cristianas, valores como la santidad, la negación de uno mismo y la sumisión absoluta a la voluntad divina apenas se toman en serio. Los postulados más atractivos de la posmodernidad —la autorrealización y el disfrute personal—, dominan la conducta humana.

Por ello la expresión paulina amadores de los deleites más que de Dios nos llama a rendir cuentas. Hedonista hasta la sumo, la cultura que nos rodea entroniza la voluntad y el placer propios elevando al “ego” más que la inflación monetaria existente y haciendo más daño que esta. Hay quienes en vez de rogar a Dios con humildad confiando en su sabiduría y omnipotencia, se atreven a darle órdenes, como escribió Santiago a los creyentes de su época: ahora os jactáis en vuestras soberbias (4:16). Por tanto, quienes deseen  ser verdaderos seguidores de Cristo, deberán atreverse a obedecer algunos reclamos bíblicos que hoy parecen ser reliquias de museo: He aquí uno: Nada hagáis por contienda o vanagloria; antes bien en humildad, estimando cada uno a los demás como superiores él mismo. No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual por lo de los otros (Filipenses 2:3-4). El gran desafío que esta enseñanza impone a la mentalidad contemporánea, es que ese fue el sentir de Cristo y debe ser el de quienes dicen seguirle. Es un reto abrumador, pero no podemos ignorarlo.

Otro desafío actual es cómo nos manifestaremos en las redes sociales, pues la dignidad, la mesura y una espiritualidad acrisolada debieran caracterizar nuestra presencia mediática. Nuestras publicaciones son vidrieras abiertas al mundo que exponen más claramente de lo que imaginamos nuestros reales valores e intereses. ¡Cuidado! Mostrar fotos propias en posturas provocativas o insinuantes es impropio si de verdad servir y glorificar a Jesucristo es nuestra razón de ser. ¿Qué mensaje transmitimos si insistimos en mostrar fotos propias en distintas poses y actitudes? ¡Por favor! Otra cosa son fotografías familiares o de eventos eclesiales, pero la constante exposición de nuestra imagen personal en solitario revela más de nuestras carencias que de nuestras virtudes espirituales, tal como expresa un refrán que aunque no es bíblico, revela una gran verdad: Dime de lo que pretendes y te diré de lo que careces.

De otros retos que enfrentamos en la actualidad los creyentes en Cristo hablaremos en futuras publicaciones. Por ahora, termino recordando un antiguo himno que tristemente brilla por su ausencia en los últimos tiempos:

Sed puros y santos, mirad al Señor / permaneced fieles, siempre en orar / leed la Palabra del buen Salvador / socorred al débil, mostrarle amor.

Sed puros y santos. ¡Dios nos juzgará! / orad en secreto, respuesta vendrá / su Espíritu santo revela a Jesús / y su semejanza en nos Él pondrá.

Sed puros y santos, Cristo nos guiará / seguid su camino, en Él confiad / en paz o en pena la calma dará / quién nos ha salvado de nuestra maldad.

Pregunté a un líder de adoración por qué no lo usaba y me aseguró que era un himno muy pobre musicalmente y su letra no decía nada relevante para la mentalidad contemporánea. ¡Qué pena! ¿Así andamos?

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