
Cuando leo la expresión porque no había lugar en el mesón, que aparece en el evangelio de Lucas al narrar el nacimiento de Jesús, creo que ha sido mal usada por quienes culpan al mesonero de Belén de ser un rico avaricioso e insensible que negó abrigo a la sagrada pareja. ¿Por qué pensar de esa manera sobre un supuesto personaje que el autor del evangelio ni siquiera menciona? Lucas solo dice que María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (2:17).
No obstante, puede que lo sucedido a María y José al llegar a Belén sí nos propicie una lección importante. ¿Qué hacer si nuestros planes no resultan como deseamos por circunstancias ajenas a nuestro dominio? Lo ocurrido a ambos al llegar a Belén fue simplemente que quienes llegaron antes ocuparon los lugares disponibles. ¡Es obvio que no había modo de reservar por internet los mesones de Palestina!
Después de transitar los ciento once kilómetros que separan a Nazaret de Belén, ¿imaginas el cansancio y la urgencia por llegar a la aldea debido al avanzado estado de la virgen grávida? ¿Esperaban ambos recibir al bebé en un establo y acostarle en un pesebre? Seguramente no. Un concepto psicológico nos enseña que las personas serán tan felices como sea el propio nivel de frustración que cada cual desarrolle. De modo que todo dependerá de la actitud que tengamos al aceptar con buen ánimo los sucesos adversos sin convertirlos en una tragedia griega.
Quienes llegaron antes que María y José a Belén, lo hicieron por la misma causa: obligados por el censo. No eran enemigos de la pareja ni deseaban hacerles mal. Solo llegaron antes y ocuparon el mesón. Belén no brindaba a los visitantes muchas posibilidades.
Todos debiéramos aceptar que habrá momentos en la vida en que otros llegarán primero y no siempre obtendremos lo que esperamos o deseamos. Si alguna vez nos irritan o molestan las bendiciones que otros ya disfrutan, pidamos perdón a Dios por ello. Lo cierto es que hay quienes viven destilando amargura por la felicidad o el bienestar ajenos sin darse cuenta que el mayor daño se lo están haciendo ellos mismos.
¿Que hizo la pareja al conocer que no había lugar en el mesón? Conscientes del privilegio de haber sido elegidos para tan sublime misión, cumplieron su deber sin amarguras. ¿Por qué enfadarse con quienes llegaron antes? Ellos tenían claras sus prioridades: proveer un techo al niño, recibirlo con amor y llenarlo de todos los cuidados que necesitaba.
Cuando leemos que María lo envolvió en pañales y acostó en un pesebre (2:7), podemos percibir la ternura de tal acción. Ella fue feliz cuidando al niño sin amargarse por las dificultades que enfrentó a última hora. ¿Sufrió al acostar a su hijo en un pesebre? Tras recibir la visita de los pastores la Biblia nos dice que ella guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón ( 2:19). Así demostró que estaba conmovida por la grandeza de los acontecimientos y no por la magnitud de las dificultades.
¿Cuántas veces al enfrentar adversidades mostramos amargura, sintiéndonos maltratados o culpando a otros? María y José solo buscaron abrigo y se dispusieron a cumplir su misión, demostrando grandeza espiritual y genuina devoción. Es penoso, pero a veces evidenciamos una pobre espiritualidad si al enfrentar las complicaciones naturales de la vida se nos hace difícil asumir nuestros deberes con el mejor espíritu. ¡Probablemente cualquiera de nosotros mostraríamos desconcierto en el mesón de Belén, doliéndonos y reclamando derechos a quienes simplemente llegaron antes! Anonadados por tener que recibir a nuestro hijo por nacer en un establo maloliente, nuestra incomodidad y desconcierto impediría que mostrásemos buen ánimo ante tal adversidad.
¿Por qué José y María mostraron otro espíritu? ¡Ellos sabían que Jesús no dejaría de ser el Hijo de Dios por nacer en un pesebre! ¿Te das cuenta? Eran la pareja más feliz y bendecida del mundo aunque tuvieran que alojarse en una gruta maloliente. Como formaban parte de un plan divino para salvar a su pueblo ningún infortunio tenía sentido. La misión que Dios les había encomendado era tan grandiosa, que no podían mostrar desconcierto ante los inconvenientes. ¡Qué hermosa lección de Navidad para nosotros, que tan frecuentemente consideramos que las adversidades no pueden formar parte del amoroso plan divino! ¿Dónde aprendimos eso? La Biblia enseña todo lo contrario.
Al celebrar esta Navidad, no te enfoques en las adversidades que enfrentas, las injusticias que sufres u observas a diario o tus múltiples insatisfacciones. Todo ello es parte de la vida humana y no lo dudes: ¡Dios no deja de ser Dios cuando estás rodeado de problemas! Tampoco Jesús deja de ser tu Señor y Salvador aunque enfrentes calamidades, ni el Espíritu Santo abandonará su labor consoladora y formadora en ti aunque todo el escenario parezca incierto. Simplemente aférrate a tu fe con todo tu corazón y sigue adelante cumpliendo tu deber sin amarguras.
Como María y José, ocúpate en cumplir los planes que Dios tiene para ti aunque todo no ocurra como deseas. Podría ser, incluso, que muchos no te entiendan, pero al comportarte en armonía con la voluntad de Dios, no solo recibirás la aprobación y bendición divinas, sino que tu propia vida bendecirá a mucha más gente de lo que imaginas.
