El valor de la humildad

Cuando abandoné mi casa paterna en 1961, llevé conmigo un pequeño morterito de madera que conservo con cariño. Inexplicablemente, mirarlo y tomarlo en mis manos estremece mi corazón. ¿Recuerdan mis coetáneos la conmovedora canción que entonaba Juan Manuel Serrat?: Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas… en un rincón… en un papel o en un cajón. Como un ladrón, acechan detrás de la puerta, nos tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí, que nos sonríen tristes y… ¡nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve!  

Conforme transcurre nuestra vida necesitamos aprender a convivir con algunas realidades aunque nos provoquen lágrimas. Con respecto a logros personales o reconocimientos recibidos, debemos recordar que no solo los obtuvimos gracias a talentos personales que Dios nos otorgó, sino también a circunstancias en las que fue determinante la ayuda y buena voluntad de otras personas; aquellas que favorecieron nuestra formación y desarrollo espiritual. ¿Cuán larga es tu lista de benefactores? La mía, inmensa, impide que pueda mencionar a tantos que me bendijeron ya fuera enseñándome lecciones inolvidables o alertándome sobre errores, peligros o posibilidades que yo no percibía ni alcanzaba a valorar. Sin duda, tuve muchos ángeles humanos a quienes debo agradecer incontables favores y bendiciones.   

El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto: Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4:7). Tal enseñanza nos recuerda que la humildad es una virtud tan prodigiosa que puede sorprendernos con bendiciones terrenales que tal vez nunca imaginamos. Sin embargo, el orgullo y la prepotencia —hoy casi omnipresentes—, siempre causarán la ruina espiritual de quienes rechazan como inoperantes e inaceptables los principios divinos.

Si pretendemos seguir a Jesucristo, jamás debiéramos vanagloriarnos. ¡No somos los únicos causantes de nuestros logros y triunfos espirituales! De ellos es responsable el Santo Espíritu de Dios obrando en nosotros y también aquellas personas que nos animaron a ser mejores, inspirándonos con su propio ejemplo o reprendiéndonos si lo necesitábamos. ¿Imaginas? Es probable que ninguno de ellos haya recibido un diploma por el bien que nos hicieron y puede que nosotros mismos tampoco les hayamos expresado nuestro agradecimiento en vida como ellos lo merecían. ¿Comprendes?

Entonces, ¿importará acaso que algún día alguien tire a la basura o guarde en un cajón los diplomas y reconocimientos que recibimos en nuestra vida terrenal? ¡Ellos solo son símbolos! Su esencia marchará a la eternidad con nosotros y será la mejor ofrenda que ofreceremos al Señor al escuchar de sus labios las palabras tan ansiadas: Bien, buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25:23).

¡Y traspasaremos las puertas del cielo radiantes de felicidad y gratitud eterna!

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