
Cualquiera creería que los sufrimientos de Job destruirían su fe y su conducta piadosa. Tras llegar sus amigos intentando consolarle —ofreciendo una lección magistral de cómo irritar más a quien sufría tan profunda aflicción—, su esposa le ordenó maldecir a Dios y morirse: ¡Pobre hombre! Pese a ello, aunque él expresó abiertamente ante ellos sus dudas y desconcierto, nos enseñó que si nuestra devoción a Dios es real y nos aferramos a la fe, podremos elevar un canto de victoria y esperanza como el suyo aun en las horas más amargas: Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios (Job 19:25). Todo podía sucederle a Job, pero su fe siempre emergía victoriosa.
Es lógico —y evidencia cordura— afligirnos cuando corresponde. ¡Hasta Jesús mostró abiertamente su agonía al acercarse la crucifixión y rogó a sus discípulos: Mi alma está muy triste hasta la muerte, quedaos aquí y velad conmigo (Mateo 26:38). Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle (Lucas 22:43). La aflicción es parte de la vida y no es negándola o disimulándola como se le vence. ¿Lo sabías?
Como Jesús advirtió claramente que en el mundo tendremos aflicción, al recibir su azote aferrémonos a la fe con todas las fuerzas del alma. Ella es un recurso poderoso, un don de Dios inefable y eficaz. Por lo tanto, todo aquello que es nacido de Dios vence al mundo: y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4).
