
Cuando una iglesia cristiana deja de exigir a sus fieles que vivan en santidad, les expone a conductas cuestionables que bajo inciertas justificaciones hoy de moda corrompen y destruyen la vida de cualquiera. Así algunas congregaciones confunden la gracia de Dios con un falso espíritu bondadoso y permisivo, olvidando que tal doctrina al concedernos un perdón inmerecido, nos impulsa agradecidos a vivir en integridad y sencillez, facilitándonos así nuestro crecimiento espiritual y la total transformación de la conducta.
Sin embargo, el espíritu permisivo y acomodaticio —hoy tan común—, ofrece a los creyentes un peligroso plano inclinado donde permanecer fieles es una dificultad tan gigantesca que la caída ocurre por ley de gravedad. Por lo tanto, una fe dependiente de criterios propios y no de la revelación bíblica, potenciará nuestro orgullo impidiéndonos asumir una obediencia total a los reclamos éticos de la fe cristiana, afectando nuestro crecimiento espiritual aunque asistamos regularmente a muy atractivas y exaltadas actividades eclesiales.
¿Corresponde tal proceder con la enseñanza bíblica? No exigir a los creyentes un serio compromiso ético que por medio del Espíritu Santo les permita abandonar las conductas impías, dificulta el proceso necesario de santificación que nos salvaguarda de la impudicia omnipresente. ¿Ignoramos que Jesús se dio a sí mismo para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14)?
En su comentario sobre la carta a los Efesios, William Barclay mencionó un desafío que algunas iglesias modernas perecen ignorar: en la iglesia primitiva los cristianos estaban convencidos de que debían ser diferentes a los incrédulos no comportándose jamás de acuerdo a las normas mundanas, lo cual no significaba apartarse totalmente de ellos ni despreciarles. Por ello era posible a simple vista identificar a los cristianos dondequiera: ¡Ellos actuaban claramente conforme a su fe!
En estos tiempos tan difíciles, bien nos valdría a todos obedecer el consejo bíblico: No se encariñen con este mundo ni con lo que hay en él, porque el amor al Padre y el amor al mundo son incompatibles. Y es que cuánto hay de malo en el mundo —pasiones carnales, turbios deseos y ostentación orgullosa—, proceden del mundo y no del Padre. Pero el mundo y sus pasiones se desvanecen, sólo el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (2 Juan 1:15-17, Versión Hispanoamericana).
