Una misionera inolvidable

Transcurría el año 1948 cuando la norteamericana Helen Black, siguiendo el llamado de Dios dejó atrás su país y su familia para predicar a los cubanos el evangelio de Cristo. Fundó “Mi Campamento” en Manajanabo, antigua provincia de Las Villas, y realizaba allí actividades con niños y jóvenes además de impartir estudios bíblicos en diferentes iglesias. Por varios años fue profesora en los Seminarios de Los Pinos Nuevos y la Convención Bautista Oriental.

A mediados de la década de 1960 cuando la embajada norteamericana en La Habana recomendó a los misioneros estadounidenses que abandonaran el país, ella permaneció en Cuba convencida de que así obedecía la voluntad de Dios aunque se expusiera a perder el sostén económico que recibía de la organización misionera que le envió. Otros misioneros también siguieron en Cuba por algún tiempo más, pero ella fue la única que permaneció en nuestro país viviendo en su amado campamento el resto de su larga y fructífera vida. Durante más de veinte años se abstuvo de visitar su patria temiendo que si salía de Cuba, tanto su gobierno como el cubano o la organización que la envió, impedirían su regreso. Helen falleció en Santa Clara a los 85 años de edad el 3 de marzo del año 2003.

Conocí a esta piadosa mujer en septiembre de 1960 en el colegio presbiteriano “La Progresiva” de Cárdenas, donde ella ministraba ese año en el dormitorio de las estudiantes internas a la vez relacionándose e influenciando a muchas personas, pues entonces ella ya llevaba 12 años en Cuba y su don para evangelizar y enseñar a niños y jóvenes era admirado por todos. Sirvió en “La Progresiva” solo por un curso, pues la escuela fue nacionalizada por el estado cubano en mayo de 1961.

Fue entonces que ella —conociendo mi desempeño en la escuela y la iglesia—, me invitó a servir como consejero en “Mi Campamento” durante los retiros que celebraría ese verano, en los cuales también enseñaba el Dr. René Castellanos, quien era profesor en la misma escuela y mi mentor espiritual. En aquel verano, las enseñanzas de ambos y mis experiencias con los jóvenes que asistieron, resultaron decisivas para confirmar mi vocación ministerial. Entonces ignoraba que “Mi Campamento” se convertiría en mi refugio y tabla de salvación cuando inesperados y muy penosos sucesos parecían dar al traste con mi llamado al ministerio pastoral. Confundido y muy apesadumbrado, regresé allí en mayo de 1962 para buscar el consejo de Helen y pedirle que orase por mi futuro. Toqué a su puerta sin imaginar cuánto esa visita ayudaría a que mi vida se encaminara.

Helen, sorprendida, me escuchó con sensibilidad e interés. Después de orar juntos, escuchar sus consejos y dispuesto a marchar, me sorprendieron sus palabras:

—No te irás de aquí. Necesitas tranquilidad y tiempo para discernir claramente cuál es la voluntad de Dios. ¿Me ayudarías trabajando en el mantenimiento del campamento? No puedo darte un sueldo, pero sí ofrecerte techo y comida.

Para Helen la obediencia absoluta a la voluntad de Dios era un concepto fundamental. 

Esa noche, instalado en una de las cabañas de “Mi Campamento”, comenzó una etapa que determinó mi futuro. Tres meses después, en los retiros espirituales del verano conocí a quien es mi esposa y la madre de mis hijos. Superé las frustraciones sufridas y Helen también me introdujo y relacionó con dos pastores tan inmensos como humildes: Bibiano Molina y Bartolomé Lavastida.  Sus consejos y ejemplos de vida afirmaron mis convicciones y llamado al ministerio pastoral. Para ambos el tema de la obediencia absoluta a la voluntad divina también era incuestionable. Mi visita a Helen para pedirle consejo y orar con ella fue decisiva. De ahí en adelante se me presentaron una tras otra las mejores oportunidades para encausar mi futuro.

¿A cuántas personas esta misionera norteamericana llevó a los pies de Cristo durante sus 55 años de ministerio en Cuba o les inspiró una comprensión más diáfana de todo lo que implica la fe cristiana en cuanto a obediencia a Dios y la santidad de vida? Como su campamento no tuvo fronteras denominacionales ella bendijo e inspiró a muchos. Aunque solo lo sabremos en la eternidad, ¡somos una multitud! Muy firme en sus convicciones, era muy valiente y certera a la hora de confrontar a quien lo merecía. Me regañó duramente varias veces, ¡pero cuánto se lo agradezco! Era tan amorosa y tierna que su bella sonrisa abría las puertas del corazón de quienes tuvimos la bendición de conocerle, ser sus discípulos y recibir también sus atinadas reprimendas bien merecidas. ¿Cómo olvidarla? Ella cautivaba enseguida el corazón de las personas a quienes ministraba. Además, escucharla cuando oraba a Dios resultaba una experiencia espiritual de primera magnitud.

Helen también visitó y enseñó posteriormente en las iglesias donde fui pastor. Conoció y admiró a nuestros hijos quienes junto a otros jóvenes de nuestra congregación también asistieron alguna vez muy emocionados a “Mi Campamento” porque conocían muy bien lo que significaba ese lugar para sus padres. Aunque he mencionado a Helen varias veces en mis libros, este artículo es una deuda de gratitud que debí saldar hace tiempo. Sé que al leerlo, quienes la conocieron en vida se sentirán muy bendecidos. Tratarla y compartir personalmente con ella fue un hermosísimo privilegio que Dios nos concedió.

Ella, sin duda, tiene un lugar cimero en mi lista personal de héroes de la fe.

¡Gracias Señor por lo que Helen Black significó para tantos cubanos!

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