Héroes con grietas

Impresiona a todos la lista de los héroes de la fe que aparece en el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos. Sin embargo, todos ellos fueron seres humanos imperfectos que gracias a la fe que tuvieron podemos admirarles y aprender de ellos.  

No es extraño entonces que cuando comenzamos a relacionarnos con una iglesia, los creyentes nos parezcan seres de otro mundo y nos deslumbre el amor con que nos reciben. ¡Qué gente tan piadosa! Pero esa impresión dura poco. La convivencia y posteriores experiencias nos muestran también sus defectos e inconsecuencias, lo cual nos enseña que la fe es capaz de lograr que cualquier persona pueda inspirarnos y ayudarnos aunque algún área de su vida necesite ser transformada.

Abraham, Sara, Isaac, Moisés, Rahab, y hasta los mismos discípulos de Jesús no fueron los creyentes infalibles que  solemos imaginar, pues al conocer a fondo sus historias aprendemos que nuestra débil y a veces contradictoria condición humana no impide que aferrados a la fe logremos ser instrumentos exitosos en las manos de Dios para bendecir a muchos.

La fe nos convierte en personas valiosas aunque seamos imperfectos. Años atrás conocí un héroe de la fe muy humilde y con poca preparación ¡pero con tremendo espíritu misionero! Sostenía su familia trabajando como carpintero mientras su esposa cosía y bordaba. Ambos, voluntariamente, dedicaban mucho tiempo a evangelizar para que otros conocieran de Cristo. Aunque predicar el evangelio no era una amenaza para sus vidas, enfrentaron discriminación y malos entendidos. No faltaban a ninguna actividad de la iglesia, ofrendaban fielmente y hacían obra misionera sin que muchos estimáramos su heroísmo. ¿La razón? Eran tan fieles y celosos que a veces resultaban incómodos. Por ello muchos no valoraban su grandeza, pues alguna que otra vez les hincaron sus espinas.

Otra heroína de la fe, hermosísima en su juventud, no encontró compañero a la altura de sus expectativas y se dedicó ardientemente a servir a Cristo y su iglesia. Disponible —literalmente— a cualquier hora, lo mismo escribía o preparaba una obra infantil o un estudio bíblico que realizaba visitas misioneras o cuidaba un enfermo hasta en estado terminal. Si alguien necesitaba su ayuda de madrugada, ella asumía gustosa. Fue maestra inigualable de la Escuela Dominical para alumnos de cualquier edad. ¡Qué mujer! Como era muy autoritaria y exigente, a veces molestaba. No obstante, esta mujer de fe —con grietas—, sirvió a Dios fielmente y él la usó para bendecir la vida de muchos, incluyendo mi familia. El recuerdo de sus muchísimas virtudes aún me emociona.

Pudiera mencionar otros héroes de la fe que conocí personalmente, ninguno de ellos perfecto pues nadie lo es. No obstante, ¡Dios les usó para bendecir a muchos! Como nos sucederá a ti y a mí, murieron en el proceso de alcanzar un total crecimiento cristiano aunque tuvieron virtudes que aún nos bendicen al recordarles. Insisto en ello porque la iglesia de Cristo no es una congregación de gente ideal y perfecta con ínfulas de exclusividad. Tampoco es una agrupación elitista de personas superiores. Se asemeja más a una incubadora o un hospital —¿y por qué no?—, a un reformatorio, lugares en los cuales hay que atender y ayudar a las personas con mucho amor, generosidad y paciencia.

La iglesia —asimilémoslo con honestidad—, puede decepcionarnos si creemos encontrar en ella personas perfectas y no vemos todo lo que Dios ya ha hecho en ellas aunque aún les falte mucho por alcanzar. Por ello la Biblia recomienda: amaos unos a los otros con amor fraternal (Rom.12:10);  soportándoos unos a otros y perdonando unos a otros (Col. 3:13);estimulémonos al amor y las buenas obras (Hebreos 10:24). En la iglesia debemos inspirarnos unos a los otros hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13).  

Liberémonos del espíritu de juicio que espera demasiado de los demás o de la hipersensibilidad que nos incomoda al comprender que a nuestros hermanos y hermanas les falta mucho por aprender… ¡al igual que a nosotros! Ello nos hará bien a todos.

Hagámoslo sin que las grietas que aun otros muestran nos desanimen. Disfrutemos de aquellos aspectos por los que ya brillan, pues así nos inspirarán a superarnos también nosotros. En realidad el más elemental análisis introspectivo —si es honesto—, bastará para que los logros alcanzados por otros creyentes se hagan evidentes y nos inspiren. ¡Manos a la obra!


(Este artículo es un resumen del capítulo 5 del libro “Vivir la Fe”. Si alguien desea recibir el libro completo en formato digital, puede solicitarlo por email a la siguiente dirección: aigm1943@gmail.com)

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