Vanas repeticiones

Repetir insistentemente palabras al orar o adorar suele ser común. ¿Acaso Dios es sordo o tiene mala memoria? Nuestras convicciones sobre quién es él debieran determinar cómo nos expresamos y comportamos. Por ello Jesús condenó las vanas repeticiones y en una de sus parábolas (Lucas 18:9-14) mencionó al fariseo que oraba consigo mismo. Si al orar no mostramos coherencia con la fe que decimos profesar, resultará común intentar autosugestionarnos repitiendo palabras o intentar convencer a Dios a fuerza de insistencias. ¡Qué absurdo!

Una historia del Antiguo Testamento muestra la inutilidad de las vanas repeticiones. Cuando el rey Acab acusó al profeta Elías de turbar a la nación, él le sugirió convocar al pueblo y a los profetas de Baal en el Monte Carmelo (1 Reyes 18:20-38). Elías propuso ofrecer allí dos bueyes en sacrificio —uno a Baal y otro a Jehová— convencido de que solo el verdadero Dios proveería el fuego para el holocausto.  

Entonces, desde la mañana hasta la tarde, los profetas de Baal gritaron y clamaron frenéticamente: ¡Baal respóndenos! Y se sajaban con cuchillos y con lancetas conforme a su costumbre hasta chorrear sangre (1 Reyes 18:28-29); pero Baal no respondió. Después, Elías elevó su oración: Respóndeme, Jehová, para que este pueblo conozca que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos (1 Reyes 18:37). Y el fuego del cielo consumió el holocausto.

Repetir palabras y ciertos ritos que provocan emociones y autosugestión es usual en culturas y religiones ancestrales. ¿Acaso los cristianos necesitamos utilizar tales recursos? Aunque el uso de instrumentos musicales para adorar es una costumbre bíblica, Pablo advirtió: Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento, cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento (1 Corintios 14:15).

Hay una hermosísima canción contemporánea que repite la expresión “llena este lugar” elevando el volumen de los instrumentos cadavez más. ¡Una vez conté tal reiteración por veinte veces! Pero si cantamos con entendimiento —como insistió Pablo—, conscientes de que Dios es omnipresente; toda la tierra está llena de su gloria (Isaías 6:3); y que Jesús dijo: donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mat 18:29), ¿necesitamos repetir veinte veces “llena este lugar” para poder experimentar la presencia divina? Mas conforme con la teología bíblica sería clamar por la ayuda divina para apartarnos de cuánto nos impida percibir la presencia de Dios dondequiera que estemos. ¡Lo cual cambiaría radicalmente nuestras vidas!

¿Olvidamos que la presencia de Dios también puede apreciarse en el silencio solemne, la meditación profunda y en nuestra obediencia absoluta a sus mandatos? Inmersos en un mundo cada día más escandaloso y vanidosamente corrupto, ¿solo experimentamos su presencia al reiterar nuestras alabanzas gritando y saltando en un paroxismo emocional inducido por una música estridente?   

Nadie me malinterprete, por favor. Podemos cantar alegres a Dios gozándonos en su presencia como enseña el Salmo 100 y usando diversos instrumentos como proclama el Salmo 150. También es legítimo expresar al Padre Celestial nuestro dolor y confusión como vemos en los salmos 42 y 43. Asimismo, es posible quejarnos: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmo 142:2). Jesús expresó al Padre su agonía en el Getsemaní y la compartió con Pedro, Juan y Jacobo, rogándoles que orasen aunque sabía que ellos se dormirían (Mateo 26:37-38).    

Al orar, adorar, cantar o ministrar a otros, hagámoslo con humildad y sumisión total a Dios, quien nos conoce como nadie y nos ofrece en Cristo solo por gracia un perdón inmerecido. Más que repetir palabras que suelen ser vanas, honremos a Dios con decisiones y conductas que evidencien nuestra sumisión total a su voluntad soberana, la cual no siempre coincidirá con la nuestra, pero será la mejor opción. ¡Él sabe lo que hace!

Las vanas repeticiones, la música ensordecedora y ostentosas expresiones artísticas no aseguran que ofrezcamos un culto racional a Dios al reunimos para adorarle. Si nos permitimos declaraciones que más que glorificarle a él pretendan impresionar a otros —o provocar nuestro carnal disfrute—, andaremos lejos de lo que debe ser un culto cristiano que glorifique a Dios, ensalce a Cristo, evidencie la presencia del Espíritu Santo y proclame las verdades bíblicas que alimentan el alma y convencen a los incrédulos sobre su necesidad de salvación.

Sería bueno que con frecuencia y sinceridad —es muy fácil ser influenciados por la cultura mundana imperante—, hagamos nuestra la oración del salmista: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno (Salmo 139:23-24).

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