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Según el versículo antes citado, al escribirse la carta a los Hebreos era común que algunos creyentes dejaran de congregarse. ¿Se unirían a las iglesias con expectativas erradas sin conocer del todo los valores de la fe cristiana, tan diferentes a la cultura circundante? Hasta en Jerusalén, tras la conversión de miles y trasv la aseveración de que todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas (Hechos 2:44), ocurrieron sucesos desconcertantes.
Involucrado y educado en la iglesia desde niño, sentí el llamado al ministerio pastoral al a los 16 años de vida cuando gran parte de la sociedad cubana valoraba positivamente la labor eclesiástica aunque no participara en ella. No obstante, en la década de 1960 las iglesias enfrentaron un ambiente tan hostil que muchos las abandonaron y gran cantidad de miembros y líderes emigraron. Jamás olvidaré al oficial de las UMAP que burlándose, me gritó con arrogancia:
—¡Ustedes mismos cerrarán las iglesias pues nadie irá a ellas!
Basta conocer la historia de las persecuciones contra los cristianos a través de los siglos para comprender por qué —pese a la fuerte ofensiva ideológica contra la fe—, las iglesias cubanas no solo sobrevivieron sino que después crecieron como nunca antes, tal como afirmaba el antiguo cántico: En medio de las pruebas, la iglesia sigue caminando, nada la detiene para predicar.
Tras casi sesenta años de ministerio, sufrí también algunas decepciones eclesiásticas que en vez de confundirme, me enseñaron que las iglesias son tandivinas en esencia y propósito como humanas y falibles debido a quienes las conforman; lo cual no impide que se cumpla la promesa de Jesús: edificaré mi iglesia y el poder de la muerte no la conquistará (Mat.16:18b NTV). Aclaro que la palabra iglesia no denomina un edificio, sino la comunión y reunión de los creyentes.
¿Se puede mantener la fe aunque suframos decepciones eclesiásticas? Obviamente sí. Incluso, he visto a muchos abandonar la iglesia y asumir conductas impropias pero después regresar arrepentidos y hasta con convicciones aún más fuertes.
Creo en la misión de las iglesias aunque no sean perfectas y a veces no nos cuidemos y apoyemos unos a otros como corresponde. Las iglesias “debieran” ser el ambiente espiritual y emocional idóneo para que la sana enseñanza bíblica logre la transformación conductual de quienes las conforman, manteniéndoles unidos y fieles aun en las situaciones más adversas.
No obstante, para lograrlo, nos urge insistir en que la evangelización, la adoración, el discipulado u otros ministerios que la iglesia realice podrían decepcionar a muchos si quienes los dirigen no muestran total integridad, espiritualidad y humildad. Me temo que según el espíritu de la época, olvidemos que el liderazgo cristiano no significa tener autoridad sobre la gente, sino asumir el compromiso de entregar sacrificialmente nuestro tiempo a la obra de Dios con todo lo que ello conlleva. Ser un pastor, evangelista, maestro o líder eclesiástico no significa lograr una posición de supremacía. ¡En realidad es todo lo contrario!
Si de verdad queremos ministrar —palabra muy de moda—, la gente se adueñará de nuestro tiempo porque viviremos para enseñarles, servirles y ayudarles siempre que lo necesiten. Los verdaderos líderes cristianos jamás olvidan las palabras de Jesús: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Más entre vosotros no será así, sino el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo (Mat 20:25).
El apóstol Pablo, hablando de su vida ministerial escribió: no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo a ver si puedo asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús (Fil. 3:12). Si queremos ser útiles a la obra de Dios, debemos estar muy conscientes de cuánto nos falta para llegar a ser lo que Dios espera de nosotros y reconocer con sinceridad nuestras limitaciones y errores. En verdad, ¡ellos suelen estar más a la vista de la gente que de nosotros mismos! Por tanto, reconocerlos nos capacitaría para ser más útiles y influyentes.
En un mundo cada día más manipulador —si los líderes eclesiásticos no evidencian humildad y sumisión total al Señor al realizar sus deberes—, muchos serán defraudados cuando urgidos de ayuda espiritual o emocional no ven a quienes deben atenderles asumir el compromiso y entrega que les corresponde. Además de proclamar el evangelio, las iglesias deben ofrecernos a los creyentes toda la ayuda necesaria para crecer en la fe y aprender juntos, ayudándonos y apoyándonos mutuamente.
Confirmando las palabras de Jesús: Más el Consolador, el Espíritu Santo, el cual el Padre os enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho. (Jn 14:16); los mensajes a las siete iglesias de Asia mencionadas en el Apocalipsis, terminan afirmando: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (2:7; 2:11; 2:17: 2:29; 3:6; 3:13; 3:22),
Si nos sometemos todos a la dirección del Espíritu Santo, aunque seamos defraudados por incoherencias y desavenencias humanas en la vida eclesiástica, el consuelo y la paz de Dios nos guiará siempre a tener puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2) yhallaremos fuerza, paz y amor suficiente para seguir adelante y permanecer fieles.
¿Decepciones en la iglesia? Donde haya seres humanos siempre las habrá. Por lo tanto seamos generosos con quienes nos defrauden, inspirándoles y animándoles a seguir creciendo en Cristo. ¿Acaso Dios no lo hace cada día con nosotros mismos? Pablo enseñó que el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Rom 8:27). La vida cristiana —y más en la actualidad—, es cada día más difícil y retadora. Seamos generosos y comprensivos cuando algún hermano o hermana nos decepcione. Si tantas veces hemos defraudado a Dios y él nos ha perdonado, nosotros debiéramos poder hacer lo mismo.
¿No lo sabías? Que las iglesias no sean perfectas, no les impide ser genuinas y necesarias. Ellas guardan el tesoro de la fe en vasos de barro, pero aman y esperan al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que seamos semejantes a la gloria suya (Filipenses 3:20-21).
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