Si se humillare mi pueblo

La expresión que da título a este comentario fue dicha por Dios a Salomón tras el detallado discurso que el rey hizo en la dedicación del templo de Jerusalén, el cual puedes leer en el segundo libro de Crónicas capítulos seis y siete. En ellos el rey reconoce la fidelidad y el amor de Dios por la nación, exponiendo a la vez las adversidades que podría enfrentar por causa de su desobediencia: calamidades naturales, hambre, enfermedades e incluso ser llevados cautivos por sus enemigos. Es en ese contexto que, cuando Salomón termina de orar, Dios le responde: Si se humillare mi pueblo, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra (2 Crónicas 7:14). Los cristianos amamos ese versículo pues insiste en el valor de la humildad, la oración, el arrepentimiento y la obediencia a Dios al enfrentar situaciones catastróficas. Así las palabras y sanaré su tierra resultan muy reconfortantes.

Por ello las varias calamidades que recientemente han devastado a nuestro país —las cuales también suelen ocurrir en otras partes del planeta—, me provocan grandes cuestionamientos. Pienso en el horror de quienes se acostaron a dormir como cada noche ignorando la posibilidad de la destructora inundación que sufrirían ¿Por qué no se les avisó de alguna manera a esos posibles damnificados aunque el sistema eléctrico nacional estuviera caído, un hecho de por sí ya catastrófico? ¿Por qué se cuestionó que alguien advirtiera sobre la rotura de la presa cercana —algo posible debido al ímpetu de la inundación que les sorprendió—, si días después ese mismo pueblo fue obligatoriamente evacuado por temor a tal posibilidad? Si usted desea leer relatos y cifras espeluznantes, busque en internet toda la información disponible sobre presas colapsadas, lo cual ha sucedido varias veces hasta en países altamente desarrollados.

Aunque los sismos son impredecibles, los fenómenos climatológicos y sus secuelas pueden pronosticarse con antelación. No obstante, creo que considerar todas las calamidades naturales como castigos divinos podría ser erróneo, ya que ellas afectan mucho más a gente pobre y desvalida, entre las cuales hay fieles creyentes que aman a Dios con toda su alma. Tal vez por ello el salmista, ante consideraciones muy inquietantes que se hace, exclama: ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra, mi carne y mi corazón desfallecen, pero la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmo 73:25-26).

Sí, con frecuencia sufrimos y cuestionamos el porqué de algunos acontecimientos dañinos. Por ello, aferrarse a la fe, la misericordia y el poder de Dios en cualquier circunstancia crítica es muy consolador, pues la soberbia, las malas decisiones y la insensibilidad humanas pueden y suelen ser culpables de que muchos acontecimientos resulten más caóticos todavía. Recordemos que la creación de Dios resultó ser buena en gran manera (Génesis 1:31) hasta que Adán y Eva —a quienes se les permitió disfrutar de todo lo creado menos de un solo árbol que les fue prohibido (Génesis 2:16-17)—, decidieron burlar la única limitación decretada por el Creador, de quien recibían todo por gracia. El Edén dejó de ser paradisíaco cuando la soberbia humana se impuso sobre la capacidad de elegir entre el bien y el mal, dando rienda suelta al orgullo y la necedad, palabras que resultan actitudes afines.  

Desde entonces, también la falta de previsión y sabiduría al enfrentar situaciones catastróficas, puede deberse a la insensatez que a veces mostramos ante circunstancias adversas creyendo orgullosamente que lograremos tener todo bajo control tomando conductas erradas que resultan destructivas. Por ello, solo el reclamo bíblico de humildad y obediencia absoluta al propósito divino nos propicia tomar las mejores decisiones, aquellas que embellecen la vida y nos permiten disfrutar de ella asidos de la mano de Dios. Cuando suframos calamidades naturales o injusticias sociales no olvidemos que la soberbia, el empecinamiento y el orgullo siempre resultarán trágicos. Por eso para sanar la tierra, Dios nos recuerda que solo si nos humillamos y abandonamos nuestros malos caminos todo podría resultar para bien.

Otro proverbio bíblico presenta una lección que nos evitaría muchas dificultades ante situaciones complejas: Cuando los caminos del hombre son agradables á Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él (Proverbios 16:7) ¡Qué noticia! ¿Te das cuenta? Dios controla a nuestros enemigos si mostramos humildad tomando las decisiones que a él le agradan. ¿No es fabuloso? No olvides esta declaración bíblica si eres tentado a actuar de manera soberbia ante cualquier situación difícil que enfrentes, pues Dios puede darte sabiduría, gracia y recursos suficientes para salir airoso sin perder la bondad y el encanto de una conducta que glorifique al Señor y haga más impactante e influyente tu testimonio cristiano.

El pueblo de Dios en cualquier país, ante los grandes dilemas que ofrecen las condiciones éticas del mundo contemporáneo, debe asumir humildemente su misión en esta tierra corrupta hasta la médula. ¡Somos embajadores en nombre de Cristo! (2 Corintios 5:20). Por lo tanto, debemos actuar tal como Jesús nos enseñó: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo 11:29). Los seguidores de Cristo tenemos el deber de mostrar ante los incrédulos el valor de la humildad y la obediencia absoluta a Dios.

Demasiadas personas viven desesperadas debido a las grandes necesidades y retos que enfrentan en su vida. Personalmente, confieso que a veces me siento como el salmista antes citado: Mi carne y mi corazón desfallecen, pero la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Es entonces que a la vez, otro hermoso texto bíblico me levanta y llena de esperanza: ¿Por qué te abates, alma mía, y porqué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aun he de alabarle. Salvación mía y Dios mío (Salmo 43:11).

Aun en las peores circunstancias, jamás olvidemos que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (1 Pedro 5:5).


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