La luz de una vida en Cristo

Una de las tantas enseñanzas de Jesús en el llamado Sermón de la montaña es la siguiente:  Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). En tal declaración hay tres verdades esenciales.

La primera es que quienes creen en él deben ser luces que muestren a otros la mejor manera de vivir.

La segunda es que la realidad de nuestra fe no se demuestra solo con palabras, sino también con nuestras acciones.  

La tercera es que la bondad de nuestras acciones debe ser evidente, a fin de que los demás glorifiquen a Dios por ellas.  

El pasado sábado 15 de febrero, por iniciativa del Pbro. Carlos Sebastián Hernández, pastor de la Primera Iglesia Bautista Hispana de Orlando, un pequeño grupo de cubanos y sus esposas visitamos la tumba del Dr. Moisés Nathaniel McCall en el cementerio de Apopka en la Florida. ¿Qué motivó nuestro encuentro allí? Ese día se cumplían 120 años de la llegada a Cuba de este misionero norteamericano, quien dejó una estela luminosa durante los 41 años que vivió en nuestro país predicando el evangelio de Cristo.     

¡Ninguno de los que allí fuimos le conocimos personalmente! No obstante, nos reunirnos junto a su sepultura para agradecer a Dios todo lo bueno que él hizo para extender el evangelio de Cristo en Cuba. McCall regresó enfermo a Estados Unidos en 1946 tras entregar a los cubanos los años más productivos de su vida y falleció el 8 de marzo de 1947 en la ciudad de Jacksonville. Quienes visitamos su tumba en esta ocasión llegamos a la obra bautista muchos años después de su partida, lo cual no impidió que constantemente oyéramos a otros valorar su ministerio, su bondad y fidelidad absoluta al Señor. Él ayudó, enseñó e iluminó a muchos por su espíritu piadoso y su genuino testimonio cristiano.

Tanto brilló su luz que el gobierno cubano le otorgó la condecoración más alta de la República, la Orden Carlos Manuel de Céspedes. Por ello varios funcionarios gubernamentales asistieron a la asamblea anual de la Convención Bautista Occidental el 27 de marzo de 1945 para reconocer así, públicamente sus méritos y servicios excepcionales al país. No obstante, aunque los bautistas tenemos constancia histórica —y foto del momento en que McCall recibió tal homenaje—, por decisiones gubernamentales tomadas después de 1959, no hay mención de tal otorgamiento en el sitio actual de dicha orden en Internet. ¡Qué lamentable! Quienes tomaron tal decisión olvidaron una famosísima frase de José Martí: Honrar honra.

Junto a la tumba de McCall el 15 de febrero agradecimos al Padre Celestial no solo su vida, sino también las de otros misioneros y misioneras norteamericanas que vivieron y sirvieron en Cuba por muchos años iluminando nuestras vidas por su ejemplo y enseñanzas cristianas. La visita al cementerio de Apopka nos hizo bien. No conocimos a McCall, pero sí a otros siervos de Dios —tanto norteamericanos como nacionales—, cuyas vidas de un modo muy cierto iluminaron nuestro camino y crecimiento cristiano. Nos enseñaron no solo con sus palabras sino con su ejemplo, reprendiéndonos también cuando fue necesario. Sí, porque las luces no solo embellecen el paisaje, también nos permiten advertir a tiempo si un peligro nos acecha. Personalmente agradezco ciertas reprensiones que en su momento consideré drásticas o injustas, pero terminé reconociendo que las necesitaba. ¡Y cuanto bien me hizo aceptarlas y obedecerlas!

Cuando termines de leer este artículo, te invito a recordar y agradecer a Dios la vida de quienes con su ejemplo, enseñanzas y/o advertencias te ayudaron a encauzar tu vida cristiana. Lo que hoy eres, no solo dependió de tu esfuerzo personal, sino también del Espíritu Santo y de quienes a tu lado brillaban con la luz de Cristo. ¿Te atreverías a compartir en los comentarios al menos tres nombres de personas que iluminaron tu vida? Yo lo haré.

Un hermosísimo himno contemporáneo nos advierte: Después que nuestras vidas se hallan ido, nuestros hijos mirarán lo que hay detrás. Ojalá que siempre encuentren cuando ellos nos recuerden, que dejamos una luz que en el camino les guiará. ¡Qué los que vienen detrás nos hallen fieles y la luz de nuestra fe les guie aquí! Nuestras huellas al dejar, ayuden a su fe, nuestras vidas les inspiren a seguir. ¡Que los que vienen detrás nos hallen fieles!  

Seamos humildes y recordemos que como no somos perfectos, si nos descuidamos podemos errar con frecuencia. Tal convicción nos ayudará a ser cuidadosos en nuestro andar cristiano para poder bendecir e inspirar a quienes vienen detrás de nosotros. No olvidemos que la profundad de nuestra fe se demuestra más con hechos virtuosos que con palabras.

¡Solo así lograremos inspirar a otros tal como hicieron con nosotros quienes nos precedieron!

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