El valor de las bienaventuranzas

Cuando comenzamos a leer el capítulo cinco del evangelio de Mateo, hallamos nueve declaraciones conocidas como bienaventuranzas. Referidas a condiciones dichosas que experimentan quienes son muy bendecidos, ¡es posible que muchos al leerlas las interpreten como contradicciones! ¿Dichosos los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia? ¿Acaso no son ellos a quienes casi siempre les toca lo peor en este mundo? Si además son misericordiosos y tienen un corazón limpio y pacificador, ¿no son justamente las personas así quienes suelen ser víctimas fáciles de la violencia, la soberbia de otros o la impiedad inmisericorde?

La Biblia, al hablar de la gente impía declara: No pasan trabajo como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería; ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra (Salmo 73:5-9). ¿Será posible declarar bienaventurados a quienes pueden llegar a ser víctimas de las casi omnipresentes injusticias humanas?

Tales aseveraciones del Sermón de la Montaña nos enseñan que la conducta de quienes dicen amar y seguir a Jesús jamás debiera mostrar altanería, impiedad o el desamor tan frecuente en el mundo. ¿A quién tú sigues en realidad, lector o lectora de estas líneas? En toda ocasión la conducta de quienes creen en Cristo debiera corresponder al carácter y proceder de nuestro Señor, porque él, siendo en forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filipenses 2:6-8).

Entonces, ¿nos extraña el llamado bíblico a asumir una conducta humilde y piadosa, aunque padezcamos injusticias? Como la gracia y el amor divinos jamás abandonarán a los creyentes que padezcan persecución, debemos vivir piadosamente por amor a Cristo aunque ello conlleve sufrimiento. ¿Valoramos la bondad y disposición al sacrificio como la mayor muestra de amor al Señor y a los demás, aunque ello nos exija la más humilde y dolorosa entrega, tal como hizo Jesús para salvarnos?

Al estudiar el Sermón de la Montaña, es obvio que el único camino posible para poder ser bienaventurados es ser humildes, misericordiosos, pacificadores y dispuestos a mostrar a otros el amor de Cristo. Solo así nos convertiremos en las personas capaces que Dios usa para mostrar y ejemplificar a otros el camino hacia la fe.

Sesenta años atrás sufrí la experiencia más desgarradora de mi vida. Fue tan amarga, larga y cruel —duró cerca de tres años—, que casi claudicó mi fe. Sí, me apena confesar que dudé, me rebelé y aseguré que abandonaría el ministerio pastoral. No obstante, Dios usó a personas que me amaban para llamarme a capítulo y a pesar de mi profunda crisis espiritual, él obró el milagro que salvó mi futuro, tras lo cual llegaron las más grandes bendiciones, muchas de las tales fue imposible imaginar mientras estuve sumido en la desesperación.

¿Sabes lo que hoy creo? Aquella terrible injusticia se convirtió en bienaventuranza porque mi desempeño pastoral hubiese sido distinto de no haber experimentado esa crisis de fe. Las muchas bendiciones posteriores y el gozo de un largo ministerio se lograron porque toqué fondo, contemplé mi propia miseria y comprendí la maravilla e inmensidad de la gracia divina. No obstante, viviendo ya mi octava década de vida, sé que cuando llegue al cielo tendré que buscar algunas personas a quienes les fallé y pedirles perdón. ¡Y no tengo duda alguna de cuáles serán sus respuestas!

Sugiero que cuando puedas, abras tu Biblia en el capítulo cinco de Mateo y leas de nuevo calmadamente las bienaventuranzas. Ellas te aportarán una visión de la vida diferente a la que constantemente vemos a nuestro alrededor: la establecida por Dios.

¡Y te hará mucho bien conocerla… y obedecerla!

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