La sal, la luz y la fe cristiana

Cuando leemos el pasaje bíblico que llamamos Sermón de la Montaña, tras las bienaventuranzas expresadas por Jesús hay una reflexión interesantísima sobre la sal y la luz. Aunque como condimento la sal es valiosa para conservar y saborizar los alimentos además de actuar como reguladora de fluidos corporales, sabemos que usada en exceso puede ser dañina. Por lo tanto, al decir Jesús a sus seguidores vosotros sois la sal de la tierra nos recuerda también que ―aunque tengamos una misión sumamente importante que realizar—, es necesario actuar con sabiduría y cordura para ser eficaces. ¿Entiendes? De otro modo, resultaríamos desatinados e ineficientes.

Los seguidores de Cristo debemos evidenciar sinceridad y consistencia total entre la fe que predicamos y nuestra conducta personal, pues de otro modo seríamos tan ineficaces que dejaríamos de ser creíbles. Por ello Jesús aclara: si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres (Mateo 5:13). Los incrédulos descubren fácilmente si la fe que decimos profesar no rige como debiera nuestra propia vida, lo cual les incita a burlarse y despreciar las creencias que sustentamos. Por ello Jesús insiste en que somos como la sal que no debe desvanecerse.     

¿Y la luz? En el relato bíblico de la creación, al mandato divino: ¡Sea la luz! continuó un proceso que empoderó la raza humana sobre la tierra: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera… (Génesis 1: 27-28; 31).

Lamentablemente, llamados a señorear sobre todo lo creado, Adán y Eva cedieron fácilmente a la tentación satánica, violando el único límite que el Creador les impuso: abstenerse de comer de un solo árbol entre los incontables que llenaban el Edén. ¿Era, acaso, un requisito duro y difícil? Obviamente no por la cantidad de árboles y alimentos disponibles allí. Adán no solo resultó incapaz de advertir o impedir a su mujer el error de desobedecer al Creador que les dio todo, sino que cedió a la invitación de ella y comió también. Ambos, con colosal ingenuidad huyeron y se escondieron al oír la voz de Dios en el huerto. ¡Increíble! ¿De verdad creyeron no ser descubiertos y evitar así las consecuencias de sus decisiones, aunque estaban bien advertidos?

La historia posterior de la humanidad tras este proceder de la primera pareja es lamentable. Quien crea poder evadir las consecuencias de ignorar a Dios despreciando su amor, su gracia y las amorosas normas que establece para un buen vivir, ya perdió la cordura y la posibilidad de disfrutar de la mejor y más hermosa vida posible. ¿Lo dudas? Jesús, al mencionar la sal y la luz en el sermón de la montaña advierte a todos los que decimos amarle y seguirle sobre la necesidad de asumir decisiones sabias y firmes, aquellas que nos apartan de la liviandad y corrupción tan comunes en la conducta humana actual, lo cual a su vez nos permite impactar las tinieblas circundantes demostrando a quienes nos rodean cuán beneficiosa y liberadora resulta la decisión de obedecer las enseñanzas de la Palabra de Dios.

El sermón de la montaña, obviamente, contiene importantes y claras lecciones éticas y espirituales que todos necesitamos conocer y practicar, no solo para nuestro propio bien y crecimiento espiritual, sino para bendecir y ayudar a quienes aún no creen en Cristo a valorar la eficacia y el tremendo poder de la fe que sustentamos. ¿Actúas siempre y en todo lugar como corresponde a los principios cristianos? ¿Tu conducta diaria donde quiera que estés permite a otros valorar la consistencia e integridad de tu propia vida y testimonio?

La respuesta a estas dos preguntas determinará si en tu caso o en el mío —tal como enseñó Jesús—, estamos al menos “intentando” ser sal y luz de la tierra.   

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