Los sobrevivientes

El diccionario de la Real Academia Española define como sobreviviente a la persona que vive después de la muerte de otra, después de un determinado suceso, o con escasos medios en condiciones adversas. De modo que amenazados por la pandemia del Covid-19 durante casi dos años, quienes no hemos padecido la enfermedad o ya sanaron de ella somos sobrevivientes aunque la amenaza no haya terminado. Hasta el día en que publico este artículo, más de doscientos cincuenta y nueve millones de personas se contagiaron y fallecieron más de cinco millones. Sin embargo, la Organización Mundial de la Salud advirtió meses atrás que el número real de fallecidos podría ser muy superior porque algunos países solo registran los ocurridos en hospitales o tienen deficientes sistemas de información.   

Sorprende que mientras unos desconfían de las estadísticas otorgándole una mayor morbilidad a la pandemia, otros niegan su existencia afirmando que todo es producto de una pérfida conspiración que incluye la creación e inoculación de vacunas. ¿Comprendes cuán dividida e imprevisible puede ser la sociedad actual? La desconfianza institucional, la inseguridad, la confusión y la terquedad coexisten en la conducta humana junto a las virtudes que también poseemos. ¿Qué más ocurrirá en este mundo tan desarrollado y a la vez tan ególatra, moralmente desinhibido y promiscuo? La advertencia de Jesús en su sermón profético: por haberse multiplicado la maldad el amor de muchos se enfriará (Mateo 24:12) se hace cada vez más real. Otras palabras suyas turban mi alma llenándola de preguntas: Pero, cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra? (Lucas 18:8). Sabemos que la fe bíblica define, transforma y controla nuestra conducta porque la Biblia lo declara enfáticamente: ¿Más quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es muerta? (Santiago 2:20).  

Quienes seguimos a Jesús de Nazaret debiéramos sobrevivir también a otros contagios posibles que dañan nuestra salud espiritual y compromiso cristiano, como Pablo escribió a los romanos: Más vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el espíritu de Cristo, no es de él (Romanos 8:9). Hastiados de malas noticias sobre enfermos y muertes, colapsos de hospitales, aislamientos y restricciones; expuestos al poder casi omnímodo y omnipresente de las redes sociales, ¿manifestamos siempre un auténtico espíritu cristiano en todo lo que exponemos a la luz pública en ellas? Ya sean criterios, gustos, emociones, actitudes, sentimientos, costumbres o aprensiones y frustraciones, ¿todo lo que publicamos exalta el perdón y la gracia que hemos recibido inmerecidamente mediante Jesucristo, nuestro único y suficiente Maestro, Salvador y Señor?

Me pregunto qué impresión damos a los no creyentes que ocasionalmente visitan nuestras publicaciones digitales. ¿Exponemos en ellas toda la belleza y generosa integridad del carácter cristiano? Al predicar sobre el fuerte poder corruptor del pecado, ¿lo hacemos bondadosamente y llenos del amor de Dios, o crítica y justicieramente obviando el perdón gratuito y abundante que nosotros hemos recibido? Tampoco debiéramos injuriar, acusar ni ofender en las redes a otros creyentes por no coincidir con sus doctrinas, costumbres o actitudes. Ellas son medios públicos de alcance global y debemos mostrar sensatez, sensibilidad y ser muy cuidadosos al usarlas. Evitemos que Satanás las utilice contra la fe que proclamamos mostrando en ellas fanatismos absurdos, incongruencias o actitudes y sentimientos degradantes. Cuidemos también la dignidad, la pertinencia y el mensaje que trasmiten las fotos que publicamos. Dado el impacto que las imágenes tienen en la cultura contemporánea, escojamos meticulosamente nuestras fotos para no desvirtuar ni tergiversar con ellas el glorioso, santo y sublime evangelio que predicamos.

Sean cuales fueren las circunstancias y situaciones que de ahora en adelante enfrentemos, rechacemos todo lo que nos aleje del sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo (Filipenses 2:5-7).

Ante el acoso contaminante de la vanidad, la autosuficiencia, el desamor, la superficialidad, excentricidad y falsedad humanas tan comunes en la mentalidad de muchos coterráneos, ocupémonos de bendecir al mundo mostrándoles sin ninguna petulancia ni hipocresía el verdadero fruto del Espíritu Santo en nuestras vidas: amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y templanza (Gálatas 5:23).

Si así hacemos, como la Biblia afirma que contra tales cosas no hay ley, lograremos ser verdaderos sobrevivientes de la impiedad que nos rodea, y evitaremos que ella también contagie y dañe la vida de nuestras familias, iglesias, instituciones y ministerios cristianos.  

¡Dios nos ayude a lograrlo!

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