
Comenzando mi ministerio escuché a una vecina responder lo siguiente tras la pregunta de alguien sobre cómo se encontraba: Aquí, por desgracia, como Dios quiere. ¡Cuánta amargura y rebeldía contenía su respuesta! Hoy, tras seis décadas de labor pastoral, sé que tal actitud suele ser común porque al enfrentar adversidades es posible pensar que ciertos acontecimientos son ajenos a la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios. Por ello Pablo nos aconseja a no tener un elevado concepto de nosotros mismos y pensar con cordura, conforme a la medida de la fe (Rom.12:3).
¿Acaso todo debe ocurrir como nosotros añoramos para aceptar serenamente los designios divinos? ¡Dios es el Señor del universo y no nosotros! Su voluntad es perfecta aun cuando tú y yo no alcancemos respuestas positivas a todas nuestras peticiones. Si bien podemos presentarlas ante él según percibimos nuestras necesidades, Dios verá más allá de ellas y responderá de acuerdo a sus amorosos propósitos eternos.
Entre las muchas plegarias que encontramos en la Biblia, dos me conmueven porque recibieron respuestas negativas: la oración de Jesús en Getsemaní: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti, pasa de mi esta copa (Mar.14:36) y la de Pablo pidiendo liberación del mensajero diabólico que le abofeteaba (2 Cor.12:7-9). ¡Pero Dios envió un ángel a consolar a Jesús porque su agonía era inevitable y Pablo necesitó aceptar que la gracia de Dios bastaba para que él realizara su misión sin librarse del terrible acoso satánico!
Jesús tuvo que ser crucificado para lograr nuestra redención aunque su alma estuviera triste hasta la muerte (Mateo 26:38) y Pablo desarrolló su labor misionera con un aguijón en su carne para que las palabras bástate mi gracia; porque que mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Cor 12:16) nos bendijeran a millones de creyentes a través de los siglos, instándonos a una obediencia total al Señor a pesar de nuestras incapacidades.
Tales respuestas a las oraciones de Jesús y Pablo fueron dolorosas, pero resultaron la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios. ¿Te acongoja que algunas de tus oraciones parezcan no ser escuchadas? Aprende que el secreto de tus mayores victorias espirituales radicará en saber aceptar el silencio del cielo tras algunas de tus más urgentes y dramáticas peticiones. El silencio divino, no obstante, es una apreciación errada. Dios habla de muchas maneras y es solo nuestra obstinación la que a veces nos impide oírle. Jamás dudes de la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios, pues solo nuestra sumisión piadosa a los designios divinos nos transformará en verdaderos hombres y mujeres de fe. Como decía un antiguo himno: No puedo el plan divino ver… ¡Más tarde lo he de comprender!*
Recordemos que cuando el salmista escribió: el hacer tu voluntad Dios mío me ha agradado y tu ley está en medio de mi corazón (Sal. 40:8), antes había confesado: Pacientemente esperé a Jehová y oyó mi clamor, y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso. Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos y temerán y confiarán en Jehová (Salmo 40:1-3).
Enfrentar situaciones difíciles o experimentar inseguridad o desconcierto no nos incapacita para comprender la voluntad divina si clamamos a Dios con sinceridad, mostramos paciencia y disposición total a obedecerle.
Con todo respeto a quienes piensen diferente, temo que parte del cristianismo actual olvida que Jesús exigió a quienes quisieran seguirle negarse a sí mismos y tomar la cruz cada día (Lucas 9:23). ¿Tomar la cruz? Hoy más bien pareciera que para mantener a los creyentes satisfechos y felices urge proveerles entretenimiento constante — y ¿por qué no?—, ¡enseñarles a danzar en cada temporada! Que conste, no creo que danzar sea intrínsecamente pecaminoso, pero “vivir danzando” requiere una carnalidad que nada tiene que ver con la fe salvadora y la rendición absoluta a la voluntad divina, pues incita más bien al desenfreno y la superficialidad.
¿Cuántos sermones escuchaste últimamente sobre la santidad, la comunión íntima y constante con Dios y la decisión de enfrentar, si fuera preciso, hasta la muerte por causa de Cristo? Muchos creyentes actuales desconocen la profunda espiritualidad que aportan o demuestran la reverencia, la solemnidad y la quietud ante la presencia de Dios.
El poder espiritual de una reunión de creyentes cuando derraman ante Dios su corazón en absoluto silencio es impresionante. Sin embargo, he visto en varias iglesias que cuando se invita a los presentes a orar privadamente —lo cual apenas ocurre—, al minuto las personas comienzan a conversar unas con otras. ¡Qué tristeza! También muchos asumen que el tiempo de ofrendar es como un recreo escolar, alegre y bullicioso. Hasta celebrando la cena del Señor es difícil que todos guarden la absoluta reverencia y constricción que merita tal ceremonia mientras se distribuyen los elementos.
Además, ¿para adorar a Dios precisamos siempre mover continua y sensualmente nuestros cuerpos al compás de una ejecución musical de decibeles tan altos que amenaza la salud de los oídos, sin que músicos y líderes de adoración tomen decisiones al respecto?
Si alguien cree que abandoné erróneamente el tema de la voluntad divina, no es así. La Biblia enseña que también podemos alabar a Dios en tono suave con el arpa (Salmo 92:3) y encontrar nuestra fortaleza en la quietud (Isaías 30:15); pues cuando él percibe una adoración fastuosa pero desprovista de obediencia y genuina espiritualidad, ofendido, exclama lo siguiente: quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos (Amós 5:22).
Y por si quedan dudas, recuerda que cuando el profeta Elías, asustado, desanimado y ansioso buscaba la presencia de Dios, no la encontró en el viento, en el terremoto ni en el fuego ―todos ruidosos―, sino en el silbo apacible y delicado (1 Reyes 19: 11). ¿Querré argumentar con ello que es dañino utilizar variedad de instrumentos y canciones? Absolutamente no. Solo advierto que la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta tiene muchísimo que ver con nuestro estilo de adorar.
Aceptar con humildad los designios divinos, provocará que la paz y el gozo inefable inunden tu alma en medio de las lágrimas y el dolor más lacerante, aunque tus sentimientos y temores te inciten a dudar de ello. No permitamos pues que la desobediencia, la incredulidad y la mundanalidad dominen nuestras costumbres personales y eclesiales. Hagamos como enseñaba otro antiguo, sencillo y hermosísimo himno: ¡Obedecer y confiar en Jesús, es la regla marcada para andar en la luz!
* Himno “Me niega Dios,” Autora: Lida A. Leach, El Nuevo Himnario Popular, # 280
** Himno “Cuando andemos con Dios”. Autor: John H. Sammis, El Nuevo Himnario Popular # 93.
