La luz de una vida en Cristo

Una de las tantas enseñanzas de Jesús en el llamado Sermón de la montaña es la siguiente:  Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mateo 5:16). En tal declaración hay tres verdades esenciales.

La primera es que quienes creen en él deben ser luces que muestren a otros la mejor manera de vivir.

La segunda es que la realidad de nuestra fe no se demuestra solo con palabras, sino también con nuestras acciones.  

La tercera es que la bondad de nuestras acciones debe ser evidente, a fin de que los demás glorifiquen a Dios por ellas.  

El pasado sábado 15 de febrero, por iniciativa del Pbro. Carlos Sebastián Hernández, pastor de la Primera Iglesia Bautista Hispana de Orlando, un pequeño grupo de cubanos y sus esposas visitamos la tumba del Dr. Moisés Nathaniel McCall en el cementerio de Apopka en la Florida. ¿Qué motivó nuestro encuentro allí? Ese día se cumplían 120 años de la llegada a Cuba de este misionero norteamericano, quien dejó una estela luminosa durante los 41 años que vivió en nuestro país predicando el evangelio de Cristo.     

¡Ninguno de los que allí fuimos le conocimos personalmente! No obstante, nos reunirnos junto a su sepultura para agradecer a Dios todo lo bueno que él hizo para extender el evangelio de Cristo en Cuba. McCall regresó enfermo a Estados Unidos en 1946 tras entregar a los cubanos los años más productivos de su vida y falleció el 8 de marzo de 1947 en la ciudad de Jacksonville. Quienes visitamos su tumba en esta ocasión llegamos a la obra bautista muchos años después de su partida, lo cual no impidió que constantemente oyéramos a otros valorar su ministerio, su bondad y fidelidad absoluta al Señor. Él ayudó, enseñó e iluminó a muchos por su espíritu piadoso y su genuino testimonio cristiano.

Tanto brilló su luz que el gobierno cubano le otorgó la condecoración más alta de la República, la Orden Carlos Manuel de Céspedes. Por ello varios funcionarios gubernamentales asistieron a la asamblea anual de la Convención Bautista Occidental el 27 de marzo de 1945 para reconocer así, públicamente sus méritos y servicios excepcionales al país. No obstante, aunque los bautistas tenemos constancia histórica —y foto del momento en que McCall recibió tal homenaje—, por decisiones gubernamentales tomadas después de 1959, no hay mención de tal otorgamiento en el sitio actual de dicha orden en Internet. ¡Qué lamentable! Quienes tomaron tal decisión olvidaron una famosísima frase de José Martí: Honrar honra.

Junto a la tumba de McCall el 15 de febrero agradecimos al Padre Celestial no solo su vida, sino también las de otros misioneros y misioneras norteamericanas que vivieron y sirvieron en Cuba por muchos años iluminando nuestras vidas por su ejemplo y enseñanzas cristianas. La visita al cementerio de Apopka nos hizo bien. No conocimos a McCall, pero sí a otros siervos de Dios —tanto norteamericanos como nacionales—, cuyas vidas de un modo muy cierto iluminaron nuestro camino y crecimiento cristiano. Nos enseñaron no solo con sus palabras sino con su ejemplo, reprendiéndonos también cuando fue necesario. Sí, porque las luces no solo embellecen el paisaje, también nos permiten advertir a tiempo si un peligro nos acecha. Personalmente agradezco ciertas reprensiones que en su momento consideré drásticas o injustas, pero terminé reconociendo que las necesitaba. ¡Y cuanto bien me hizo aceptarlas y obedecerlas!

Cuando termines de leer este artículo, te invito a recordar y agradecer a Dios la vida de quienes con su ejemplo, enseñanzas y/o advertencias te ayudaron a encauzar tu vida cristiana. Lo que hoy eres, no solo dependió de tu esfuerzo personal, sino también del Espíritu Santo y de quienes a tu lado brillaban con la luz de Cristo. ¿Te atreverías a compartir en los comentarios al menos tres nombres de personas que iluminaron tu vida? Yo lo haré.

Un hermosísimo himno contemporáneo nos advierte: Después que nuestras vidas se hallan ido, nuestros hijos mirarán lo que hay detrás. Ojalá que siempre encuentren cuando ellos nos recuerden, que dejamos una luz que en el camino les guiará. ¡Qué los que vienen detrás nos hallen fieles y la luz de nuestra fe les guie aquí! Nuestras huellas al dejar, ayuden a su fe, nuestras vidas les inspiren a seguir. ¡Que los que vienen detrás nos hallen fieles!  

Seamos humildes y recordemos que como no somos perfectos, si nos descuidamos podemos errar con frecuencia. Tal convicción nos ayudará a ser cuidadosos en nuestro andar cristiano para poder bendecir e inspirar a quienes vienen detrás de nosotros. No olvidemos que la profundad de nuestra fe se demuestra más con hechos virtuosos que con palabras.

¡Solo así lograremos inspirar a otros tal como hicieron con nosotros quienes nos precedieron!

Si se humillare mi pueblo

La expresión que da título a este comentario fue dicha por Dios a Salomón tras el detallado discurso que el rey hizo en la dedicación del templo de Jerusalén, el cual puedes leer en el segundo libro de Crónicas capítulos seis y siete. En ellos el rey reconoce la fidelidad y el amor de Dios por la nación, exponiendo a la vez las adversidades que podría enfrentar por causa de su desobediencia: calamidades naturales, hambre, enfermedades e incluso ser llevados cautivos por sus enemigos. Es en ese contexto que, cuando Salomón termina de orar, Dios le responde: Si se humillare mi pueblo, y oraren y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra (2 Crónicas 7:14). Los cristianos amamos ese versículo pues insiste en el valor de la humildad, la oración, el arrepentimiento y la obediencia a Dios al enfrentar situaciones catastróficas. Así las palabras y sanaré su tierra resultan muy reconfortantes.

Por ello las varias calamidades que recientemente han devastado a nuestro país —las cuales también suelen ocurrir en otras partes del planeta—, me provocan grandes cuestionamientos. Pienso en el horror de quienes se acostaron a dormir como cada noche ignorando la posibilidad de la destructora inundación que sufrirían ¿Por qué no se les avisó de alguna manera a esos posibles damnificados aunque el sistema eléctrico nacional estuviera caído, un hecho de por sí ya catastrófico? ¿Por qué se cuestionó que alguien advirtiera sobre la rotura de la presa cercana —algo posible debido al ímpetu de la inundación que les sorprendió—, si días después ese mismo pueblo fue obligatoriamente evacuado por temor a tal posibilidad? Si usted desea leer relatos y cifras espeluznantes, busque en internet toda la información disponible sobre presas colapsadas, lo cual ha sucedido varias veces hasta en países altamente desarrollados.

Aunque los sismos son impredecibles, los fenómenos climatológicos y sus secuelas pueden pronosticarse con antelación. No obstante, creo que considerar todas las calamidades naturales como castigos divinos podría ser erróneo, ya que ellas afectan mucho más a gente pobre y desvalida, entre las cuales hay fieles creyentes que aman a Dios con toda su alma. Tal vez por ello el salmista, ante consideraciones muy inquietantes que se hace, exclama: ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra, mi carne y mi corazón desfallecen, pero la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmo 73:25-26).

Sí, con frecuencia sufrimos y cuestionamos el porqué de algunos acontecimientos dañinos. Por ello, aferrarse a la fe, la misericordia y el poder de Dios en cualquier circunstancia crítica es muy consolador, pues la soberbia, las malas decisiones y la insensibilidad humanas pueden y suelen ser culpables de que muchos acontecimientos resulten más caóticos todavía. Recordemos que la creación de Dios resultó ser buena en gran manera (Génesis 1:31) hasta que Adán y Eva —a quienes se les permitió disfrutar de todo lo creado menos de un solo árbol que les fue prohibido (Génesis 2:16-17)—, decidieron burlar la única limitación decretada por el Creador, de quien recibían todo por gracia. El Edén dejó de ser paradisíaco cuando la soberbia humana se impuso sobre la capacidad de elegir entre el bien y el mal, dando rienda suelta al orgullo y la necedad, palabras que resultan actitudes afines.  

Desde entonces, también la falta de previsión y sabiduría al enfrentar situaciones catastróficas, puede deberse a la insensatez que a veces mostramos ante circunstancias adversas creyendo orgullosamente que lograremos tener todo bajo control tomando conductas erradas que resultan destructivas. Por ello, solo el reclamo bíblico de humildad y obediencia absoluta al propósito divino nos propicia tomar las mejores decisiones, aquellas que embellecen la vida y nos permiten disfrutar de ella asidos de la mano de Dios. Cuando suframos calamidades naturales o injusticias sociales no olvidemos que la soberbia, el empecinamiento y el orgullo siempre resultarán trágicos. Por eso para sanar la tierra, Dios nos recuerda que solo si nos humillamos y abandonamos nuestros malos caminos todo podría resultar para bien.

Otro proverbio bíblico presenta una lección que nos evitaría muchas dificultades ante situaciones complejas: Cuando los caminos del hombre son agradables á Jehová, aun a sus enemigos hace estar en paz con él (Proverbios 16:7) ¡Qué noticia! ¿Te das cuenta? Dios controla a nuestros enemigos si mostramos humildad tomando las decisiones que a él le agradan. ¿No es fabuloso? No olvides esta declaración bíblica si eres tentado a actuar de manera soberbia ante cualquier situación difícil que enfrentes, pues Dios puede darte sabiduría, gracia y recursos suficientes para salir airoso sin perder la bondad y el encanto de una conducta que glorifique al Señor y haga más impactante e influyente tu testimonio cristiano.

El pueblo de Dios en cualquier país, ante los grandes dilemas que ofrecen las condiciones éticas del mundo contemporáneo, debe asumir humildemente su misión en esta tierra corrupta hasta la médula. ¡Somos embajadores en nombre de Cristo! (2 Corintios 5:20). Por lo tanto, debemos actuar tal como Jesús nos enseñó: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo 11:29). Los seguidores de Cristo tenemos el deber de mostrar ante los incrédulos el valor de la humildad y la obediencia absoluta a Dios.

Demasiadas personas viven desesperadas debido a las grandes necesidades y retos que enfrentan en su vida. Personalmente, confieso que a veces me siento como el salmista antes citado: Mi carne y mi corazón desfallecen, pero la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre. Es entonces que a la vez, otro hermoso texto bíblico me levanta y llena de esperanza: ¿Por qué te abates, alma mía, y porqué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aun he de alabarle. Salvación mía y Dios mío (Salmo 43:11).

Aun en las peores circunstancias, jamás olvidemos que Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (1 Pedro 5:5).


 [AIGM1]

¿Decepciones en la iglesia?

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Según el versículo antes citado, al escribirse la carta a los Hebreos era común que algunos creyentes dejaran de congregarse. ¿Se unirían a las iglesias con expectativas erradas sin conocer del todo los valores de la fe cristiana, tan diferentes a la cultura circundante? Hasta en Jerusalén, tras la conversión de miles y trasv la aseveración de que todos los que habían creído estaban juntos y tenían en común todas las cosas (Hechos 2:44), ocurrieron sucesos desconcertantes.     

Involucrado y educado en la iglesia desde niño, sentí el llamado al ministerio pastoral al a los 16 años de vida cuando gran parte de la sociedad cubana valoraba positivamente la labor eclesiástica aunque no participara en ella. No obstante, en la década de 1960 las iglesias enfrentaron un ambiente tan hostil que muchos las abandonaron y gran cantidad de miembros y líderes emigraron. Jamás olvidaré al oficial de las UMAP que burlándose, me gritó con arrogancia:

—¡Ustedes mismos cerrarán las iglesias pues nadie irá a ellas!

Basta conocer la historia de las persecuciones contra los cristianos a través de los siglos para comprender por qué —pese a la fuerte ofensiva ideológica contra la fe—, las iglesias cubanas no solo sobrevivieron sino que después crecieron como nunca antes, tal como afirmaba el antiguo cántico: En medio de las pruebas, la iglesia sigue caminando, nada la detiene para predicar.

Tras casi sesenta años de ministerio, sufrí también algunas decepciones eclesiásticas que en vez de confundirme, me enseñaron que las iglesias son tandivinas en esencia y propósito como humanas y falibles debido a quienes las conforman; lo cual no impide que se cumpla la promesa de Jesús: edificaré mi iglesia y el poder de la muerte no la conquistará (Mat.16:18b NTV). Aclaro que la palabra iglesia no denomina un edificio, sino la comunión y reunión de los creyentes.

¿Se puede mantener la fe aunque suframos decepciones eclesiásticas? Obviamente sí. Incluso, he visto a muchos abandonar la iglesia y asumir conductas impropias pero  después regresar arrepentidos y hasta con convicciones aún más fuertes.  

Creo en la misión de las iglesias aunque no sean perfectas y a veces no nos cuidemos y apoyemos unos a otros como corresponde. Las iglesias “debieran” ser el ambiente espiritual y emocional idóneo para que la sana enseñanza bíblica logre la transformación conductual de quienes las conforman, manteniéndoles unidos y fieles aun en las situaciones más adversas.   

No obstante, para lograrlo, nos urge insistir en que la evangelización, la adoración, el discipulado u otros ministerios que la iglesia realice podrían decepcionar a muchos si quienes los dirigen no muestran total integridad, espiritualidad y humildad. Me temo que según el espíritu de la época, olvidemos que el liderazgo cristiano no significa tener autoridad sobre la gente, sino asumir el compromiso de entregar sacrificialmente nuestro tiempo a la obra de Dios con todo lo que ello conlleva. Ser un pastor, evangelista, maestro o líder eclesiástico no significa lograr una posición de supremacía. ¡En realidad es todo lo contrario!

Si de verdad queremos ministrar —palabra muy de moda—, la gente se adueñará de nuestro tiempo porque viviremos para enseñarles, servirles y ayudarles siempre que lo necesiten. Los verdaderos líderes cristianos jamás olvidan las palabras de Jesús: Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Más entre vosotros no será así, sino el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo (Mat 20:25).  

El apóstol Pablo, hablando de su vida ministerial escribió: no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto, sino que prosigo a ver si puedo asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús (Fil. 3:12). Si queremos ser útiles a la obra de Dios, debemos estar muy conscientes de cuánto nos falta para llegar a ser lo que Dios espera de nosotros y reconocer con sinceridad nuestras limitaciones y errores. En verdad, ¡ellos suelen estar más a la vista de la gente que de nosotros mismos! Por tanto, reconocerlos nos capacitaría para ser más útiles y influyentes.     

En un mundo cada día más manipulador —si los líderes eclesiásticos no evidencian humildad y sumisión total al Señor al realizar sus deberes—, muchos serán defraudados cuando urgidos de ayuda espiritual o emocional no ven a quienes deben atenderles asumir el compromiso y entrega que les corresponde. Además de proclamar el evangelio, las iglesias deben ofrecernos a los creyentes toda la ayuda necesaria para crecer en la fe y aprender juntos, ayudándonos y apoyándonos mutuamente.

Confirmando las palabras de Jesús: Más el Consolador, el Espíritu Santo, el cual el Padre os enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todas las cosas que os he dicho. (Jn 14:16); los mensajes a las siete iglesias de Asia mencionadas en el Apocalipsis, terminan afirmando: El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias (2:7; 2:11; 2:17: 2:29; 3:6; 3:13; 3:22),

Si nos sometemos todos a la dirección del Espíritu Santo, aunque seamos defraudados por incoherencias y desavenencias humanas en la vida eclesiástica, el consuelo y la paz de Dios nos guiará siempre a tener puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe (Hebreos 12:2) yhallaremos fuerza, paz y amor suficiente para seguir adelante y permanecer fieles.

¿Decepciones en la iglesia? Donde haya seres humanos siempre las habrá. Por lo tanto seamos generosos con quienes nos defrauden, inspirándoles y animándoles a seguir creciendo en Cristo. ¿Acaso Dios no lo hace cada día con nosotros mismos? Pablo enseñó que el Espíritu Santo intercede por nosotros con gemidos indecibles (Rom 8:27). La vida cristiana —y más en la actualidad—, es cada día más difícil y retadora. Seamos generosos y comprensivos cuando algún hermano o hermana nos decepcione. Si tantas veces hemos defraudado a Dios y él nos ha perdonado, nosotros debiéramos poder hacer lo mismo.

¿No lo sabías? Que las iglesias no sean perfectas, no les impide ser genuinas y necesarias. Ellas guardan el tesoro de la fe en vasos de barro, pero aman y esperan al Salvador, al Señor Jesucristo, el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que seamos semejantes a la gloria suya (Filipenses 3:20-21).

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Vanas repeticiones

Repetir insistentemente palabras al orar o adorar suele ser común. ¿Acaso Dios es sordo o tiene mala memoria? Nuestras convicciones sobre quién es él debieran determinar cómo nos expresamos y comportamos. Por ello Jesús condenó las vanas repeticiones y en una de sus parábolas (Lucas 18:9-14) mencionó al fariseo que oraba consigo mismo. Si al orar no mostramos coherencia con la fe que decimos profesar, resultará común intentar autosugestionarnos repitiendo palabras o intentar convencer a Dios a fuerza de insistencias. ¡Qué absurdo!

Una historia del Antiguo Testamento muestra la inutilidad de las vanas repeticiones. Cuando el rey Acab acusó al profeta Elías de turbar a la nación, él le sugirió convocar al pueblo y a los profetas de Baal en el Monte Carmelo (1 Reyes 18:20-38). Elías propuso ofrecer allí dos bueyes en sacrificio —uno a Baal y otro a Jehová— convencido de que solo el verdadero Dios proveería el fuego para el holocausto.  

Entonces, desde la mañana hasta la tarde, los profetas de Baal gritaron y clamaron frenéticamente: ¡Baal respóndenos! Y se sajaban con cuchillos y con lancetas conforme a su costumbre hasta chorrear sangre (1 Reyes 18:28-29); pero Baal no respondió. Después, Elías elevó su oración: Respóndeme, Jehová, para que este pueblo conozca que tú, oh Jehová, eres el Dios, y que tú vuelves a ti el corazón de ellos (1 Reyes 18:37). Y el fuego del cielo consumió el holocausto.

Repetir palabras y ciertos ritos que provocan emociones y autosugestión es usual en culturas y religiones ancestrales. ¿Acaso los cristianos necesitamos utilizar tales recursos? Aunque el uso de instrumentos musicales para adorar es una costumbre bíblica, Pablo advirtió: Oraré con el espíritu, pero oraré también con el entendimiento, cantaré con el espíritu, pero cantaré también con el entendimiento (1 Corintios 14:15).

Hay una hermosísima canción contemporánea que repite la expresión “llena este lugar” elevando el volumen de los instrumentos cadavez más. ¡Una vez conté tal reiteración por veinte veces! Pero si cantamos con entendimiento —como insistió Pablo—, conscientes de que Dios es omnipresente; toda la tierra está llena de su gloria (Isaías 6:3); y que Jesús dijo: donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mat 18:29), ¿necesitamos repetir veinte veces “llena este lugar” para poder experimentar la presencia divina? Mas conforme con la teología bíblica sería clamar por la ayuda divina para apartarnos de cuánto nos impida percibir la presencia de Dios dondequiera que estemos. ¡Lo cual cambiaría radicalmente nuestras vidas!

¿Olvidamos que la presencia de Dios también puede apreciarse en el silencio solemne, la meditación profunda y en nuestra obediencia absoluta a sus mandatos? Inmersos en un mundo cada día más escandaloso y vanidosamente corrupto, ¿solo experimentamos su presencia al reiterar nuestras alabanzas gritando y saltando en un paroxismo emocional inducido por una música estridente?   

Nadie me malinterprete, por favor. Podemos cantar alegres a Dios gozándonos en su presencia como enseña el Salmo 100 y usando diversos instrumentos como proclama el Salmo 150. También es legítimo expresar al Padre Celestial nuestro dolor y confusión como vemos en los salmos 42 y 43. Asimismo, es posible quejarnos: Delante de él expondré mi queja; delante de él manifestaré mi angustia (Salmo 142:2). Jesús expresó al Padre su agonía en el Getsemaní y la compartió con Pedro, Juan y Jacobo, rogándoles que orasen aunque sabía que ellos se dormirían (Mateo 26:37-38).    

Al orar, adorar, cantar o ministrar a otros, hagámoslo con humildad y sumisión total a Dios, quien nos conoce como nadie y nos ofrece en Cristo solo por gracia un perdón inmerecido. Más que repetir palabras que suelen ser vanas, honremos a Dios con decisiones y conductas que evidencien nuestra sumisión total a su voluntad soberana, la cual no siempre coincidirá con la nuestra, pero será la mejor opción. ¡Él sabe lo que hace!

Las vanas repeticiones, la música ensordecedora y ostentosas expresiones artísticas no aseguran que ofrezcamos un culto racional a Dios al reunimos para adorarle. Si nos permitimos declaraciones que más que glorificarle a él pretendan impresionar a otros —o provocar nuestro carnal disfrute—, andaremos lejos de lo que debe ser un culto cristiano que glorifique a Dios, ensalce a Cristo, evidencie la presencia del Espíritu Santo y proclame las verdades bíblicas que alimentan el alma y convencen a los incrédulos sobre su necesidad de salvación.

Sería bueno que con frecuencia y sinceridad —es muy fácil ser influenciados por la cultura mundana imperante—, hagamos nuestra la oración del salmista: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad y guíame en el camino eterno (Salmo 139:23-24).

Héroes con grietas

Impresiona a todos la lista de los héroes de la fe que aparece en el capítulo 11 de la epístola a los Hebreos. Sin embargo, todos ellos fueron seres humanos imperfectos que gracias a la fe que tuvieron podemos admirarles y aprender de ellos.  

No es extraño entonces que cuando comenzamos a relacionarnos con una iglesia, los creyentes nos parezcan seres de otro mundo y nos deslumbre el amor con que nos reciben. ¡Qué gente tan piadosa! Pero esa impresión dura poco. La convivencia y posteriores experiencias nos muestran también sus defectos e inconsecuencias, lo cual nos enseña que la fe es capaz de lograr que cualquier persona pueda inspirarnos y ayudarnos aunque algún área de su vida necesite ser transformada.

Abraham, Sara, Isaac, Moisés, Rahab, y hasta los mismos discípulos de Jesús no fueron los creyentes infalibles que  solemos imaginar, pues al conocer a fondo sus historias aprendemos que nuestra débil y a veces contradictoria condición humana no impide que aferrados a la fe logremos ser instrumentos exitosos en las manos de Dios para bendecir a muchos.

La fe nos convierte en personas valiosas aunque seamos imperfectos. Años atrás conocí un héroe de la fe muy humilde y con poca preparación ¡pero con tremendo espíritu misionero! Sostenía su familia trabajando como carpintero mientras su esposa cosía y bordaba. Ambos, voluntariamente, dedicaban mucho tiempo a evangelizar para que otros conocieran de Cristo. Aunque predicar el evangelio no era una amenaza para sus vidas, enfrentaron discriminación y malos entendidos. No faltaban a ninguna actividad de la iglesia, ofrendaban fielmente y hacían obra misionera sin que muchos estimáramos su heroísmo. ¿La razón? Eran tan fieles y celosos que a veces resultaban incómodos. Por ello muchos no valoraban su grandeza, pues alguna que otra vez les hincaron sus espinas.

Otra heroína de la fe, hermosísima en su juventud, no encontró compañero a la altura de sus expectativas y se dedicó ardientemente a servir a Cristo y su iglesia. Disponible —literalmente— a cualquier hora, lo mismo escribía o preparaba una obra infantil o un estudio bíblico que realizaba visitas misioneras o cuidaba un enfermo hasta en estado terminal. Si alguien necesitaba su ayuda de madrugada, ella asumía gustosa. Fue maestra inigualable de la Escuela Dominical para alumnos de cualquier edad. ¡Qué mujer! Como era muy autoritaria y exigente, a veces molestaba. No obstante, esta mujer de fe —con grietas—, sirvió a Dios fielmente y él la usó para bendecir la vida de muchos, incluyendo mi familia. El recuerdo de sus muchísimas virtudes aún me emociona.

Pudiera mencionar otros héroes de la fe que conocí personalmente, ninguno de ellos perfecto pues nadie lo es. No obstante, ¡Dios les usó para bendecir a muchos! Como nos sucederá a ti y a mí, murieron en el proceso de alcanzar un total crecimiento cristiano aunque tuvieron virtudes que aún nos bendicen al recordarles. Insisto en ello porque la iglesia de Cristo no es una congregación de gente ideal y perfecta con ínfulas de exclusividad. Tampoco es una agrupación elitista de personas superiores. Se asemeja más a una incubadora o un hospital —¿y por qué no?—, a un reformatorio, lugares en los cuales hay que atender y ayudar a las personas con mucho amor, generosidad y paciencia.

La iglesia —asimilémoslo con honestidad—, puede decepcionarnos si creemos encontrar en ella personas perfectas y no vemos todo lo que Dios ya ha hecho en ellas aunque aún les falte mucho por alcanzar. Por ello la Biblia recomienda: amaos unos a los otros con amor fraternal (Rom.12:10);  soportándoos unos a otros y perdonando unos a otros (Col. 3:13);estimulémonos al amor y las buenas obras (Hebreos 10:24). En la iglesia debemos inspirarnos unos a los otros hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:13).  

Liberémonos del espíritu de juicio que espera demasiado de los demás o de la hipersensibilidad que nos incomoda al comprender que a nuestros hermanos y hermanas les falta mucho por aprender… ¡al igual que a nosotros! Ello nos hará bien a todos.

Hagámoslo sin que las grietas que aun otros muestran nos desanimen. Disfrutemos de aquellos aspectos por los que ya brillan, pues así nos inspirarán a superarnos también nosotros. En realidad el más elemental análisis introspectivo —si es honesto—, bastará para que los logros alcanzados por otros creyentes se hagan evidentes y nos inspiren. ¡Manos a la obra!


(Este artículo es un resumen del capítulo 5 del libro “Vivir la Fe”. Si alguien desea recibir el libro completo en formato digital, puede solicitarlo por email a la siguiente dirección: aigm1943@gmail.com)

El gran reto de las redes sociales

Aunque las redes sociales son fantásticas, cada día se asemejan más a un campo minado donde un paso errado resulta trágico. ¡Urge actuar en ellas con sabiduría y cordura! Al divulgar en ellas nuestras publicaciones, fotos y videos, cualquier actitud vanidosa o imprudente impediría el logro de nuestras mejores intenciones en un medio donde todo lo que expongamos alcanzará un público muy heterogéneo.  

¿Será correcto usarlas para crear pugnas entre creyentes o para atacar pública y duramente a quienes no sustenten nuestras mismas opiniones y creencias? ¿Es sensato hacer críticas irónicas y sarcásticas a todo lo que no armonice con nuestros criterios? Debido al alcance de las redes sociales, utilizarlas sin piedad puede convertirnos en piedra de tropiezo para muchos. Tampoco debiéramos airarnos al responder a cuanto comentario provocativo aparezca en ellas. La Biblia enseña que la blanda respuesta quita la ira; más la palabra áspera hace subir el furor (Proverbios 15:1). Si al hallar en las redes alusiones o críticas malévolas no reaccionamos respondiendo con sabiduría y espíritu cristiano, podríamos dañarnos a nosotros mismos causándonos amargura y dureza de corazón, evidenciando un penoso olvido: como seguidores de Jesús nuestras acciones —tanto mediáticas como privadas—, debieran mostrar siempre el fruto del espíritu: Amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (Gálatas 5:22-23). No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Romanos 12:21).

¿Podemos usar las redes para compartir las enseñanzas bíblicas y defender los principios cristianos? ¡Obviamente sí! Pero hagámoslo con bondad, modestia y generosidad. En su carta a los filipenses, Pablo ruega a un compañero fiel —de nombre desconocido—, que ayude a dos hermanas que no estaban mostrando un mismo sentir en el Señor (4:1-3). Tras recordarle que ellas combatieron junto a él y otros más por el evangelio, cataloga a todos como hermanos míos amados y deseados, gozo y corona mía, cuyos nombres están en el libro de la vida. ¿Comprendes? Pablo dice a todos: Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! Vuestra gentileza sea conocida por todos los hombres (Fil 4:5). La palabra gentileza proviene de un vocablo griego que significa amabilidad y buen carácter.

¿Usamos las redes para encender fuegos o para mostrar con humildad nuestra fidelidad al Señor? Como a todos nos falta mucho para alcanzar toda la plenitud de Dios (2 Corintios 9:22), evitemos atacar en ellas a quienes aún no alcanzan lo que solo por la gracia de Dios es posible recibir. Por ello Pablo insistió a los efesios: Con toda humildad y mansedumbre, soportándoos unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:1-3).

Las redes sociales —sin duda—, revelan con claridad quienes somos y cuáles son nuestras prioridades. Son un instrumento de alcance mundial donde todos pueden constatar tanto la bondad de nuestro carácter como la falsedad de nuestras presunciones, sin que a veces percibamos cuan claramente se hace evidente en ellas tanto nuestra piedad como desatino, nuestra espiritualidad o vacío y rebeldía interior. Ellas son transparentes al mostrar la condición espiritual y moral del mundo actual, así como también revelan cuanto puede haber de hipocresía, falsedad o mediocridad en quienes declaramos ser hijos de Dios y seguidores de Cristo.

Por último, a veces es obvio en las redes cierta dureza y juicio condenatorio para quienes no creen o piensan exactamente igual a nosotros, lo cual es contradictorio. Si seguimos a Jesús, quien al ver las multitudes desamparadas y dispersas tuvo compasión de ellas como ovejas que no tienen pastor (Mateo 9:36); ¿no deberíamos quienes nos consideramos sus seguidores mostrar también sensibilidad y compasión en vez de desprecio y juicio inmisericorde? Si bien cada cual responderá por sus pecados, quienes hemos recibido un perdón por gracia, debiéramos actuar en consecuencia.

Para mí, ser coherentes, honestos y humildes al utilizar todas las posibilidades que nos brindan las redes sociales, es el gran reto que ellas ofrecen a quienes pretendemos ser seguidores de Jesús de Nazareth.

Una misionera inolvidable

Transcurría el año 1948 cuando la norteamericana Helen Black, siguiendo el llamado de Dios dejó atrás su país y su familia para predicar a los cubanos el evangelio de Cristo. Fundó “Mi Campamento” en Manajanabo, antigua provincia de Las Villas, y realizaba allí actividades con niños y jóvenes además de impartir estudios bíblicos en diferentes iglesias. Por varios años fue profesora en los Seminarios de Los Pinos Nuevos y la Convención Bautista Oriental.

A mediados de la década de 1960 cuando la embajada norteamericana en La Habana recomendó a los misioneros estadounidenses que abandonaran el país, ella permaneció en Cuba convencida de que así obedecía la voluntad de Dios aunque se expusiera a perder el sostén económico que recibía de la organización misionera que le envió. Otros misioneros también siguieron en Cuba por algún tiempo más, pero ella fue la única que permaneció en nuestro país viviendo en su amado campamento el resto de su larga y fructífera vida. Durante más de veinte años se abstuvo de visitar su patria temiendo que si salía de Cuba, tanto su gobierno como el cubano o la organización que la envió, impedirían su regreso. Helen falleció en Santa Clara a los 85 años de edad el 3 de marzo del año 2003.

Conocí a esta piadosa mujer en septiembre de 1960 en el colegio presbiteriano “La Progresiva” de Cárdenas, donde ella ministraba ese año en el dormitorio de las estudiantes internas a la vez relacionándose e influenciando a muchas personas, pues entonces ella ya llevaba 12 años en Cuba y su don para evangelizar y enseñar a niños y jóvenes era admirado por todos. Sirvió en “La Progresiva” solo por un curso, pues la escuela fue nacionalizada por el estado cubano en mayo de 1961.

Fue entonces que ella —conociendo mi desempeño en la escuela y la iglesia—, me invitó a servir como consejero en “Mi Campamento” durante los retiros que celebraría ese verano, en los cuales también enseñaba el Dr. René Castellanos, quien era profesor en la misma escuela y mi mentor espiritual. En aquel verano, las enseñanzas de ambos y mis experiencias con los jóvenes que asistieron, resultaron decisivas para confirmar mi vocación ministerial. Entonces ignoraba que “Mi Campamento” se convertiría en mi refugio y tabla de salvación cuando inesperados y muy penosos sucesos parecían dar al traste con mi llamado al ministerio pastoral. Confundido y muy apesadumbrado, regresé allí en mayo de 1962 para buscar el consejo de Helen y pedirle que orase por mi futuro. Toqué a su puerta sin imaginar cuánto esa visita ayudaría a que mi vida se encaminara.

Helen, sorprendida, me escuchó con sensibilidad e interés. Después de orar juntos, escuchar sus consejos y dispuesto a marchar, me sorprendieron sus palabras:

—No te irás de aquí. Necesitas tranquilidad y tiempo para discernir claramente cuál es la voluntad de Dios. ¿Me ayudarías trabajando en el mantenimiento del campamento? No puedo darte un sueldo, pero sí ofrecerte techo y comida.

Para Helen la obediencia absoluta a la voluntad de Dios era un concepto fundamental. 

Esa noche, instalado en una de las cabañas de “Mi Campamento”, comenzó una etapa que determinó mi futuro. Tres meses después, en los retiros espirituales del verano conocí a quien es mi esposa y la madre de mis hijos. Superé las frustraciones sufridas y Helen también me introdujo y relacionó con dos pastores tan inmensos como humildes: Bibiano Molina y Bartolomé Lavastida.  Sus consejos y ejemplos de vida afirmaron mis convicciones y llamado al ministerio pastoral. Para ambos el tema de la obediencia absoluta a la voluntad divina también era incuestionable. Mi visita a Helen para pedirle consejo y orar con ella fue decisiva. De ahí en adelante se me presentaron una tras otra las mejores oportunidades para encausar mi futuro.

¿A cuántas personas esta misionera norteamericana llevó a los pies de Cristo durante sus 55 años de ministerio en Cuba o les inspiró una comprensión más diáfana de todo lo que implica la fe cristiana en cuanto a obediencia a Dios y la santidad de vida? Como su campamento no tuvo fronteras denominacionales ella bendijo e inspiró a muchos. Aunque solo lo sabremos en la eternidad, ¡somos una multitud! Muy firme en sus convicciones, era muy valiente y certera a la hora de confrontar a quien lo merecía. Me regañó duramente varias veces, ¡pero cuánto se lo agradezco! Era tan amorosa y tierna que su bella sonrisa abría las puertas del corazón de quienes tuvimos la bendición de conocerle, ser sus discípulos y recibir también sus atinadas reprimendas bien merecidas. ¿Cómo olvidarla? Ella cautivaba enseguida el corazón de las personas a quienes ministraba. Además, escucharla cuando oraba a Dios resultaba una experiencia espiritual de primera magnitud.

Helen también visitó y enseñó posteriormente en las iglesias donde fui pastor. Conoció y admiró a nuestros hijos quienes junto a otros jóvenes de nuestra congregación también asistieron alguna vez muy emocionados a “Mi Campamento” porque conocían muy bien lo que significaba ese lugar para sus padres. Aunque he mencionado a Helen varias veces en mis libros, este artículo es una deuda de gratitud que debí saldar hace tiempo. Sé que al leerlo, quienes la conocieron en vida se sentirán muy bendecidos. Tratarla y compartir personalmente con ella fue un hermosísimo privilegio que Dios nos concedió.

Ella, sin duda, tiene un lugar cimero en mi lista personal de héroes de la fe.

¡Gracias Señor por lo que Helen Black significó para tantos cubanos!

Sabiduría y entendimiento

Cuando sentí el llamado de Dios al ministerio pastoral en 1960 ya predicaba en misiones de mi iglesia y lideraba el departamento juvenil. Aún recuerdo nuestros retiros espirituales a la orilla del mar que concluíamos contemplando la caída del sol. Después y alrededor de una fogata, conversábamos y cantábamos. Nuestro grupo era tan ingenuo y entusiasta que nos reíamos cuando en la escuela presbiteriana donde estudiábamos (La Progresiva de Cárdenas), maestros y pastores nos advertían en los cultos matutinos que estaba por terminar una etapa de nuestras vidas tras la cual todo sería diferente.  

—¡Qué trágicos se ponen —decíamos—, ¡no hay que exagerar!

Y así terminan mis recuerdos felices de juventud porque… ¡ellos fueron profetas!

¿Qué sucedió con los jóvenes cristianos con quienes compartí aquella etapa de mi vida? Algunos emigraron al poco tiempo y otros lograron ser profesionales exitosos en el país. Entre quienes permanecimos en Cuba, muchos abandonaron u ocultaron su fe cristiana pues la entonces llamada lucha ideológica incluyó una fuerte campaña nacional contra “prejuicios y tabúes religiosos” que atrajo a muchos.    

Aunque parecía imposible que jóvenes educados en escuelas e iglesias cristianas en Cuba aprendiendo principios y valores bíblicos aceptaran el ateísmo científico propagado después con insistencia en el país, gran parte de ellos cedió ante la corriente avasalladora y abandonaron las iglesias. Algunos alegaban mantener su fe en privado, pero tal decisión les apartó cada día más. Conozco historias tristes de quienes impulsados por la corriente vivieron mucho tiempo lejos de Dios. No obstante, cuando décadas después decidieron regresar a la fe como hijos pródigos, las iglesias los recibieron con alegría. También hubo gozo en los cielos.

 Aquellos que permanecieron fieles a Dios y a sus iglesias durante un período muy largo y difícil sufrieron en demasía, pero fueron bendecidos y fortalecidos en la fe. Comparar la vida de quienes regresaron después de tantos años con los que fueron fieles contra viento y marea, arroja un saldo positivo para los segundos. Al regresar a las iglesias muchos confesaban lo mismo: la etapa más feliz de sus vidas terminó al negar u ocultar su fe y ceder a las presiones del momento. Lógicamente, permanecer fieles a las enseñanzas de la Palabra de Dios ofrece al creyente una zona de seguridad y bienestar donde la voluntad de Dios es agradable y perfecta. 

No obstante, los peligros que enfrentó la juventud de mi época hoy son mayores, más sutiles y atractivos. Por lo tanto, Dios sigue llamando a quienes le siguen a no claudicar. Ante el deterioro moral contemporáneo debemos utilizar el don divino que la Biblia llama entendimiento, palabra que es traducción de un vocablo griego (νοῦς) que significa, mente, pensamiento, actitud, intención, propósito, discernimiento. Me maravilla que en el Diccionario de la RAE, la palabra entendimiento sea definida como potencia del alma, en virtud de la cual el ser humano concibe las cosas, las compara, las juzga, e induce y deduce otras de las que ya conoce. ¡Qué importante definición! Dios nos capacita para analizar, juzgar y deducir cual es el comportamiento que más nos favorece. También contamos con la ayuda del Espíritu Santo: el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad (Juan 16:13).

Entonces, ¿por qué a veces asumimos conductas que solo con un poco de sensatez no caeríamos en ellas? Muchos personajes bíblicos —sometidos a presiones e injusticias increíbles—, lograron obedecer a Dios enfrentando las terribles circunstancias que a su alrededor intentaron dañarles. Entre otros, Moisés, José y Daniel demostraron que se puede vivir contra la corriente y tomar decisiones sabias inmersos en ambientes amenazantes y contradictorios. 

Una y otra vez la vida nos demuestra que si aunque suframos, si estamos dispuestos a no claudicar podremos experimentar victorias inimaginables. Cuando seamos tentados a contemporizar porque el ambiente que nos rodea sea tan influyente que pueda arrastrarnos, aferrémonos a una verdad incuestionable: Cueste lo que cueste, ser fieles a Dios siempre será una decisión sabia.

Aunque Satanás se nos presente como ángel de luz, la Biblia insiste: No os ha sobrevenido ninguna tentación que no sea humana; pero fiel es Dios, que no os dejará ser tentados más de lo que podéis resistir, sino que dará también juntamente con la tentación la salida, para que podáis soportar (1 Corintios 10:13).

Nunca estamos obligados a ceder al pecado y la corrupción. No permitamos que las circunstancias nos manejen a su antojo, ni tampoco cedamos a quienes intenten convencernos incitándonos a abandonar el camino. Dios sí es omnipotente y fortalece a los suyos en la lucha contra el mal. Él nos ha provisto de entendimiento para juzgar y comprender que ser fieles nos ofrece la mejor recompensa. ¿Y qué decir del Espíritu Santo quien nos guiará a toda verdad (Juan 16:13)?

No dejarse llevar por la corriente corruptora, siempre será una decisión inteligente.

Una demostración de sabiduría.


¡Atención! Este artículo es un resumen del capítulo 4 del libro: “Vivir contracorriente”.Quienes deseen recibir el libro completo en formato digital, pueden solicitarlo a: aigm1943@gmail.com

Guiando a otros a vencer la corrupción

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Principios irrenunciables

Cuando una iglesia cristiana deja de exigir a sus fieles que vivan en santidad, les expone a conductas cuestionables que bajo inciertas justificaciones hoy de moda corrompen y destruyen la vida de cualquiera. Así algunas congregaciones confunden la gracia de Dios con un falso espíritu bondadoso y permisivo, olvidando que tal doctrina al concedernos un perdón inmerecido, nos impulsa agradecidos a vivir en integridad y sencillez, facilitándonos así nuestro crecimiento espiritual y la total transformación de la conducta.

Sin embargo, el espíritu permisivo y acomodaticio —hoy tan común—, ofrece a los creyentes un peligroso plano inclinado donde permanecer fieles es una dificultad tan gigantesca que la caída ocurre por ley de gravedad. Por lo tanto, una fe dependiente de criterios propios y no de la revelación bíblica, potenciará nuestro orgullo impidiéndonos asumir una obediencia total a los reclamos éticos de la fe cristiana, afectando nuestro crecimiento espiritual aunque asistamos regularmente a muy atractivas y exaltadas actividades eclesiales.  

¿Corresponde tal proceder con la enseñanza bíblica? No exigir a los creyentes un serio compromiso ético que por medio del Espíritu Santo les permita abandonar las conductas impías, dificulta el proceso necesario de santificación que nos salvaguarda de la impudicia omnipresente. ¿Ignoramos que Jesús se dio a sí mismo para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14)?

En su comentario sobre la carta a los Efesios, William Barclay mencionó un desafío que algunas iglesias modernas perecen ignorar: en la iglesia primitiva los cristianos estaban convencidos de que debían ser diferentes a los incrédulos no comportándose jamás de acuerdo a las normas mundanas, lo cual no significaba apartarse totalmente de ellos ni despreciarles. Por ello era posible a simple vista identificar a los cristianos dondequiera: ¡Ellos actuaban claramente conforme a su fe!

En estos tiempos tan difíciles, bien nos valdría a todos obedecer el consejo bíblico: No se encariñen con este mundo ni con lo que hay en él, porque el amor al Padre y el amor al mundo son incompatibles. Y es que cuánto hay de malo en el mundo —pasiones carnales, turbios deseos y ostentación orgullosa—, proceden del mundo y no del Padre. Pero el mundo y sus pasiones se desvanecen, sólo el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (2 Juan 1:15-17, Versión Hispanoamericana).