
Expresiones bíblicas como “¡Ay de los… o ay de aquel…!” usadas por Jesús y los profetas, aluden a actitudes que causan sufrimientos inpredecibles e inevitables a quienes las asuman. Así los “ayes” que encontramos en la Biblia son antípodas de las bienaventuranzas, las cuales enaltecen conductas capaces de propiciarnos una profunda satisfacción espiritual aunque enfrentemos infortunios, sacrificios o incluso persecución. Las bendiciones anunciadas por Jesús para los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que vivan correctamente, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y los que padecen persecución, animan a quienes muestran una ética capaz de no claudicar ni ser influenciada por el ambiente impío que les rodee. ¡Qué difícil es conservar la integridad en estos tiempos cuando es mucho más fácil —y al parecer más atractivo y conveniente—, dejarse llevar por la corriente!
Por ello aterra percibir en ambientes eclesiales hábitos y estilos de vida que ajenos a la enseñanza bíblica, proceden de la cultura circundante. ¿Será posible? Aunque Jesús amó al joven rico que intentó seguirle, le impuso un gran requisito: deshacerse de sus bienes. Tras salvar del apedreamiento a la mujer adúltera, le advirtió: ¡No peques más! ¿Creerás que los publicanos Zaqueo y Leví ignoraban cuantos cambios radicales necesitaban sus conductas si seguían a Jesús? No, ellos lo sabían y actuaron en consecuencia. La vida de Cristo, sus enseñanzas y la historia apostólica demuestran la imposibilidad de que cada cristiano viva “a su aire”. No obstante, algunos creyentes del siglo XXI parecemos ser reacios a cargar cruces, nos ofendemos si somos despreciados y creemos que negarnos a nosotros mismos va en contra de los derechos humanos universales. ¿Será posible que considerándonos seguidores de Jesús, todavía no hayamos entendido nada?
Atendamos esos lamentos bíblicos escritos siglos atrás por su vigencia actual al mostrarnos el corazón de Dios y su dolor ante la impiedad humana y sus consecuencias. ¡Dichos lamentos son advertencias divinas para evitarnos peligros y sufrimientos múltiples! Además, no olvidemos que nuestras buenas obras —en caso de existir— tampoco aseguran nuestra salvación, la cual solo es obtenible por gracia.
Inmersos en una sociedad secularizada donde cada cual se permite decidir bajo su propio arbitrio la legitimidad o no de sus deseos y conducta, dichos lamentos bíblicos nos ayudan muchísimo a entender el inmenso dolor divino ante la pecaminosidad humana.
“¡Ay del mundo a causa de los que incitan al pecado! Porque instigadores de pecado tiene que haberlos necesariamente; pero ¡ay de aquel que incite a pecar!” Jesús (Mateo 18:7)









