¿Lamentos proféticos?

Expresiones bíblicas como “¡Ay de los… o ay de aquel…!” usadas por Jesús y los profetas, aluden a actitudes que causan sufrimientos inpredecibles e inevitables a quienes las asuman. Así los “ayes” que encontramos en la Biblia son antípodas de las bienaventuranzas, las cuales enaltecen conductas capaces de propiciarnos una profunda satisfacción espiritual aunque enfrentemos infortunios, sacrificios o incluso persecución. Las bendiciones anunciadas por Jesús para los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que vivan correctamente, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y los que padecen persecución, animan a quienes muestran una ética capaz de no claudicar ni ser influenciada por el ambiente impío que les rodee. ¡Qué difícil es conservar la integridad en estos tiempos cuando es mucho más fácil —y al parecer más atractivo y conveniente—, dejarse llevar por la corriente!   

Por ello aterra percibir en ambientes eclesiales hábitos y estilos de vida que ajenos a la enseñanza bíblica, proceden de la cultura circundante. ¿Será posible? Aunque Jesús amó al joven rico que intentó seguirle, le impuso un gran requisito: deshacerse de sus bienes. Tras salvar del apedreamiento a la mujer adúltera, le advirtió: ¡No peques más! ¿Creerás que los publicanos Zaqueo y Leví ignoraban cuantos cambios radicales necesitaban sus conductas si seguían a Jesús? No, ellos lo sabían y actuaron en consecuencia. La vida de Cristo, sus enseñanzas y la historia apostólica demuestran la imposibilidad de que cada cristiano viva “a su aire”. No obstante, algunos creyentes del siglo XXI parecemos ser reacios a cargar cruces, nos ofendemos si somos despreciados y creemos que negarnos a nosotros mismos va en contra de los derechos humanos universales.  ¿Será posible que considerándonos seguidores de Jesús, todavía no hayamos entendido nada?

Atendamos esos lamentos bíblicos escritos siglos atrás por su vigencia actual al mostrarnos el corazón de Dios y su dolor ante la impiedad humana y sus consecuencias. ¡Dichos lamentos son advertencias divinas para evitarnos peligros y sufrimientos múltiples! Además, no olvidemos que nuestras buenas obras —en caso de existir— tampoco aseguran nuestra salvación, la cual solo es obtenible por gracia.

Inmersos en una sociedad secularizada donde cada cual se permite decidir bajo su propio arbitrio la legitimidad o no de sus deseos y conducta, dichos lamentos bíblicos nos ayudan muchísimo a entender el inmenso dolor divino ante la pecaminosidad humana.

“¡Ay del mundo a causa de los que incitan al pecado! Porque instigadores de pecado tiene que haberlos necesariamente; pero ¡ay de aquel que incite a pecar!”            Jesús (Mateo 18:7)

Valiosos para Dios

Frecuentemente solemos pensar que ya no somos valiosos para algunas personas que antes eran importantes para nosotros. ¿Te sucedió así alguna vez? Tras muchos años sin vernos, un compañero de la escuela primaria corrió emocionado a saludarme en una iglesia a donde fui invitado a predicar.  

—¿Y tú eres…? —le pregunté al abrazarlo, sin reconocerle.

Él, muy entristecido, me expresó su queja:

—Siempre que coincidimos en algún lugar no me reconoces… ¡Y tú eras el amigo más querido de mi infancia! ¿Signifiqué tan poco para ti?

Apenadísimo, intenté consolarlo:

—Nunca digas eso. Me reconociste porque sabías que hoy predicaba aquí. ¡Hemos cambiado tanto!

Muy atribulado, mi amigo olvidado insistió:

—Nunca pensé que no me recordarías. ¿Me borraste de tu vida?

Pocos sucesos resultan más devastadores que el hecho de sentirnos ignorados. Por ello la Biblia dice que Dios nos amó y escogió desde antes de la fundación del mundo… habiéndonos predestinado para ser adoptados hijos suyos por medio de Jesucristo (Efesios 1:4-5).  Saber que Dios nos conoce y tiene un plan con nuestras vidas nos eleva más allá de las estrellas. Si en la explicación científica del inicio de una vida humana la fecundación es un milagro fortuito de la naturaleza, es consolador saber que sin importar las circunstancias que rodearon nuestro nacimiento, Dios nos conocía antes de que nos formásemos en el vientre de nuestra madre.

El valor de tu vida para Dios te concede una seguridad inefable de su amor y cuidado. David, el cantor de Israel, lo sabía: Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una de ellas (Salmo 139:16).

Isaías el profeta lo proclamó: Jehová me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre… (Isaías 49:1). Dios mismo dijo a Jeremías: Antes que te formase en el vientre te conocí… (Jeremías 1:5). Pablo también lo expresó: me apartó desde el vientre de mi madre, y me llamó por su gracia (Gálatas 1:15). Y Jesús dijo: aun vuestros cabellos están contados (Mateo 10:30).

Dios nos reconoce personalmente aunque formemos parte de una multitud. Incluso, si confundidos por mezquinos intereses nos alejamos de su presencia, habrá fiesta en los cielos el día que regresemos a él buscando su perdón y ayuda. ¡Puedes confiar en ello! Como el padre de la parábola del hijo pródigo (Lucas 15:11-20), él corre, se echa sobre nuestro cuello y nos besa.

Así son las riquezas de la gracia de Dios. ¡No olvides eso jamás!

Job: el valor de la fe

Cualquiera creería que los sufrimientos de Job destruirían su fe y su conducta piadosa. Tras llegar sus amigos intentando consolarle —ofreciendo una lección magistral de cómo irritar más a quien sufría tan profunda aflicción—, su esposa le ordenó maldecir a Dios y morirse: ¡Pobre hombre! Pese a ello, aunque él expresó abiertamente ante ellos sus dudas y desconcierto, nos enseñó que si nuestra devoción a Dios es real y nos aferramos a la fe, podremos elevar un canto de victoria y esperanza como el suyo aun en las horas más amargas: Yo sé que mi redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de desecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios (Job 19:25). Todo podía sucederle a Job, pero su fe siempre emergía victoriosa.

Es lógico —y evidencia cordura— afligirnos cuando corresponde. ¡Hasta Jesús mostró abiertamente su agonía al acercarse la crucifixión y rogó a sus discípulos: Mi alma está muy triste hasta la muerte, quedaos aquí y velad conmigo (Mateo 26:38). Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle (Lucas 22:43). La aflicción es parte de la vida y no es negándola o disimulándola como se le vence. ¿Lo sabías?

Como Jesús advirtió claramente que en el mundo tendremos aflicción, al recibir su azote aferrémonos a la fe con todas las fuerzas del alma. Ella es un recurso poderoso, un don de Dios inefable y eficaz. Por lo tanto, todo aquello que es nacido de Dios vence al mundo: y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe (1 Juan 5:4).

El valor de la humildad

Cuando abandoné mi casa paterna en 1961, llevé conmigo un pequeño morterito de madera que conservo con cariño. Inexplicablemente, mirarlo y tomarlo en mis manos estremece mi corazón. ¿Recuerdan mis coetáneos la conmovedora canción que entonaba Juan Manuel Serrat?: Son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas… en un rincón… en un papel o en un cajón. Como un ladrón, acechan detrás de la puerta, nos tienen tan a su merced como hojas muertas que el viento arrastra allá o aquí, que nos sonríen tristes y… ¡nos hacen que lloremos cuando nadie nos ve!  

Conforme transcurre nuestra vida necesitamos aprender a convivir con algunas realidades aunque nos provoquen lágrimas. Con respecto a logros personales o reconocimientos recibidos, debemos recordar que no solo los obtuvimos gracias a talentos personales que Dios nos otorgó, sino también a circunstancias en las que fue determinante la ayuda y buena voluntad de otras personas; aquellas que favorecieron nuestra formación y desarrollo espiritual. ¿Cuán larga es tu lista de benefactores? La mía, inmensa, impide que pueda mencionar a tantos que me bendijeron ya fuera enseñándome lecciones inolvidables o alertándome sobre errores, peligros o posibilidades que yo no percibía ni alcanzaba a valorar. Sin duda, tuve muchos ángeles humanos a quienes debo agradecer incontables favores y bendiciones.   

El apóstol Pablo escribió a los cristianos de Corinto: Porque ¿quién te distingue? ¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? (1 Corintios 4:7). Tal enseñanza nos recuerda que la humildad es una virtud tan prodigiosa que puede sorprendernos con bendiciones terrenales que tal vez nunca imaginamos. Sin embargo, el orgullo y la prepotencia —hoy casi omnipresentes—, siempre causarán la ruina espiritual de quienes rechazan como inoperantes e inaceptables los principios divinos.

Si pretendemos seguir a Jesucristo, jamás debiéramos vanagloriarnos. ¡No somos los únicos causantes de nuestros logros y triunfos espirituales! De ellos es responsable el Santo Espíritu de Dios obrando en nosotros y también aquellas personas que nos animaron a ser mejores, inspirándonos con su propio ejemplo o reprendiéndonos si lo necesitábamos. ¿Imaginas? Es probable que ninguno de ellos haya recibido un diploma por el bien que nos hicieron y puede que nosotros mismos tampoco les hayamos expresado nuestro agradecimiento en vida como ellos lo merecían. ¿Comprendes?

Entonces, ¿importará acaso que algún día alguien tire a la basura o guarde en un cajón los diplomas y reconocimientos que recibimos en nuestra vida terrenal? ¡Ellos solo son símbolos! Su esencia marchará a la eternidad con nosotros y será la mejor ofrenda que ofreceremos al Señor al escuchar de sus labios las palabras tan ansiadas: Bien, buen siervo fiel, sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré: entra en el gozo de tu Señor (Mateo 25:23).

¡Y traspasaremos las puertas del cielo radiantes de felicidad y gratitud eterna!

Venciendo la amargura

Leyendo el Salmo 73 vemos que el escritor se inquieta al analizar que quienes menos lo merecen a veces logran con creces los antojos de su corazón. ¿Alguna vez has sentido lo mismo? ¿Será inútil el esfuerzo sincero de invertir nuestra vida en el servicio a Dios y el bien de los demás, si al parecer la soberbia y la arrogancia humanas logran buenos frutos en este mundo? El autor del salmo —tras enumerar sus muchas experiencias negativas—, declara: Se llenó de amargura mi alma y mi corazón sentía punzadas, tan torpe era yo, que no entendía (Vs. 21,22). ¿Has sentido lo mismo viendo que personas malvadas viven mejor mientras tú enfrentas grandes sufrimientos? Constatar tal realidad es frustrante.

Sin embargo, el aparente triunfo de la maldad humana no debiera ofuscarnos ni dañar nuestra fe. El salmista, tras describir sus padecimientos mientras los malvados prosperan, declara: Hasta que entrando en el santuario de Dios comprendí el fin de ellos (Salmo 73:17). Cuando las tragedias, acontecimientos dolorosos o injusticias de la vida comiencen a causarte amargura, no dudes en acercarte a Dios buscando la ayuda que solo una profunda relación con él puede ofrecerte.    

¿Por qué abrumarnos ante el dolor aparentemente inconsolable? ¿Qué ganamos con elaborar una agobiante lista de frustraciones y desencantos? El salmista nos ofrece el remedio para liberarnos de las garras de la amargura cuando nuestro dolor sea lascerante: Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien; he puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas tus obras (Salmo 73:28).

Si sientes que la angustia corroe tu alma debido a injusticias o acontecimientos incomprensibles, atrévete a enumerar todo lo bueno que por la gracia de Dios disfrutaste anteriormente. Recuerda su amor infinito y la insondable misericordia divina que te cubrió en otras situaciones difíciles. Un hermosísimo himno antiguo nos recordaba: ¿Andas agobiado por algún pesar? ¿Duro te parece esa cruz llevar? Cuenta las promesas del Señor Jesús y de las tinieblas nacerá la luz. Bendiciones, ¿cuántas tienes ya? Bendiciones, ¡Dios te manda más! Bendiciones, ¡te sorprenderás cuando veas lo que Dios por ti hará!

Si tus circunstancias actuales son dolorosas e incomprensibles, no dudes en acercarte a Dios y derramar ante él tu corazón. Él es el Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación… (1 Corintios 1:3).  Como dice el himno antes citado: ¡Te sorprenderás!

Una lección de Navidad

Cuando leo la expresión porque no había lugar en el mesón, que aparece en el evangelio de Lucas al narrar el nacimiento de Jesús, creo que ha sido mal usada por quienes culpan al mesonero de Belén de ser un rico avaricioso e insensible que negó abrigo a la sagrada pareja. ¿Por qué pensar de esa manera sobre un supuesto personaje que el autor del evangelio ni siquiera menciona? Lucas solo dice que María dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (2:17).

No obstante, puede que lo sucedido a María y José al llegar a Belén sí nos propicie una lección importante. ¿Qué hacer si nuestros planes no resultan como deseamos por circunstancias ajenas a nuestro dominio? Lo ocurrido a ambos al llegar a Belén fue simplemente que quienes llegaron antes ocuparon los lugares disponibles. ¡Es obvio que no había modo de reservar por internet los mesones de Palestina!

Después de transitar los ciento once kilómetros que separan a Nazaret de Belén, ¿imaginas el cansancio y la urgencia por llegar a la aldea debido al avanzado estado de la virgen grávida? ¿Esperaban ambos recibir al bebé en un establo y acostarle en un pesebre? Seguramente no. Un concepto psicológico nos enseña que las personas serán tan felices como sea el propio nivel de frustración que cada cual desarrolle. De modo que todo dependerá de la actitud que tengamos al aceptar con buen ánimo los sucesos adversos sin convertirlos en una tragedia griega.

Quienes llegaron antes que María y José a Belén, lo hicieron por la misma causa: obligados por el censo. No eran enemigos de la pareja ni deseaban hacerles mal. Solo llegaron antes y ocuparon el mesón. Belén no brindaba a los visitantes muchas posibilidades.

Todos debiéramos aceptar que habrá momentos en la vida en que otros llegarán primero y no siempre obtendremos lo que esperamos o deseamos. Si alguna vez nos irritan o molestan las bendiciones que otros ya disfrutan, pidamos perdón a Dios por ello. Lo cierto es que hay quienes viven destilando amargura por la felicidad o el bienestar ajenos sin darse cuenta que el mayor daño se lo están haciendo ellos mismos.

¿Que hizo la pareja al conocer que no había lugar en el mesón? Conscientes del privilegio de haber sido elegidos para tan sublime misión, cumplieron su deber sin amarguras. ¿Por qué enfadarse con quienes llegaron antes? Ellos tenían claras sus prioridades: proveer un techo al niño, recibirlo con amor y llenarlo de todos los cuidados que necesitaba.

Cuando leemos que María lo envolvió en pañales y acostó en un pesebre (2:7), podemos percibir la ternura de tal acción. Ella fue feliz cuidando al niño sin amargarse por las dificultades que enfrentó a última hora. ¿Sufrió al acostar a su hijo en un pesebre? Tras recibir la visita de los pastores la Biblia nos dice que ella guardaba todas estas cosas meditándolas en su corazón ( 2:19). Así demostró que estaba conmovida por la grandeza de los acontecimientos y no por la magnitud de las dificultades.

¿Cuántas veces al enfrentar adversidades mostramos amargura, sintiéndonos maltratados o culpando a otros? María y José solo buscaron abrigo y se dispusieron a cumplir su misión, demostrando grandeza espiritual y genuina devoción. Es penoso, pero a veces evidenciamos una pobre espiritualidad si al enfrentar las complicaciones naturales de la vida se nos hace difícil asumir nuestros deberes con el mejor espíritu. ¡Probablemente cualquiera de nosotros mostraríamos desconcierto en el mesón de Belén, doliéndonos y reclamando derechos a quienes simplemente llegaron antes! Anonadados por tener que recibir a nuestro hijo por nacer en un establo maloliente, nuestra incomodidad y desconcierto impediría que mostrásemos buen ánimo ante tal adversidad.

¿Por qué José y María mostraron otro espíritu? ¡Ellos sabían que Jesús no dejaría de ser el Hijo de Dios por nacer en un pesebre! ¿Te das cuenta? Eran la pareja más feliz y bendecida del mundo aunque tuvieran que alojarse en una gruta maloliente. Como formaban parte de un plan divino para salvar a su pueblo ningún infortunio tenía sentido. La misión que Dios les había encomendado era tan grandiosa, que no podían mostrar desconcierto ante los inconvenientes. ¡Qué hermosa lección de Navidad para nosotros, que tan frecuentemente consideramos que las adversidades no pueden formar parte del amoroso plan divino! ¿Dónde aprendimos eso? La Biblia enseña todo lo contrario.

Al celebrar esta Navidad, no te enfoques en las adversidades que enfrentas, las injusticias que sufres u observas a diario o tus múltiples insatisfacciones. Todo ello es parte de la vida humana y no lo dudes: ¡Dios no deja de ser Dios cuando estás rodeado de problemas! Tampoco Jesús deja de ser tu Señor y Salvador aunque enfrentes calamidades, ni el Espíritu Santo abandonará su labor consoladora y formadora en ti aunque todo el escenario parezca incierto. Simplemente aférrate a tu fe con todo tu corazón y sigue adelante cumpliendo tu deber sin amarguras.  

Como María y José, ocúpate en cumplir los planes que Dios tiene para ti aunque todo no ocurra como deseas. Podría ser, incluso, que muchos no te entiendan, pero al comportarte en armonía con la voluntad de Dios, no solo recibirás la aprobación y bendición divinas, sino que tu propia vida bendecirá a mucha más gente de lo que imaginas.

Grandes retos del cristianismo contemporáneo (2)

Cuando Jesús dijo: aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo 11:29) ensalzó actitudes que la cultura contemporánea casi desconoce: la mansedumbre y la humildad. Por tanto, actuar como Jesús en un mundo cada vez más egoísta, pretencioso y violento es otro gran reto si pretendemos seguir a Jesucristo.

Mientras estudiaba en el seminario en tiempos dificilísimos para los cristianos en Cuba, inesperados acontecimientos me obligaron inicuamente junto a otros hermanos en la fe, a convertirme en cortador de caña de azúcar. Aunque decidimos enfrentar la injusticia aportando nuestro mejor testimonio de fe, uno de los jefes venía deliberadamente al cañaveral donde trabajaba para burlarse y acusarme de ser un burgués religioso y pésimo cortador de caña. Un día fatídico ─uno entre muchos─, me humilló tanto con sus ofensas que, obstinado e inexplicablemente, comencé a sentir profundos deseos de matarlo. ¿No tenía acaso un machete afilado en mi mano?

Horrorizado por tal sentimiento seguí cortando caña, pero imaginando que cada machetazo se lo daba a él con un odio que se acrecentaba a cada golpe de machete. ¡Y así caí en una profunda crisis espiritual y ética que solo vencí varios meses después! Aunque dicho oficial merecía más compasión que desprecio por su brutalidad e ignorancia, el rencor que atesoré en mi corazón dañó mi relación con Dios y también me alejó de mis hermanos en la fe, quienes sufrían tanto como yo. Esa experiencia me ensenó que aunque bajo ciertas circunstancias es muy difícil actuar con mansedumbre y humildad… ¡debemos hacerlo por nuestro propio bien!

Como pecadores perdonados y llamados a ser como Cristo, debiéramos sentir como Pablo: no que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús (Fil 3:12). ¿Seremos tan orgullosos y despiadados —crueles censores de quienes no responden al evangelio—, que preferiríamos un rápido juicio divino sobre ellos? ¿No deberíamos ser misericordiosos pidiendo a Dios, incluso aunque nos maltraten, que les otorgue la gracia del arrepentimiento?

Jesús sí atacó duramente a quienes pretendiendo ser fieles a Dios —escribas y fariseos—, no vivían lo que predicaban. También volcó rudamente las mesas de los que convirtieron el templo en una casa de mercado. ¿Comprendes cuales procederes humanos provocaban su ira? A su vez, amó y perdonó a publicanos y pecadores y pidió perdón para quienes le crucificaron pues ignoraban la magnitud de su acto. También perdonó a Pedro, quien bochornosamente negó conocerle ¿Olvidamos los cristianos actuales la enseñanza sobre el amor a los enemigos en el Sermón del Monte? ¿Cuántos mensajes has escuchado sobre ese pasaje últimamente? ¿Erró Jesús al enséñanos a ser mansos y humildes hasta el punto de bendecir a los que nos maldicen… y orar por quienes nos ultrajan y os persiguen?

¡Sí, no hay duda, los retos que hoy tenemos quienes decimos seguir a Cristo son colosales!

Grandes retos del cristianismo contemporáneo (1)

Según la Biblia, desde los albores de la humanidad la maldad de los hombres era mucha en la tierra, y todo designio del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5), por lo tanto el diluvio universalpretendió librar al planeta de la corrupción existente. Sin embargo, siglos más tarde Pablo catalogaba la conducta humana como maligna y perversa (Filipenses 2:15). También previó que pese al sacrificio de Cristo muchos seguirían siendo amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad pero negarán la eficacia de ella (2 Timoteo 3:1-5). ¡Qué descripción tan horrenda y habitual!

La impiedad se incrementa a diario porque paradójicamente el desarrollo científico-técnico de la humanidad facilita los recursos para que se propague, por lo cual quienes deseen vivir piadosamente enfrentan en la actualidad retos colosales. Hoy se tiende a catalogar al cristianismo bíblico como retrógrado y falso. Incluso en congregaciones que se consideran cristianas, valores como la santidad, la negación de uno mismo y la sumisión absoluta a la voluntad divina apenas se toman en serio. Los postulados más atractivos de la posmodernidad —la autorrealización y el disfrute personal—, dominan la conducta humana.

Por ello la expresión paulina amadores de los deleites más que de Dios nos llama a rendir cuentas. Hedonista hasta la sumo, la cultura que nos rodea entroniza la voluntad y el placer propios elevando al “ego” más que la inflación monetaria existente y haciendo más daño que esta. Hay quienes en vez de rogar a Dios con humildad confiando en su sabiduría y omnipotencia, se atreven a darle órdenes, como escribió Santiago a los creyentes de su época: ahora os jactáis en vuestras soberbias (4:16). Por tanto, quienes deseen  ser verdaderos seguidores de Cristo, deberán atreverse a obedecer algunos reclamos bíblicos que hoy parecen ser reliquias de museo: He aquí uno: Nada hagáis por contienda o vanagloria; antes bien en humildad, estimando cada uno a los demás como superiores él mismo. No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual por lo de los otros (Filipenses 2:3-4). El gran desafío que esta enseñanza impone a la mentalidad contemporánea, es que ese fue el sentir de Cristo y debe ser el de quienes dicen seguirle. Es un reto abrumador, pero no podemos ignorarlo.

Otro desafío actual es cómo nos manifestaremos en las redes sociales, pues la dignidad, la mesura y una espiritualidad acrisolada debieran caracterizar nuestra presencia mediática. Nuestras publicaciones son vidrieras abiertas al mundo que exponen más claramente de lo que imaginamos nuestros reales valores e intereses. ¡Cuidado! Mostrar fotos propias en posturas provocativas o insinuantes es impropio si de verdad servir y glorificar a Jesucristo es nuestra razón de ser. ¿Qué mensaje transmitimos si insistimos en mostrar fotos propias en distintas poses y actitudes? ¡Por favor! Otra cosa son fotografías familiares o de eventos eclesiales, pero la constante exposición de nuestra imagen personal en solitario revela más de nuestras carencias que de nuestras virtudes espirituales, tal como expresa un refrán que aunque no es bíblico, revela una gran verdad: Dime de lo que pretendes y te diré de lo que careces.

De otros retos que enfrentamos en la actualidad los creyentes en Cristo hablaremos en futuras publicaciones. Por ahora, termino recordando un antiguo himno que tristemente brilla por su ausencia en los últimos tiempos:

Sed puros y santos, mirad al Señor / permaneced fieles, siempre en orar / leed la Palabra del buen Salvador / socorred al débil, mostrarle amor.

Sed puros y santos. ¡Dios nos juzgará! / orad en secreto, respuesta vendrá / su Espíritu santo revela a Jesús / y su semejanza en nos Él pondrá.

Sed puros y santos, Cristo nos guiará / seguid su camino, en Él confiad / en paz o en pena la calma dará / quién nos ha salvado de nuestra maldad.

Pregunté a un líder de adoración por qué no lo usaba y me aseguró que era un himno muy pobre musicalmente y su letra no decía nada relevante para la mentalidad contemporánea. ¡Qué pena! ¿Así andamos?