Actuar como Jesús (5)

¿JESÚS EN UNA FIESTA DE BODAS?

Al leer en los evangelios historias con tanto impacto espiritual como el encuentro de Jesús con Juan el Bautista, su bautismo, su victoria en las tentaciones y el emotivo alistamiento de sus primeros discípulos; nos sorprende verle participar de un evento social tan común y alegre como una fiesta de bodas. Asombra todavía más que su primer acto milagroso fuera convertir el agua en vino y cooperar con el jolgorio general en la celebración de un matrimonio judío. La influencia y herencia puritana en algunos cristianos contemporáneos suele rechazar del todo el “buen vino”, por considerarlo promotor de intemperancia, frivolidad y placer mundano. ¿Sabías que algunas iglesias evangélicas insisten en que para la Cena del Señor se utilice solo purísimo jugo de uvas, servido en minúsculas copitas? Muchas congregaciones ─en Cuba, también por necesidad y carencia de vino─, acostumbran licuarlo para la comunión y convertirlo en un líquido dulzón apenas reconocible. ¡Qué interesante! Así son las cosas en la viña del Señor: Jesús convirtió seis tinajas de agua en el mejor vino y nosotros solemos transformar el vino en minúsculas porciones de agua dulce. ¿Acaso no dice la Biblia que “el vino es escarnecedor, la cerveza alborotadora; y cualquiera que por ello errare no será sabio (Proverbios 20:1)? Así que, obviando la recomendación de Pablo a Timoteo “no bebas de aquí adelante agua, sino usa un poco de vino a causa de tu estómago… (1 Timoteo 5:23)”, a muchos nos inquieta leer que Jesús convirtiera seis tinajas de agua en el vino más exquisito que se repartió alguna vez en Caná de Galilea. Recuerdo a un reconocido predicador cubano que hablando de ese pasaje argumentó que el milagroso vino de Jesús era totalmente libre de alcohol. ¡Los predicadores a veces decimos cosas muy simpáticas!

La celebración matrimonial hebrea era una fiesta que todos querían realizar de la mejor manera, en la cual el vino era imprescindible. Las bodas comenzaban un miércoles por la tarde cuando los invitados se reunían en casa de la novia y compartían alegremente esperando al novio, quien llegaba cerca de la media noche acompañado de sus amigos e iluminado por la llama de las lámparas. Después, la pareja nupcial, sus parientes y los invitados se dirigían en una alegre procesión hasta la casa del padre del novio, donde se realizaría la ceremonia.

El desfile casamentero se acompañaba con música, palmas y ramas mientras la gente arrojaba granos y monedas a los contrayentes. Era costumbre que quienes toparan casualmente con dicha procesión, por cortesía se sumaran al cortejo. El recorrido hasta la casa de los padres del novio se hacía por el camino más largo posible, para que la pareja fuese festejada por la mayor cantidad de vecinos y conocidos. Al llegar a la casa, la ceremonia consistía en un contrato que firmaban dos amigos del novio como testigos y lo entregaban al padre de la novia; detallando las promesas que el novio hacía a su ahora esposa. Tras la entrega del contrato, comenzaba la fiesta. Los casados entraban enseguida a su habitación nupcial ─en la propia casa de la fiesta─, para consumar el matrimonio mientras los invitados continuaban festejando. Entonces se servía comida, se cantaba y se bailaba al son de la música. ¡La fiesta nupcial podía durar toda una semana! Contrario a nuestra costumbre, los recién casados no marchaban de luna de miel, sino que permanecían en la casa, compartiendo la fiesta con los invitados. En términos generales, así eran las bodas hebreas.

Jesús llegó a la casa festiva donde ya estaba su madre María y compartió como uno más la alegría habitual de tales eventos. No predicó ni enseñó durante la fiesta, solo realizó el milagro tras decirle su madre: “No tienen vino (Juan 1:3)”. ¿No te parece extraño? El evangelio de Juan, el único que narra este episodio, nos dice que “este principio de señales hizo Jesús en Galilea, y manifestó su gloria; y los discípulos creyeron en él (Juan 2:11)”. Días antes Jesús rechazó realizar manifestaciones milagrosas cuando el diablo le tentó en el desierto. Ahora, transformó el agua en vino contribuyendo al disfrute de los presentes y evitando el descrédito de la familia del novio por no tener vino en la fiesta. ¿Qué crees de los motivos que propiciaron el primer milagro de Jesús? ¿Osarás pensar que no eran importantes?

Temo que muchos cristianos crean que compartir con alegrías ajenas y ayudar a la gente a resolver sus problemas es una pérdida de tiempo sin sentido. Aunque era el Salvador y el mejor predicador jamás existido, Jesús no pensaba así. Nosotros olvidamos con frecuencia que la interacción con los no creyentes en sus eventos significativos ayuda a acercarlos al conocimiento del evangelio y experimentar el amor de Dios. No siempre se requiere un discurso o un sermón imponente para que las personas conozcan del evangelio si a su lado tienen un creyente humilde y sincero. Es curioso que para la mayoría de los asistentes a la boda, el milagro pasó inadvertido. Según Juan, solo “sus discípulos creyeron en él (Juan 1:11)”. La impresión que quedó en los invitados fue que el dueño de la casa ofreció el mejor vino durante todo el tiempo de la fiesta.

Honestamente, comprendo a los no creyentes que rechazan a cristianos y predicadores que desde un presumido y falso pedestal impoluto, miran con prepotencia a los pecadores de hoy; vociferando siempre un mensaje condenatorio. Aunque debemos instar a las personas al arrepentimiento, tal acción será inefectiva si se hace sin misericordia y comprensión por las múltiples necesidades, contradicciones y complejidades de la conducta humana. Sí, Jesús fue duro y condenatorio para con los escribas, fariseos y los mercaderes del templo. Más fue tan tierno, amoroso y comprensivo con los pecadores que podía sentarse con ellos a la mesa y compartir. Aunque tal actitud provocó que le acusaran como “hombre comilón y bebedor de vino, amigo de publicanos y pecadores (Mateo 11:19)”, logró que muchos le siguieran, transformando sus vidas y encausándolas al bien.

¿Entiendes por qué Jesús fue a las bodas en Caná de Galilea aunque allí no abriera su boca para predicar y enseñar? No reclamó que todos supieran del milagro realizado, limitándose a compartir de la fiesta como uno más, inspirándonos a actuar como él. Los cristianos y predicadores no somos estrellas de Hollywood que sobre alfombras rojas, buscamos que se nos reconozca como seres rutilantes. Somos siervos de Cristo, y debemos ser como él.

Será necesario insistir en que actuar como Jesús, puede que en ocasiones solo implique estar en el lugar preciso, gozarnos en compañía de la gente y ayudarle, trabajando para que sean felices y bendecidos… aunque nuestro actuar no deslumbre a muchos.

Y por supuesto, actuar como Jesús es tener sabiduría y gracia a la hora de compartir un evangelio que más que condenar, busca el perdón, la redención y la transformación de los seres humanos.

Alberto I. González Muñoz


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