Retos de la Covid 19: ¿fe sin reuniones eclesiales?

“Por lo demás hermanos, gozaos en el Señor. A mí no me es molesto repetiros las mismas cosas y para vosotros es seguro (Filipenses 3:1)”

Pablo podía gozarse aún en los peores momentos de su ministerio. Los verdaderos hijos de Dios cuando enfrentan adversidades se aferran a su fe, lo cual les llena de paz en medio de la tormenta. El amor y la misericordia de Dios nunca faltarán en los momentos más desconcertantes. ¿Podremos amilanarnos por este ya largo y frustrante tiempo de pandemia que ha virado todo al revés? Uno de los problemas que más nos disgusta ahora es ver muchos de nuestros templos cerrados y la mayoría de las actividades canceladas. ¡Nos sentimos como si nos faltara algo imprescindible! Y aunque las reuniones eclesiales son importantes, no son imprescindibles aunque te choque un poco leer esta afirmación. Lo que sí es imprescindible es saber que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 8:38-39)

No deseábamos en lo absoluto vivir una experiencia como esta, en la que todos nuestros mejores planes y proyectos se han venido abajo. No obstante, no es bueno ocultar nuestros sentimientos al respecto, así como negar que sentimos preocupación, tristeza, dolor o confusión pensando que hacerlo es un mal testimonio. ¿Acaso los Salmos no están llenos de expresiones de duelo ante diferentes pérdidas? No es falta de fe exclamar como el salmista: Dios mío, mi alma está abatida en mí… todas tus ondas y tus olas han pasado sobre mí… ¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo? Como quien hiere mis huesos, mis enemigos me afrentan, diciéndome cada día: ¿Dónde está tu Dios? (Salmo 42:6a,7b, 9-10).

¿Acaso Dios se horroriza por escucharnos decir que estamos cansados, tenemos temor o que nos flaquea la fe? Más allá de la lucha interior que nos aqueje, el Señor conoce cuanto ocurre y está a nuestro lado. Si bien a veces no podremos alegrarnos por lo que acontece ─como ahora mismo─, debemos aferrarnos a las enseñanzas bíblicas que alimentan nuestra fe aunque ahora no podamos asistir a la iglesia como deseamos porque debemos cuidar nuestra salud y evitar contagios.

Promocionando el ministerio de Radio Transmundial recorrí la provincia canadiense de Saskatchewan. Viajamos por increíbles planicies que se perdían en el horizonte, solo ocupadas por rollos de trigo recién cortados en espera de ser recogidos. Al fin, llegamos a un lugar muy solitario llamado Arcola. Estaba tan desierto que me pregunté de dónde saldría la gente para escuchar a un cubano en la única iglesia del pequeño pueblo. ¡Pero encontramos una tienda de antigüedades en la calle principal!

—Bienvenidos al bazar de antigüedades más completo y apartado del mundo —dijo un anciano atento y simpático que nos atendió, añadiendo:

—Tengo más objetos antiguos que clientes en millas a la redonda. ¿En qué puedo servirles?

¡Cuántas antigüedades y a qué precios había en Arcola! Jamás compraría algo allí. Me gusta todo lo moderno: la arquitectura, los muebles, la tecnología, etc. No obstante, estoy convencido de que la obra del Señor solo mantiene sosteniendo antiquísimas verdades bíblicas. Todos los educadores saben que una de las leyes de la enseñanza es la repetición. Lo que escuchamos una y otra vez conquistará nuestro corazón y determinará nuestras decisiones. Es por ello que Pablo insiste: a mí no me es molesto repetir la mismas cosas y para vosotros es seguro (3:1b). Es penoso que algunos predicadores vayan como picoteando de un pasaje a otro de la Biblia, dejando de lado otros que no consideran importantes.

Por ejemplo, ¿quién habla ahora de buscar la voluntad de Dios? Aprendí de niño que discernir cuál era la voluntad de Dios para mi vida personal era un tema vital, porque la generación que me precedió insistía en ello. Tanto lo oí que, convencido, a los 16 años tomé decisiones que nada tenían que ver con mis preferencias y aspiraciones hasta entonces. Al comprender que Dios tenía otro plan conmigo abandoné los míos con una facilidad pasmosa. Creo que en momentos como éste el tema de la voluntad de Dios es vital. Hoy muchos toman decisiones bajo otros presupuestos; el bienestar, los gustos, las preferencias sociales, las aspiraciones personales, etc. También la moda o lo que haga la mayoría parece ser en muchos casos determinante.

Tal vez por ello algunos temas tienden a soslayarse en el magisterio eclesiástico contemporáneo: el juicio final, la segunda venida de Cristo, la santidad, la disciplina, los diezmos y ofrendas y otros más. ¿No habla de ellos la Biblia? Sin embargo, sí se insiste en demasía sobre el espíritu de victoria, la necesidad de tener grandes sueños, emprender proyectos ambiciosos y disfrutar la vida a plenitud. ¿Y la entrega, la renunciación, la negación de uno mismo, el amor sacrificial por la obra de Dios?  A Pablo no le molestaba repetir las mismas enseñanzas porque eran necesarias y seguras. Hoy tememos importunar a la gente con insistencias incómodas y por ello buscamos desarrollar temas y métodos novedosos, tan atractivos, espectaculares, apelativos y gratificantes que provoquen que la gente se sienta tan cómoda y feliz que no deje de ir a los templos.

Pues bien, si debido al incremento tan peligroso de la pandemia en nuestro país, no podemos asistir al templo, tenemos la Biblia en casa para leerla, estudiarla y seguir apropiándonos de sus antiguas verdades. ¨¡Y siempre me gusta repetir que el Espíritu Santo no está en cuarentena! Que no escuchemos sermones sentados en un banco del templo no puede significar que abandonemos nuestro encuentro con la Palabra de Dios. ¿Está claro?

Es imposible desechar las las viejas verdades bíblicas como hacemos con las cortinas cuando se destiñen, los muebles cuando envejecen o los equipos eléctricos cuando no funcionan. ¡Las verdades bíblicas siempre son pertinentes! Cuando único no resultan es cuando las olvidamos y no las ponemos en práctica. Si las obedecemos ellas probarán su valor innegable, por lo tanto, necesitamos recordarlas constantemente. Los publicitarios no se avergüenzan de atiborrar la mente de la gente con mensajes repetitivos. Los cineastas saben que repitiendo escenas de sexo, violencia, persecuciones de autos y asesinatos sus producciones atraparán al público. Los artistas triunfan cuando la gente quiere verlos constantemente y los cantantes cuando les piden que repitan sus canciones. ¿Has visto cómo gritan los espectadores en los conciertos cada vez que oyen las primeras notas de una canción conocida? Mientras más la escuchan más quieren oírla.

En la tienda de Arcola comprobé que los dueños de tales negocios viven orgullosos de las antigüedades que venden y no se apenan por los precios en que las ofertan, porque mientras más antiguas, más valiosas. Y son precisamente esas piezas las que aseguran su vida y su futuro. Los hijos de Dios tampoco podemos avergonzarnos de practicar las antiguas verdades que la Palabra de Dios revela. Aunque la sociedad actual las considere anticuadas e inoperantes y sean tan costosas que reclamen la renuncia a anteriores patrones de conducta, ellas transforman nuestra vida terrenal y garantizarán nuestro gozo eterno. Mucha gente cree que la vida cristiana solo consiste en pasar tiempos agradables en los templos, disfrutar diversos rituales y escuchar mensajes que nos alienten y ayuden a olvidar los grandes problemas que nos rodean. ¿No has oído a muchos decir que van a la iglesia porque es el único lugar donde se sienten mejor?

Pues bien, es posible que esta pandemia también Dios la esté usando para recordarnos verdades esenciales que han caído en el olvido. Desde la antigüedad el ser humano ha cumplido con rituales religiosos y ha sabido elaborarlos a la perfección. Pero jamás debemos depender para nuestra relación con Dios del hecho de que podamos participar en un culto o no. Debemos reunirnos porque es un mandato bíblico, pero cuando los imponderables de la vida lo impidan, ello no significa que nuestra fe pueda desvanecerse. Tampoco podemos olvidar que desde el Antiguo Testamento Dios declaró enfáticamente: No me traigáis más vana ofrenda; el incienso me es abominación; luna nueva y día de reposo, el convocar asambleas, no lo puedo sufrir; son iniquidad vuestras fiestas solemnes… asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré (Isaías 1:13-15). Dios no quiere ceremonias o rituales que las personas pueden realizar sin experimentar un cambio de vida, sin mostrarle una obediencia absoluta. ¿Comprendes?

Entonces creo que el Covid-19, que a regañadientes nos ha obligado a muchos a mantenernos en casa y cerrar nuestros templos, también ha venido a humillarnos para que profundicemos más nuestra relación personal con Dios ─una verdad antiquísima casi olvidada─, aunque ahora no podamos asistir a los cultos. La realidad es que más que vayamos al templo, Dios desea ser el dueño de nuestro corazón.¿Es esa tu experiencia? Si así es, el por un tiempo no puedas reunirte, te entristece, pero no puede dañar tu fe.  Más bien puede ayudarte a comprender que la obediencia total a los planes divinos —a veces difíciles de entender, como en este caso—, y nuestra sumisión absoluta a su voluntad soberana, es lo que en realidad demuestra que le amamos y le servimos de corazón.

Aunque no podamos asistir al templo por una temporada y que oremos por poder regresar pronto a ellos, rendidos a él y transformados por el Espíritu Santo, él continuará bendiciendo nuestras vidas y escuchando nuestras oraciones como lo ha hecho hasta aquí.

Aun en este tiempo de pandemia.

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