Retos de la Covid-19: sensibilidad y compasión

“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo; no mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros. Haya pues en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2:3-8)”.

Acabo de ver en Internet una serie de fotos de la tierra desde el espacio. ¡Cuánta belleza! Cualquiera diría que la tierra es un paraíso. No se perciben el deterioro ético de la humanidad, los conflictos y contradicciones existentes, los problemas ecológicos, ni la pandemia que ha cambiado nuestra vida sin que se vislumbre el fin del azote todavía.

Del mismo modo, la lectura bíblica que inspira esta publicación pareciera que nadie en el mundo la pone en práctica, incluso nosotros los cristianos. ¿Desterrar la contienda y la vanagloria? ¿Humillándonos hasta lo sumo como hizo Cristo? Será el plan divino y todo sería distinto si lo practicáramos, pero el orgullo nos impide actuar de esa manera y todo anda de mal en peor. Además, la Covid-19 ha revelado profundas grietas en la conducta humana aunque nos preciemos de ser los más civilizados y capaces.   

Ignoro si en las pandemias anteriores ocurrieron las mismas luchas y controversias que ahora. ¿Será que no existían redes sociales que pusieran a los terrícolas al tanto de cuánto ocurría? Hoy conocemos todos los detalles, interpretaciones y teorías sobre cualquier suceso porque vivimos prendidos a nuestros teléfonos y computadoras todo el tiempo. Tantos criterios contradictorios, la agresividad y pretendida autoridad con que se expresan y la conducta de quienes niegan la peligrosidad del virus, demuestran que habitamos un planeta enfermo. La gente no quiere seguir el ejemplo de quien vino a entregar su vida por salvarnos. Hay demasiada terquedad en la conducta humana como para que podamos entendernos, ayudarnos y respetarnos.

Considero que las respuestas actuales a la amenaza del Sars-CoV-2 están determinadas por las peculiaridades del pensamiento contemporáneo; ya que si algo impide nuestros gustos e intereses, caemos en crisis. Años atrás escuché a un niño que al escuchar un regaño paterno,  contestó airado.  

—¿Yo quiero hacerlo!

Hoy, como asumimos que nuestros deseos son irrenunciables, para algunos la pandemia es solo un inconveniente odioso, que trastorna sus planes. Por lo tanto, gritan ¡quiero hacerlo! y siguen adelante creyendo que con mente positiva nada les sucederá. Actúan así porque estiman el bienestar personal como el bien supremo. No obstante, infinidad de científicos, personal médico y muchos trabajadores arriesgan sus vidas a diario atendiendo a los enfermos, las actividades esenciales o investigando para crear vacunas y protocolos para luchar contra la enfermedad. Debiéramos valorar la carga emocional y física que ellos y sus familiares sufren, animándoles y orando constantemente por los que realizan tal esfuerzo.  

Muchos también desconfían ─debido a que el engaño o la corrupción son tan comunes─ de las estadísticas que se ofrecen. Otros aseguran que todo es una conspiración y que los medios informáticos mienten conscientemente. ¿En verdad puede dudarse que la enfermedad haya colapsado hospitales y servicios funerarios donde quiera? Las imágenes de algunos países, como la India y sus piras funerarias comunes son aterradoras. ¿Nos sensibilizamos con el dolor y la angustia que ha envuelto a nuestro planeta? Muchos pretenden vivir como si nada funesto estuviera sucediendo.

Si bien al enfrentar una tragedia como esta hay que encontrar un balance justo para no desequilibrarnos emocionalmente; a la vez, urge evitar una actitud inconsciente y despreocupada. La vida sigue y la fe puede ayudarnos a continuar adelante, pero nuestra tranquilidad espiritual no será legítima si se logra a costa de ignorar por completo el dolor que tantos humanos sufren.

La insensibilidad ante la angustia ajena ha existido siempre. ¿Te extraña saber que Sófocles, el poeta griego que vivió cuatro siglos antes de Cristo, dijera que siempre se repite la misma historia: cada individuo no piensa más que en sí mismo? Titus Livius, el historiador romano que falleció el año 17 d.C. también expresó: Solo sentimos los males públicos cuando afectan nuestros intereses particulares. De modo que no fue el apóstol Pablo el primero que escribió: todos buscan lo suyo propio (Filipenses 2:21). Así las cosas, quienes no hayan sufrido de cerca las consecuencias de la enfermedad podrán restarle importancia, pero para los más de 160 millones que la han padecido y los que lloran a sus muertos, la vida cambió para siempre. ¿No nos impresionan esos números?

Aunque detesto las actuales medidas regulatorias, al estudiar las normas sanitarias del Antiguo Testamento, veo contravenciones imposibles de considerar opresivas o malintencionadas, como muchos piensan ahora. En la antigüedad nadie sabía de organismos microscópicos que podían matar y cuando en el Siglo XVII Antonie Van Leeuwenhoek descubrió la primera bacteria, sus conclusiones solo fueron aceptadas dos siglos después. ¿Lo sabías? De modo que las disposiciones bíblicas exigiendo el aislamiento de los leprosos demuestran el cuidado amoroso de Dios evitando que los enfermos contagiaran a todo el pueblo. Es insólito que ahora los humanos más desarrollados recelemos de medidas semejantes, alegando una inalienable libertad personal.

Aunque nos preciemos de ser los más civilizados, los actuales terrícolas cada vez actuamos  más irreflexivamente, lo cual no solo incide en la pandemia sino en todos los males sociales que nos aquejan. ¿Cuándo aprenderemos que no se vive civilizadamente a menos que seamos capaces de equilibrar en la balanza tanto nuestros derechos como los ajenos? Días atrás mi esposa estaba en un puesto de viandas en una línea con tres ancianos más, esperando su turno para comprar. De pronto, llegó un hombre joven y fuerte que ignorándoles totalmente, entró y con el contubernio de los vendedores compró primero que ellos, saliendo orgulloso como si hubiera realizado una hazaña. Su caso fue solo una muestra más de la insensibilidad imperante en la conducta humana, hoy tan común dondequiera.

Aunque el mundo necesita con urgencia las vacunas para vencer la pandemia, la solución para librarnos de tanta inconsciencia es el arrepentimiento y el cambio de vida, algo que no producirá ningún emporio farmacéutico y solo es posible por la gracia de Dios en Cristo. Lamentablemente, he escuchado decir a demasiadas personas en entrevistas televisivas que no necesitan arrepentirse y que harían lo mismo si volvieran a nacer. Y lo peor, a veces también los propios cristianos solemos presentar una imagen tan egocéntrica, petulante, justiciera y vengativa que me aterra, porque lejos de asemejarnos al sentir de Cristo, resulta bastante similar a la que exhibe la sociedad contemporánea.

¿Se nos olvidó la regla de oro, el amor a los enemigos, el hacer bien a los demás sean como sean, y nuestro deber de ser misericordiosos como nuestro Padre Celestial lo es? ¿O nunca hemos leído el Sermón del Monte? De modo que para ser luz del mundo, sal de la tierra y mensajeros fieles del Evangelio de Cristo, el arrepentimiento tendría que comenzar por casa.

Atrevámonos a mirar dentro de nosotros, como declara el salmista: ¿Quién podrá entender sus propios errores, líbrame de los que me son ocultos? Preserva también a tu siervo de las soberbias, que no se enseñoreen de mí (Salmo 19:12-13). ¿Cómo vencer un estilo de pensamiento que muestra tanta insensibilidad ante el sufrimiento ajeno? Una madre cristiana cubana, muy fiel, conocedora de la Biblia y sus enseñanzas desde joven, hablando de una situación muy injusta que miles de jóvenes cubanos sufrimos años atrás, recordando esa historia, me aseguró:

—Lo que le hicieron a mi hijo no tiene perdón de Dios —por lo cual le contesté:

—¿Sólo a su hijo? Además, es Dios quien puede decir si perdona o no, ¿le parece?

Si no sentimos compasión por quienes sufren, aunque sean extraños, o incluso impíos, cada día seremos más crueles. Si no nos mueve a misericordia y compasión ver al prójimo en desgracia, sea quien fuere, actuaremos como quienes ignoran las enseñanzas de Cristo. Oremos intensamente por nuestro mundo enfermo, más que de Covid-19, de liviandad, inclemencia, soberbia, terquedad y egoísmo, porque todo ello también es contagioso. ¡Y mucho!

Por lo tanto, bajo ningún motivo podemos caer en la egolatría e insensibilidad que consume a la sociedad contemporánea. El propio Jesús lo dijo muy claro: Sed pues misericordiosos, como también vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas 6:36). Recordemos también que proclamó: Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). No es que nuestra bondad nos asegure la misericordia de Dios, es que es imposible haber experimentado la misericordia, el perdón y la gracia de Dios y no estar dispuestos a ofrecerle a los demás lo mejor de nosotros mismos: nuestra sensibilidad y compasión.

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