La Biblia y la sexualidad

Influenciados por el pensamiento gnóstico y el dualismo de la filosofía griega, muchos pensadores cristianos en los primeros siglos del cristianismo, asumieron actitudes incorrectas sobre la sexualidad humana. ¡Qué penoso! Hasta el punto de que algunos creían que ningún acto sexual estaba libre de concupiscencia, ni el realizado dentro del matrimonio. Tales ideas fortalecieron el ascetismo cristiano primitivo y aunque no provienen de la Biblia, subyacen todavía en la conciencia de muchas personas. Por ello es indispensable volver a la Palabra de Dios y desarrollar una perspectiva de la sexualidad verdaderamente bíblica.

Para muchos la Biblia es un libro tan antiguo que aunque sea valioso como obra de la literatura universal no posee la autoridad que los cristianos le concedemos. Si bien no todos los que declaramos ser creyentes nos acercamos a ella de la misma manera, muchos creemos que es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra (2 Timoteo 3:16-17). Por lo tanto declaramos que es nuestra única regla de fe y práctica.

Las declaraciones bíblicas sobre la sexualidad difieren de lo que afirman hoy algunos sexólogos y científicos, porque en el mundo académico hay criterios diversos. A la vez, hay  creyentes que tratan de armonizar las declaraciones bíblicas con ciertos postulados científicos para demostrar con ello la veracidad de la Biblia. Si bien tal esfuerzo parece loable, es contradictorio. La Biblia no contiene declaraciones científicas sino principios y verdades espirituales que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo (2 Pedro 1:21). Los científicos pueden declarar algo hoy y después cambiarlo por el resultado de sus nuevas investigaciones; los principios espirituales de las Sagradas Escrituras son verdades reveladas ─también llamadas dogmas de fe─, y por lo tanto, inalterables, porque la palabra del Señor permanece para siempre, y esa es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada (2 Pedro 1:25).

He aquí, entonces, uno de los dogmas de fe más extraordinarios de la Biblia: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó (Génesis 1:27). En realidad son tres declaraciones. La primera muestra a Dios como creador: y creó Dios. La enseñanza bíblica sobre la creación, muy combatida en diferentes momentos de la historia, se diferencia de creencias naturalistas y panteístas puestas de moda otra vez por el movimiento de la Nueva Era. La Biblia declara la existencia eterna y soberana de un Dios Todopoderoso, el cual hizo los cielos y la tierra, el mar, y todo lo que en ellos hay (Salmo 146:5-6).

La segunda declaración anuncia que Dios creó al hombre a su imagen, concediéndole características distintas al resto de la creación, porque podía relacionarse de manera personal e íntima con él. Cuando Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza (Génesis 1:26), lo diferenciaba del resto del reino animal, pues podría relacionarse con él en un nivel espiritual e intelectual. Es interesante que aun después de haber caído en pecado, Adán y Eva oyeron la voz de Jehová Dios que se paseaba en el huerto, al aire del día (Génesis 3:8). Pudieron escuchar su voz, reconocerla y conversar con él incluso después de desobedecerle, ya que eran semejantes a él. Ninguna otra criatura terrenal disfruta de esa característica.  

La tercera declaración es sorprendente: Varón y hembra los creó (Génesis 1:27). ¡Dios les diseñó, además, como criaturas sexuadas! Dotados de órganos sexuales biológicamente similares al resto del reino animal, disfrutaban además de capacidades racionales, espirituales y psicológicas superiores; por lo cual vinieron a ser la corona de la creación, el sello de Dios al concluir el proceso cósmico creacional. Una pareja a su imagen y semejanza vino a señorear el huerto del Edén. ¿Entendemos eso? No mucho, pero así lo creemos.

Las características sexuales de la pareja tenían propósitos definidos: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra (Génesis 1:28). Diseñados para complementarse ambos sexualmente y ser co-creadores con Dios al poder reproducirse, estaban capacitados también para señorear sobre todo lo creado antes que a ellos mismos. Nadie crea que ellos, accidentalmente, exploraron sus cuerpos y descubrieron que podían tener experiencias muy gratificantes. Ellos escucharon un mandato: fructificad y multiplicaos. Dios les dio una orden y al cumplirla, encontraron que disfrutaban de un disfrute excepcional. El placer sexual fue también un plan divino.

El Dr, Henry Brand, psicólogo y conferencista cristiano, decía que Dios no creó unas partes buenas del cuerpo y otras malas; las hizo buenas todas, porque cuando hubo acabado su creación, la contempló y declaró que era bueno en gran manera (Génesis 1:31) antes de que el pecado hubiese puesto el desorden en la perfección del paraíso. Nuestros cuerpos sexuados son creaciones divinas. Ninguna parte del cuerpo humano es indigna y mucho menos los órganos diseñados para cumplir una misión que además resulta tan gratificante.

Es triste que a veces los propios padres siembren en sus hijos la idea de que la sexualidad es mala, sucia o denigrante. Si durante la infancia les regañan fuertemente o con palabras peyorativas cuando se tocan sus genitales en el proceso normal de descubrimiento de sus propios cuerpos, le trasmiten un mensaje equivocado. Ante esas exploraciones naturales debemos actuar sabiamente y escoger con mucho tino el vocabulario que usemos, pues pudiéramos sembrarles prejuicios, sentimientos y reacciones que dañarían posteriormente su sano desempeño sexual. Nuestros gestos y el tono de voz deben ser cuidadosos, porque nuestra reacción irá formando en ellos un concepto sano o no de las funciones, el desarrollo y la dignidad de los órganos sexuales. Si nuestros hijos perciben que ciertas zonas de su cuerpo tienen mucho que ver con nuestros exabruptos o regaños más fuertes —o palabras como sucio, malo, feo, asqueroso y otras—, comenzarán a guardar silencio, inhibirse y ocultar sus sentimientos o inquietudes según las vayan concientizando.

Lo mismo podría suceder con sus preguntas sobre temas sexuales. Ellos las harán del modo más normal y sin tener conciencia de a qué se refieren, pues no imaginan las implicaciones ni la incomodidad que pueden provocarnos. Debemos cultivar en ellos esa libertad para preguntar con la mayor confianza. Por lo tanto, conviene mantener la calma y contestar sin desplantes, respondiendo de la manera más tierna y con palabras apropiadas a su edad y entendimiento, sin entrar en muchos detalles. Más importante que la propia respuesta, será que al indagar, ellos no sientan quen han hecho algo incorrecto. Si perciben que sus preguntas nos incomodan o si les regañamos por ello, estaremos dándoles un mensaje negativo sobre el sexo y levantando barreras de comunicación. ¡Lo peor es que buscarán otras fuentes de información! Y muy importante: es necesario estar claros de que el llamado pecado original —el que dio origen a la condenación de la raza humana—, no fue de índole sexual. Es increíble la cantidad de personas que aún tienen ese criterio a pesar de que el relato bíblico de la caída en pecado no deja lugar a dudas.

La descripción que el Génesis hace del huerto del Edén es realmente idílica. Entre tantos prodigios de gracia divina, la primera pareja recibió el mayor de todos, precisamente, en la única restricción que les sería impuesta. Al anunciar las consecuencias de comer del único árbol que estaba vedado en toda la creación, Dios les brindaba libertad de elección y decisión, pues no serían muñecos de carne y hueso trabajando por inercia en su hogar paradisíaco. Creados a la imagen de Dios podrían reflexionar, razonar, discernir, disponer y decidir. Aunque en lo sucedido en el huerto hay aspectos que escapan a nuestra comprensión, queda claro que la primera pareja no valoró el inmenso amor que Dios derramaba al imponerles un límite, y por ello se atrevieron a violarlo.  

Satanás fue astuto. Aunque Dios les dio todo, él sugirió que les negaba mucho y capciosamente les sembró la duda: ¿Conque Dios os ha dicho: No comáis de todo árbol del huerto? (Génesis 3:1). Eva, conociendo que solo un árbol era intocable, olvidó que tenía miles a su disposición —capaces de saciar cualquier deseo— y se dejó llevar por sus sentidos: Y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría; y tomó de su fruto, y comió; y dio también a su marido, el cual comió así como ella (Génesis 3:7).

Así fue que un acto aparentemente ingenuo, encumbró al deseo humano por sobre la voluntad divina. Adán y Eva olvidaron que en el universo creado por un Dios Todopoderoso y Omnisciente había normas que les ofrecían la virtud y la dignidad; a fin de librarles de la corrupción y la muerte. Así el primer pecado —el mismo que se sigue cometiendo durante siglos—, fue la desobediencia. Por ello la Biblia insiste en fronteras que no deben ignorarse.

Del mismo modo, cuando Dios puso normas a nuestro desempeño sexual no lo hizo para impedirnos su disfrute, sino para evitarnos el desastre que desde el huerto del Edén ocurre cuando pensamos que los límites pueden ser violados. En un mundo creado y gobernado por leyes divinas, es imposible pensar que podemos ignorarlas y salir airosos. Como sucedió a la primera pareja, dejarse llevar totalmente por los sentidos no es la mejor opción. Si utilizamos los recursos que distinguen a la especie humana del resto de los seres vivos —el raciocinio y el discernimiento—, es posible evitar muchísimos sufrimientos. La obediencia a Dios siempre asegura el mejor destino, ya sea terrenal o eterno.

Durante mis seis décadas de ministerio pastoral he conocido un número incontable de personas que tras grandes fracasos y sus consecuencias, rehacen sus vidas con la ayuda de Dios. Vuelven a sonreír tras las lágrimas y a ser felices a como se pueda, aunque ya conocen que algunas experiencias es mejor no vivirlas. El plan perfecto y amoroso de Dios comprende la entrega mutua para amarse de una manera comprometida, sin engaños ni decepciones.  

Si anhelas disfrutar el mejor tipo de vida posible, no te dejes impresionar por las enseñanzas falsas tan  comunes sobre el hastío inevitable del matrimonio. Busca la dirección de Dios para hallar esa persona especial con quien puedas tener una relación capaz de vencer juntos todas las dificultades, creando un universo de emociones comunes. Las relaciones que de verdad llenan nuestra necesidad de amar y ser amados determinan qué clase de vida vivimos. La prioridad es encontrar esa persona idónea para lograr una relación tal como Dios lo planeó.

Un periodista preguntó a Don Pedro Vargas cómo pudo estar casado toda su vida con la misma mujer, porque un matrimonio estable, rodeado de hijos y nietos de la misma madre, ya no era lo más corriente en el medio artístico de la época. El anciano y famosísimo bolerista contestó:

—¿Cómo pude? Pues porque el hombre que encuentra el verdadero amor, no es el que ha tenido muchos amores, ¡es aquel a quien un solo amor le basta!

Ahora que los excesos parecen ser lo ideal para muchos, cambiar con frecuencia de pareja pareciera  ser la mejor opción posible. En realidad lo ideal es encontrar la persona con quien podamos construir una vida de experiencias e intereses comunes. Solo así podemos desarrollar los mejores sentimientos, aquellos que nos producen estabilidad y perdurabilidad. De otro modo iremos acumulando heridas, vacíos y frustraciones constantes, añorando encontrar una pareja mejor la próxima vez. Al paso del tiempo, casi siempre se descubre que alguien mejor sólo se encuentra bajando las expectativas detrás de cada fracaso. ¡Lo he visto tantas veces!

Enfócate en buscar la pareja que Dios tiene para ti, pues de seguro existe. Búscala bajo su dirección y evitarás errores y heridas inútiles. No te entregues a aves de paso. Dios es eterno y valora las relaciones que pueden permanecer. Sabe que los humanos —hechos a su imagen y semejanza—, no se conforman con menos. Él planeó que el hombre y la mujer se fundieran en una sola carne, se complementaran el uno al otro y pudieran vivir juntos toda la vida. El esfuerzo que hagas para que ese plan divino se cumpla en ti valdrá la pena. Abre bien los ojos y mira a tu alrededor. ¿No ves muchas personas heridas por no seguir el plan divino?

Decide que tu historia será diferente. 

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