Este mundo nuestro (3)

“Porque la paga del pecado es muerte, más la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro (Romanos 6:23)”

Probablemente has oído hablar de la Revolución Sexual, un movimiento que en la sexta década del siglo pasado pretendió ser una batalla contra la hipocresía, la doble moral y las inhibiciones sexuales. Quienes la promovieron proclamaban que el amor debía ser libre y sin restricciones, que los niños debían encarar las realidades de la vida lo más temprano posible y que un nuevo orden de cosas debía establecerse. ¿Cómo creer sagradas las instituciones del matrimonio y la familia tradicional, si quienes decían creer en ellas escondían tantas historias ocultas e inconsistencias como las que narré en la anterior publicación?

Han pasado sesenta años del inicio de ese movimiento y ahora la gente habla más abiertamente del sexo y practica una sexualidad mucho más desinhibida. Con total ausencia de pudor, todo puede observarse en las múltiples pantallas que tenemos a nuestro alcance, a todo color y en cualquier lugar. Se muestran imágenes explícitas, tratadas de manera profesional y con cuerpos tan esculturales, perfectos, apasionados y bien entrenados, que quien las observa ni siquiera piensa que tales escenas son actuaciones que pueden ofrecer una versión tan idílica como distorsionada, irreal y comercial de la sexualidad. Lo peor es que debido a tanta carnalidad expuesta, pareciera que el verdadero amor es asunto del pasado y lo mejor ahora es buscar el disfrute corporal y desechar los compromisos.

Leí un artículo muy interesante que intentaba calcular la cantidad de material erótico que un espectador promedio puede ver durante su adolescencia y juventud. Aunque creí exageradas sus conclusiones,  concuerdo conque las relaciones sexuales que se presentan y la manera como se desenvuelven, ofrecen una imagen que bien pudiera causar frustraciones en el propio desempeño sexual posterior de quienes las observan. Los autores insistían que la rapidez y explosividad que el propio medio exige a dichas escenas, promueve un sexo animal carente del tratamiento y los valores que permiten a la intimidad sexual humana un verdadero disfrute; el cual solo se logra con la identificación plena de las personalidades. Por lo tanto, tales escenas pueden ser tan dañinas como la antigua doble moral que mantenía el desenfreno sexual a la sombra.

Antes se sabía lo que andaba mal pero se ocultaba y no se hablaba de ello, salvo en círculos muy delimitados. Ahora los poderosos medios masivos de comunicación han terminado espectacularmente con el reino de lo oculto. Por lo tanto, también las personas han aprendido a hablar abiertamente de temas, gustos y preferencias sexuales sin darse cuenta de cómo su propia conducta va respondiendo al desenfreno circundante. ¿Se equivoca acaso la Biblia? Ella advierte que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres (1 Corintios 15:33). De modo claro insiste: Pero fornicación y toda inmundicia, o avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como conviene a santos (Efesios 5:3).

Sin respetar uno de los valores primordiales de la sexualidad humana, que es la intimidad, hombres y mujeres adictos a hablar —a veces mintiendo y alardeando hasta lo sumo— sobre sus experiencias sexuales personales, olvidan que así exponen públicamente a sus parejas degradándolas y degradándose a sí mismos. No comprenden que así desvirtúan la verdadera belleza de la entrega sexual privándola de su unicidad y sentido de exclusiva pertenencia mutua. ¡Pobre humanidad, tan prepotente, engañada y al final tan infeliz y terriblemente vacía!

No hizo más que comenzar la revolución sexual y sus resultados salieron a la palestra. Veinte años después, el número de divorcios se había duplicado. En 1962 el 50% de los padres involucrados en matrimonios difíciles procuraban tratar de salvar la relación por el bien de los hijos, pero dos décadas después, solo el 20% pensaba igual. Más del 50% de la generación que emergió en plena revolución sexual creció sin que los dos padres biológicos vivieran con ellos en la misma casa. En 1987 se reveló que más del 50% de los hijos de padres divorciados habían visto a su padre sólo tres veces o menos en un año. Se cree también que durante esa época, el índice de homicidios de infantes y niños menores de cuatro años se incrementó en un 50%, el número de denuncias de casos de abuso infantil se elevó al cuádruple.

Creer que la revolución sexual produjo un mundo mejor es más absurdo e ingenuo que el de las cigüeñas que traían a los bebés desde París. Una de las desgracias más dramáticas es la cantidad de hogares donde el padre está ausente, pues se puso de moda lo que se llamó producción independiente. Muchas mujeres creyeron que el padre sólo era imprescindible para la fecundación. Tal aberración, así como el creciente número de divorcios, ha provocado varias generaciones de hijos sin padre. Por ello, la Academia Norteamericana de Psiquiatría Infantil y Juvenil declaró que los hijos en cuyos hogares no hay un padre representan: el 63% de suicidios juveniles; el 71% de los embarazos adolescentes; el 90% de los niños sin hogar o que han huido de casa; el 70% de los jóvenes en instituciones sociales; el 85% de todos los niños que presentan desórdenes en su comportamiento; el 80% de los violadores; el 71% de todos los que abandonan la escuela secundaria antes de tiempo; el 75% de todos los pacientes adolescentes consumiendo drogas; el 85% de todos los jóvenes encarcelados. También declaró que los hijos sin padre tienen un riesgo muchísimo mayor de suicidio.  

Si el mundo anterior a la revolución sexual era hipócrita y falso, el posterior no ha venido a ser mejor. ¡Con qué facilidad los humanos desvirtúan y abandonan las normas que proveen a la sexualidad humana de dignidad y seguridad! El resultado es una frustrante madeja de relaciones rotas y sentimientos heridos que cada vez se vuelve más decepcionante. Me abstengo de publicar en estos artículos más estadísticas sobre las redes de comercio sexual, la proliferación de sitios web pornográficos, la cantidad de visitas que reciben y el negocio millonario que resultan porque son datos que cualquiera puede encontrar facilmente en Internet.

¿Cómo se siente el corazón de Dios cuando mira a esta humanidad tan terriblemente descarriada? El Dios de amor no es insensible al dolor humano ni huye despavorido ante su depravación. Conoce el precio del pecado y la magnitud de sus consecuencias, por ello envió a su Hijo a morir en la cruz con tal de salvar y redimir su creación caída. Cada día nos sorprende y maravilla más la inmensidad de su amor, su misericordia eterna y su paciencia infinita. Si tú y yo fuésemos Dios, es muy probable que ya hubiésemos destruido el mundo en un arrebato de airada justicia. Dios no merece una humanidad como la nuestra ni nosotros merecemos un Dios como él. Pero esa es precisamente su gloria: siendo excelso en majestad Dios quiere que seamos semejantes a él. Por lo tanto, cuando nos ve perdidos, lucha a nuestro lado a fin de que recuperemos la dignidad y grandeza que nos otorgó en la creación. Dios se conmueve al ver una humanidad degenerada. Por ello fue capaz de derramar la sangre inagotable de Jesús.

Ante la miseria humana es mucho más admirable la bondad de Dios. Con él nada está irremisiblemente perdido aunque los caminos del pecado proclamen la destrucción inevitable.

¡Él puede hacer nuevas todas las cosas! 


-Esta publicación es la tercera parte y final (condensada) del tercer capítulo del libro Vivir la Sexualidad. En la próxima comenzaremos con el capítulo 4, titulado: ¿Quién pone las reglas del juego?

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