El valor de los buenos recuerdos

El niño corre en círculos por la glorieta, juega y sonríe al abuelo que le cuida y observa sentado en un banco. ¡Ambos llevan allí más de una hora!

El niño corre y se aleja para regresar feliz a los brazos del abuelo, quien le abraza y besa como si no lo hubiera visto en años. Y el niño ríe y disfruta. Cada vez se va más lejos y el abuelo finge no mirarlo para que el nieto le llame y corra de nuevo a sus brazos. Otras veces el abuelo se esconde y el niño sale a buscarlo, preguntando:

—¿Dónde está? ¿Dónde está?

El niño salta y ríe cuando el abuelo asoma su cabeza y corre hacia él. Se siente seguro y amado cada vez que recibe su abrazo y ambos viven momentos muy felices.

Cuando el niño crezca, ¿recordará tal episodio de su vida? Difícilmente, porque tiene menos de dos años. Él disfruta momentos alegres y tiernos que tal vez no pueda recordar, pero que inexplicablemente le habrán marcado para siempre. El abuelo, aunque al principio creyó que estaba perdiendo el tiempo sí recordará todo con lujo de detalles. Él pospuso clases por preparar, exámenes que revisar, libros que leer. Todo quedó pendiente para jugar con un niño que corre y ríe reclamando abrazos y besos.

El abuelo se levantó temprano pensando en aprovechar el día para hacer trabajos pendientes. De pronto, su hija se puso de parto y como el esposo había salido a gestiones de su trabajo, tuvo que llevarla para el hospital porque ella traía al mundo a su segundo hijo. Allí espero a que el esposo de la hija llegara para regresar él a la casa. Quería atender sus trabajos pendientes y acompañar a la abuela, que quedó atendiéndolo todo y cuidando al nieto. Cuando el abuelo llegó y se sentó en la mesa del comedor para volver a sus tareas, ella casi le gritó:

—¡Lo mejor que podrías hacer sería sacar a pasear al niño y entretenerlo! Así la casa se despeja. ¿No crees?

El abuelo perdonó y entendió a la abuela por mandarlo a despejar la casa ─¡qué día tan complicado!─, tomó al niño de la mano y se lo llevó a jugar con él. Se fue lamentando sus trabajos pendientes aunque poco a poco comprendió que le había tocado la mejor parte. Si cuando el niño sea grande no recuerda aquel día, para él sería inolvidable, porque en cada abrazo del pequeño y en cada caricia, llenó su alma de la hermosura de la vida.

Pobres los que esclavos del deber cotidiano sean incapaces de aceptar de buena gana esos sorpresivos cambios de planes; sobretodo los que nos fuerzan a invertir tiempo en nuestros verdaderos tesoros: aquellos que son fuente inefable de felicidad y nos proporcionan los mejores recuerdos.

Jamás se pierde el tiempo si se invierte en compartir y recibir amor. ¡No lo olvides jamás! Aunque puede que algunos recuerdos al pasar los años provoquen lágrimas, no les temas. Tales memorias tienen la virtud de limpiar, ennoblecer, purificar el alma y llenarla de gratitud.


NOTA: Esta historia fue escrita hace más de veinte años y es una experiencia personal. Fue publicada en La Voz Bautista.

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