¿El problema es el patriarcado?

Por el Dr. Bárbaro Abel Marrero, Rector del Seminario Bautista de La Habana.

Hoy, de manera recurrente, se habla con saña del patriarcado por los medios de comunicación. Este es un concepto que por mucho tiempo ha sido vituperado; pero la diferencia actualmente es que, al parecer, la sociedad se ha concertado en afirmar que este es el gran enemigo a atacar, el gran culpable. ¿Realmente es así?

Lo primero que debemos preguntarnos es en qué consiste el patriarcado. Etimológicamente, significa el gobierno del padre. La conclusión que algunos pretenden demostrar es que lo peor que está ocurriendo en nuestra sociedad es que los padres gobiernan en las familias. Sin embargo, una mirada objetiva a nuestro alrededor nos permite comprobar que ese no es el caso. Ciertamente, hay serios problemas con los padres en la sociedad, pero no es precisamente que estén gobernando, guiando, dirigiendo o siendo cabezas de sus familias. Veamos los diferentes tipos de padre que existen.

En primer lugar, el padre exclusivamente biológico. Es el que engendra, pero no desea ni reconoce al fruto de su sexualidad. Entiende su paternidad como un resultado azaroso de una relación no comprometida, que solo busca placer. Con tanto libertinaje sexual que se promueve, no es extraño que haya numerosos padres de este tipo. Otra modalidad de esta clase de padre se verifica en la llamada reproducción asistida. Lamentablemente, algunos abogan por este tipo de procreación, en la cual al hijo se le niega a priori la oportunidad de conocer al donante, que en realidad ha aportado la mitad de su genotipo, así como a toda su familia paterna.

También tenemos al padre alejado. Es el que reconoce al hijo, tal vez lo ama y provee para él materialmente, pero por disímiles razones no vive junto a su retoño. Quizás abandonó a la madre por otra mujer o es víctima de un divorcio que él no quería, pero la realidad es que vive físicamente lejos de su prole. Esta es una nefasta consecuencia de los elevados índices de divorcio en la sociedad contemporánea. Aunque el hombre quiera ser el mejor de los padres, se verá imposibilitado de desarrollar todo su potencial. No se puede ser un padre excelente a la distancia, porque todo hijo necesita el contacto directo, la relación cotidiana, el modelaje espontáneo, la cercanía paterna y la comunicación oportuna en momentos claves. Esto no puede ser plenamente compensado con bienes materiales ni con visitas o reuniones esporádicas.

Por otra parte, tenemos al padre indiferente. Es el presente-ausente, que no da ni frío ni calor a la familia, un cero a la izquierda, una figura decorativa en la casa. Él ha abdicado voluntariamente de su trono, pues, como dice la canción, no quiere perder su tiempo en eso, y prefiere defender a ultranza el matriarcado. Ese padre no toma iniciativa, no asume responsabilidad y no desempeña un rol significativo en la vida de sus hijos. No se involucra activamente en la dinámica familiar, sino que, aun estando físicamente en el hogar, consume su tiempo leyendo periódicos, esparciéndose en la computadora o viendo deportes. Algunas mujeres manifiestan querer un esposo así, pero la realidad es que, cuando lo tienen, terminan frustradas, y reconocen que necesitan algo más.

Asimismo, está el padre abusivo. Evidencia el mismo egoísmo que el indiferente; pero incluye, además, la irritabilidad y la violencia. Por lo general, los hijos y la esposa le temen y prefieren mantenerse lejos de él. Es el padre que grita, ofende, denigra y golpea. Tal vez tiene problemas con el alcohol, con el enojo o ha escogido a su familia como mecanismo de sustitución para expresar sus frustraciones personales. Esposa e hijos se sienten aliviados cuando este padre sale de sus vidas. Aunque algunos alegan que estos son los auténticos patriarcas, no es así. Ellos no gobiernan, sino que desgobiernan; son tiranos, dictadores, la antítesis del verdadero liderazgo.

Finalmente, tenemos al padre amoroso. Este es el modelo ideal. Ama a su esposa y a sus hijos, y se ha comprometido firmemente a cuidarlos, así como a proveer para ellos material, emocional y espiritualmente. Está dispuesto a asumir un rol de liderazgo y enfrentar cualquier sacrificio con valentía, para que su familia marche de manera exitosa y nada dañe la salud y armonía hogareña. Aun la necesaria disciplina de los hijos se practica y se recibe como un acto de amor, porque se comprende que el propósito no es herir sino enseñar. Cuando este tipo de padre se ausenta temporalmente, la esposa y los hijos lo extrañan con vehemencia y su regreso es anhelado como un gran acontecimiento. El padre amoroso es fuerte y tierno a la vez, fiel a su esposa y a sus hijos. Utiliza su poderío para trabajar, proteger, servir y guiar. Él gobierna bien su casa. Dichosas las familias que tiene un padre así.

El gran problema de nuestra sociedad no es que haya padres gobernando sus familias, sino que hay algunos que solo engendran; otros muchos, ausentes del hogar; también están los indiferentes y no faltan los abusivos. Esa es la gran crisis que experimenta nuestra cultura posmoderna. Para desdicha de todos, los padres amorosos, que conducen bien a sus familias, son una exigua minoría. ¡Esa es la verdadera tragedia!

¿Qué tipo de padre eres? El Señor tenga misericordia de nosotros y nos ayude para que, en un mundo donde cada vez se desvirtúa más la figura paterna, podamos ser esos padres virtuosos, que guían a su familia con sabiduría, firmeza, compromiso, fidelidad y amor.

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