¿Cómo lograr un ministerio impactante?

“Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (…) para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria el ser fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu; para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuán sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura y de conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”

(Efesios 3:14-19)

Enviada por la organización Bible Clubs de Estados Unidos, Helen Black llegó a Cuba en 1948 y desarrolló un precioso ministerio misionero fundando Mi Campamento en Manajanabo, Villa Clara. Al romperse las relaciones diplomáticas entre ambas naciones en 1961, su embajada le avisó que regresara a su país de inmediato pero ella decidió quedarse, convencida de que Dios le llamó a vivir predicando el evangelio entre los cubanos.

Durante 30 años no salió de Cuba por temor a que le impidieran regresar. Décadas después viajó varias veces a su país, pero volvía ansiosa a atender su ministerio. Con amor y sacrificios indecibles sostuvo Mi Campamento y fue una profesora muy amada y respetada en el Seminario de Los Pinos Nuevos en Oliver, Villa Clara, y en el Seminario Bautista de Santiago de Cuba. Helen supo vencer las dificultades más increíbles logrando incluso el respeto y la ayuda de las autoridades, quienes aprendieron a valorar y respetar su vida nítida y su palabra verídica y sincera. Tenía un don especial para impartir estudios bíblicos que ofrecía en su campamento y en las iglesias. Fuerte de carácter, indoblegable en sus convicciones doctrinales, era una mujer de oración con una sensibilidad espiritual impresionante. Escucharla orando era toda una experiencia espiritual. Jamás escuché a nadie orar como ella lo hacía. Con mucha dulzura, naturalidad y total sencillez, sin aspavientos ni desborde de emociones presentaba al Señor todos sus planes, anhelos, pensamientos y preocupaciones. Ella hablaba con Dios hasta de aquellos asuntos que muchos de nosotros consideraríamos insignificantes y pude comprobar muchas veces cómo Dios contestaba con presteza sus oraciones. ¡Qué mujer tan especial!

¿Por qué evoco en esta publicación a quien considero una verdadera heroína de la fe cristiana en Cuba? Ella encarnó a plenitud el texto que inspira este mensaje. Su amor al Señor, a su Palabra, a los cubanos, así como su sumisión total a la voluntad divina marcó mi vida y la de muchos de mi generación. Sus conceptos sobre la santidad, la justicia y la verdad eran inconmovibles. Su compromiso ministerial y misionero era tal, que cuando algunos de sus amados jóvenes errábamos en algo, ¡se convertía en una leona defendiendo a los suyos de las asechanzas malignas! Las reprensiones más fuertes que recibí en mi juventud vinieron de sus labios y con sus ojos llenos de lágrimas. Aunque al principio me hirieron y me fue difícil entenderlas, ¡cuánto le agradecí después al comprender las razones que tenía para requerirme! Helen vivió el resto de su vida en Cuba, amada y admirada por todos los que le conocieron. El 3 de mayo de 2003, con 85 años de edad, Dios le exaltó y voló gozosa desde Santa Clara al encuentro de su Señor. ¡Cuánto anheló durante toda su vida ese momento! Hoy necesitamos mucho ese tipo de entrega y compromiso con el evangelio para que los creyentes vivan su fe a plenitud y las personas vuelvan sus ojos a Cristo. Por ello, ¿cómo enfrentar este momento tan difícil y desconcertante que ahora vivimos, con lograr ser fieles como ella y otros muchos que antes de nosotros modelaron la senda a seguir?

1.- Todos necesitamos ocuparnos en fortalecer nuestro ser interior. Al escribir a los efesios por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo (…) para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria el ser fortalecidos en el hombre interior por su Espíritu (Vs. 14-17) Pablo usó una frase muy conocida en la cultura griega de su época: el hombre interior. Dicha expresión ─versiones más actuales de la Biblia la traducen como ser interior─se refiere a la razón, la conciencia y la voluntad de los seres humanos. ¿Qué significa que los creyentes fortalezcan su ser interior

Significa que usemos el raciocinio para discernir entre el bien y el mal y no nos llevemos por pasiones, instintos, temores o deseos; que actuemos con sabiduría para mantener limpio nuestro testimonio; que tengamos una conciencia más sensible para con las realidades, las tragedias y la corrupción humanas. Es triste que a veces los creyentes dejamos de ser la sal de la tierra, como quería Jesús. Significa también que tengamos la voluntad de aceptar con gozo lo que Dios quiere para nosotros en cada circunstancia, dispuestos a cualquier sacrificio o renuncia con tal de obedecerle.

Hoy, si queremos que la gente crea en el mensaje que predicamos, no lo dudes: primero debemos lograr que crean en nosotros mismos. Para impactar a los demás ellos deben ver que tenemos suficiente sabiduría como para no enredarnos en sus mismos problemas; una conciencia capaz de mantenernos ajenos a la corrupción imperante y una voluntad dispuesta a obedecer y practicar los principios que proclamamos con insistencia. Eso es fortalecer nuestro ser interior.

En este mundo que apenas da valor a normas éticas, muchos mienten con facilidad. Si hay que sobornar, entrar en componendas, robar o sucumbir a la corrupción, demasiada gente está dispuesta a todo. ¿Podremos hacerlo los creyentes en Cristo? ¿Qué quedará del testimonio cristiano si mostramos las mismas inconsistencias de aquellos que no siguen al Señor? ¿Cómo anda nuestro ser interior? ¿Controlan la razón, la conciencia y la voluntad todas nuestras reacciones? Si queremos impactar a los no creyentes no hay de otra: debemos impresionarles con nuestra conducta.  

2.- Todos necesitamos abrir totalmente a Cristo nuestros corazones. Al leer la oración de Pablo para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones (v. 17) nos viene la pregunta: ¿Si Pablo está escribiendo a creyentes, por qué pide que Cristo habite por la fe en ellos? El Espíritu Santo es quien nos conduce al conocimiento de Dios, nos convence de pecado y nos guía a toda verdad. No obstante, en la misma carta a los Efesios (1:14) se nos aclara que el Espíritu es las arras de nuestra herencia; una vivencia personal que debe ir en ascenso, en la cual mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor (2 Cor. 3:18). A la vez, este proceso dependerá de cómo cultivemos nuestro ser interior. Los creyentes podemos contristar o apagar al Espíritu (Efesios 5:19) impidiendo o limitando su obra en nosotros.

Para llamar a los pecadores a Cristo solemos usar un versículo que fue escrito y dirigido a una iglesia: He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo (Apocalipsis 3:20) ¿No estará Pablo haciendo lo mismo? Él ora por cristianos y está pidiendo: para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones (V.17). Influidos por la complejidad de la vida moderna y la actual pérdida de valores, ¿comprendemos los creyentes actuales hasta dónde llega el amor de Cristo tan ancho, largo, profundo y alto (Efesios 3:18) que a la vez reclama lo mismo de nosotros?

¿Es un amor así el que nosotros mostramos a los demás? Tal amor destruiría todos nuestros intereses personales, prejuicios, rencores, frustraciones y amarguras, llenándonos de compromiso con la redención y el perdón de los pecadores, sean quienes fuesen. ¿Tanto llena nuestro corazón la presencia y el amor de Cristo que nada nos atrae más que hacer Su obra dónde y cómo él quiere que la hagamos? Si queremos impactar a las generaciones actuales es necesario ofrecerles un amor suficientemente ancho, largo, profundo y alto como el de Cristo. ¿Estamos conscientes de ello?

3.- Todos necesitamos ser llenos de la plenitud de Dios. Pablo también rogó que los creyentes fuésemos llenos de toda la plenitud de Dios (V.19). La palabra que se traduce por plenitud significa aquello que se llena hasta adquirir carácter completo. Es la palabra usada para las cestas llenas de peces cuando el milagro de Jesús (Mateo 14:20); o cuando el evangelio alcance a todos los gentiles (Romanos 11:25). Si queremos impresionar a las personas con el evangelio de Cristo, no podremos hacerlo a menos que estemos llenos de la plenitud divina. ¿Cómo animar a otros para que transformen sus vidas si las nuestras no han sido cambiadas primero? El evangelio debe saturarnos y dominar todas nuestras acciones. Solo llenos del amor de Cristo, su perdón, entrega, bondad, sacrificio y desinterés total por su propio beneficio impresionaremos a los incrédulos.

Un cristianismo penetrado por costumbres y valores mundanos no logrará el impacto necesario para ganar a las multitudes para Cristo. Nos llenaremos, sí, de proyectos y conseguiremos quienes nos sigan y se unan debido a sus propios intereses. A menos que ocurra una transformación real en aquellos que dicen ser cristianos hasta el punto de enfocarse en las necesidades y problemas reales de todos, incluyendo a los no creyentes, será en vano esperar que el mensaje del evangelio alcance e impresione a multitudes.

Temo que hoy prolifere en gran parte del cristianismo un acomodo dudoso y arriesgado con el mundo. ¿Me equivoco al juzgar? ¿No estamos acaso llenos de planes, métodos y estrategias basadas más bien en los valores torcidos de una sociedad que reniega de las enseñanzas bíblicas? El autor del libro Casas que Transformarán el mundo, Wolfgang Simson, dice que: muchos de los actuales métodos para el crecimiento de la iglesia provienen de congregaciones que han puesto sus ojos donde el mundo los tiene: en los índices de la bolsa de valores, en los centros del poder político y económico, en la mercadotecnia y en la tecnología. Como resultado, introducen en las iglesias valores mundanos en vez de fortalecer en ellas una espiritualidad genuina y bíblica.

Ello no significa que rechacemos la tecnología y el desarrollo. Debemos proclamar el evangelio por todos los medios que la contemporaneidad ofrece, pero sin sucumbir a los valores del postmodernismo. Urge que retornemos al compromiso y a la entrega total que es inherente y básico en la enseñanza cristiana. Más si la tecnología solo nos cautiva para complacernos, hacer más espectaculares nuestros cultos y fomentar la superficialidad, la vanidad y la indolencia características de la sociedad actual, mejor sería apartarnos de todo ello y volver a la sencillez del evangelio.  

Los cristianos debemos llenarnos de Dios si queremos alcanzar a nuestros coetáneos. Un coro antiguo proclamaba: Si mi alma se llena de Dios… mi casa… mi iglesia… mi pueblo… mi patria… sentirá que mi alma se llena de Dios. ¿Lo recuerdas? ¡Qué gran verdad! Tiene que comenzar por nosotros mismos la plenitud de Dios si queremos que llegue a los demás.

Una iglesia llena de Dios vivirá en santidad y desechará la carnalidad y frivolidad que suele esconderse muy bien tras las emociones en las reuniones de adoración, en las cuales multitudes delirantes alaban… pero al salir del templo no ponen en práctica lo que cantaron y expresaron. ¿Has notado eso? ¿Cómo verá el Señor tales actitudes?

¿Nos atrevemos de manera profética a identificar y condenar los pecados que corrompen la sociedad actual? ¡Cuidémonos de no sucumbir ante sus mismos males! Si quienes decimos creer en Cristo también mentimos, tenemos doble vida, justificamos nuestras conductas impropias porque las cosas andan tan mal que no hay otra forma de vivir, ¿qué lograremos? Si también nos movemos impulsados por la conveniencia, ¿a quién pretendemos rescatar?

Asegurémonos de que el mismo Dios llene en verdad nuestra vida; no los cánticos, las alabanzas, los planes, las estrategias, los conocimientos o la persecución a toda costa de nuestro bienestar e intereses personales. La gente tiene que ver con claridad que nuestros valores no son los del mundo. Solo así se decidirán a escucharnos.

Fortalezcamos nuestro ser interior, abramos totalmente a Cristo nuestros corazones y busquemos la plenitud de Dios, esa que se demuestra por el interés que tengamos en cumplir Su voluntad y buscar el bienestar, la salvación de otros y la fidelidad de aquellos que dicen seguir a Cristo. Solo así podremos cumplir nuestra misión y lograr el impacto en otros que Helen Black ─y muchos más─ lograron en su tiempo.

Hoy toca a nosotros hacerlo.

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