El final feliz

En los alrededores del campamento UMAP de las Marías, provincia de Camagüey, 1966

El pasado 30 de junio se cumplieron 53 años de mi desmovilización en las fatídicas Unidades Militares de Ayuda Producción (UMAP) que bochornosamente existieron en Cuba desde noviembre de 1965 hasta junio de 1968. En recuerdo de esa fecha final publico una edición condensada del capítulo de mi libro Dios no entra en mi oficina, en el cual narro las experiencias de ese último día y esbozo un breve análisis sobre lo que las UMAP significaron para mi vida y ministerio. La historia total de esa experiencia se encuentra en el resto del libro.

El autor

Cuando Jehová hiciere volver la cautividad de Sión, seremos como los que sueñan. Entonces nuestra boca se llenará de risa y nuestra legua de alabanza (Salmo 126:1-2)

El sábado 29 de junio de 1968, a las cinco de la tarde dieron la orden de terminar el trabajo y salir del campo porque había llegado la añorada orden de desmovilización general, la cual esperábamos con ansiedad. Inmediatamente se armó una algarabía total en los campos donde trabajaban los reclutas UMAP. Todos comenzaron a tirar sus sombreros al aire y a chocar unos con otros sus machetes. Los amigos se abrazaban fuertemente unos a otros. Otros se iban juntando al abrazo formando grupos compactos de hombres que corriendo de un lado a otro de los campos de caña, gritaban, cantaban, se reían… y lloraban como niños.

Ese día murieron, gracias a Dios, las fatídicas Unidades Militares de Ayuda a la Producción. Jamás entierro alguno ha provocado tanto gozo. Cuando se calmó el ambiente de alegría en el corte de caña regresamos al campamento. ¡Las UMAP ya no existían! Algunos estuvieron toda la noche festejando y otros conversaron alegres hasta que el sueño les rindió. Nuestra compañía completa se despertó por sí sola al otro día antes del amanecer y cerca de las nueve de la mañana nos trasladaron al Central Senado. Allí reinaba una confusión total porque llegaban reclutas de diferentes unidades y no había transporte suficiente para todos. Algunos intentaban irse por sus medios pero no se les permitía.

—¡Hasta el último momento esto es una salación!—, comentó un recluta que pasó por mi lado corriendo.

Poco a poco nos marchamos todos. A la una de la tarde del domingo 30 de junio de 1968, descendí frente a la casa de mi esposa de un ómnibus que, lleno de reclutas desmovilizados, continuaba viaje hacia La Habana. Tanto añoré ese instante que me extrañó la normalidad con que saludé a mi esposa y a su familia.

Los grandes momentos de la vida suelen llegar con una naturalidad inmensa. Entré a la casa y saludé a todos de la misma manera que lo hacía cuando llegaba de pase. ¿Sería que en el fondo de mi alma dudaba que fuera cierto? Del mismo modo que las grandes tristezas primero producen incredulidad y rechazo, las grandes alegrías a veces provocan insensibilidad. Necesitamos asimilar con lentitud que el acontecimiento que añoramos tan intensamente se ha hecho realidad.

En las películas la fotografía, las luces y la música juegan un papel primordial en los momentos cumbres, pero en la vida real no hay música de fondo ni efectos especiales. Tampoco aparece un letrero de fin mientras la cámara se aleja y se canta o se escucha la canción tema, porque después del desenlace de una experiencia comienza la siguiente o continúan las que se vienen desarrollado paralelamente a la que terminó. Todo suele ser tan normal que a veces se nos escapa la maravilla de los acontecimientos.

Asimile la disolución de las UMAP tranquila y serenamente porque lo cruel, ignominioso e injusto fue haber estado allí. Ahora todo retomaba su curso. Las UMAP fueron la pesadilla recurrente de una noche larga, cuando el amanecer parece no llegar jamás aunque la aurora siempre pone punto final a la noche más desesperada. La salida del sol es la glorificación de la esperanza aunque ocurre cada día de manera natural.

En septiembre regresé al Seminario Bautista de La Habana junto a los otros hermanos que fueron desmovilizados. En la entrevista que sostuve con parte de la Facultad para solicitar mi reingreso, consideré mi deber compartir a los profesores la profunda crisis espiritual que atravesé durante algunos meses. El Dr. Rafael A. Ocaña me interrumpió:

—No supimos nada, Alberto. Todos somos presa de la duda y el desaliento alguna vez. Lo importante es que el Señor te ayudó y estás aquí de nuevo.

Quise aclarar que si podía me iría del país y el Pbro. Juan Francisco Naranjo también me interrumpió:

—¿Quién no ha pensado alguna vez irse, hijo? Lo importante es que desees servir al Señor y te dejes guiar por él. A lo mejor nunca te vas, por lo tanto, no hay obstáculos para que termines tus estudios. La obra necesita pastores y tú estás aquí ahora.

Cursé el último año, —el que dejé inconcluso cuando me reclutaron— y me gradué el 19 de junio de 1969 junto a Ernesto Alfonso, Israel García y José Ferrer y Segundo Mir. Ese día, Miriam y yo cumplíamos nuestro tercer aniversario de bodas. Todos los sueños que al parecer se truncaron el 26 de noviembre de 1965 se cumplieron después. Mirian y yo fuimos a vivir a San Antonio de Río Blanco, en la provincia de La Habana, pastoreamos la iglesia que tanto amábamos y que nos ayudó económicamente todo el tiempo de la prueba. Allí fui ordenado como pastor el 26 de mayo de 1970.

Dos semanas más tarde nació David tres años después llegó Liliam. Fueron tiempos felices que disfrutamos intensamente aunque las circunstancias eran difíciles y nuestra situación económica precaria. La separación que sufrimos durante la experiencia UMAP nos enseñó que lo más importante no es el lugar dónde uno está ni cuantas cosas se posean, sino con quien estemos. Aunque hemos padecido carencias, nunca impidieron que fuésemos felices.

En 1974 nos mudamos para Pinar del Río y tres años después nació Leydis. Durante veintitrés años servimos al Señor en la iglesia bautista Nazaret donde vivimos una etapa excepcional de nuestras vidas. ¡Sería imposible enumerar tantas bendiciones recibidas! Si en las UMAP hubiese tenido la posibilidad de ver el  futuro y observar nuestra vida como ha sido posteriormente, no me hubiera angustiado como lo hice. ¡En los momentos difíciles hay que dar lugar a la fe y a la esperanza! Me avergüenza mi desesperación y angustia en una experiencia que tenía que era, obligatoriamente, pasajera. Es penoso que cuando estemos padeciendo la aflicción, no seamos capaces de confiar y esperar en Dios pacientemente. En nuestra debilidad, tal como yo mismo hice, nos atrevemos a cuestionarlo todo, lo cual es común y humano. No obstante, hay una verdad que en los momentos más difíciles no debiéramos olvidar, porque en ella está el secreto de la victoria.

Elie Wiesel, en su libro La Noche cuenta que estando en el campo de concentración de Auschwitz, al regresar un día del trabajo, fueron obligados a presenciar una ejecución. Tres víctimas encadenadas esperaban ser ahorcadas, una de ellas un niño. Subieron juntos a los tres condenados en sendas sillas y al mismo tiempo le pusieron la soga sobre sus cuellos. A una señal, las sillas fueron quitadas y los cuerpos colgaron. Se hizo un silencio profundo y largo. Los dos adultos ahorcados murieron instantáneamente, pero el niño estuvo colgando largo rato, combatiendo entre la vida y la muerte en una lenta y horripilante agonía. En esos momentos Elie escuchó a alguien detrás de él, preguntando:

—¿Dónde está Dios ahora?

Y una voz dentro de su corazón, le contestó:

—¿Dónde está Dios? Él está ahí… ¡colgado en esa horca!

Dios sufre con nosotros cuando las grandes tristezas llegan a la vida. Él no se ofende si nos desesperamos ni se aparta de nuestro lado. Nos ayuda a enfrentarlas, preparándonos para disfrutar el futuro sin amarguras ni resentimientos. Nos capacita para continuar viviendo y recibir las bendiciones que en su propósito de amor tiene para con nosotros después. Cuando llega la aflicción debemos esperar pacientemente hasta que los malos tiempos pasen. El salmista David describió ese proceso de manera maravillosa: Pacientemente esperé a Jehová y se inclinó a mí y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso. Puso luego mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca un cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios (Salmo 40:1-3).

Si somos capaces de confiar y esperar en Dios sufriremos menos nuestros infortunios. Si tomamos el camino de la imprecación y la amargura, solo aumentaremos dolor y confusión aunque Dios jamás nos abandonará aunque protestemos angustiosamente. De la misma manera que fue a la cruz en la persona de Su Hijo a morir por nosotros, también va a nuestro lado en las horas de aflicción. Su presencia, compañía y sostén nos permiten encontrar la paz y la victoria.   

Cuando mis sueños fueron rotos por el golpe más bajo y cruel que recibí en mi vida, Dios recogió los pedazos que quedaron y en el horno del dolor, donde nadie como él sabe crear obras maestras, los fundió y me los devolvió más brillantes y conformes a sus propósitos. En las UMAP aprendí que no es el cumplimiento de nuestros sueños lo que puede traer felicidad a la vida, sino la búsqueda y aceptación del propósito que él tiene para con nosotros. El plan de Dios siempre será mejor que las mayores aspiraciones que tengamos, o los mejores planes que podamos concebir.

En muchos sentidos, mi vida ha sido diferente a lo que imaginé. Antes de ser llevado a las UMAP decidí salir del país convencido de que no encajaba en la sociedad que se gestaba. El primer intento se frustró estrepitosamente. Cuando estaba en las UMAP y por causa de ello, —¿así que creen que soy lacra social?— reforcé la decisión. Como al ser desmovilizado las disposiciones legales vigentes impidieron mi salida, comencé mi ministerio con la esperanza de que algún día me iría definitivamente. Mientras tanto me entregué a hacer la obra del Señor donde él me situó.

Lenta e imperceptiblemente comencé a comprender que estaba llamado a quedarme. Mientras tanto llegaron los hijos. Nos dedicamos Miriam y yo a enseñarles los valores de la fe cristiana a pesar de que la sociedad circundante los negaba. No fue un trabajo fácil. Ambos siempre entendimos que el tiempo dedicado a ellos era parte importante de nuestro ministerio. Así no conocieron padres tan ocupados en la obra del Señor que no tuvieran tiempo para la vida familiar, los juegos, los paseos juntos, la comunión, el consejo o la disciplina. Jamás pensamos que el tiempo invertido en la familia era tiempo quitado a la obra del Señor, sino todo lo contrario.

Cuando veo hoy cuánto Dios nos ha bendecido y todas las oportunidades que nos ha dado de servirle, me siento agradecido. Cuando observo a nuestros hijos con la dedicación que sirven al Señor, le alabo todavía más. Crecieron y se formaron en un medio adverso, pero a la hora de tomar una decisión, la hicieron por Cristo. Si nosotros hubiéramos escogido sus cónyuges, sin lugar a dudas nos hubiéramos decidido por las mismas personas que ellos eligieron, por sus maravillosas condiciones humanas y sus valores cristianos. Nuestros siete nietos han sido el postrer y más maravilloso regalo.

Nuestras grandes satisfacciones han llegado a través de las bendiciones recibidas en el servicio del Señor. Aunque hemos padecido dificultades y carencias, las bendiciones en el ministerio cristiano y en la vida de familia nos han proporcionado abundantes tesoros en el reino de lo espiritual, donde no pueden sernos quitados y donde realmente se decide la felicidad o la desdicha de los seres humanos.

El joven que era cuando fui llevado a las UMAP no interpretaba la vida de esa manera.

El que regresó de allí, había encontrado, definitivamente, una nueva escala de valores.

FIN

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