La oración de Daniel

Daniel es uno de los personajes bíblicos más impresionantes porque su historia, desde el principio, resulta contradictoria. Por ser hermoso, de linaje real, íntegro, fuerte, preparado e inteligente, sufrió la peor tragedia de su vida. De haber sido un muchacho común, pobre, sin atractivo y alta capacidad intelectual, al ser sitiada y tomada Jerusalén por Nabucodonosor probablemente hubiera permanecido en su nación sin padecer el destierro.

Sin embargo, fue uno más en la terrible caravana de hombres y jóvenes encadenados que realizó el cruento y larguísimo viaje desde Judea a Babilonia. Al llegar, por su buen parecer y evidentes posibilidades fue escogido entre los destinados a lograr una total asimilación a la cultura caldea. Nadie piense que a partir de entonces tuvo una vida fácil aunque llegara a ocupar posiciones tan prominentes en el reinado de Nabucodonosor y sus sucesores, pues su desempeño provocó la envidia de otros funcionarios reales que no soportaban que un judío desterrado fuera tan influyente. ¿Te imaginas?

Viviendo en la corte de los reyes babilónicos, ¿habrá sido bien visto por sus compatriotas que sirviera al imperio que les desterró? Estuvo todo el tiempo como sobre una cuerda floja, rodeado de enemigos y exponiéndolo todo, hasta su reputación entre los suyos, con quienes apenas podía relacionarse. ¿Por qué Dios permitirá que algunos caigan en circunstancias que pueden parecer tan contradictorias? Él sirvió al imperio medo-persa por más de 60 años y aunque una tradición rabínica afirma que regresó muy anciano a Jerusalén, no hay evidencias históricas de ello. Es probable que sus contemporáneos hebreos desconfiaran del rol que jugó durante el cautiverio y hasta de sus habilidades proféticas. Sin embargo, si alguien dudara sobre su integridad y compromiso de fe con Dios y con su pueblo, su oración en el capítulo nueve de su libro lo aclara todo. He aquí sus palabras:   

4Ahora, Señor, Dios grande, digno de ser temido, que guardas el pacto y la misericordia con los que te aman y guardan tus mandamientos. 5Hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente y hemos sido rebeldes, y nos hemos apartado de tus ordenanzas. 6No hemos obedecido a tus siervos los profetas que en tu nombre hablaron a nuestros reyes, nuestros príncipes, a nuestros padres y a todo el pueblo de la tierra.

7Tuya es oh Señor la justicia, y nuestra la confusión de rostro, como en el día de hoy lleva todo hombre de Judá, los moradores de Jerusalén, y todo Israel, los de cerca y los de lejos, en todas las tierras adonde los has echado a causa de su rebelión con que se rebelaron contra ti. 8Oh, Jehová, nuestra es la confusión de rostro, de nuestros reyes, de nuestros príncipes y de nuestros padres; porque contra ti pecamos.

15Ahora, pues, Señor Dios nuestro, que sacaste tu pueblo de la tierra de Egipto con mano poderosa, y te hiciste renombre cual lo tienes hoy; hemos pecado, hemos hecho impíamente. 16Oh Señor, conforme a todos tus actos de justicia, apártese ahora tu ira y tu furor de sobre tu ciudad Jerusalén, tu santo monte; porque a causa de nuestros pecados, y por la maldad de nuestros padres, Jerusalén y tu pueblo son el oprobio de todos en derredor nuestro.

17Ahora pues, Dios nuestro, oye la oración de tu siervo y sus ruegos; y haz que tu rostro resplandezca sobre tu santuario asolado, por amor del Señor. 18Inclina, oh Dios, tu oído y oye; abre tus ojos y mira nuestras desolaciones, y la ciudad sobre la cual es invocado tu nombre; porque no elevamos nuestros ruegos ante ti confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas misericordias. 19Oye, Señor; oh Señor, perdona; presta oído, Señor; y no tardes, por amor de ti mismo, Dios mío, porque tu nombre es invocado sobre tu ciudad y sobre tu pueblo.

¡Cuánto me impresiona esta oración de Daniel! La considero una de las plegarias más hermosas de toda la Biblia por varias razones:  

Cuando la escribe, probablemente llevara cerca de setenta años o más lejos de su tierra, sirviendo al imperio que le arrancó de su nación aunque después le enseñó las letras y la lengua de los caldeos (Dan 1:4), expresión que refiere a la clase más alta y culta de sacerdotes caldeos y hombres instruidos o magos. Dicha instrucción le permitió llegar a ser muy influyente no solo en el tiempo de Nabucodonosor sino también durante el reinado de Belsasar y Darío. No obstante, como se evidencia en su oración, jamás dejó de amar a su pueblo, sus costumbres, su fe y su cultura. Siguió siendo hebreo en cuerpo y alma, creencias, compromiso y lealtad absoluta a su Dios aunque vivió inmerso en una cultura pagana, la cual jamás pudo conquistar al adolescente fiel que decidió no contaminarse con ella.

Sin ser culpable de ninguno de los pecados que llevaron a su pueblo al destierro, devino en víctima inocente, padeciendo por los pecados que generaciones anteriores a la suya cometieron. Emociona que al orar lo haga con un sentido de pertenencia total al pueblo de Dios. Es admirable cuando dice: hemos pecado, hemos cometido iniquidad, hemos hecho impíamente. Si revisas su oración no encontrarás una palabra de crítica mordaz para los suyos. El prefiere orar en primera persona del plural, incluyéndose en los pecados de su nación, demostrando su piedad y un compromiso incondicional con su gente.

Aunque es evidente su dolor por el sufrimiento nacional debido a la desobediencia, nunca se expresa como el judío impecable que culpa a otros de todo su sufrimiento. Asume sin resentimientos su responsabilidad social y espiritual por ser parte de ese mismo pueblo, aunque llevaba décadas viviendo aparte de ellos. ¿Nos enseña algo su actitud? Él pudo haberles acusado diciendo ellos han pecado; pero dijo hemos pecado; demostrando su grandeza de alma y su infinito amor por los suyos. ¿Fue injusto para consigo mismo al manifestarse así? No. Más bien fue grande, generoso, compasivo, fiel, comprensivo, espiritual y consciente de la fragilidad humana: nadie puede confesarse libre de errores y pecados en este mundo, aunque no haya caído tan bajo como otros. Puesto que todos somos pecadores, el juicio inmisericorde a los demás con frecuencia resulta totalmente injusto.

Su oración recibe una inmediata y especial respuesta de Dios: aun estando hablando en oración, cuando el varón Gabriel ─el enviado de Dios a quien él había visto antes en su visión profética─, volando con presteza, vino a mí como a la hora de la tarde y me hizo entender; y habló conmigo diciendo: Daniel, ahora he salido para darte sabiduría y entendimiento. Al principio de tus ruegos fue dada la orden, y yo vengo a enseñártela, porque tú eres muy amado (Daniel 9:23).

¡Cuán dulces serían estas últimas palabras al corazón del anciano profeta! El ángel Gabriel le dice que Dios le ama mucho y le dará más sabiduría y entendimiento. ¡Cuánto necesitamos todos lo mismo! Para mí, esa respuesta demuestra el gozo y beneplácito divino con el espíritu de la oración de Daniel, al pedir a Dios perdón por el pecado de su pueblo, pero considerándose parte de él.

¿Cómo querrá Dios que oremos nosotros? Un texto bíblico muy conocido puede aplicarse a cualquier nación de la tierra y conviene recordarlo: si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde lo cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra (1 Crónicas 7:14). ¿Conocería Daniel ese texto? No es posible si Esdras, tal como la tradición rabínica sostiene,  fue el autor de 1 de Crónicas. Daniel conocía que el pueblo de Dios es quien debe humillarse y por eso oró de esa manera. Los creyentes en todas partes del mundo oramos porque nuestros gobernantes se humillen y ¡claro que sería fabuloso y de seguro nos haría mucho bien a todos! Pero la Biblia insiste que es el pueblo de Dios quien debe hacerlo y además orar por sus gobernantes para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad (2 Timoteo 2:2). Es claro el propósito, ¿no? Sin duda la tranquilidad y el bienestar de los pueblos depende muchísimo de la actuación de sus gobernantes. Si en verdad creo que Dios está por encima de toda institución humana, con independencia de quelos obernantes crean en él o no, nos gusten o no debemos orar por ellos porque es una enseñanza biblica muy clara.

En los últimos tiempos vivimos una situación muy difícil debido a la pandemia del Covid-19. Además de muchísimos enfermos y fallecidos, hay demasiada confusión, sospechas, acusaciones, divisiones, controversias en un planeta que se precia de albergar ─aunque haya muchísimos problemas─, la civilización más inteligente, desarrollada y mejor preparada de la historia. Aun así, ¿qué no hemos oído o visto en las redes sociales y en los noticieros del mundo durante el pasado año y medio? He observado y escuchado muchas grandes verdades pero también a médicos anunciando remedios milagrosos y sencillísimos que evitaban el contagio; lo cual, si fuera cierto, ya todo hubiese acabado. He visto profetas declarando el inminente fin de la pandemia y también a algunos negando con total convencimiento que no era cierto que tantas personas murieran, alegando que todo era propaganda malévola. ¿Recuerdas? Y solo son dos ejemplos. Sin duda hay muchos más.

En mi país ahora nos aterra el número de muertos y enfermos diarios y vivimos de cerca experiencias semejantes a las que otros países han sufrido en otras ocasiones, no solo con respecto a la pandemia sino por conflictos sociales. ¿Lo dudábamos entonces? ¿Orábamos y clamábamos por esas naciones o nos sentíamos tranquilos porque aquí no sucediera lo mismo? Todos debiéramos pedir a Dios un espíritu como el que mostró Daniel en su oración y rechazar sentimientos que corrompen el alma, ofenden al Padre y nos posibilitan males peores. Es lógico que la condición moral de la civilización contemporánea nos haga pensar que estamos en los últimos tiempos y que la venida del Señor está a las puertas. Pero no olvidemos que así mismo pensaron los escritores bíblicos y recordemos que para el Señor un día es como mil años, y mil años como un día. El Señor no retarda su promesa, sino que es paciente para con todos… (2 Pedro 3:9). 

Insisto humildemente en que a todos nos haría mucho bien orar ─y vivir─ con el mismo espíritu que Daniel mostró, tanto al afrontar la tragedia de su vida como al orar al Señor por los suyos. ¡Dios nos ha perdonado tanto a todos que cualquier juicio inmisericorde que hagamos sobre las conductas humanas solo demuestra cuánto nos falta a todos para llegar a ser como debiéramos. La suprema enseñanza de la oración de Daniel, a mi entender, es que Dios ama mucho a quienes viven y oran con su espíritu, y manda emisarios a la tierra para mostrarles su amor, contestar sus oraciones y también… para hacerles entender los acontecimientos y darles sabiduría y entendimiento.

¡Cuánto necesitamos de todo ello en estos momentos!

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