¡Ahora sí sabemos!

Cuando en diciembre del año 2019 escuchamos de una nueva y grave neumonía viral en una remota ciudad de China, muchos no le dimos importancia a la noticia. Con la ayuda de Dios y los actuales conocimientos científicos, era un suceso demasiado lejano como para preocuparnos. ¡Qué ilusos fuimos! ¿Será que los últimos adelantos científicos y tecnológicos obnubilaron nuestra visión y creíamos que la tierra ya estaba libre de tales flagelos? Como disfrutamos de tanto desarrollo y múltiples pasatiempos atractivos, nos cuesta comprender que la vida pueda tornarse trágica cuando menos lo esperamos. Aunque la historia intente recordárnoslo, preferimos ni pensar en ello.    

Si deseas conocer sobre pandemias anteriores, busca en el sitio https://www.elagora.com el artículo: ¿Cuáles han sido las pandemias peores de la historia? ¡Te sorprenderás! Aunque la actitud cristiana es de fe y confianza absoluta en el Señor ante cualquier evento semejante, somos muy frágiles ante tales amenazas. Las enfermedades y catástrofes naturales, los accidentes de cualquier tipo y los inevitables conflictos humanos pueden alterar de súbito el curso de nuestra existencia.

La Covid-19 invadió el planeta en un par de meses y continúa causando muertes, dolor y mucho desasosiego destrozando la economía y las mejores aspiraciones de muchos, provocando también diversidad de pugnas y controversias. A casi dos años de su aparición, ansiamos desesperadamente librarnos de ella y de todas las restricciones higiénicas, pues la vida es casi intolerable con tantas limitaciones. Sumémosle además las noticias diarias sobre catástrofes naturales, conflictos sociales y conductas humanas deleznables. ¡En qué mundo vivimos!  

Ya han enfermado casi 240 millones de personas, de los cuales cerca de cinco millones fallecieron. A la vez, se han alterado radicalmente las costumbres, los hábitos de vida y nuestras relaciones afectivas. La labor normal de iglesias, instituciones y ministerios cristianos se ha afectado en todo el mundo. ¿Qué sucederá después que los terrícolas más civilizados de la historia hemos mostrado en este tiempo aciago tanto desatino, dando paso a un egoísmo y una irritabilidad rabiosa? Un estudio de la Universidad de Queensland (Australia), tras obtener datos en 204 países, afirma que el año pasado hubo 129 millones de casos importantes de desórdenes depresivos y trastornos de ansiedad. ¿Cómo serán los datos del presente año dada la permanencia de la pandemia? Y lo peor: la mayoría de tales casos fueron jóvenes de edades entre los 20 y 24 años. ¿No es preocupante?

El escenario pandémico ha sido muy complejo. No faltaron falsos profetas declarando un fin rápido y total de la enfermedad y algunos médicos y varios youtubers sugiriendo curas sencillas y milagrosas tan vanas como las mismas profecías. Han abundado reacciones contrastantes con respecto a las mascarillas, medidas sanitarias, las vacunas y los medicamentos, ha aparecido una avalancha infame de noticias falsas o tergiversadas, enardeciendo un ambiente ya delirante. ¡Es difícil entender todo lo sucedido! Como cristianos, se hace imprescindible mostrar un testimonio eficaz que logre el impacto salvífico, bienhechor y esperanzador del glorioso evangelio que predicamos. ¿Cómo lograrlo en circunstancias tan caóticas y llenas de desconfianza?  

Aunque los creyentes y las iglesias han clamado a Dios fervorosamente, más que desaparecer, la Covid-19 sigue siendo una pesadilla recurrente. Por lo tanto, nos urge recordar que no somos los primeros terrícolas atacados por una pandemia desastrosa. A pesar de los colapsos hospitalarios ocurridos hasta en los países ricos y los posibles errores o indolencias humanas al combatir la enfermedad, hoy poseemos recursos que nuestros antepasados desconocían cuando enfrentaron eventos peores.

Al final de este escrito verás un gráfico sobre las pandemias ocurridas anteriormente. Si nuestro nivel educacional, científico y tecnológico no pudo evitar la enfermedad ni el daño ético y sicológico en la conducta humana, ¿cómo afectarían a nuestros predecesores dichos fenómenos? Deben haberse desconcertado y sufrido muchísimo más que nosotros. ¿Por qué nuestras reacciones han resultado tan paradójicas si poseemos mejores medios y conocimientos para combatir cualquier enfermedad? ¿Será que la híper saturación informática y lúdica que nos acosa diariamente desconcierta y confunde a esta sociedad hedonista, prepotente y corrupta al verse retada por una pandemia atroz? La mentalidad posmoderna, habituada a hacer su voluntad a toda costa, se rebela a aceptar con buen espíritu los sucesos desagradables de la vida. Y a algunos hijos de Dios los desconcierta también.   

Con todo respeto, confieso que me indigna escuchar a algunos creyentes cuando afirman que Dios envió la pandemia como castigo por los pecados de esta generación. ¿Sopló Dios y esparció el virus sobre el mundo? No, lo hizo la irresponsabilidad humana, rebelde siempre a abstinencias y restricciones incómodas. Imposible atribuir a Dios que un virus incapaz de trasladarse por sí mismo invadiera todo el planeta. Sin duda fuimos los ingeniosísimos seres humanos quienes lo propagamos sin que la poderosa ciencia contemporánea pudiera impedirlo. Conociendo el peligro, una actitud más reflexiva y cuidadosa hubiera provocado una historia distinta. Pero la prudencia, la corrección, la cordura y la sensatez brillan por su ausencia cuando las personas afirman que todos sus antojos —hasta los más absurdos—, deben y tienen que ser cumplidos. No atribuyamos a Dios un mal provocado por la irreflexión de quienes la Biblia describe como seres impetuosos, enfatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella (2 Timoteo 3:4-5). Tras lo ocurrido en el huerto del Edén, las consecuencias de la desobediencia humana trastornaron la creación y desde entonces el pecado y la corrupción se pasean en la tierra. Por lo tanto, nada de lo malo que ocurra sorprende a quienes creemos en la doctrina bíblica de la pecaminosidad humana.

Con ello no demerito la labor realizada por científicos, personal médico y de servicios, investigadores, líderes sociales, etc., que con magníficas intenciones y sacrificios luchan en todos los países atendiendo a los enfermos. Ellos merecen nuestra gratitud y admiración sin olvidar que al igual que nosotros son seres humanos, susceptibles a errar y pecar, no dioses infalibles que todo lo pueden. ¡Oremos mucho por ellos!

Ahora bien, el Dios eterno e infalible, nuestro amante Padre Celestial, tampoco parece responder todavía al incesante clamor de sus hijos pidiendo el fin de la pandemia, por lo cual ignoramos cuanto terminará. Conociendo lo que duraron otras en la antigüedad, todo es posible. Confieso temer que también algunos cristianos estemos influidos por el espíritu del posmodernismo y nos frustremos si todo en nuestra vida no es color de rosa ni ocurre en el momento en que lo deseamos, lo cual es una debilidad teológica. Nuestra sumisión a los propósitos soberanos de Dios debe ser incuestionable.   

Uno de los pasajes bíblicos que considero más profundos dice lo siguiente refiriéndose a Cristo: Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen (Hebreos 5:7-10). ¿Querrás releerlo un par de veces a ver si captas la inmensidad que enseña? Según William Barclay lo que quiere decir es que todas las dolorosas experiencias que pasó Jesús le capacitaron para ser el salvador que la humanidad necesitaba.

¿Comprendes el significado de tal declaración? Ni el hijo de Dios escapó a un intenso sufrimiento en este mundo pecaminoso y por lo que padeció aprendió la obediencia. ¡Y nosotros creemos que no merecemos sufrir y cuando nos toca, nos turbamos como el apóstol Pablo, que incapaz de tolerar un aguijón clavado en su carne, creyéndolo un mensajero de Satanás que le abofeteaba, no se daba cuenta que más bien respondía a un propósito divino de hacerle humilde, sensible y obediente, preparándolo para cumplir su misión de la mejor manera.    

Es lógico entonces que Dios negara a su predicador y escritor estrella el favor de liberarse de su aguijón y le respondiera: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Corintios 12:9). ¿Cómo asimiló el apóstol tal respuesta? Sencillamente, sobrellevando su sufrimiento realizó una gloriosa obra misionera y escribió las cartas que formando parte de la Biblia han bendecido, animado y capacitado a los creyentes de todos los tiempos. Es correcto que no nos agrade sufrir porque demuestra cordura y mente sana, más esperar que no experimentemos sufrimientos en este mundo corrupto es totalmente irracional, pues de un modo u otro nos alcanzará. Lo importante es permitir que el dolor nos prepare como a Cristo para la absoluta obediencia, la cual no solo glorificará a Dios sino que proporcionará poder y belleza a nuestro servicio y testimonio cristianos.

Ahora tú y yo sí comprendemos el horror de una pandemia, su poderosa carga mortífera y su poder desestabilizador. ¿Imaginaste alguna vez lo que sufrieron nuestros antepasados enfrentándose a las anteriores? Ahora podemos hacerlo porque lo hemos vivido en carne propia. Por lo tanto, recordemos que bajo cualquier circunstancia, mientras más sensibles y empáticos seamos al sufrimiento de otros, más cerca estaremos de Dios, más semejantes seremos a Cristo y estaremos mejor preparados para compartir y modelar su evangelio a los demás. Lo que hemos aprendido y sufrido en estos dos años no será en balde, puede darle un renovado vigor a nuestras vidas al profundizar nuestra dependencia de Dios y nuestra obediencia absoluta y apacible a sus designios.

Mientras tanto, esperando qué Dios hará en el futuro próximo, repitamos como el salmista cuando abrumado por las circunstancias creyó desfallecer: Pero en cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien. He puesto en Jehová el Señor mi esperanza, para contar todas sus obras (Salmo 73:28).

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