Mensaje de Navidad

CUANDO NADA SUCEDE COMO ESPERAMOS

¡Qué difíciles han sido estos dos últimos años! De manera especial, para los cubanos el 2021 ha sido turbulento. Además de los sufrimientos y múltiples carencias experimentadas desde hace décadas, vivimos los peores momentos de la pandemia del Covid-19 y un mal llamado reordenamiento económico que oprime nuestras vidas muchísimo más. Son demasiadas las frustraciones y molestias que experimentamos a diario.

Leyendo en la Biblia la historia del nacimiento de Cristo, creo que la manera en que José y María asimilaron las circunstancias cuando Jesús nació, pudiera ayudarnos a enfrentar las nuestras, tan opuestas a todo lo que deseamos. Siguiendo los relatos bíblicos del nacimiento de Cristo, podemos preguntarnos: ¿Qué esperarían José y María que sucediera al nacer el niño Jesús? ¿Cuáles fueron las realidades que enfrentaron? ¿Cómo reaccionaron ante tantos acontecimientos frustrantes?

Conociendo las expectativas del pueblo judío con respecto al Mesías, la bendita pareja pudo hacerse muchas preguntas. ¿Qué sintió María al escuchar que era la más bendita de todas las mujeres? José, pensando abandonarla secretamente, le desposó aunque estaba embarazada al conocer que todo era obra del Espíritu Santo. ¿Cuánto significó para ambos tal situación? ¿Aceptaron piadosamente los planes divinos aunque nada tuviera que ver con las expectativas que ellos mismos tuvieran para su vida en común? Es evidente que sí.

¿Comprenderían a plenitud qué significaba ser los padres del Mesías? Conforme se acercaba su nacimiento y obligados a trasladarse hasta Belén de Judea a más de cien kilómetros de distancia, arribaron a la minúscula aldea sin encontrar lugar donde alojarse. ¡Qué contradicción! La más bienaventurada de las mujeres dio a luz en una oscura gruta muy lejos de su casa y su familia mientras un grupo anónimo de pastores —humildes y despreciados por la sociedad y los líderes religiosos—, contemplaban en los cielos a una multitud de ángeles cantando y alabando a Dios: ¡Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!

¿Cómo pudo ocurrir tan glorioso espectáculo sin que los habitantes de Belén —y entre ellos la venerable pareja— lo percibieran? En la cultura hebrea la llegada de un recién nacido provocaba una fiesta donde toda la comunidad le daba la bienvenida. No fue así en Belén. ¿No merecían los padres del Mesías haber contemplado al menos el canto angelical? Solo supieron de ello cuando los pastores les visitaron.

Días más tarde, al concurrir al templo para cumplir el ceremonial judío, María escuchó del justo y piadoso Simeón que una espada traspasara tu misma alma y tiempo después huyeron a Egipto para salvar la vida del niño amenazada por un diabólico y criminal decreto del rey Herodes. La más bienaventurada de las mujeres conoció en carne propia lo que Pablo diría y enseñara posteriormente: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios (Hechos 14:22).

La historia del nacimiento de Jesús demuestra que aunque seamos los seres más bienaventurados del planeta, llamados para servir a Dios y bendecir a muchos, jamás estaremos exentos de tribulaciones, frustraciones e injusticias humanas. Todo ello es parte de la vida y las personas de fe debemos afrontarlo con naturalidad y obediencia.

Las dificultades que María y José enfrentaron no les impidieron cumplir su rol sin una queja, sin una palabra de protesta, sin una pregunta a Dios. A pesar de que las realidades que padecieron contrastaban con sus expectativas por ser los padres del Mesías de Israel, con soberana quietud asumieron su rol porque la gente piadosa siempre reacciona piadosamente, sin quejas ni incertidumbres. No  hallaron lugar en el mesón, su hijo nació en una gruta oscura y fue acostado en un pesebre, no disfrutaron del canto angelical y finalmente tuvieron que huir a Egipto para salvar la vida del infante. ¡Dios quiere enseñarnos algo con esa historia tan llena de contrasentidos!   

¿Nos damos cuenta de cuán absurda y petulante es la vanidad y el orgullo humano tan frecuente a veces en quienes presumimos de ser fieles seguidores de Cristo? María y José aceptaron y siguieron humildemente la dirección de Dios, algo imprescindible cuando enfrentamos frustraciones. La mujer más bienaventurada de la tierra no escapó al sufrimiento. ¿Acaso nos extraña? En un mundo cada vez más corrupto y desenfrenado es iluso pensar que vamos a vivir sin que las consecuencias del pecado —ya sea el propio, el de los demás o imponderables inesperados— nos alcancen con frecuencia. Nuestro gran reto no es escapar del sufrimiento porque es inevitable, sino impedir que se nos amargue y endurezca el corazón.

La historia de la Navidad nos recuerda cuán iluso es pensar que por ser fieles a Dios y a sus propósitos estaremos libres de frustraciones, calamidades y exentos de padecer injusticias humanas. En un mundo trastornado por el pecado los hijos de Dios tendremos muchas bendiciones y disfrutaremos de momentos y experiencias hermosísimas, pero sufrir frustraciones y contradicciones es también la consecuencia lógica de pertenecer a una humanidad corrupta y desenfrenada, cada día más dispuesta a ignorar los propósitos divinos. Nuestra tarea no es evadir el sufrimiento y las injusticias humanas, sino decidir con que espíritu reaccionamos ante todo ello e impedir a toda costa que se nos amargue el corazón.

¿Cómo celebrar Navidad y enfrentarnos a un año nuevo en un tiempo de pandemia, tan difícil y frustrante como el que vivimos ahora? Como María y José, no esperemos de la vida lo que ella no puede ofrecernos. Podemos evitar la amargura si somos fieles obedeciendo a Dios aunque estemos inmersos en circunstancias difíciles. La peor tragedia que puede ocurrirnos como seres humanos no es la posibilidad de sufrir, sino que la amargura se apodere del corazón. ¡Entonces no habría esperanzas porque nos volveríamos  terriblemente egoístas! Y olvidaríamos que solo obedeciendo a Dios tendremos posibilidades de servir a los demás y ser bendecidos nosotros mismos con independencia del sufrimiento que padezcamos.

Por lo tanto, urge responder piadosamente a nuestros infortunios porque Dios es experto en transformar tragedias en bendiciones. La crucifixión de Jesús fue el crimen más horrendo cometido por la humanidad, sin embargo, gracias a su muerte en la cruz podemos tener esperanza, perdón, salvación y vida eterna. Por ello, nunca permitas que la amargura endurezca tu corazón.

Confía en Dios, ámale con todas tus fuerzas. Aun en los tiempos malos ama y bendice a los demás —¿no dijo Jesús que, incluso, a nuestros enemigos?—, solo así comprobarás que cualquier infortunio, tenga la magnitud que fuere, se vuelve llevadero y lo afrontarás con paz.

Si pese a nuestros infortunios conservar la fe, la esperanza y el amor, seremos bendecidos como lo fueron José y María.

Entonces, cuando nada suceda como deseamos, ¡llenemos de Cristo nuestro corazón y liberémoslo de la amargura y la desesperanza. Dios sigue, aunque a veces no lo parezca, al tanto de cuanto ocurre en el mundo. ¡No le defraudemos olvidando sus enseñanzas y lo que él espera de nosotros. Desde el Antiguo Testamento, el profeta Habacuc nos enseña cómo responder cuando nada en la vida suceda como deseamos: Aunque la higuera no florezca, ni en las vides haya mantenimiento, aunque falte el producto del olivo, y los labrados no den mantenimiento, y las ovejas sean quitadas de la majada, y ni haya vacas en los corrales; con todo, yo me alegraré en Jehová y me gozaré en el Dios de mi salvación (Habacuc 3:18).

Un antiguo himno navideño nos repite lo mismo:

A media noche en Belén de Dios la salvación Por ángeles se proclamó en celestial canción. En las alturas gloria a Dios el coro tributó: La paz y buena voluntad al mundo pregonó.

El canto de los ángeles hoy se oye resonar. El eco dulce encantador alivia mi pesar. Y al escuchar con atención el mundo en derredor, Divina paz recibirá de Cristo el Salvador.

Las almas que se encuentran hoy en medio del dolor, Solaz completo sentirán buscando al Salvador. ¡Oh que las nuevas del Señor se extiendan más y más! Que sepan todos que el Señor hoy brinda dulce paz.

Vosotros, llenos de temor y enhiestos hoy que estáis, Y que agobiados de dolor con paso lento vais, Hoy descansad y contemplad la angélica visión, Alzad la vista y escuchad la célica canción.

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