Actuar como Jesús (9)

JESÚS Y LA FAMILIA

Después del rechazo que Jesús sufrió en Nazaret, se mudó a Capernaún. Allá se fueron su madre y sus hermanos para instarle a regresar a casa. Al saber que habían llegado, él exclamó: “¿Quién es mi madre y mis hermanos? Y mirando a los que estaban sentados alrededor de él, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque cualquiera que hiciere la voluntad de Dios, este es mi hermano, mi hermana y mi madre (Marcos 3:33-35)”. Ellos fueron a buscarle porque aunque no entendían su misión, ni las decisiones que tomaba, era obvio que sufrían su ausencia. ¿Se molestó Jesús con su llegada? Creo que sí. Querían regresarlo a Nazaret, y él estaba siguiendo la voluntad del Padre.

Cuando decidimos obedecer a Dios suele suceder que nuestros familiares intenten impedirlo. ¿Has tenido esa experiencia? Te aseguro que es difícil porque yo la sufrí. Si tu familia no acepta tu entrega a la fe y al servicio cristiano, recuerda que Jesús padeció lo mismo y ello te animará a seguir adelante. No obstante, por amor a tu propia familia no debes claudicar. Tu fidelidad puede ayudarles a comprender la fe y sus beneficios.

Si algunos familiares actúan como enemigos cuando decidimos seguir a Dios, es porque no entienden y debemos ser pacientes con ellos. ¿Dejó Jesús de amar su familia mudándose a Capernaún para alejarse del rechazo sufrido en Nazaret? Evidentemente no. ¿Podría volver con ellos y abandonar la obra que hacía? Tampoco. Entonces aprovechó para enseñarles que todo el que hace la voluntad de Dios era también su familia. Es cierto que con nuestros hermanos y hermanas en la fe solemos mantener relaciones más estrechas ─y comprensivas, por la comunión espiritual─, que con familiares que no pueden o no quieren entender. La comunidad cristiana propicia un entendimiento que puede superar con creces al que mantenemos con familiares y parientes.

Ahora bien, ¿percibimos lo que ellos sienten al vernos entregados a una causa que no comparten? Al pasar los años, he comprendido cuánto sufrió mi padre cuando le dije que iba a ser pastor. ¡Tal noticia no encajaba en la militancia atea que había abrazado entonces! Su lucha y las gestiones que realizó para convencerme ─que me ofendieron e hirieron─, eran una muestra de preocupación, amor y cuidado en tiempos difíciles para los creyentes, algo que él conocía muy bien. Ahora comprendo que ambos sufrimos y guardo de él un recuerdo agradecido a pesar de algunas acciones que en su tiempo consideré muy injustas.

Otra enseñanza de Jesús que debe ser explicada es la siguiente: “El que ama a padre o madre más que a mí no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí (Mateo 10:37)”. ¿Significa que podemos dar la espalda a los seres queridos, abandonando obligaciones y deberes con tal de seguir a Dios? Aunque ellos no puedan impedir que obedezcamos al Señor, las Escrituras enseñan que amar y honrar a nuestros padres “es el primer mandamiento con promesa; para que te vaya bien y seas de larga vida sobre la tierra (Efesios 6:2-3)”. Quien siga a Cristo adquiere un compromiso mayor con los suyos porque el amor de Dios llena su corazón. ¿Es posible amarles menos si hemos sido bendecidos por el amor eterno de Dios? Tal como hizo Jesús, debemos hacerles comprender cuán importante es para nosotros la fe, sin que por ello dejemos de atenderles.

Si algunas familias exigen lealtad y obediencia más allá de lo razonable, demostremos que la fe no impide que les amemos y compartamos con ellos. Si perciben que les hemos abandonado, debemos actuar para demostrarles lo contrario. Aunque Jesús no regresó a Nazaret, continuó sus relaciones con la familia, les tenía al tanto de sus planes y permitía que ellos expresaran libremente sus pensamientos. En una ocasión, impresionados por lo que él hacía en Galilea, le aconsejaron que fuera a Jerusalén para que su obra fuese conocida: “Porque ninguno que procura darse a conocer hace algo en secreto. Si estas cosas haces, manifiéstate al mundo (Juan 7:2-10)”. Él, bondadosamente, les explicó sus razones y les aconsejó que fueran a Jerusalén a la fiesta, lo cual obedecieron. Debemos escuchar amablemente a nuestros familiares aunque no compartamos sus criterios ni ellos muestren interés en lo que hacemos. Podemos aconsejarles y explicarles con sabiduría y tacto cuáles son los principios que determinan nuestra conducta. Si mantenemos una estrecha comunicación con ellos tal vez logremos bendecirles y motivarlos a la fe. Lo que no es digno para con el Señor, es que el rechazo o el disgusto que muestren familiares y amistades debido a nuestra profesión de fe, logren que por complacerles, descuidemos nuestros deberes cristianos y se afecte nuestra fidelidad a la causa de Cristo.

Una señora visitó fielmente nuestra iglesia por algún tiempo. Un día llegó llorando y dijo que no asistiría más, porque sus hijos rechazaban la iglesia. ¡Decidió no ser cristiana si sus hijos no lo eran! Cuando le insistí que su fidelidad podría motivarles a la fe, me contestó que era muy egoísta estar en la iglesia si sus hijos no lo estaban. Ella no entendió el evangelio, porque por el bien de sus hijos, debía mantenerse fiel, esperando que Dios obrara en ellos. La mujer, aunque aseguraba que había pasado los meses más felices de su vida en la iglesia, jamás volvió. Sin embargo, he visto muchas veces que cuando un padre o una madre claman a Dios por sus hijos, los tales terminan aceptando la fe ─a veces─, incluso después de la partida de ellos.

Confiemos en que nuestra fidelidad terminará impactando a familiares y conocidos aunque sean no creyentes o hayan abandonado la fe. ¡La vida da muchas vueltas! Oremos por ellos, creyendo y saludando las promesas de Dios, pues él a veces se toma su tiempo. ¿Personas que amas mucho ahora rechazan a Cristo? Ora por ellos, ámales y si te llega la hora de partir de este mundo, Dios puede contestar tus oraciones… después. Él es experto en obras póstumas. La Biblia asegura que Dios bendice a las familias de los fieles.

¿Has leído lo que Dios dijo de Abraham?: “Porque yo sé que mandará a sus hijos y a su casa después de sí, que guarden el camino de Jehová, haciendo justicia y juicio (Génesis 18:19)”. La influencia de creyentes fieles permanece en la familia incluso después de su partida y suelen ocurrir milagros. ¡Lo he visto tantas veces en mi ministerio!

Jesús amó a los suyos hasta el final. ¿Acaso no podremos hacer lo mismo? Si tu familia te hiere, reniega de ti o no te entiende, tu deber es bendecirlos con el amor de Cristo.

Si deseas actuar como Jesús no tienes otra opción.

Alberto I. González Muñoz


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