El Sermón del Monte

Foto del Mar de Gaiilea tomada por el autor desde el Monte de las Bienaventuranzas

“El sermón de la montaña es el título más grande de nuestra existencia, la justificación de nuestro vivir, la patente de nuestra dignidad de seres provistos de alma, la prenda de que podemos elevarnos sobre nosotros mismos y ser más hombres”. Geovanni Papini (1881-1956)

Aunque no se conoce el lugar exacto donde Jesús predicó el Sermón del Monte según el evangelio de Mateo —que algunos consideran más bien una recopilación de las enseñanzas de Cristo—, la tradición y el ingenio humano crearon un sitio idílico al noroeste del Mar de Galilea. El ahora llamado Monte de las Bienaventuranzas pudo ser el lugar propicio para que Jesús hablara a sus discípulos y una multitud. Como su incultivable topografía rocosa permitía reunir mucha gente en sus laderas, fue el sitio escogido en la década de 1930 para levantar el templo que conmemora ese evento.

El santuario posee una cúpula octagonal con vitrales que muestran cada una de las bienaventuranzas. Rodeado de jardines y con una vista espléndida del Mar de Galilea, invita a la reverencia y la meditación. El camino de acceso lo bordean bloques de mármol labrados con citas de las bienaventuranzas en varios idiomas. ¡Qué lugar paradisíaco! Allí llegan creyentes desde todo el mundo atraídos por la historia y el significado del famoso pasaje bíblico.  

Imposible negar que el Sermón del Monte contiene enseñanzas que nosotros no logramos entender del todo… o nos falta valor, cordura y decisión para ponerlas en práctica. ¡Qué pena! La razón es obvia: van en contra de lo que normalmente sentimos en momentos y circunstancias específicas.

Era muy joven cuando leí la Historia de Cristo de Geovanni Papini y me marcó para siempre. Incrédulo y anticlerical en su juventud, al entrar en su cuarta década de vida Papini se convirtió a Cristo y fue sacerdote franciscano hasta su muerte a los 75 años. No se le lee fácil por su lenguaje hiperbólico y redundante. Sin embargo, vencida la confusa impresión de sus primeras páginas, nos conquista su insistencia en que las declaraciones de Jesús que muchos catalogan como impracticables son las que pueden traer sensatez, bienestar y un cambio radical a la errática conducta humana.

¡Practicarlas, por cierto, es muy difícil! Leyendo a Papini es fácil emocionarse, más acosados por la podredumbre e impertinencia moral que nos rodea, evitar el enojo; no usar nunca juramentos; aceptar y sufrir la ofensa sin devolverla; intentar siempre un arreglo con nuestros adversarios; desechar de cuajo cualquier pensamiento que incite al pecado; decir siempre la verdad; incluso —¿será posible?—, amar a los enemigos y orar por quienes nos ultrajan y persiguen. ¡Oh, Dios! ¿Se equivocó Jesús al enseñar que amásemos a nuestros enemigos? ¿No percibió cuán ultrajado estaba su pueblo por los romanos? ¿Ignoraba el sufrimiento posterior de sus seguidores y las crueles persecuciones que desatarían los emperadores y otros gobernantes de turno?  

Además, exigió que para ayudar a los necesitados, ayunar y orar, todo lo hiciéramos en secreto, sin palabrerías, vanas repeticiones y sin proclamarlo a los cuatro vientos. ¿Por qué, entonces, muchos convertimos nuestra escasa generosidad, espiritualidad y devoción a Dios en un show mediático de luces y colores? Geovanni Papini nos emplaza de frente: los que reclamamos ser fieles seguidores de Jesús fallamos estrepitósamente al considerar impracticables sus más valiosos y poderosos requerimientos. Tras veinte siglos de insistente predicación evangélica, muchos cristianos mostramos la misma actitud irreverente que desde el huerto del Edén desecha las recomendaciones divinas. Imitando a los impíos exhibimos el mismo egoísmo, desamor e insensatez que destruye y pervierte cada vez más a la humanidad. Muy fuerte leer eso, ¿no es cierto?

¿Cómo justificamos nuestra poca obediencia al sermón de Jesús que a la vez consideramos eminente y excelso? Cualquier circunstancia opresiva o contraria a nuestros intereses, provoca que algunos asumamos actitudes diferentes a las recomendadas en dicho sermón. Así nos permitimos comentarios, discusiones, desplantes e inculpaciones entre hermanos y hermanas en la fe que gracias a las actuales facilidades tecnológicas se conocen de inmediato por millares de personas.   

¿Ignoramos otras enseñanzas bíblicas que son también imperativas?: Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si te oyere has ganado al hermano (Mateo 18:15). Si alguno fuere sorprendido en alguna falta, vosotros que sois espirituales, restauradle con espíritu de mansedumbre, considerándote a ti mismo, no seas que tú también seas tentado (Gálatas 6:1). ¿Mostramos conocimiento bíblico, espiritualidad, espíritu de mansedumbre y ética evangélica al ventilar nuestras diferencias entre hermanos en Cristo, haciéndolas públicas para que todos las conozcan, incluyendo quienes se gozan cuando el cuerpo de Cristo exhibe sus miserias, incomprensiones y desencuentros con total impudor?

Otras palabras de Jesús debieran detenernos si somos tentados a increpar o denigrar delante de los impíos a los hermanos en la fe. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca malas cosas. Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado y por tus palabras serás juzgado (Mateo 12:35-37). Si el mundo está lleno de palabras ociosas, los creyentes en Cristo no debiéramos unirnos al concierto impío. En todo caso, Jesús también definió cuál es el proceso correcto para intentar la restauración de alguien que obró mal, al final del cual aparecen las palabras dilo a la iglesia; y si no oyere a la iglesia tenlo por gentil y publicano (Mateo 18:17). Notemos que es la iglesia, la que debe ser informada si falla el proceso restaurador, no el mundo. El propósito de la disciplina eclesiástica siempre será lograr el arrepentimiento de la persona, no su perdición ni su total descrédito. Recordemos a su vez —por si alguien interpreta despectivas por parte de Jesús la mención de gentiles y publicanos—, que Jesús fue acusado varias veces de ser amigo de publicanos y pecadores (Mateo 9:10-11) porque compartía y se sentaba a la mesa con ellos. En realidad, él fue más crítico con los escribas y fariseos acusándoles de hipocresía porque no vivían lo que predicaban; mientras recibía gozoso y compartía con los publicanos y pecadores arrepentidos.

Es penoso que tras veinte siglos de predicación cristiana no abracemos del todo la ética del Sermón del Monte. ¿Será absurda, débil e impracticable? Esa actitud no impide que el amor y la gracia de Dios cubran nuestros pecados por el sacrificio de su Hijo, pero sí provoca que dejemos de ser sal de la tierra, como Jesús advirtió. Indecisos todavía entre el oísteis que fue dicho a los antiguos… y el más yo os digo de Jesús, ¿cuál de esos dos sistemas éticos inspira nuestras acciones, sentimientos y pronunciamientos? ¿Será que la Ley del Talión vencerá a la del amor de Dios en Cristo? Si quienes nos odian y persiguen continúan actuando como desean, es obvio que sufriremos mucho, más no debemos extrañarnos: ¡está profetizado! Como de no arrepentirse sufrirán la condenación eterna, nuestro corazón redimido y perdonado debiera mostrar misericordia y orar por ellos como Jesús enseñó.  

Es más extraño todavía que si hemos sido salvados por gracia no ofrezcamos amor, comprensión, empatía y un perdón siempre generoso a nuestros propios hermanos y hermanas en Cristo. No debemos ser jueces inmisericordes de quienes comparten nuestra misma fe. Recordemos otra enseñanza que Jesús proclamó en el monte: no juzguéis para que no seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida que medís, os será medido (Mateo 7: 1-2). Aunque según se comprende en los versículos posteriores tales palabras se refieren a litigios y acusaciones entre hermanos en la fe, obviamente es una norma divina universal que se cumplirá en cualquier otra esfera de la vida. Todos los que juzguen severamente serán juzgados a su vez con la misma medida. ¡Es la ley de la siembra y la cosecha!

Otro pasaje paulino que obedece al espíritu del Sermón del Monte, advierte a los creyentes para que no ventilen sus diferencias delante de los incrédulos y concluye diciendo: Así que, por cierto es ya una falta en vosotros que tengáis pleitos entre vosotros mismos. ¿Por qué no sufrís más bien el agravio? ¿Por qué no sufrís más bien el ser defraudados? (1 Corintios 6:7).

Jesús inició su más famoso sermón proclamando que los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los de limpio corazón, los pacificadores y los que padecen persecución por causa de la justicia y por su evangelio son bienaventurados. ¿Lo somos nosotros? Las bienaventuranzas, dice William Barclay, no son vislumbres imaginadas de alguna futura belleza; no son promesas doradas de alguna gloria distante; son gritos triunfantes de bendición por un gozo permanente que nada ni nadie en el mundo puede arrebatar.

Muchas experiencias en esta vida nos causarán sufrimiento; injusticias sin número nos angustiarán. Constantes decepciones nos dejarán sin aliento porque mucha gente que amamos nos defraudará. También nuestros propios errores evitarán que mostremos toda la belleza y la gloria que pudiéramos exhibir como hijos de Dios. Sin embargo, nada de ello impedirá que recibamos grandes bendiciones inmerecidas, enviadas por nuestro amante Padre Celestial. Él lo seguirá haciendo y al final disfrutaremos lo mejor de todo: su presencia.  

Nunca olvidemos que aunque estemos lejos de la perfección somos hijos de un Dios de amor y gracia. Por eso Jesús proclamó otro deber ineludible: Así que todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque esto es la Ley y los Profetas (Mateo 7:14). De niño aprendí que tal precepto se llamaba la regla de oro y que era una joya exclusiva del cristianismo. ¿La conoces y la practicas tú? También comprendí que era la norma ideal para el camino angosto y difícil que lleva a la vida eterna, el que pocos siguen porque muchos caminan a la perdición. ¿Lo crees así?

Aunque sean más los que rechazan la ética del Sermón del Monte, seamos parte de la minoría que se atreve a cumplirla. Escuchemos la voz del Señor: no temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino (Lucas 12:32). Pidamos a Dios perdón si le hemos defraudado ofendiendo, pensando mal, siendo injustos o tratando a nuestros hermanos y hermanas como jamás quisiéramos que nos tratasen a nosotros. Pidamos perdón si ofendimos a alguien, y perdonemos cuando nos ofendan. El perdón, sin duda, siempre es resultado de una vida bienaventurada.  

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