Odiar lo que Dios odia

Describimos a Dios como en un ser lleno amor y misericordia porque la Biblia así lo enseña, por lo cual los versículos que más repetimos de memoria son los que ensalzan el amor divino: Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que en el crea, no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16). Más Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros (Romanos 6:23). También insistimos en que él es misericordioso, lo cual según las palabras de Jesús nos inspira a serlo nosotros: Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). Sed, pues, misericordiosos como también vuestro Padre es misericordioso (Lucas 6:36).

El libro de los proverbios de Salomón contiene múltiples declaraciones que muestran lo más excelso de la sabiduría hebrea aunque algunas provienen de otros autores y fueron compiladas doscientos años después de la muerte del rey sabio. La Biblia nos dice que era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los Egipcios (1 Reyes 4:30).

Entre los proverbios salomónicos, resalta una interesante lista de acciones o actitudes humanas, las cuales el sabio rey asegura Dios detesta: Seis cosas aborrece Jehová y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordias entre hermanos (Proverbios 6:16-19). La expresión seis cosas… y aun siete, sugiere que pudiera haber más pecados que Dios odia. Obvio, ¿no? Además, ¡qué lección de ética tan extraordinaria!

El primero en la lista es el orgullo humano, descrito por la expresión ojos altivos, reveladora de la actitud petulante de quienes se creen superiores. ¿Sabías que la palabra hebrea traducida por ojo, se usa metafóricamente para ilustrar capacidades, condiciones morales y espirituales? Así los ojos altivos revelan la pobreza espiritual de aquellos que considerándose más valiosos, ignoran que el orgullo es una necedad soberana: Antes del quebrantamiento, la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu (Proverbios 16:18). La humildad, sin embargo, atrae el favor divino: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Por eso Pablo insiste: No seáis sabios en vuestra propia opinión (Romanos 12:16). Es lamentable e insensato que algunos cristianos muestren ínfulas de superioridad. ¡Cuán lejos andan de Dios quienes así piensen!  

Dios también aborrece la lengua mentirosa y el testigo falso que habla mentiras, algo establecido en los diez mandamientos y que Jesús confirmó aludiendo a Satanás como padre de mentira (Juan 8:44). Ahora mentir suele ser tan común y socorrido que los cristianos debiéramos estar alertas. ¡Dios odia que mintamos! La lengua se torna mentirosa no solo si inventamos una falsedad, sino también al repetir lo que oímos sin tener constancia de su certeza. Así se miente en todas partes con facilidad pasmosa y por cualquier motivo.

Jamás olvidaré que un grupo de jóvenes cristianos llegó a un retiro espiritual en un campamento mintiendo con respecto a alguien que —aunque inició el viaje con ellos— no llegó al lugar. Al comprobar después que habían acordado mentir y engañarnos burdamente resultó muy doloroso. ¿Cómo pudieron?    

El aborrecimiento divino por la mentira se muestra en Apocalipsis 21:8 cuando dice: y a todos los mentirosos, su parte es en el lago de fuego y azufre, que es la muerte segunda. ¡Claro que la mentira no es un pecado imperdonable! Pero por amor a Dios no debiéramos mentir a sabiendas ni propagar comentarios sobre los cuales no estemos seguros.   

Dios también aborrece las manos derramadoras de sangre inocente. Horrorizan las innumerables guerras ocurridas donde por regla general, la mayoría de quienes mueren resultan ser víctimas inocentes de las decisiones o intereses que las provocaron. A su vez, es imposible ignorar el abrumador número de embriones humanos privados del derecho a vivir y desarrollarse en el seno materno. El tema del aborto, todavía controversial en la mayoría de los países; es tan legal en algunos y justificado por diversas causas en otros, como realizado clandestinamente en los países donde se prohíbe. El número total de los que suelen realizarse es imposible de contabilizar. ¡Hay demasiada sangre inocente derramada!

El corazón que maquina pensamientos inicuos y los pies presurosos para correr al mal también son aborrecibles y evidencian una conexión lógica. Bien escribió Pablo: todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo noble, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Filipenses 4:8). Como los pensamientos inicuos son los que inspiran las acciones pecaminosas, si queremos vivir en santidad debemos descartarlos de inmediato.

El último pecado odioso en la lista que nos ocupa es el que siembra discordia entre hermanos. Otro proverbio aclara la idea: Honra es del hombre dejarse de contienda; más todo insensato se envolverá en ella (20:3). La Biblia también nos recuerda: si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios (1 Corintios 11:16).

Los proverbios de Salomón están llenos de sabiduría y ética. No obstante, su historia personal demostró que la sapiencia por sí sola no garantiza fidelidad a los mandatos divinos. Si la excelencia de conocimientos no se asume con humildad, propiciará pensamientos inicuos que conducirán a la desobediencia. ¿Comprendes? El rey más sabio de la historia bíblica no terminó siendo el más piadoso. Si alguna vez, debido a experiencias exitosas de vida o conocimientos adquiridos nos acosara la tentación de envanecernos, leer el capítulo once del primer libro de Reyes nos llamaría a capítulo. Comienza con la palabra “pero” y lo que leemos después sobre Salomón es dolorosísimo. El secreto está en lograr odiar lo que Dios odia.

No lo dudes, la impiedad del mundo en que vivimos trata de arrastrarnos con fuerza impetuosa. ¡Posee todos los atractivos para encandilarnos! Decidamos, pues, amar a Dios con todo nuestro corazón y a la vez odiar lo que él odia. Ello nos ayudará a rechazar la inmensa, ladina y perniciosa maldad que nos rodea.   

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos acedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, el cual, por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó en la diestra del trono de Dios. (Hebreos 12:1-2).

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