Las varias caras de la corrupción

Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a los otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre (1 Pedro 1:22-23).

Cuando la primera pareja humana violó la única limitación que entre tantas bendiciones paradisíacas que podían disfrutar Dios les impuso, comenzó el proceso corruptor de la raza humana y pronto la maldad se adueñó de la tierra: Y se corrompió la tierra delante de Dios, y estaba la tierra llena de violencia (Génesis 6:11). De modo que para la ética cristiana, la corrupción es la consecuencia de no aceptar las normas divinas como legítimas y absolutas para la conducta. ¿Dudas de que cada día la corrupción sea mayor? ¿Alguna esfera social se libra de ella? ¿Alcanza a los creyentes, las instituciones y las organizaciones cristianas?

Aunque la única respuesta posible a la última pregunta no nos agrade; y ahora haya incluso más peligro de contaminarnos, la corrupción ha sido un mal constante desde los tiempos bíblicos. Como Jesús rogó al Padre: no te ruego que los quites del mundo, sino que les guardes del mal (Juan 17:15), usualmente cumplimos nuestros deberes cristianos rodeados de ambientes potencialmente corruptos. Ello nos presenta dos grandes retos: evitar que las costumbres corruptas nos penetren; e impedir que su influencia dañe o afecte nuestras relaciones con los hermanos y hermanas en Cristo. ¡Es tan difícil mantenerse aséptico en un medio contagioso!

La experiencia actual con la pandemia lo demuestra. Lavarnos las manos, conservar las distancias, usar mascarillas y otras molestas medidas sanitarias nos recuerdan a diario que el peligro acecha y al menor descuido no solo nosotros, sino las personas que amamos pudieran resultar contagiadas. ¡Lo mismo puede ocurrir con la corrupción de la conducta cristiana y nuestros valores espirituales si no somos cuidadosos! Por ello el apóstol Pedro nos recuerda que somos: linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios para que anunciéis las virtudes de aquél que os llamó a su luz admirable (1 Pedro 2:9).

Es maravilloso haber sido redimidos por Cristo y transformados por la obra del Espíritu Santo. No obstante, abandonar nuestras conductas erradas toma tiempo. No basta conocer las verdades bíblicas, debemos aplicarlas para que sean efectivas.  

Refiriéndose a los Judíos, Pablo escribió: Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú que predicas que no se ha de hurtar, ¿hurtas? Tú que dices que no se ha de adulterar, ¿adulteras? Tú que abominas a los ídolos, ¿cometes sacrilegio? Tú que te jactas de la ley, con infracción de la ley deshonras a Dios? Como está escrito, el nombre de Dios es blasfemado entre los gentiles por causa de vosotros (Romanos 2:21-24). .

Bajo el pretexto de que hoy todo ha cambiado, algunos creyentes se permiten licencias que nos recuerdan el pasaje anterior. ¡Qué penoso! A la vez, es necesario reconocer que muchísimos cristianos todavía preferirían morir antes de traer vergüenza a su iglesia o al nombre de Dios. Conscientes de que no son perfectos, se esfuerzan cada día en agradar a su Señor sin importarles la opinión de los demás. ¿Eres uno de ellos? Gente así demuestra que es posible resistir y vencer el acoso la corrupción.    

El proceso corruptor entre los cristianos no solo ocurre cuando caemos en pecados escandalosos. Es imperativo ser incorruptibles tanto en nuestra vida personal como en nuestra interacción con los hermanos en Cristo. Por eso Pedro insiste en que habiendo purificado nuestras almas en obediencia a la verdad (1:22), también debemos desechar toda malicia, todo engaño, hipocresía, envidias, y todas las detracciones (2:1-3). Esta última palabra, usada en la Reina Valera de 1960, significa detraer, denigrar, quitar fama, honra y prestigio a alguien o algo. Las versiones actuales de la Biblia prefieren traducirla por comentarios hirientes (NTV); toda clase de chismes (DHH); toda difamación (LBA); y maledicencia (BHTI).

Nunca debiéramos hacer uso de comentarios hirientes, chismes, difamaciones, proferir maldiciones o denigrar públicamente a quienes aman a Dios aunque sepamos que, como nosotros, son imperfectos. De hacerlo, los impíos se gozarían comprobando que quienes pretendemos ser el cuerpo de Cristo en la tierra, somos tan corruptos como ellos, lo cual destrozaría nuestro testimonio. Tampoco podemos denigrar a creyentes por diferencias de criterios doctrinales o sociales. ¿No es Dios, acaso, el único que conoce los corazones? Muchos hemos actuado mal o asumido alguna vez posiciones equivocadas y Dios nos perdonó. Es a él a quien corresponde el juicio, no a nosotros. Un famoso predicador norteamericano decía que en la eternidad recibiríamos muchas sorpresas, pero dos de ellas nos impactarían muchísimo. ¿Sabes cuál sería la primera? Algunas personas que nosotros esperábamos encontrar allí no estarán. La segunda es que allí veremos a algunos que nunca esperábamos encontrar. ¿Comprendes? No nos es permitido Juzgar severamente a las personas porque a veces esa actitud es una evidencia clara de que algo no anda muy bien en nosotros mismos.     

Es tan común la conducta maliciosa y detractora en cualquier esfera de la sociedad que es fácil hacer lo mismo si nos descuidamos. La corrupción no solo daña a los creyentes cuando ocurre un escándalo moral. Está presente también cuando desobedecemos la Biblia al tratar a los hermanos, cediendo a la tentación de denigrar el prestigio o el testimonio de alguien o de una comunidad cristiana porque no concuerden en todo con nuestros criterios. ¿Ignoramos que las apariencias pueden engañarnos porque no vemos el corazón de las personas? Atentar contra el compañerismo cristiano es un acto que corrompe la belleza y la fuerza transformadora del evangelio de Cristo.

El apóstol Pedro relacionó la pureza de nuestra alma con la calidad de las relaciones fraternales que somos capaces de mantener con los demás creyentes. Pablo, a su vez, hablando a los colosenses de las características esenciales que evidencian una nueva vida en Cristo, escribió lo siguiente: Vestíos pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia; soportándoos unos a los otros y perdonándoos unos a los otros si alguno tuviera queja del otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:12-13).

Sí, la corrupción es un mal que tiene varias caras. Como es común y está tan extendida en el mundo contemporáneo, cuidémonos de asumir actitudes que por ser ajenas al espíritu de Cristo, dañan a su iglesia y siembran enemistades entre los hijos de Dios. Tales hechos debemos evitarlos porque cuando ocurren, afectan el testimonio de amor y gracia que debiéramos dar a fin de que el mundo crea.

Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí (Salmo 51:10).

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