¿Ministros o estrellas de la farándula?

Temo que algunos conceptos bíblicos sobre el ministerio cristiano se hayan distorsionado con el tiempo. Aunque en las iglesias evangélicas se insiste en que todos los creyentes son ministros y siervos de Dios, al parecer se concede una importancia mayor a determinadas labores, mientras que a otras apenas se les valora. Este tema queda muy claro en la carta a los efesios donde se enseña que todos los creyentes son llamados a hacer la obra del ministerio. Dios constituyó a apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo (Efesios 4:11-12).

Todos los creyentes, unos desde posiciones de liderazgo y otros desde nuestro propio lugar y esfera de servicio, somos ministros y servidores de Dios, llamados a edificar y bendecir tanto al cuerpo que es la iglesia, como a los no creyentes con quienes nos relacionamos. Así que, somos embajadores en nombre de Cristo, como si Dios rogase por medio de nosotros; os rogamos en el nombre de Cristo: Reconciliaos con Dios (2 Corintios 5:20).

Ningún ministro o ministerio es superior a otro porque todos servimos a Dios. En el capítulo 12 de la primera carta a los Corintios, Pablo insiste en el valor de todos en el cuerpo de Cristo. Allí vemos que junto a los apóstoles, profetas, pastores y maestros, están también los que sanan, los que ayudan, los que administran, los que tienen don de lenguas (1 Corintios 12:28). En la obra de Dios todos somos útiles y necesarios.  

Serví durante 23 años como ministro de Educación Cristiana en mi denominación, por lo cual entre otras responsabilidades prediqué y enseñé en nuestro campamento en muchísimos retiros espirituales. Puede que el Señor me usara para bendecir a los que allí asistían, pero a su vez, la relación que tuve con todos me bendijo y enseñó mucho más a mí. Tampoco era la única persona que ministraba entonces en ese campamento. Muchos fueron allí a predicar y enseñar también mientras otros más cumplían tareas diarias que aunque a veces no eran reconocidas como labores ministeriales, sí lo eran. Quienes cocinaban, limpiaban y administraban el lugar comenzaban a trabajar cada día mientras nosotros todavía dormíamos. Su ministerio consistía en asegurar que todo estuviera listo y dispuesto a su tiempo.

Cuando nosotros adorábamos y estudiábamos la Biblia, ellos ministraban preparándonos los alimentos y atendiéndonos a veces hasta altas horas de la noche. Como ministros del Señor, así ofrecían sus dones y capacidades para la edificación del cuerpo de Cristo. Cuando los retiros terminaban ellos seguían ministrando para mantener las instalaciones disponibles. Aunque algunos les vieran como simples empleados, ¡eran ministros y servidores del pueblo de Dios! Cada vez que allí usé el púlpito para predicar durante tantos años, también otros ministros dirigieron la adoración guiándonos a un encuentro con Dios y su Palabra.

Del mismo modo que dediqué mucho tiempo y oración para preparar mis conferencias, otros ministros también lo hicieron —incluso viajando desde lejos— para realizar un ministerio totalmente voluntario y por amor. Cuando aquellos retiros espirituales resultaban impactantes, con frecuencia los directores, los predicadores y los músicos nos llevábamos injustamente la gloria ignorando cuánto tuvo que ver el trabajo de aquellos otros ministros incansables que jamás subieron a las plataformas ni aparecieron en los primeros planos.

Cuando alguien tomaba allí decisiones trascendentes, se consagraba al Señor, se edificaba en su fe o recibía el llamado para un ministerio específico, los asistentes comentaban sobre la profundidad de los mensajes, la belleza de la música y las bondades del lugar. ¿Pensaban, acaso, en esos otros ministros que jamás usaron el púlpito, ministrando constantemente sin jamás aparecer en un primer plano? Sin el trabajo de ellos nunca hubiésemos recibido tantas bendiciones. Entonces, en la obra de Dios, todos los ministros son valiosos, no solo los predicadores, los líderes, los músicos o los maestros.

Cada vez más tiendo a creer que quienes siempre ministramos desde las plataformas puede que no seamos los que en realidad servimos más conforme al espíritu de Cristo, sino aquellos que se entregan humildemente en las labores más humildes. Tras una iglesia, ministerio, campamento, seminario o evento cristiano siempre habrá una pléyade de ministros anónimos laborando desinteresada y amorosamente mientras otros tal vez les consideran como simples empleados, personal de apoyo o formando parte de la omnipresente comisión de orden. ¿De dónde sacamos esos nombres? En la obra de Dios solo hay ministros y todos valen por igual.  

Pudiera ser que quienes jamás aparezcan como estrellas en los escenarios porque se ocupan de tareas difíciles y labores a veces inadvertidas, sean los más grandes y dedicados siervos del Señor, aunque nosotros olvidemos que sin ellos no podríamos disfrutar muchas de las bendiciones que recibimos.

Cuando estudiaba en el Seminario Bautista de La Habana conocí a un valiosísimo ministro de Dios cuya influencia bienhechora marcó la vida de todos los estudiantes. ¡Era él a quienes todos acudíamos en nuestros momentos difíciles! ¿Piensas que sería el rector o algún profesor eminente? En realidad él no poseía diploma ni grado alguno en Teología o Misiones aunque mostraba una habilidad prodigiosa para hablar de Cristo a quien se encontrara en su camino.

Aquel ministro que mucho nos ayudó era Jesús Díaz, el conserje del edificio, quien pastoreaba y bendecía a los estudiantes de una manera como nadie más lo hacía en el plantel. ¿Te sorprende? Si necesitábamos un consejo o una oración, era a él a quien primero acudíamos los estudiantes. Orar con él era una experiencia espiritual inolvidable y sus consejos —certeros y fieles a la Palabra de Dios— nos ayudaron a todos. Se fue al cielo sin que tal vez nadie le dijera cuán importante, decisivo e impactante fue su ministerio de oración y aconsejamiento en los estudiantes de aquella época. No obstante, creo que él lo sabía y era muy feliz con ello aunque jamás se glorió al hacerlo, porque era un hombre humilde hasta la médula. Fue un fiel ministro del Señor dotado de características excepcionales. ¡Qué bendición haberlo tenido disponible en nuestro tiempo de seminario!

Para la unidad de la iglesia y el progreso del evangelio de Cristo es necesario reconocer como exitosos ministros a quienes sirven con tanta sencillez que nos motivan a ser mejores con su sola presencia, sin reclamar títulos ni reconocimiento alguno. ¡Necesitamos muchos ministros como Jesús Díaz! En la eternidad nos sorprenderemos cuando sepamos de la grandeza del ministerio de algunos hermanos y hermanas a quienes nunca valoramos como ellos merecían. ¿Conoces a alguien así? El cuerpo de Cristo no puede crecer bien concertado y unido entre sí por todas las coyunturas que se ayudan mutuamente, según la actividad propia de cada miembro (4:16) sin que reconozcamos a esos ministros sencillos —¡y tan enormes a la vez!—, que nos sirven y bendicen con absoluta humildad y dedicación.

La Reforma Protestante pretendió hacerlo y enfatizó la doctrina del sacerdocio de todos los creyentes, pero en la práctica el ministerio siguió en manos de una élite que dirigía, enseñaba y tomaba decisiones considerándose por encima del pueblo común. En el Siglo XXI seguimos haciendo lo mismo. ¿Será por ello que tenemos tantos problemas y divisiones, desencuentros, confusiones e incongruencias dentro de la iglesia del Señor en estos tiempos?

Las iglesias cristianas del Siglo XXI tienen que volver a sus orígenes. Tal parece que algunos seguidores de Cristo están impresionados por el espíritu farandulero del postmodernismo y pretenden seguir sus patrones, métodos, costumbres y manifestaciones. Nuestro llamado no es ser extravagantes influencers con miles de seguidores virtuales cada uno viviendo a su aire. ¿Sería Jesús uno de ellos si viviera en esta época? Creo firmemente que él rechazaría los valores y las excentricidades actuales y se dedicaría de lleno a la labor redentora. Con ello no pretendo decir que desconozcamos el valor de las redes sociales para propagar también el evangelio, sino que las usemos sabiamente, sin dejarnos impregnar de la vanalidad y superficialidad —o la insensatez impúdica— que muchas veces las contamina.  

Como servidores de Dios que todos somos, recordemos que el impacto de nuestras vidas no depende de cuánta belleza o sensualidad exhibamos en las pantallas digitales, sino de cómo seamos en lo profundo de nuestro corazón, totalmente entregados en ser instrumentos de bendición a las personas a nuestro derredor. Es así como se determina el alcance de nuestros ministerios, se decide quienes somos y mostramos a quien servimos en realidad.

Ministros sí, pero no es necesario ser estrellas rutilantes que todo el mundo elogia y admira al estilo de la farándula. No fuimos llamados a eso. El supremo llamado de Cristo nos llama a negarnos a nosotros mismos y tomar la cruz. ¡No hay otro modo de seguirle a él! Jamás olvidemos que el mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre (1 Juan 2:17).

Un comentario en “¿Ministros o estrellas de la farándula?

  1. Estoy de acuerdo con estos comentarios que en realidad son una exhortacion a la iglesia. Veo una tendencia (a trend) que hay que estar al dia con lo moderno, las redes sociales, y tantos programas para atraer a las personas para que escuchen Palabra de vida. |Pero no nos damos cuenta que se esta atrayendo las cosas del mundo a la iglesia. Mucho espectaculo pero poco o nada de arrepentimiento, de verdadera conversion. Y muchas veces donde se predica de verdad sin tanto lujo y alboroto no vienen muchos porque no se ven las ‘estrellas, costosas decoraciones, etc. Y eso esta «cegando» a muchos. Es cierto que hay una tendencia a apreciar solamente a aquellos ministros visibles y poco o nada se comenta de los que estan detras.

    Yo me goce cuando escuchaba uno de estos programas y se menciono el nombre del sonidista apreciando su gran labor porque es cierto que si el sonido esta mal entonces el programa no saldria bien. Imaginate uno emocionado e interesado en escuchar pero que el sonido este tan mal que no entendiera casi nada. Llega el punto que tendria que dejaria de escuchar el programa. Por eso, ahora, yo tambien aprovecho para agradecer a cada persona que colabora para que este programa sea expuesto tan profesionalmente, maravillosamente. A cada uno de ustedes, en cada area que hace posible la trasmision de este programa escrito y hablado. Dios me los bendiga abundantemente. Que el gozo de Cristo Jesus sea en vosotros siempre.

    Gracias,
    Yamile

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