Domingo de Resurrección

Marcos, posiblemente el primer evangelio escrito, narra que un ángel anunció a las mujeres que fueron al sepulcro la resurrección de Jesús, pidiéndoles que dijeran a los discípulos y a Pedro, que Jesús les esperaba en Galilea y allí le verían. ¡Más ellas, aterrorizadas, salieron huyendo de allí y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo! Sí, leíste bien, el miedo cerró sus bocas. ¿No debieron mejor saltar de alegría y salir presurosas a contarlo a todos? Cuando al final María Magdalena comunicó la fabulosa noticia a los discípulos que encontró tristes y llorando, ¡ellos, sencillamente no le creyeron!

Mateo, a su vez, asegura algo diferente. Según él, en el sepulcro el ángel le dijo a las mujeres que no temieran y les enseñó el lugar vacío donde estuvo el cadáver, pidiéndoles que fueran pronto a decirle a los discípulos que Jesús había resucitado e iba delante de ellos a Galilea, donde podrían verlo. Según Mateo, ellas salieron del sepulcro con temor y gran gozo, y corrieron a dar las buenas nuevas a los discípulos. En el camino Jesús se les aparece y ellas se le acercaron, abrazaron sus pies y le besaron, tras lo cual Jesús repitió el mismo mensaje de que en Galilea todos podrían verle.  

Lucas, a su vez, asegura que ellas, turbadas al no hallar el cuerpo de Jesús en la tumba, son tranquilizadas por dos ángeles que les preguntaron: ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? Como esas palabras les recordaron a ellas los anuncios de Jesús, fueron a buscar a los once discípulos para darles la noticia. Lo sorprendente aquí fue que a ellos sus palabras le parecieron locura y no les creyeron. Pedro, no obstante, corrió al sepulcro y al ver allí solo los lienzos que envolvieron el cuerpo del Señor regresó maravillado a su casa, lo que demuestra que antes había demostrado total incredulidad. Como hizo Tomás días después, Pedro fue al sepulcro porque necesitaba ver para creer. Lucas también narra en exclusiva la experiencia de dos discípulos que caminaban hacia Emaús, a quienes Jesús les apareció y conversó con ellos durante todo el camino sin ser reconocido. ¿Sabes por qué? ¡Sus ojos estaban velados todo el tiempo por la incredulidad! Tanto fue así, que al indagar Jesús sobre qué hablaban ellos en el camino, casi le acusaron de ser la única persona que ignoraba lo ocurrido en Jerusalén en los últimos días. ¿Imaginas qué clase de error tan torpe y cruel cometieron?

Juan —probablemente el último de los cuatro evangelios que se escribió—, ofrece una versión que en cierto modo armoniza todas las anteriores. Cuando María Magdalena vio el sepulcro vacío, pensando que habían robado su cuerpo, corrió y lo comunicó a Pedro y a Juan, quienes a su vez corrieron hasta allí. Al ver los lienzos vacíos recordaron que Jesús había dicho que era necesario que él resucitase y volvieron a los otros discípulos a comunicárselo. Mientras tanto, María regresó llorando de nuevo al sepulcro, entró y vio a dos ángeles que le preguntaron por qué lloraba y también a Jesús, quien al hacerle la misma pregunta, ella creyó que era el cuidador del lugar y le respondió que quería recuperar el cadáver del Señor para llevarlo de nuevo al sepulcro. Tal encuentro fue determinante, porque María al escucharle, terminó reconociéndole emocionada y recibió el encargo de confirmar la sublime noticia a los demás.

¿Acaso las particularidades de tales relatos revelan inexactitud y errores en los evangelios? De ningún modo. Solo demuestran el profundo e inexplicble estremecimiento que todos experimentaron porque —tristemente—, ninguno esperaba que Jesús resucitaría. Por ello cada cual manifestó su propia percepción provocada por la extraordinaria sorpresa y también, por un muy posible sentimiento de culpa debido a no creer ni recordar los varios anuncios que Jesús les hizo sobre su resurrección al tercer día tras su muerte. ¿No has notado cómo cuando varias personas son sorprendidas y aterradas por un evento totalmente inesperado, cada cual suele manifestar diferentes apreciaciones? Mucho más cuando al permanecer tristemente incrédulos, escondidos y temerosos por miedo a los judíos, fueron sorprendidos por una noticia que para ellos resultaba demasiado buena como para ser cierta.

De alguna manera tras más de dos mil años, nosotros en cierto aspecto solemos repetir la historia. Creer en la resurrección de Cristo nos reta a rechazar para siempre el temor y la desesperanza, porque nos deja sin aquellos argumentos que nos permitirían temer y quejarnos ante los acontecimientos que nos resultan difíciles de aceptar. ¿Será que sentimos cierto turbio y oscuro, pero agradable placer al lamentarnos cuando sufrimos? En el fondo no es que seamos del todo incrédulos, pero el poder que levantó a Cristo de la tumba nos estremece tanto que a veces nos paraliza. No juzguemos a los discípulos por su incredulidad, pues muchas veces actuamos como ellos mismos ante los sufrimientos que nos alcanzan, olvidando que para Dios nada es imposible. Gocémonos, pues, siguiendo al Cristo resucitado del mismo modo que disfrutamos sencilla y naturalmente la gloriosa salida del sol que tanto nos alienta y bendice cada mañana. Tratemos siempre de mantener la paz en medio de las tormentas pasajeras de la vida, pues la resurrección de Cristo nos garantiza la certeza de nuestra esperanza y felicidad eternas.

De modo que aunque hoy todo parezca irte de mal en peor, decide abandonar las quejas, los temores, los lamentos y cámbialos por la fe, las palabras de aliento y la esperanza eterna: ¡Por la admirable y sublime gracia de Dios, tú y yo creemos en un Cristo resucitado!

 Qué toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es por su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro 1:3 NTV)

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