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¿Es aburrida la santidad?

Cuando se habla de santidad muchas personas se asustan. Si bien Dios quiere que sus hijos vivan apartados de la corrupción y el ambiente falso y frívolo que caracteriza al mundo contemporáneo, ello no quiere decir que debamos abstenernos de todo disfrute o bienestar. La santidad no es un castigo ni un impedimento para disfrutar la vida. ¡Todo lo contrario! Más bien es un tesoro que nos libera de cargas, costumbres y decisiones que sí pueden desgraciarnos…  

El programa Mensajes de Fe y Esperanza se transmite de lunes a viernes a las 7:55 por los 800 AM (Onda Media)

El Poder Transformador del Amor y la Palabra de Dios


En un mundo donde el egoísmo y la corrupción parecen dominar los titulares diarios, existe una fuerza transformadora capaz de cambiar radicalmente los corazones más endurecidos. La Palabra de Dios tiene ese poder extraordinario: puede convertir vidas egoístas y corruptas en corazones rebosantes de amor sincero y genuino.

Hoy quiero compartir con ustedes una reflexión basada en 1 Pedro 1:22-25, un pasaje que nos recuerda el poder transformador del amor que nace a través de la Palabra de Dios.

Un Amor que Transforma

El apóstol Pedro comienza este pasaje con una exhortación poderosa: habiendo purificado nuestras almas mediante la obediencia a la verdad, debemos amarnos unos a otros fervientemente, con un corazón puro. Este amor fraternal no es un sentimiento superficial o una obligación religiosa; es una señal inequívoca de la transformación que ha ocurrido en nosotros por medio del evangelio.

Ya no estamos llamados a vivir según los patrones egoístas del mundo. Como personas nacidas de nuevo, tenemos el privilegio y la responsabilidad de reflejar el amor de Dios en nuestras relaciones cotidianas. Este amor del que habla Pedro no es superficial ni pasajero; es profundo, sincero y constante. Es un amor que busca activamente el bienestar del otro antes que el propio, un amor que trasciende nuestros intereses personales.

El Origen del Amor Verdadero

Es importante reconocer que el amor que Pedro nos exhorta a practicar no es posible mediante nuestras propias fuerzas humanas. Por más que lo intentemos, nuestra capacidad natural de amar tiene límites y condiciones. Este amor fraternal genuino nace de la obra transformadora del Espíritu Santo en nuestras vidas.

Al obedecer la verdad del evangelio, nuestras almas son purificadas de manera profunda y permanente. Somos capacitados sobrenaturalmente para amar de manera genuina, sin hipocresía ni fingimiento. Este amor es una prueba tangible, visible y práctica de que hemos sido renovados por la Palabra viva y eterna de Dios, una Palabra que no se marchita ni se desvanece con el paso del tiempo.

Nacidos de Semilla Incorruptible

Pedro nos recuerda una verdad fundamental: hemos nacido de nuevo no de una simiente corruptible, sino incorruptible, mediante la Palabra de Dios, la cual vive y permanece para siempre. Esta es una promesa extraordinaria en medio de un mundo caracterizado por la temporalidad.

Vivimos en una época donde todo parece temporal y pasajero. Las relaciones se disuelven, las carreras cambian, la tecnología queda obsoleta en meses, y hasta las certezas que alguna vez tuvimos son cuestionadas constantemente. Sin embargo, en medio de esta realidad fugaz, la Palabra de Dios permanece eterna e inmutable.

Las cosas de este mundo, por más valiosas, brillantes o atractivas que parezcan, son como la hierba y las flores del campo: se marchitan y caen. Su belleza es real pero efímera. Pero la Palabra de Dios es diferente; es eterna y nos da una esperanza sólida que no se desvanecerá jamás.

Consuelo en Medio de la Incertidumbre

Queridos hermanos y hermanas, en medio de las incertidumbres de la vida que todos enfrentamos, podemos encontrar consuelo genuino y fortaleza renovada en la certeza de que hemos sido renovados por la Palabra viva de Dios. Esta Palabra, que permanece para siempre, es la base inquebrantable de nuestra esperanza y el fundamento sólido de nuestro amor hacia los demás.

No importa cuán cambiantes, confusas o desafiantes sean las circunstancias a nuestro alrededor, podemos confiar plenamente en la promesa de que el amor de Dios y su Palabra perduran eternamente. Cuando todo lo demás falla, cuando nuestras seguridades humanas se desmoronan, la Palabra de Dios permanece firme como roca.

Un Llamado a Vivir en Amor

Mientras enfrentamos los desafíos diarios de la vida moderna, recordemos vivir en el amor fraternal auténtico, un amor que refleja la verdad de nuestra nueva vida en Cristo. Este no es un llamado a la perfección instantánea, sino a una transformación continua que se manifiesta en relaciones genuinas, en servicio desinteresado y en compasión sincera hacia quienes nos rodean.

Que la Palabra eterna de Dios nos guíe en nuestras decisiones, nos aliente en nuestros momentos de desánimo, y nos sostenga firmemente hoy y siempre. Recordemos que hemos sido transformados no por esfuerzo humano, sino por el poder incorruptible de la Palabra de Dios, y que ese mismo poder nos capacita para amar como Cristo nos amó primero.


«Porque toda carne es como hierba, y toda la gloria del hombre como flor de la hierba. La hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre.» – 1 Pedro 1:24-25

Viviendo en Reverencia y Esperanza

La reverencia es un concepto que, lamentablemente, ha ido perdiendo terreno en nuestras comunidades de fe. En medio de la rutina diaria y las preocupaciones cotidianas, a menudo olvidamos detenernos para recordar la magnitud de lo que Dios ha hecho por nosotros. Recordar el precio invaluable de nuestra redención y la esperanza inquebrantable que tenemos en Cristo nos invita a vivir nuestras vidas con una profunda reverencia hacia Dios.

Vivir en Temor Reverente

En 1Pedro 1:17-21, el apóstol Pedro comienza exhortándonos a vivir en temor reverente durante nuestro tiempo como peregrinos en esta tierra. Es importante entender que este «temor» no se trata de un miedo paralizante que nos aleja de Dios, sino de una profunda reverencia y respeto por quien Él es: nuestro Padre celestial.

Al dirigirnos a Dios como nuestro Padre, reconocemos dos realidades simultáneas: su amor incondicional y su cuidado constante por nosotros, pero también su santidad perfecta y su justicia inquebrantable. Vivir en temor reverente significa ser conscientes de que nuestras vidas están constantemente delante de Dios, y que cada una de nuestras acciones debe reflejar nuestra fe y compromiso con Él.

Esta consciencia no debe agobiarnos, sino más bien motivarnos a vivir con integridad y propósito, sabiendo que servimos a un Dios que nos ama profundamente pero que también es santo y justo.

El Precio de Nuestra Redención

Pedro nos recuerda una verdad asombrosa: fuimos redimidos, pero no con cosas perecederas como el oro o la plata, sino con algo infinitamente más valioso: la sangre preciosa de Cristo, descrito como «un cordero sin mancha y sin contaminación» (1 Pedro 1:19).

Este recordatorio nos invita a reflexionar sobre el increíble sacrificio que Jesús realizó en nuestro favor. No fuimos comprados con bienes materiales, por valiosos que estos puedan parecer. Fuimos rescatados con la vida misma del Hijo de Dios. Piensa en esto por un momento: el Creador del universo entregó su vida para comprarte, para rescatarte de la esclavitud del pecado y de la vacuidad de una vida sin propósito.

Este sacrificio supremo no solo nos redime del pecado y sus consecuencias, sino que también nos llama a vivir vidas que honren a aquel que nos salvó. Cuando verdaderamente comprendemos el costo de nuestra redención, cuando dejamos que esta verdad penetre en lo más profundo de nuestro ser, nos sentimos motivados a vivir en obediencia y gratitud. Ya no vivimos para nosotros mismos, sino para aquel que murió y resucitó por nosotros.

El Plan Eterno de Dios

Pedro también subraya una verdad que nos llena de asombro: Cristo fue elegido antes de la fundación del mundo, pero fue manifestado en estos últimos tiempos por amor a nosotros. Esta revelación nos asegura que nuestro Salvador no es un plan de emergencia, no es una solución improvisada ante el fracaso humano. Jesús es el centro del plan eterno de Dios.

Desde antes de que el tiempo comenzara, desde antes de que las estrellas fueran colocadas en el firmamento, Dios ya había determinado que Cristo sería nuestro redentor. Todo fue dispuesto por el amor infinito de Dios, y Jesús es la culminación perfecta de ese amor divino.

Al confiar en Cristo, también confiamos en el Dios que lo resucitó de entre los muertos y le dio gloria. Nuestra fe y esperanza no están puestas en un simple hombre o en una filosofía humana, sino en el Dios todopoderoso que tiene el poder sobre la vida y la muerte, que venció la tumba y nos asegura que también nosotros viviremos eternamente con Él.

Una Vida de Propósito y Esperanza

Queridos hermanos y hermanas, este pasaje nos llena de aliento porque nos recuerda la grandeza incomparable de nuestra redención y el amor eterno que Dios tiene por cada uno de nosotros. En medio de cualquier circunstancia que estemos enfrentando —ya sea dificultad, incertidumbre o dolor— podemos vivir con reverencia, sabiendo que fuimos comprados a un precio altísimo.

Podemos vivir con esperanza, sabiendo que nuestra fe está firmemente anclada en el Dios que ha vencido la muerte misma. No somos huérfanos en este mundo, no estamos a la deriva en el océano de la vida. Tenemos un ancla segura, una esperanza que no decepciona, un futuro garantizado por el poder y la fidelidad de Dios.

Un Momento de Reflexión Personal

Te invito a que te detengas por un momento y reflexiones sobre estas preguntas:

  • ¿Estás viviendo con una verdadera reverencia hacia Dios? ¿Tus decisiones diarias reflejan que eres consciente de vivir en Su presencia?
  • ¿Has considerado recientemente el precio que fue pagado por tu redención? ¿Cómo cambia tu perspectiva cuando recuerdas que fuiste comprado con la sangre preciosa de Cristo?
  • ¿Dónde está puesta tu esperanza? ¿Está anclada firmemente en el Dios eterno que venció la muerte, o se tambalea con las circunstancias cambiantes de la vida?

No importa dónde te encuentres hoy en tu caminar espiritual. Tal vez has estado alejado, o quizás sientes que has perdido esa reverencia inicial. La buena noticia es que nunca es tarde para volver a anclar tu vida en estas verdades eternas. El mismo Dios que diseñó el plan de redención desde antes de la fundación del mundo te está esperando con brazos abiertos.

Si este mensaje ha tocado tu corazón, te animo a que tomes un tiempo hoy para hablar con Dios. Agradécele por el sacrificio de Cristo, pídele que renueve en ti un corazón reverente, y confía en que Él está obrando en tu vida para cumplir Sus propósitos eternos.


¿Te ha bendecido este mensaje? Me encantaría conocer tus reflexiones. Déjame un comentario compartiendo cómo estas verdades están impactando tu vida hoy.

Llamados a la Santidad: Una Vida Diferente es Posible

¿Alguna vez te has preguntado qué significa realmente vivir como cristiano en un mundo que parece ir en dirección opuesta a los valores de Dios? Hoy quiero hablarte sobre algo que define nuestra identidad en Cristo: el llamado a la santidad.

La Santidad: Más que una Palabra Religiosa

Cuando escuchamos la palabra «santidad», muchos pensamos en algo lejano, casi imposible de alcanzar. Pero la verdad es que la santidad es simplemente la manera en que Dios nos invita a vivir lejos del pecado, cerca de Él, experimentando la vida plena que siempre quiso para nosotros.

La santidad no ocurre por casualidad. Necesitamos tomar medidas, prepararnos y, sobre todo, decidir cada día seguir el camino de Cristo. En 1 Pedro 1:13-16, el apóstol Pedro nos da instrucciones claras sobre cómo vivir esta vida transformada, especialmente cuando los tiempos se ponen difíciles.

Prepara Tu Mente para lo que Viene

Pedro comienza con una exhortación poderosa: prepara tu mente para la acción y sé sobrio. ¿Qué significa esto en nuestra vida diaria?

Significa estar alerta, consciente de las batallas espirituales que enfrentamos cada día. Significa no permitir que las redes sociales, las preocupaciones financieras, los conflictos personales o cualquier otra distracción del mundo dominen nuestros pensamientos y emociones.

En lugar de dejarnos arrastrar por las circunstancias, Pedro nos llama a enfocar nuestra mente y corazón en algo mucho más grande: la gracia que recibiremos cuando Jesucristo se manifieste. Esta esperanza no es un escape de la realidad, sino un ancla que nos sostiene en medio de cualquier tormenta.

No Vuelvas a lo que Eras

Uno de los mensajes más liberadores del evangelio es este: no tienes que ser la persona que eras antes.

Pedro nos insta a no conformarnos a los deseos que teníamos cuando vivíamos en ignorancia. Antes de conocer a Cristo, muchos de nosotros seguíamos caminos que parecían correctos pero que nos alejaban de la vida abundante. Quizás buscábamos satisfacción en lugares equivocados, en relaciones tóxicas, en adicciones o en una búsqueda interminable de éxito material.

Pero todo cambió cuando Cristo entró en nuestra vida. Ahora hemos sido llamados a vivir como hijos obedientes de Dios, y esto no es una carga pesada sino un increíble privilegio. Es una invitación a vivir de acuerdo con nuestra nueva identidad, una identidad marcada por la libertad verdadera y la verdad que realmente libera.

«Sed Santos, Porque Yo Soy Santo»

Esta es la parte central del mensaje de Pedro, y probablemente la más desafiante: «Sed santos, porque yo soy santo» (1 Pedro 1:16).

¿Te suena imposible? No lo es. La santidad no es perfección, es dirección. No es nunca cometer errores, es levantarse cada vez que caemos. No es alcanzar un estándar inalcanzable, es perseguir una meta cada día con la ayuda del Espíritu Santo.

Ser santo significa:

  • Estar apartado para Dios y sus propósitos
  • Vivir de manera que refleje el carácter de Cristo
  • Tomar decisiones basadas en los valores del Reino, no del mundo
  • Permitir que Dios transforme cada área de nuestra vida

Tu Luz en un Mundo Oscuro

Vivimos en tiempos complicados. La corrupción, la mentira, la injusticia y el egoísmo parecen estar por todas partes. Las presiones para conformarnos a los estándares del mundo son constantes: «Todos lo hacen», «Nadie se va a dar cuenta», «Solo esta vez», «Tienes que pensar en ti primero».

Pero precisamente aquí es donde nuestra santidad marca la diferencia. Cuando elegimos vivir de manera diferente, cuando nuestras acciones reflejan los valores de Cristo, nos convertimos en una luz que brilla en la oscuridad. No se trata de ser perfectos o religiosos, se trata de ser auténticos testimonios del poder transformador del evangelio.

Imagina el impacto que puedes tener en tu familia, tu trabajo, tu comunidad, cuando vives con integridad, amor, perdón y generosidad en un mundo que tanto lo necesita.

Confía en el Proceso

Queridos hermanos y hermanas, sin importar qué desafíos estés enfrentando hoy, quiero recordarte algo importante: Dios te está transformando a su imagen, día a día.

Este proceso no es instantáneo. Habrá días buenos y días difíciles. Habrá victorias que celebrar y caídas de las cuales levantarte. Pero en cada momento, podemos confiar en que Dios está obrando en nosotros.

No importa cuán complicada sea tu situación actual: problemas financieros, conflictos familiares, luchas personales, dudas o temores. En Cristo, tienes todo lo que necesitas para vivir en santidad. Su gracia es suficiente. Su poder se perfecciona en nuestra debilidad.

Tu Decisión de Hoy

La santidad no es una opción entre muchas; es el llamado fundamental para todo seguidor de Cristo. Es la manera en que honramos a Dios, crecemos espiritualmente y nos convertimos en las personas que Él siempre soñó que fuéramos.

Permíteme hacerte algunas preguntas para reflexionar:

  • ¿Estás preparando tu mente para la acción o te dejas arrastrar por las distracciones?
  • ¿Hay áreas de tu vida que necesitas rendir a Dios?
  • ¿Estás viviendo de acuerdo con tu nueva identidad en Cristo o volviendo a los patrones del pasado?
  • ¿Tu vida refleja la santidad de Dios o te has conformado a los estándares del mundo?

La buena noticia es que no estás solo en este camino. El mismo Espíritu Santo que te llama a la santidad también te capacita para vivirla. Con Él, la vida abundante y transformada que Dios promete no solo es posible, es tu destino.


Mantengamos nuestra mente enfocada en la gracia que nos espera y vivamos con la seguridad de que, en Cristo, somos llamados a brillar con su luz en medio de este mundo. Si lo deseas, puedes comentar cómo Dios te ha estado ayudando a caminar en santidad últimamente. Tu testimonio puede alentar a otros a caminar con Jesús en santidad.

El Misterio Revelado: Nuestra Esperanza en Cristo

La salvación es algo maravilloso. A veces no llegamos a comprender cuán grande regalo nos ha dado Dios. Lograrla fue un plan perfectamente orquestado por nuestro Padre celestial, anunciado durante siglos antes de la venida de Jesús. Cada profecía, cada símbolo, cada ritual del Antiguo Testamento apuntaba hacia este momento glorioso en la historia de la humanidad.

Hoy quiero compartir contigo una reflexión sobre 1 Pedro 1:10-12, un pasaje que nos revela la magnitud de la salvación que hemos recibido y el misterio glorioso que ha sido revelado a nosotros en Cristo. Este texto nos invita a contemplar algo extraordinario: estamos viviendo en el cumplimiento de promesas que generaciones enteras anhelaron ver.

Los Profetas Investigaron Diligentemente

Pedro nos habla de cómo los profetas del Antiguo Testamento, aquellos que anunciaron la gracia que recibiríamos, investigaron diligentemente para entender los tiempos y las circunstancias del Mesías. Imagina a estos hombres de Dios, escudriñando las visiones que habían recibido, tratando de comprender el alcance completo de lo que el Espíritu Santo les estaba revelando.

Estos profetas sabían que algo maravilloso estaba por venir, pero no lo entendieron completamente. A través de sus visiones y revelaciones, vislumbraron la gloria futura, pero no pudieron ver la obra completa que Dios estaba realizando. Isaías habló del Siervo Sufriente, Daniel vio reinos que se levantarían y caerían, Jeremías profetizó un nuevo pacto. Cada uno de ellos captó fragmentos de un cuadro mucho más grande.

Esto nos recuerda algo fundamental: Dios tiene un plan soberano que trasciende el tiempo y nuestras limitadas percepciones. Lo que para nosotros puede parecer confuso o incompleto en un momento dado, es parte de un diseño perfecto que Dios está desarrollando a través de la historia. Los profetas vivieron con esta tensión entre lo revelado y lo oculto, entre la promesa y su cumplimiento.

Sirviendo a las Generaciones Futuras

Lo más impresionante de este pasaje es que Pedro nos dice que aquellos profetas no estaban sirviéndose a sí mismos, sino a nosotros. Piensa en esto por un momento: estos hombres recibieron revelaciones gloriosas, profetizaron eventos trascendentales, pero sabían en su corazón que no verían el cumplimiento completo de sus propias profecías.

Todo lo que predijeron y anticiparon fue para nuestro beneficio, para que pudiéramos entender y experimentar la gracia de Dios en toda su plenitud. Ellos sembraron semillas que nosotros cosechamos. Ellos caminaron en fe, confiando en que Dios cumpliría sus promesas, aunque fuera en generaciones futuras. ¡Qué acto de servicio más hermoso y desinteresado!

¡Qué privilegio tan grande tenemos! Nosotros vivimos en el tiempo en el que estas promesas se han cumplido en Jesús. Lo que ellos vieron como sombras, nosotros lo experimentamos como realidad. Lo que ellos esperaron con anhelo, nosotros lo recibimos con gratitud. Esto debería llenarnos de profunda gratitud y asombro cada vez que leemos las Escrituras o participamos en la comunión.

Cuando Jesús dijo en Mateo 13:17, «Porque de cierto os digo, que muchos profetas y justos desearon ver lo que veis, y no lo vieron; y oír lo que oís, y no lo oyeron», estaba confirmando esta verdad. Estamos viviendo en días de cumplimiento profético extraordinario.

Hasta los Ángeles Están Asombrados

Pedro continúa diciendo que los ángeles anhelan mirar estos misterios. Esta afirmación es verdaderamente asombrosa. Los ángeles son seres celestiales que han estado en la presencia de Dios desde su creación. Han sido testigos de eventos cósmicos inimaginables. Han visto la gloria de Dios de maneras que nosotros apenas podemos concebir.

Y sin embargo, incluso ellos, con todo su conocimiento y poder, están asombrados por la obra de Dios en Cristo. Ellos ven en la salvación una revelación tan grandiosa que desean entenderla más profundamente. La palabra griega que se usa aquí sugiere la imagen de alguien que se inclina para examinar algo cuidadosamente, fascinado por lo que ve.

¿Qué es lo que cautiva tanto a los ángeles? Es el misterio de cómo Dios, en su infinita sabiduría y amor, tomó forma humana para redimir a la humanidad caída. Es el escándalo glorioso de la cruz, donde la justicia y la misericordia se encontraron. Es la gracia inmerecida que se extiende a pecadores que merecían juicio. Es ver cómo Dios transforma corazones de piedra en corazones de carne.

Si los ángeles, que han estado en la presencia de Dios desde la creación, están maravillados por el evangelio, ¡cuánto más deberíamos estarlo nosotros! Somos los beneficiarios directos de esta gracia asombrosa. No somos meros espectadores, sino participantes en el drama más grandioso de la historia.

Una Esperanza Viva Para Hoy

Este pasaje nos recuerda que la salvación que hemos recibido es algo verdaderamente extraordinario. No es simplemente un concepto teológico o una doctrina abstracta. Es una realidad viva y transformadora. Dios nos ha revelado lo que los profetas anhelaron conocer y lo que los ángeles anhelan entender.

Esta verdad debe llenar nuestros corazones de esperanza y gozo, especialmente en los momentos difíciles. Cuando enfrentamos pruebas, cuando el camino parece oscuro, cuando nuestras fuerzas se agotan, podemos recordar que somos parte de algo mucho más grande que nuestras circunstancias actuales.

No estamos solos en nuestras luchas. Estamos inmersos en el grandioso plan de Dios, un plan que ha sido revelado para nuestra salvación y para su gloria. Este plan comenzó antes de la fundación del mundo y continuará hasta que todas las cosas sean consumadas en Cristo.

Nuestra esperanza no está basada en circunstancias cambiantes o en fuerzas humanas. Está anclada en la obra completada de Cristo en la cruz y confirmada por su resurrección. Es una esperanza viva porque está conectada al Cristo viviente que intercede por nosotros a la diestra del Padre.

Conclusión

En cualquier circunstancia que estés enfrentando hoy, recuerda la grandeza del misterio revelado en Cristo. Él es nuestra esperanza viva, y en Él tenemos la promesa de la vida eterna. Lo que los profetas buscaron entender, lo que los ángeles contemplan con asombro, es tuyo en Cristo.

Vive cada día con la conciencia de este privilegio extraordinario. Deja que esta verdad transforme tu perspectiva, fortalezca tu fe y renueve tu esperanza. Porque tú, amigo lector, eres parte del plan más glorioso que jamás se haya concebido.


¿Qué parte de este misterio te asombra más? ¿Cómo cambia tu perspectiva saber que incluso los ángeles están fascinados por la gracia que has recibido? Comparte tus reflexiones en los comentarios.

Gozo en Medio de las Pruebas


6En lo cual vosotros os alegráis, aunque ahora por un poco de tiempo, si es necesario, tengáis que ser afligidos en diversas pruebas, 7para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, 8a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; 9obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas. 

 Reina Valera Revisada (1960) (Miami: Sociedades Bı́blicas Unidas, 1998), 1 Pedro 1:6–9.

Hay algo extraordinario en la vida cristiana que desafía toda lógica humana: la capacidad de experimentar gozo genuino en medio del sufrimiento. No se trata de una felicidad superficial o de negar la realidad del dolor, sino de algo mucho más profundo y transformador.

El apóstol Pedro, escribiendo en 1 Pedro 1:6-9, nos habla de un «gozo inefable» que los creyentes pueden experimentar incluso cuando atraviesan las pruebas más difíciles. A primera vista, esto parece contradictorio. ¿Cómo es posible alegrarse mientras se sufre?

La respuesta está en el evangelio mismo. La buena noticia de que Jesús ha vencido al mundo cambia completamente nuestra perspectiva.

No ignoramos el sufrimiento ni pretendemos que no existe, pero lo vemos a través de una lente diferente. El evangelio transforma no solo nuestra realidad externa, sino la manera en que interpretamos y respondemos a ella.

Cristo mismo sufrió. Cuando decidimos seguirlo, cuando nos unimos a Él, aceptamos también su estilo de vida. Esto significa que el sufrimiento no es una anomalía en la vida cristiana; es parte del paquete completo de lo que significa ser discípulo de Jesús.

Pedro nos recuerda que debemos estar preparados para ser afligidos en esta vida.

No se trata de buscar el sufrimiento o romantizarlo, sino de reconocer que vivir según los valores del Reino de Dios en un mundo caído inevitablemente traerá oposición y dificultades. Sin embargo, aquí viene la gran diferencia: nuestro sufrimiento por causa del evangelio no es en vano.

Las pruebas que enfrentamos tienen un propósito divino que va más allá de lo que podemos percibir en el momento. Pedro usa una metáfora poderosa: nuestras dificultades son como el fuego que purifica el oro. El oro debe pasar por el fuego para eliminar todas las impurezas y escorias, dejando solo el metal precioso.

De la misma manera, nuestras pruebas nos purifican. Eliminan lo superfluo, lo que no pertenece, lo que nos estorba en nuestro caminar con Dios. Este proceso es doloroso, no voy a negarlo. Nadie disfruta estar en el fuego. Pero al final, salimos más valiosos, más refinados, más parecidos a Cristo.

Estas pruebas nos preparan para la manifestación de Jesucristo, haciéndonos dignos de alabanza, gloria y honra cuando Él venga. Es una promesa maravillosa: nuestras vidas están siendo moldeadas por el Maestro mismo, con un propósito eterno en mente.

Otro motivo profundo de gozo es la certeza de que Cristo volverá. Aunque no lo hemos visto con nuestros ojos físicos, lo amamos profundamente. Aunque no lo hemos tocado con nuestras manos, creemos en Él con todo nuestro corazón.

Este amor y esta fe no son ciegos ni irracionales. Están fundamentados en la revelación de Dios a través de su Palabra y confirmados por el testimonio del Espíritu Santo en nuestros corazones. Y este amor produce un gozo que trasciende cualquier comprensión humana.

Nos recuerda constantemente que nuestro Salvador está vivo, que vendrá por nosotros, y que en Él tenemos una esperanza segura e inquebrantable. Esta esperanza no es un deseo optimista, sino una certeza anclada en las promesas de Dios.

Pero si tuviera que identificar el mayor motivo de nuestro gozo, sería este: la salvación que hemos recibido. Pedro lo expresa bellamente cuando dice que estamos alcanzando el fin de nuestra fe, que es la salvación de nuestras almas.

Esta verdad nos sostiene cuando todo lo demás falla. Nos da fuerza cuando nos sentimos débiles. Nos llena de alegría incluso cuando las lágrimas corren por nuestro rostro.

La salvación no es solo un evento futuro que esperamos; es una realidad presente que ya poseemos y que se manifestará en toda su plenitud cuando Cristo regrese.

El camino de la vida eterna puede ser difícil, empinado, lleno de obstáculos. Pero su destino es glorioso más allá de toda imaginación.

Queridos hermanos y hermanas, en medio de cualquier desafío que estés enfrentando hoy, quiero recordarte que puedes tener gozo en Cristo. Tus pruebas no son en vano. Tienen un propósito eterno: prepararte para la venida de Cristo y transformarte a su imagen.

No dejes que tus aflicciones presentes apaguen el gozo que produce tener a Cristo en tu vida. Él es más grande que cualquier problema, más fuerte que cualquier enemigo, más fiel que cualquier amigo humano.

Gózate en medio de las pruebas. No porque sean placenteras, sino porque sabes quién camina contigo en ellas y hacia dónde te está llevando.

Una Esperanza Viva en Cristo

Hermanos y hermanas, les escribo hoy compartiendo una reflexión que espero toque sus corazones.

Existe un refrán que dice: «la esperanza es lo último que se pierde». Pero quiero compartir una verdad más profunda: cuando todo parece perdido, la esperanza verdadera nace. Y esta esperanza solo es posible por la obra redentora de Cristo en la cruz.

El Fundamento de Nuestra Esperanza

Quiero invitarles a reflexionar sobre las palabras del apóstol Pedro en 1 Pedro 1:3-5. En este pasaje, Pedro nos abre el corazón y nos invita a contemplar la herencia increíble que hemos recibido en Cristo y la esperanza viva que sostiene nuestros días.

Pedro comienza: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo». ¿Por qué bendice a Dios? Porque en su gran misericordia, nos ha regalado algo que ninguna circunstancia puede quitarnos: una nueva vida a través de la resurrección de Jesucristo.

Esta nueva vida no es un parche temporal. Es un renacimiento completo que nos lleva a una esperanza viva y verdadera. Lo hermoso es que esta esperanza no depende de las circunstancias que cambian cada día. No está sujeta al desempleo, la enfermedad, las decepciones o las pérdidas. Nuestra esperanza está anclada en la victoria eterna de Cristo sobre la muerte.

Cuando enfrentes dificultades—y todos las enfrentaremos—recuerda este fundamento: tu esperanza está enraizada en la resurrección de Jesús. Esta es la garantía de tu futuro glorioso.

Una Herencia que Nunca Perderemos

Pedro continúa describiendo nuestra herencia como «incorruptible, incontaminada e inmarcesible», reservada en los cielos para nosotros.

En este mundo, todo tiene límite. Las riquezas se esfuman, los bienes se deterioran, lo que hoy parece eterno mañana desaparece. Pero nuestra herencia en Cristo es diferente. Es eterna. Es segura. Es inalterable.

En un mundo donde todo parece incierto, esta promesa nos ofrece una base firme. No importa lo que pierdas en esta tierra. No importa cuáles sean tus circunstancias presentes. Tu herencia en Cristo está garantizada. Nada ni nadie puede mancharla.

Cuando la vida se vuelve turbulenta, cuando te sientas abrumado, puedes levantar tus ojos y recordar: tengo una herencia que me espera en los cielos.

Guardados por el Poder de Dios

Pero hay más. Pedro nos asegura que «estamos siendo guardados por el poder de Dios mediante la fe» hasta que recibamos la salvación.

Esto no es una promesa lejana. Es una promesa presente. Ahora mismo, el poder infinito de Dios está obrando en tu vida. No solo se nos ha dado una herencia eterna, sino que somos guardados, protegidos, sostenidos por el Dios todopoderoso.

¡Qué consuelo profundo saber que no estamos solos! Mientras caminamos en fe, Dios está aquí protegiéndote en la incertidumbre, sosteniéndote en la debilidad, guiándote hacia su propósito eterno.

En los momentos en que la duda nos acecha y el temor intenta dominarnos, podemos confiar: estoy siendo guardado por el poder de Dios.

La Importancia de Confiar en Cristo

Hermanos, la esperanza viva que Pedro describe no es accidente del destino. Es la obra intencional, amorosa y redentora de Dios a través de Cristo.

Solo Dios puede traer verdadera esperanza al corazón afligido. Pero debemos abrirle la puerta. Debemos abrazar el sacrificio de Cristo por la fe. La fe no es ciega; es el acto deliberado de confiar en quien ha demostrado ser digno de confianza: Jesús, quien murió y resucitó por nosotros.

Cuando confías en Cristo, no evades la realidad de tus circunstancias. Reconoces simplemente que hay alguien más grande, más poderoso y más sabio. Depositas tu confianza en sus manos. Dices: «No entiendo por qué estoy pasando por esto, pero confío en que Dios tiene un propósito y me sostendrá».

Esta confianza es liberadora. Es la paz que Cristo promete—no la paz del mundo, sino la paz que guarda nuestros corazones en Él.

Una Invitación a la Esperanza

Queridos hermanos y hermanas, sin importar el desafío que hoy enfrentes, recuerda esta verdad fundamental: tienes una esperanza viva en Cristo. No es débil ni frágil. Es viva. Es robusta. Es eterna.

Esta esperanza descansa en el Cristo vivo—no en un ideal o filosofía, sino en una persona que está viva, que reina, que cuida de ti.

En cualquier circunstancia, recuerda: estás siendo guardado por el poder de Dios. Tu herencia celestial está segura. El Cristo resucitado está a tu lado, ahora, en este mismo momento.

Por eso, hoy te invito a confiar. A permitir que esta esperanza viva transforme tu corazón y guíe tus pasos. Pero si aún no has entregado tu corazón a Jesús, hoy puede ser el día en que dejes de aferrarte a tus soluciones humanas para dejar

Que Dios te bendiga abundantemente.

Con amor pastoral, Moises Pérez

Elegidos y Santificados por la Gracia de Dios




Elegidos y Santificados por la Gracia de Dios

Programa Fe y Esperanza 2024-11 | Desde La Habana, Cuba

Un saludo cordial a todos nuestros lectores. Hoy quiero compartir con ustedes un mensaje que toca el corazón de nuestra identidad como creyentes, especialmente para aquellos que atraviesan momentos difíciles o se sienten desplazados en este mundo.
Basado en 1 Pedro 1:1-2

Es difícil sentirse bien cuando alguien ha sido expulsado de su país. Tener que vivir en un lugar diferente en contra de su voluntad puede ser una experiencia desagradable y profundamente desafiante. La nostalgia, la incertidumbre y la sensación de no pertenecer pueden pesar enormemente sobre el alma. Sin embargo, la Palabra de Dios tiene el poder de alentar nuestros corazones incluso en las circunstancias más adversas.

La Biblia está llena de palabras que nos recuerdan quiénes somos verdaderamente cuando para los demás parecemos ser simplemente extraños o forasteros. En 1 Pedro 1:1-2, el apóstol Pedro escribe a creyentes que también se sentían desplazados y dispersos, recordándoles su verdadera identidad en Cristo y la obra maravillosa que Dios ha realizado en sus vidas.

Somos Elegidos por Dios

Pedro comienza su carta dirigiéndose a «los elegidos que son extranjeros dispersos» (1 Pedro 1:1). Estas palabras, escritas hace casi dos mil años, resuenan con fuerza en nuestros días. ¿No es maravilloso saber que somos elegidos por Dios? Esta verdad fundamental debe transformar nuestra perspectiva completamente.

No fuimos escogidos por nuestras obras, ni por nuestra fuerza, ni por nuestros méritos personales. Fuimos elegidos por su gracia inmerecida y por su amor infinito. Esto significa que antes de que hiciéramos cualquier cosa buena o mala, antes de que existiéramos siquiera, Dios ya nos había elegido para ser suyos.

«A veces, en medio de las pruebas más duras, podemos sentirnos perdidos, insignificantes o incluso olvidados. Pero este pasaje nos asegura que somos profundamente conocidos y eternamente amados por Dios.»

Piense en esto por un momento: el Creador del universo, quien formó las estrellas y conoce cada grano de arena en la playa, le conoce a usted íntimamente y le ha escogido personalmente. Hemos sido apartados, no para vivir en temor o incertidumbre, sino para vivir con propósito divino y esperanza inquebrantable.

Esta elección no es un concepto abstracto o teológico que tiene poca relevancia práctica. Al contrario, tiene implicaciones profundas para nuestra vida diaria. Significa que su valor no depende de su situación económica, su estatus social, su país de origen, o las circunstancias que enfrenta. Su valor está fundamentado en el hecho de que Dios mismo le ha elegido.

Santificados por el Espíritu Santo

Pedro continúa recordándonos que hemos sido «santificados por el Espíritu para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre» (1 Pedro 1:2). La santificación es mucho más que un término religioso; es una realidad transformadora en la vida de cada creyente.

La santificación es un proceso continuo, una obra diaria y constante del Espíritu Santo en nuestras vidas. No es algo que ocurre de una sola vez y luego queda terminado. Es un viaje de transformación que dura toda la vida, en el cual Dios nos moldea progresivamente a la imagen de su Hijo.

«No estamos solos en nuestro caminar cristiano; Dios está activamente obrando en nosotros, transformándonos desde adentro hacia afuera y dándonos fuerzas sobrenaturales para obedecerle.»

Este proceso puede ser difícil a veces. Puede requerir que dejemos atrás viejos hábitos, patrones de pensamiento destructivos, y relaciones que no nos edifican. Puede significar enfrentar nuestras debilidades y pecados con honestidad. Sin embargo, debemos recordar que cada paso que damos en la fe está guiado por Dios mismo, quien nos sostiene con su mano poderosa y nos purifica con amor paternal.

La santificación no es un trabajo que hacemos solos, intentando mejorar por nuestras propias fuerzas. Es una cooperación hermosa entre nuestra voluntad y la obra del Espíritu Santo. Nosotros nos rendimos, y Él transforma. Nosotros obedecemos, y Él fortalece. Nosotros confiamos, y Él perfecciona.

Rociados con Su Sangre Preciosa

El «rociamiento de su sangre» que menciona Pedro es un recordatorio poderoso del sacrificio supremo de Jesús en la cruz del Calvario. Esta expresión hace eco de las ceremonias del Antiguo Testamento, donde la sangre de los sacrificios era rociada para la purificación y el perdón de pecados.

Fue la sangre derramada de Jesús la que nos limpió de todo pecado y nos reconcilió completamente con Dios. Este no fue un sacrificio ordinario; fue el sacrificio perfecto, ofrecido una vez y para siempre, que tiene el poder de limpiar no solo nuestras acciones externas sino también nuestra conciencia más profunda.

«No importa cuán grande sea la lucha que enfrentamos o cuán profunda sea la herida que llevamos, podemos confiar plenamente en que el poder de la cruz es suficiente para sanarnos, redimirnos y darnos una vida completamente nueva.»

¡Qué esperanza tan poderosa! Esto significa que no hay pecado demasiado grande para ser perdonado, no hay mancha demasiado profunda para ser limpiada, no hay pasado demasiado oscuro para ser redimido. La sangre de Cristo cubre todo, restaura todo, y hace todas las cosas nuevas.

Cuando nos sentimos abrumados por la culpa, cuando el enemigo nos susurra que somos indignos, cuando recordamos nuestros fracasos pasados, podemos volver a esta verdad fundamental: hemos sido rociados con la sangre de Jesús. Estamos limpios. Estamos perdonados. Estamos en paz con Dios.

Gracia y Paz que Abundan

Finalmente, Pedro nos desea que la gracia y la paz abunden en nuestras vidas. Este no es un simple saludo formal o una expresión de cortesía. Es un deseo profundo y lleno de amor, un recordatorio de que la gracia de Dios nos cubre en todo momento y que su paz es un regalo divino que trasciende cualquier circunstancia externa.

La gracia de Dios no es solo para el momento de nuestra conversión; es para cada día, cada hora, cada momento de nuestra vida. Es su favor inmerecido que nos sostiene cuando nos sentimos débiles, que nos levanta cuando caemos, y que nos capacita para hacer lo que por nosotros mismos sería imposible.

La paz de Dios es diferente a cualquier paz que el mundo puede ofrecer. No depende de que nuestras circunstancias sean perfectas o de que todos nuestros problemas estén resueltos. Es una paz que permanece firme incluso en medio de la tormenta, una tranquilidad profunda del alma que viene de saber que estamos en las manos de un Dios que nos ama y que tiene el control de todas las cosas.

Cuando enfrentemos dificultades, persecuciones, desplazamientos, o cualquier tipo de adversidad, recordemos siempre que estamos bajo la gracia abundante de Dios, y que su paz perfecta nos guardará en Cristo Jesús, protegiendo nuestros corazones y nuestras mentes.

Queridos hermanos y hermanas, en medio de cualquier desafío que enfrentemos hoy, recordemos nuestra verdadera identidad en Cristo. Somos elegidos por el Padre, santificados por el Espíritu, y redimidos por la sangre del Hijo. Somos profundamente amados y estamos eternamente seguros en Él.

Programa Fe y Esperanza • La Habana, Cuba

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La sal, la luz y la fe cristiana

Cuando leemos el pasaje bíblico que llamamos Sermón de la Montaña, tras las bienaventuranzas expresadas por Jesús hay una reflexión interesantísima sobre la sal y la luz. Aunque como condimento la sal es valiosa para conservar y saborizar los alimentos además de actuar como reguladora de fluidos corporales, sabemos que usada en exceso puede ser dañina. Por lo tanto, al decir Jesús a sus seguidores vosotros sois la sal de la tierra nos recuerda también que ―aunque tengamos una misión sumamente importante que realizar—, es necesario actuar con sabiduría y cordura para ser eficaces. ¿Entiendes? De otro modo, resultaríamos desatinados e ineficientes.

Los seguidores de Cristo debemos evidenciar sinceridad y consistencia total entre la fe que predicamos y nuestra conducta personal, pues de otro modo seríamos tan ineficaces que dejaríamos de ser creíbles. Por ello Jesús aclara: si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para nada, sino para ser echada fuera y hollada por los hombres (Mateo 5:13). Los incrédulos descubren fácilmente si la fe que decimos profesar no rige como debiera nuestra propia vida, lo cual les incita a burlarse y despreciar las creencias que sustentamos. Por ello Jesús insiste en que somos como la sal que no debe desvanecerse.     

¿Y la luz? En el relato bíblico de la creación, al mandato divino: ¡Sea la luz! continuó un proceso que empoderó la raza humana sobre la tierra: Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios y les dijo: Fructificad y multiplicaos, llenad la tierra y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera… (Génesis 1: 27-28; 31).

Lamentablemente, llamados a señorear sobre todo lo creado, Adán y Eva cedieron fácilmente a la tentación satánica, violando el único límite que el Creador les impuso: abstenerse de comer de un solo árbol entre los incontables que llenaban el Edén. ¿Era, acaso, un requisito duro y difícil? Obviamente no por la cantidad de árboles y alimentos disponibles allí. Adán no solo resultó incapaz de advertir o impedir a su mujer el error de desobedecer al Creador que les dio todo, sino que cedió a la invitación de ella y comió también. Ambos, con colosal ingenuidad huyeron y se escondieron al oír la voz de Dios en el huerto. ¡Increíble! ¿De verdad creyeron no ser descubiertos y evitar así las consecuencias de sus decisiones, aunque estaban bien advertidos?

La historia posterior de la humanidad tras este proceder de la primera pareja es lamentable. Quien crea poder evadir las consecuencias de ignorar a Dios despreciando su amor, su gracia y las amorosas normas que establece para un buen vivir, ya perdió la cordura y la posibilidad de disfrutar de la mejor y más hermosa vida posible. ¿Lo dudas? Jesús, al mencionar la sal y la luz en el sermón de la montaña advierte a todos los que decimos amarle y seguirle sobre la necesidad de asumir decisiones sabias y firmes, aquellas que nos apartan de la liviandad y corrupción tan comunes en la conducta humana actual, lo cual a su vez nos permite impactar las tinieblas circundantes demostrando a quienes nos rodean cuán beneficiosa y liberadora resulta la decisión de obedecer las enseñanzas de la Palabra de Dios.

El sermón de la montaña, obviamente, contiene importantes y claras lecciones éticas y espirituales que todos necesitamos conocer y practicar, no solo para nuestro propio bien y crecimiento espiritual, sino para bendecir y ayudar a quienes aún no creen en Cristo a valorar la eficacia y el tremendo poder de la fe que sustentamos. ¿Actúas siempre y en todo lugar como corresponde a los principios cristianos? ¿Tu conducta diaria donde quiera que estés permite a otros valorar la consistencia e integridad de tu propia vida y testimonio?

La respuesta a estas dos preguntas determinará si en tu caso o en el mío —tal como enseñó Jesús—, estamos al menos “intentando” ser sal y luz de la tierra.   

El valor de las bienaventuranzas

Cuando comenzamos a leer el capítulo cinco del evangelio de Mateo, hallamos nueve declaraciones conocidas como bienaventuranzas. Referidas a condiciones dichosas que experimentan quienes son muy bendecidos, ¡es posible que muchos al leerlas las interpreten como contradicciones! ¿Dichosos los pobres en espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia? ¿Acaso no son ellos a quienes casi siempre les toca lo peor en este mundo? Si además son misericordiosos y tienen un corazón limpio y pacificador, ¿no son justamente las personas así quienes suelen ser víctimas fáciles de la violencia, la soberbia de otros o la impiedad inmisericorde?

La Biblia, al hablar de la gente impía declara: No pasan trabajo como los otros mortales, ni son azotados como los demás hombres. Por tanto, la soberbia los corona; se cubren de vestido de violencia. Los ojos se les saltan de gordura; logran con creces los antojos del corazón. Se mofan y hablan con maldad de hacer violencia; hablan con altanería; ponen su boca contra el cielo y su lengua pasea la tierra (Salmo 73:5-9). ¿Será posible declarar bienaventurados a quienes pueden llegar a ser víctimas de las casi omnipresentes injusticias humanas?

Tales aseveraciones del Sermón de la Montaña nos enseñan que la conducta de quienes dicen amar y seguir a Jesús jamás debiera mostrar altanería, impiedad o el desamor tan frecuente en el mundo. ¿A quién tú sigues en realidad, lector o lectora de estas líneas? En toda ocasión la conducta de quienes creen en Cristo debiera corresponder al carácter y proceder de nuestro Señor, porque él, siendo en forma de Dios no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz (Filipenses 2:6-8).

Entonces, ¿nos extraña el llamado bíblico a asumir una conducta humilde y piadosa, aunque padezcamos injusticias? Como la gracia y el amor divinos jamás abandonarán a los creyentes que padezcan persecución, debemos vivir piadosamente por amor a Cristo aunque ello conlleve sufrimiento. ¿Valoramos la bondad y disposición al sacrificio como la mayor muestra de amor al Señor y a los demás, aunque ello nos exija la más humilde y dolorosa entrega, tal como hizo Jesús para salvarnos?

Al estudiar el Sermón de la Montaña, es obvio que el único camino posible para poder ser bienaventurados es ser humildes, misericordiosos, pacificadores y dispuestos a mostrar a otros el amor de Cristo. Solo así nos convertiremos en las personas capaces que Dios usa para mostrar y ejemplificar a otros el camino hacia la fe.

Sesenta años atrás sufrí la experiencia más desgarradora de mi vida. Fue tan amarga, larga y cruel —duró cerca de tres años—, que casi claudicó mi fe. Sí, me apena confesar que dudé, me rebelé y aseguré que abandonaría el ministerio pastoral. No obstante, Dios usó a personas que me amaban para llamarme a capítulo y a pesar de mi profunda crisis espiritual, él obró el milagro que salvó mi futuro, tras lo cual llegaron las más grandes bendiciones, muchas de las tales fue imposible imaginar mientras estuve sumido en la desesperación.

¿Sabes lo que hoy creo? Aquella terrible injusticia se convirtió en bienaventuranza porque mi desempeño pastoral hubiese sido distinto de no haber experimentado esa crisis de fe. Las muchas bendiciones posteriores y el gozo de un largo ministerio se lograron porque toqué fondo, contemplé mi propia miseria y comprendí la maravilla e inmensidad de la gracia divina. No obstante, viviendo ya mi octava década de vida, sé que cuando llegue al cielo tendré que buscar algunas personas a quienes les fallé y pedirles perdón. ¡Y no tengo duda alguna de cuáles serán sus respuestas!

Sugiero que cuando puedas, abras tu Biblia en el capítulo cinco de Mateo y leas de nuevo calmadamente las bienaventuranzas. Ellas te aportarán una visión de la vida diferente a la que constantemente vemos a nuestro alrededor: la establecida por Dios.

¡Y te hará mucho bien conocerla… y obedecerla!

¿Discípulos de Cristo o simplemente o oyentes?

Considerado un sumario de profundas enseñanzas de Jesús, el “Sermón de la Montaña” tal como lo presenta el evangelio de Mateo es una porción del Nuevo Testamento muy importante. ¿Sabías que en Israel existe un lugar llamado “Monte de las Bienaventuranzas” que asegura ser el sitio donde tal sermón fue expresado? Situado junto al Mar de Galilea y rodeado de un hermosísimo paisaje, sus jardines y edificaciones rememoran hermosa y apelativamente las verdades expuestas por Jesús en aquella ocasión. ¡Es delicioso estar allí por la atmósfera inspiradora y vivificante que se disfruta! ¿Cómo serían nuestras vidas y su impacto en los demás si aplicáramos honesta y completamente los principios espirituales y éticos de capítulos del 5 al 7 del evangelio de Mateo?

Otro pasaje bíblico que alude a tal evento —(Lucas 6:17- 46)—, refiere la presencia de una multitud, pero igual que el relato de Mateo, enfatiza que el Señor se dirigió especialmente a sus discípulos: Entonces Jesús se volvió a sus discípulos y les dijo… (6:20). ¿Será que, tanto antes como ahora muchos se congregan dispuestos para adorar y escuchar un mensaje inspirador, pero después se permiten ciertas libertades en su conducta porque creen que obedecer todas las demandas del evangelio de Cristo resulta humanamente imposible? Hay mucha diferencia entre ser un oyente de las enseñanzas cristianas y esforzarnos por ponerlas constantemente en práctica.

Jamás olvidaré cuando presidía el departamento de jóvenes en mi iglesia (¡hace más de 60 años!) a un joven que se unió a nuestro grupo al parecer muy interesado y creciendo en su fe. No obstante, un día se me acercó muy compungido manifestándome lo que nunca esperé:

—Lo siento. Creí que podía y lo intenté… ¡pero es demasiado para mí! Me agrada la iglesia y disfruto mucho en nuestras reuniones, pero tengo costumbres que no puedo ni quiero abandonar.

Por mi inexperiencia entonces no supe que decirle, pero una decisión verdadera de seguir a Cristo siempre impondrá transformaciones radicales en la conducta de quien la tome, las cuales a su vez afirmarán la fe del nuevo creyente determinando su conducta y las decisiones que tomará ante las inevitables dificultades y situaciones que enfrente en su vida. Por ello resulta esclarecedor que terminando sus enseñanzas en el Sermón de la Montaña Jesús advierta: Cualquiera pues que oye estas palabras, y las hace, le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca (Mateo 7:24-25).

Los creyentes en Cristo necesitamos estar comprometidos con nuestra fe de tal manera que — con la ayuda y el poder del Espíritu Santo—, seamos capaces de rechazar la feroz corriente corruptora de la cultura contemporánea. Jamás debiéramos ser “fervientes adoradores” que después se permitan olvidar los reclamos éticos y espirituales que Jesús expuso claramente en el Sermón de la Montaña. Adorar no es solo reconocer la majestad de Dios y proclamar cuánto le amamos cada vez que llenos de entusiasmo participamos en un culto ferviente. ¡Adorar es vivir como Dios manda!

Por lo tanto, es imprescindible y provechoso sumergirnos en un estudio detallado del Sermón de la Montaña. Por ello me propongo en siguientes publicaciones profundizar exhaustivamente en sus enseñanzas. No será fácil, pero sí beneficioso. Dios nos ayude a ti y a mi a ser capaces de entender y poner en práctica todo lo que esa porción maravillosa de la Biblia enseña.

¡Solo así seremos verdaderos adoradores!