Nuestros errores ocultos

Aunque creamos poseer un concepto sobre nosotros mismos realista y sincero, no debe sorprendernos que quienes nos conocen íntimamente tengan otros criterios sobre nuestras actuaciones. ¿Será que necesitamos la ayuda de otros para tener un conocimiento cabal de cómo nos comportamos? Es sabio escuchar y analizar sin prejuicios los consejos que recibimos cuando otros perciben que hemos actuado incorrectamente, pues algunos errores y actitudes impropias suelen ser invisibles a nuestros ojos.  

Tal fenómeno no solo ocurre a nivel personal, sino en todas las asociaciones humanas, incluyendo las naciones y sus gobernantes. Por lo tanto, ser capaces de escuchar humildemente y con sinceridad las opiniones, consejos o advertencias de otros pudiera ayudarnos a evaluar con justeza cómo somos o actuamos. ¿Acaso creemos que ignorar o minimizar nuestros yerros nos libra de las consecuencias que estos pudieran causarnos? ¿En verdad seremos tan ingenuos?

Reconocer nuestras decisiones y acciones erradas ante quienes nos advierten de ellas es un acto valiente y a la vez redentor, pues demuestra humildad y sinceridad, dos virtudes que suelen escasear no solo a escala personal sino también a nivel social. Por ello leemos en el libro de los Salmos: ¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos. Preserva también a tu siervo de las soberbias; que no se enseñoreen de mí; entonces seré íntegro y estaré limpio de gran rebelión (Salmo 19:12- 13). Si deseamos ser personas íntegras, no debemos reaccionar de manera altanera cuando alguien intente aconsejarnos o nos señale algún error posible.  

La incapacidad para reconocer francamente conductas fallidas o impropias es muy común en el Siglo XXI, lo cual confirma claramente la afirmación bíblica de que vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias (2 Timoteo 4:3). Por ello gran parte de la humanidad vive un desenfreno tan autodestructivo sino exhibicionista, vanagloriándose de todo cuanto hace sin el menor recato, lo cual es muy evidente en las redes sociales.

En un programa televisivo observé que determinadas personas emitían criterios tan ajenos a la realidad que me pregunté: ¿Cómo pueden estar tan ciegos ante hechos obviamente innegables? Entonces recordé que a veces los cristianos solemos hacer en lo mismo. En una ocasión un hermano me aseguró orgulloso que la congregación a la que asistía era la mejor de Cuba, pero yo sabía de situaciones muy penosas que dicha iglesia enfrentaba. ¿Conocía él acaso todas las iglesias del país como para poder vanagloriarse de que la suya era la mejor? Cuando le riposté, me respondió disgustado:

—Yo seguiré creyendo que no hay una congregación cristiana mejor que la mía.

¡Cuán fácil es emitir juicios de valor absoluto aunque seamos incapaces de probar su certeza y a la vez no asumir francamente nuestros errores sin justificarlos o minimizarlos! Si tal proceder es habitual para quienes ignoran la Palabra de Dios, no debe serlo para quienes la conocen. Por ello, cada día debiéramos hacer nuestra la oración bíblica: Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mi camino de perversidad, y guíame en el camino eterno (Salmo 139:23-24).

Ante la duda de si hicimos algo bien o mal, recordemos que el Espíritu Santo no solo habla a nuestro corazón sino que puede utilizar a otros para alertarnos. Recibamos con gratitud a quien trate de amonestarnos sobre aquellos errores que ocultos a nuestros propios ojos, son ya evidentes para quienes se atreven a advertirnos sobre ellos.

Implicaciones de la adoración

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La buena voluntad de Dios

Comenzando mi ministerio escuché a una vecina responder lo siguiente tras la pregunta de alguien sobre cómo se encontraba: Aquí, por desgracia, como Dios quiere. ¡Cuánta amargura y rebeldía contenía su respuesta! Hoy, tras seis décadas de labor pastoral, sé que tal actitud suele ser común porque al enfrentar adversidades es posible pensar que ciertos acontecimientos son ajenos a la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios. Por ello Pablo nos aconseja a no tener un elevado concepto de nosotros mismos y pensar con cordura, conforme a la medida de la fe (Rom.12:3).

¿Acaso todo debe ocurrir como nosotros añoramos para aceptar serenamente los designios divinos? ¡Dios es el Señor del universo y no nosotros! Su voluntad es perfecta aun cuando tú y yo no alcancemos respuestas positivas a todas nuestras peticiones. Si bien podemos presentarlas ante él según percibimos nuestras necesidades, Dios verá más allá de ellas y responderá de acuerdo a sus amorosos propósitos eternos.

Entre las muchas plegarias que encontramos en la Biblia, dos me conmueven porque recibieron respuestas negativas: la oración de Jesús en Getsemaní: Abba, Padre, todas las cosas son posibles para ti, pasa de mi esta copa (Mar.14:36) y la de Pablo pidiendo liberación del mensajero diabólico que le abofeteaba (2 Cor.12:7-9). ¡Pero Dios envió un ángel a consolar a Jesús porque su agonía era inevitable y Pablo necesitó aceptar que la gracia de Dios bastaba para que él realizara su misión sin librarse del terrible acoso satánico!

Jesús tuvo que ser crucificado para lograr nuestra redención aunque su alma estuviera triste hasta la muerte (Mateo 26:38) y Pablo desarrolló su labor misionera con un aguijón en su carne para que las palabras bástate mi gracia; porque que mi poder se perfecciona en la debilidad (2 Cor 12:16) nos bendijeran a millones de creyentes a través de los siglos, instándonos a una obediencia total al Señor a pesar de nuestras incapacidades.

Tales respuestas a las oraciones de Jesús y Pablo fueron dolorosas, pero resultaron la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios. ¿Te acongoja que algunas de tus oraciones parezcan no ser escuchadas? Aprende que el secreto de tus mayores victorias espirituales radicará en saber aceptar el silencio del cielo tras algunas de tus más urgentes y dramáticas peticiones. El silencio divino, no obstante, es una apreciación errada. Dios habla de muchas maneras y es solo nuestra obstinación la que a veces nos impide oírle. Jamás dudes de la buena, agradable y perfecta voluntad de Dios, pues solo nuestra sumisión piadosa a los designios divinos nos transformará en verdaderos hombres y mujeres de fe. Como decía un antiguo himno: No puedo el plan divino ver… ¡Más tarde lo he de comprender!*

Recordemos que cuando el salmista escribió: el hacer tu voluntad Dios mío me ha agradado y tu ley está en medio de mi corazón (Sal. 40:8), antes había confesado: Pacientemente esperé a Jehová y oyó mi clamor, y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso. Puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos y temerán y confiarán en Jehová (Salmo 40:1-3).

Enfrentar situaciones difíciles o experimentar inseguridad o desconcierto no nos incapacita para comprender la voluntad divina si clamamos a Dios con sinceridad, mostramos paciencia y disposición total a obedecerle.

Con todo respeto a quienes piensen diferente, temo que parte del cristianismo actual olvida que Jesús exigió a quienes quisieran seguirle negarse a sí mismos y tomar la cruz cada día (Lucas 9:23). ¿Tomar la cruz? Hoy más bien pareciera que para mantener a los creyentes satisfechos y felices urge proveerles entretenimiento constante — y ¿por qué no?—, ¡enseñarles a danzar en cada temporada! Que conste, no creo que danzar sea intrínsecamente pecaminoso, pero “vivir danzando” requiere una carnalidad que nada tiene que ver con la fe salvadora y la rendición absoluta a la voluntad divina, pues incita más bien al desenfreno y la superficialidad.

¿Cuántos sermones escuchaste últimamente sobre la santidad, la comunión íntima y constante con Dios y la decisión de enfrentar, si fuera preciso, hasta la muerte por causa de Cristo? Muchos creyentes actuales desconocen la profunda espiritualidad que aportan o demuestran la reverencia, la solemnidad y la quietud ante la presencia de Dios.

El poder espiritual de una reunión de creyentes cuando derraman ante Dios su corazón en absoluto silencio es impresionante. Sin embargo, he visto en varias iglesias que cuando se invita a los presentes a orar privadamente —lo cual apenas ocurre—, al minuto las personas comienzan a conversar unas con otras. ¡Qué tristeza! También muchos asumen que el tiempo de ofrendar es como un recreo escolar, alegre y bullicioso. Hasta celebrando la cena del Señor es difícil que todos guarden la absoluta reverencia y constricción que merita tal ceremonia mientras se distribuyen los elementos.

Además, ¿para adorar a Dios precisamos siempre mover continua y sensualmente nuestros cuerpos al compás de una ejecución musical de decibeles tan altos que amenaza la salud de los oídos, sin que músicos y líderes de adoración tomen decisiones al respecto?

Si alguien cree que abandoné erróneamente el tema de la voluntad divina, no es así. La Biblia enseña que también podemos alabar a Dios en tono suave con el arpa (Salmo 92:3) y encontrar nuestra fortaleza en la quietud (Isaías 30:15); pues cuando él percibe una adoración fastuosa pero desprovista de obediencia y genuina espiritualidad, ofendido, exclama lo siguiente: quita de mí la multitud de tus cantares, pues no escucharé las salmodias de tus instrumentos (Amós 5:22).

Y por si quedan dudas, recuerda que cuando el profeta Elías, asustado, desanimado y ansioso buscaba la presencia de Dios, no la encontró en el viento, en el terremoto ni en el fuego ―todos ruidosos―, sino en el silbo apacible y delicado (1 Reyes 19: 11). ¿Querré argumentar con ello que es dañino utilizar variedad de instrumentos y canciones? Absolutamente no. Solo advierto que la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta tiene muchísimo que ver con nuestro estilo de adorar.

Aceptar con humildad los designios divinos, provocará que la paz y el gozo inefable inunden tu alma en medio de las lágrimas y el dolor más lacerante, aunque tus sentimientos y temores te inciten a dudar de ello. No permitamos pues que la desobediencia, la incredulidad y la mundanalidad dominen nuestras costumbres personales y eclesiales. Hagamos como enseñaba otro antiguo, sencillo y hermosísimo himno: ¡Obedecer y confiar en Jesús, es la regla marcada para andar en la luz!


* Himno “Me niega Dios,” Autora: Lida A. Leach, El Nuevo Himnario Popular, # 280

** Himno “Cuando andemos con Dios”. Autor: John H. Sammis, El Nuevo Himnario Popular # 93.

¿Se acabaron los piadosos?

El 21 de mayo de 1972, un hombre entró a la Basílica de San Pedro en Roma como un peregrino más, escondiendo bajo su ropa un martillo de geólogo y arremetió contra una de las esculturas más preciadas del famoso Miguel Angel Buonarroti (1475-1564): La piedad. Dicha obra muestra a una María bellísima sosteniendo en sus brazos y sobre sus piernas el cadáver de Jesús, observándolo con ternura, tristeza y serenidad mientras contempla el cuerpo de su hijo crucificado.

Tal ataque —condenado mundialmente por dañar una obra artística excepcional—, fue una rebelión contra la fe cuya escultura representa, la cual no muestra a María y a Jesús con las expresiones angustiosas y lastimeras que eran usuales en toda la iconografía anterior, sino serenidad de espíritu y grandeza de alma.

María sostiene con dignidad el cuerpo inerte de su hijo. El rostro de Jesús irradia la paz de su obra consumada mientras su cuerpo espera ser sepultado y despertar a la resurrección segura. Dicha escultura revela la esencia, el poder y la belleza inigualable de la fe cristiana aun en medio de los más terribles y desconcertantes acontecimientos.

El ataque a La Piedad fue un símbolo del rechazo contemporáneo a la fe que proclama el arrepentimiento ineludible, la redención necesaria y la rendición absoluta a Dios como el único camino verdadero, pues hoy prevalecen la rebeldía, la osadía y la provocación. ¡Mientras más exigentes, audaces y rebeldes sean los seres humanos más realizados se sienten!

Egocentrista y enajenada, gran parte de la humanidad contemporánea rechaza intromisiones divinas en su incesante búsqueda del placer. Culpa a la cultura judeo-cristiana de los muchos males que enfrenta por crear tabúes y exigencias absurdas. Para muchos, la fe cristiana resulta retrógrada, mojigata y fastidiosa. Hoy, la palabra piedad es sinónimo de lástima y por lo tanto, amenaza la dignidad humana y se prefiere hablar de solidaridad, una actitud que demuestra identificación con una causa, derecho o necesidad ajena.

Sorprende que desde la antigüedad de los Salmos se nos advierta: se acabaron los piadosos; porque han desaparecido los fieles de entre los hijos de los hombres. Habla mentira cada uno con su prójimo; hablan con labios lisonjeros, y con doblez de corazón (Salmo 12:1-2). ¿Creías que la pérdida de piedad era un mal contemporáneo? Cuando la piedad se pierde, la mentira, la adulación, la hipocresía, el egoísmo y la conveniencia propia se adueñan de la conducta humana y los valores más esenciales vuelan a bolina. ¡Es terrible! Por ello la Biblia exalta la piedad recordándonos que Simeón, hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y el Espíritu Santo estaba sobre él…(Lucas 2:25). Nos narra que hombres piadosos llevaron a enterrar a Esteban, e hicieron gran llanto…(Hechos 8:2). Pablo nos presenta al judío de Damasco que le atendió tras su conversión como un varón piadoso que tenía buen testimonio de todos los judíos que allí moraban (Hechos 22:12). Y Pedro escribió: Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡cómo no debéis vosotros andar en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios…! (2 Pedro 3:11-12a).

La piedad es una necesidad esencial, una virtud que por amor a Dios demuestra devoción, reverencia y compromiso de obediencia a la voluntad divina. A su vez, inspira actos generosos sin esperar retribuciones ni reconocimiento, porque es el resultado irrebatible de nuestra relación con Dios, por lo cual termina manifestándose en todas las esferas de nuestra vida. Sin ella, incluso podremos mostrar solidaridad con quienes tengamos una causa común o hayan sufrido determinados males. Sin embargo, más allá de ello, ser piadosos implica exaltar a Dios y proclamar su gloria por nuestras acciones bondadosas, pues reconocemos que solo provienen de él. Tal vez por ello la palabra solidaridad se use más actualmente pues la piedad se perciba con recelo. ¿Sabes por qué? La primera exalta la filantropía humana permitiendo vanagloriarnos de nuestros hechos bondadosos y desplazar a Dios como innecesario. La piedad bíblica, no obstante, implica un vínculo constante con él que a la vez se manifiesta en una amplia, fácil, genuina y generosa interacción con los seres humanos, sean quienes fueren.

Además, la piedad tiene que ver con algo más profundo que la emotividad y el disfrute que algunos experimentan en su relación con Dios o la bondad que muestren en sus relaciones humanas. Muchas personas asumen en apariencia tales comportamientos, pero conservan concepciones falsas que al final afectan su conducta. La verdadera piedad no es posible sin una verdadera relación con Dios, porque de otro modo terminará simulando un manto de comprensión y bondad para con los demás que pudiera ocultar dos grandes males: El primero, una permisividad tan amplia para con la conducta ajena que trascienda fronteras éticas. Y el segundo, una actitud hipócrita justificativa que busque, más que todo, ocultar inconsistencias y graves errores propios.

Es Imposible aprobar lo que Dios condena aunque algunos se disgusten porque rechacemos sus comportamientos errados. Aconsejar a alguien con amor y advertirle sobre una conducta destructiva o pecaminosa no es discriminarle ni despreciarle. ¡Es mostrarle piedad! Sin embargo, al compartir el evangelio de Cristo con quienes no piensan ni creen como nosotros debemos hacerlo piadosamente, enfatizando la belleza y la grandeza del amor de Dios sin mostrar desprecio o poca valoración hacia sus personas. Dios quiere y puede redimirles.

Otra virtud de la piedad es que nos ayuda a asumir nuestra fragilidad y temporalidad. Estamos de paso en este mundo y todo seguirá existiendo después de que tú y yo abandonemos el escenario. ¿Lo has pensado alguna vez? De jóvenes asumimos que la vida es demasiado larga y no pensamos en la posibilidad de morir. Ya ancianos —algo que no todos logran—, ¡nos deslumbra la brevedad de la existencia humana! Por ello, ser piadosos implica asimilar que vivir es un regalo inigualable que debemos aprovechar intentando glorificar a Dios con todas nuestras acciones. Ello nos ayudará a enfrentar las diferentes etapas de nuestra existencia asumiendo lo que corresponde a cada una del modo más sabio y con un mejor espíritu. Solo así es posible encarar los desafíos del proceso normal de envejecimiento sin frustraciones, amarguras y quejas constantes. Muchos aseguran que la ancianidad es horrible y triste, olvidando que cada etapa de la vida tiene su encanto y sus recompensas si se vive piadosamente, pues es obvio que hasta la juventud más radiante puede volverse miserable debido a una vida impía. Por ello resulta dramático y peligroso que tanta gente ignore los enormes beneficios de la piedad.

Aunque hoy los amantes de la cultura física digan que el versículo siguiente es una insensatez, bien nos va a todos en hacerle caso: Ejercítate para la piedad; porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo aprovecha, pues tiene promesa de esta vida presente y de la venidera (1 Timoteo 4:7-8).

La paciencia de Cristo

Tesalónica era una cuidad próspera cuya situación geográfica permitía que la Via Ignatia —que unía a Roma con el Oriente—, atravesara su calle principal. Por lo tanto, fue un lugar muy propicio para que la fe cristiana se expandiera tanto hacia Roma como al resto del mundo. Tras predicar Pablo por tres semanas en la sinagoga, resultó que algunos judíos creyeran, griegos piadosos en gran número y mujeres nobles no pocas (Hechos 17:4). ¡Tanto impactó ese éxito misionero que provocó un violento alboroto en la ciudad! De modo que Pablo y Silas tuvieron que huir de ella. Conscientes del gran grupo de nuevos creyentes y de las inculpaciones que ellos mismos enfrentaron por parte de las autoridades —estos que trastornan el mundo entero también han venido acá (Hechos 17:6)Pablo les escribe para animarles y continuar instruyéndoles en la fe.   

Nótese que las palabras paulinas: Y el Señor encamine vuestros corazones al amor de Dios y la paciencia de Cristo no son una orden, sino la expresión de un deseo sincero de su corazón. Conociendo que ellos recibieron la Palabra en medio de gran oposición (1 Tes. 1:6); el apóstol les conforta recordándoles que partiendo de ellos, había sido divulgada la palabra del Señor, no solo en Macedonia y Acaya, sino que en todo lugar vuestra fe se ha extendido (1 Tes 1:8). Por lo tanto, no quería que ellos respondieran de manera violenta al antagonismo que seguían enfrentando, animándoles para que mostraran en sus corazones al amor de Dios y la paciencia de Cristo. 

Es lógico que al ser injustamente acusados, calumniados o perseguidos, respondamos de manera virulenta, algo que hoy solemos ver con frecuencia hasta en las redes sociales. Tengo amigos que ya decidieron abandonarlas por estar cargadas de toxicidad, penosas pugnas entre los mismos cristianos, críticas y acusaciones constantes, demasiada superficialidad mundana y otros males todavía peores. No obstante, considero que nuestro deber es continuar compartiendo en ellas con humildad y sabiduría las enseñanzas cristianas, mostrando a todos el amor de Dios y la paciencia de Cristo. El espíritu con que nos manifestemos y respondamos a quienes se burlen o nos ataquen dirá mucho de nosotros mismos y demostrará cuan real es nuestro compromiso con la fe que sustentamos.

La Biblia expresa claramente cómo debemos responder si somos injustamente tratados: Pues para esto fuisteis llamados: porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado ni hubo engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (2 Pedro 2: 21-23).

Es quimérico esperar que el mundo incrédulo nos valore y respete. De modo que cuando percibamos desprecio, odio o enemistad, esforcémonos en tratar a los demás con el amor que Cristo mostró para con los pecadores de su época. Paradójicamente, él sí criticó con dureza a los Fariseos pues su conducta contradecía lo que ellos mismos enseñaban y volcó violentamente las mesas de quienes convertían el Templo de Jerusalén en una cueva de ladrones. ¿Comprendes? ¡Lo que más airaba al Señor era la hipocresía y falsedad de los líderes religiosos! ¿No es ello una seria advertencia para quienes decimos creer en él y seguirle? A su vez, su paciencia y bondad se mostraba tan ampliamente para con las personas despreciadas y descarriadas, que le acusaron de ser amigo de publicanos y pecadores (Mateo 11:19). Obviamente, él no aprobaba sus conductas, pero consciente de su misión salvífica y redentora, mostraba paciencia y compasión sin límites. ¿Acaso no deberíamos hacer lo mismo?

Me preocupa que clamemos y deseemos con urgencia el juicio condenador para los impíos, como si ignoráramos que nosotros somos pecadores perdonados y salvados totalmente por gracia. Jamás olvidaré a una hermana muy amorosa y fiel que mostraba un férreo desprecio hacia alguien. Para confrontarla, un día le pregunté qué haría si esa persona que odiaba se arrepentía antes de morir, aceptaba a Cristo y tuviera que alabar al Señor en el cielo junto a ella. La hermana, muy turbada, me contestó molesta:

—¡A mí Dios no puede hacerme esa gracia!

Le recordé que en Jerusalén Saulo de Tarso asolaba la iglesia, y entrando casa por casa, arrastraba a hombres y mujeres, y los entregaba en la cárcel (Hechos 8:3). No obstante, eso no fue impedimento para que arrepentido y deseando servir a Cristo, el perseguidor no solo se convirtiera en un creyente más, sino en un líder extraordinario, usado por Dios como un poderoso predicador, misionero y escritor bíblico que tras más de dos siglos de su muerte aún nos bendice y anima a todos.

No deseo aparentar ser más cristiano que nadie. Conozco bien —y Dios mucho más—, cuán lejos estoy de ser como él demanda de mí. Por ello me inquieta que todavía sea cuenta pendiente para muchos de nosotros, el reto que Jesús nos dejó al incluir en el Sermón del Monte el deber de amar a nuestros enemigos y orar por quienes nos ultrajan y persiguen (Mateo 5:38-48). ¿Te atreverías a dejar esta lectura por un momento, tomar tu Biblia y meditar detenidamente en el pasaje citado? ¿Imaginas por qué Jesús, mientras le crucificaban pidió al Padre que perdonara a sus ejecutores porque no sabían lo que hacían?   

En medio de este mundo tan corrupto, guerrerista y loco, solo mostraremos una fe genuina frente a quienes nos atacan y desprecian si acogidos e iluminados por la gracia divina, permitimos que el amor de Dios y la paciencia de Cristo dominen nuestro corazón y nuestras reacciones.

 ¿Podremos lograrlo alguna vez? Como buenos seguidores de Jesús, ello nos daría consuelo y gozo inefables aun en medio de las peores tribulaciones.


Si tras finalizar de leer este escrito deseas escuchar y meditar en el himno «Mi Entrega», texto y música del hermano Hanoi Pons y cantado por Yusín Pons, activa el siguiente archivo de audio: