Música, músicos y adoración

Prediqué en un encuentro de adultos mayores de tres iglesias de La Habana, al que asistieron alrededor de 140 ancianos. ¿Creerás que fue un evento aburrido y triste? ¡Todos llegaron con una alegría desbordante a pesar de la edad y los difíciles tiempos que enfrentamos! Si hubiésemos contabilizado las edades de los asistentes, sus enfermedades, carencias, dolores emocionales y físicos, sus decepciones o dificultades, los contratiempos que enfrentan a diario, sus canas, arrugas y los bastones allí presentes para ayudar a la movilidad de algunos, el número resultante de esa lista sería incontable. No obstante, la reunión se caracterizó por un gozo inefable. Me correspondió también dirigir el canto congregacional de himnos antiguos, realizado sin acompañamiento de instrumento alguno ni música grabada. ¿Te parece acaso una idea loca? Pues… ¡aquello fue grandioso!

Me resulta difícil describir el brillo de sus ojos, el entusiasmo, la emoción y hasta las lágrimas de gozo con que tantos ancianos adoraban al Señor cantando Cuán grande es él, Grande Gozo, Día en día Cristo está conmigo y ¿Cómo podré estar triste? Dirigiéndolos me pareció que eran un enorme coro que disfrutaba a plenitud expresando en sus rostros los sentimientos más sublimes y profundos. ¡Qué experiencia tan hermosa!

Años atrás fui invitado a predicar en el aniversario de una iglesia y antes de comenzar el culto se recibió la noticia de que el grupo musical invitado al evento no llegaría a tiempo por rotura del ómnibus que les traía, tras lo cual uno de los líderes de la iglesia expresó con tristeza: 

—¡Qué pena! Eso va a afectar mucho la adoración que tenemos preparada.

Su comentario me obligó a decirle que la música es un arte funcional, solo un recurso más que puede enriquecer nuestra adoración, pero que en realidad no es imprescindible.

—Eso debe ser porque a usted no le gusta la música—, replicó.

Le contesté que de niño supliqué a mi padre me permitiera estudiar piano, a lo cual se negó. No obstante, como en casa teníamos uno, logré tocar de oído algunos himnos. Años después, estudiando en el seminario y sin ser un pianista virtuoso, aprendí a acompañar el canto congregacional y a dirigir coros. Con el tiempo compuse algunos himnos y canciones para las jóvenes de nuestra iglesia que cumplían quince años. En mi caso, se cumplió el antiguo refrán que advertía: de músico, poeta y loco, ¡todos tenemos un poco!

También le aseguré que si no podemos experimentar la presencia y majestad de Dios a menos que haya música, algo grave sucede. A Dios podemos adorarle aunque no haya un instrumento musical en varios kilómetros a la redonda. El recurso espiritual más poderoso es nuestro propio anhelo de glorificar y alabar a Dios, por lo cual la ausencia del grupo musical no sería ningún impedimento. Si te extraña mi respuesta recuerda que Dios nos proveyó a todos de un  precioso y poderoso instrumento musical: nuestras cuerdas vocales. Sin embargo, creo que podemos utilizar en la adoración cristiana diversos instrumentos y composiciones musicales,  siempre que —como Pablo aconsejó a los corintios con respecto a los dones espirituales, todo se haga de forma apropiada y ordenada (1 Corintios 14:40 NTV). Tal recomendación debe ser inviolable.

Cuando asistí por primera vez a un Congreso de la Alianza Bautista Mundial disfruté muchísimo adorando junto a creyentes de casi todo el mundo. ¡Era tan sublime que me parecía estar participando en la adoración celestial con todos los redimidos! Una noche me sorprendió y aterrorizó un coro africano con ropas típicas, tambores e instrumentos autóctonos. No obstante, la atmósfera espiritual que nos cubrió a todos al escucharlo me llamó a capítulo: ¿De qué otro modo dichos hermanos y hermanas podían adorar? Lloré cuando al final de su presentación cantaron Cuán grande es él magistralmente. La universalidad del cristianismo propicia la existencia de diferentes recursos y estilos en la adoración. Cada país puede aportar a ella sus costumbres musicales y a la vez aprovechar la herencia melodiosa que generaciones anteriores aportaron. Ahora bien, que nos agrade más un estilo u otro no es el problema.

La dificultad que sí reconozco —y sufro— en la adoración contemporánea, es el rechazo total que algunos líderes hacen a los himnos que años atrás influyeron en nuestra formación cristiana y crecimiento espiritual, lo cual a la vez no me impide entender que los más jóvenes y los nuevos creyentes prefieran la música contemporánea. No obstante, ¿no sería justo y bueno que ellos también experimentaran los valores espirituales que los himnos antiguos tienen? He visto a muchos jóvenes profundamente impresionados por el mensaje y la mística que esos himnos contienen. Creo, además, que al usarlos debiera respetarse su estilo original sin alterarlos con ritmos o arreglos que atenten contra la propia herencia espiritual que ellos nos trasmiten. ¡Todos nos beneficiaríamos de una sinergia sabia y respetuosa de ambos estilos de adoración! Para ello, sería necesario respetar la recomendación antes citada de Pablo a los corintios de que todo se haga de manera apropiada y ordenada como dice el texto bíblico ya citado o decentemente y con orden, como lo traducía la versión Reina Valera 1960 de la Biblia.

Será bueno recordar que los antiguos himnarios contenían composiciones que se hicieron imprescindibles y son amadas y recordadas hasta el día de hoy, pero también contenían otras que apenas se cantaban y ya nadie recuerda. Con las canciones más contemporáneas sucederá lo mismo. Algunas perdurarán y otras se irán olvidando poco a poco debido a su pobre contenido teológico, calidad musical o desatino con respecto a las emociones que expresan o provocan en los adoradores. Además, como el talento o el llamado oído musical es un don que no todos tienen, quienes lo posean deben recordar siempre 1 Corintios 4:7: ¿Porque quien te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido? Usemos los dones musicales con humildad y sin artificios para que nuestra alabanza glorifique a Dios e inspire a los participantes.

Como también es válido —¿por qué no?— utilizar otros recursos artísticos en la adoración, nos urge comprender que adorar no significa necesariamente montar un show impresionante que entretenga y maraville a la gente con nuestra ejecución musical, sino cautivar a los adoradores con la majestad y la santidad de Dios y retarlos a una sumisión total a la voluntad divina. Para ello, los músicos cristianos no deben utilizar exclusivamente sus propias composiciones o aquellas que más les agraden. El propósito de la adoración no es que los músicos se complazcan a sí mismos. Por ello insisto en que no deben desechar del todo la producción musical de otras generaciones. ¡Es penosísimo que himnos históricamente gloriosos como Castillo fuerte es nuestro Dios y otros más sean ignorados por los actuales nuevos creyentes. ¡Pareciera que el único lugar donde las antigüedades no son valoradas es en la iglesia a la hora de adorar! Si todo lo antiguo debiera  ser desechado, ¿por qué nos aferramos a La Biblia? Si amamos a Cristo por su muerte redentora hace más de dos mil años, la cual salva y transforma todavía a quienes creen en él, ¿tiene sentido rechazar los himnos antiguos inspirados en él o sus enseñanzas? El ministerio musical eclesiástico no puede enfocarse solo en los gustos y preferencias de sus responsables o de un sector de los creyentes, sino inspirar y edificar por igual a todos los que participan en la adoración.

Otro asunto preocupante es el excesivo volumen en los equipos de amplificación de sonido que, en vez de propiciar el canto congregacional, conspira contra él por causa de un principio musical también inviolable: Si debido al exceso del sonido instrumental y las voces de los cantantes, los creyentes presentes en el culto no se escuchan a sí mismos cuando cantan, tenderán a callarse y se convertirán en simples oyentes. ¿Lo sabías? De ese modo algunos ministros de adoración contribuyen a la debilidad del canto congregacional mientras ellos mismos disfrutan extasiados de sus propias voces y ejecución instrumental magnificados por los altavoces. ¡Y el canto congregacional ha sido una de las fortalezas espirituales más impactantes en las iglesias evangélicas a través de los siglos! Desde mi octogenaria experiencia eclesiástica, también me entristece que los nuevos creyentes al adorar ignoren las enseñanzas espirituales y la profunda inspiración que podrían recibir entonando himnos como “Cerca más cerca, oh Dios de Ti”; “Nunca Dios mío cesará mi labio”; “Jesús yo he prometido”; “Jesús es mi Rey Soberano”;  “Tal como soy de pecador”; “A solas al huerto yo voy” —este último con poesía y metáforas insuperables sobre la comunión espiritual del creyente con su Señor y Salvador—, así como muchos otros hoy totalmente desconocidos e inexistentes para los nuevos creyentes.

Además, me pregunto si los líderes musicales deberían siempre cerrar los ojos y mecerse constantemente hacia los lados como si entraran en éxtasis, o mover sensualmente las caderas o todo el cuerpo para demostrar un legítimo júbilo cristiano. ¿Creemos también que un Dios omnisciente como el nuestro disfruta al escuchar repeticiones interminables de las mismas frases y compases musicales? ¿Será tal costumbre actual una expresión genuina de fe y espiritualidad? Jesús repudió las vanas repeticiones (Mateo 6:7-8), catalogándolas de palabrerías. He escuchado grupos que utilizando una hermosísima canción repiten la expresión “llena este lugar” incontables veces. Cuando parece que ya terminan, vuelven a la carga con la misma letanía. Una vez escuché repetirla consecutivamente por más de treinta veces. ¡Sí!, las conté mientras me preguntaba: ¿Creerán que Dios es sordo? ¿Olvidadizo? ¿Acaso el Espíritu Santo no es una presencia constante? (Juan 14:16).   

Beethoven catalogaba a la música como un arte entre dos mundos: el espiritual y el de los sentidos, por lo cual puede motivarnos a actuar espiritualmente o de manera carnal y desordenada. Entonces en la adoración debemos utilizarla con mucha sabiduría. En una sala de conciertos nos extasiamos con la música, pero en la adoración nos extasiamos con la presencia de Dios y no con el desempeño de los músicos, quienes deben ocupar un segundo plano, como siervos y humildes adoradores. Cuando la música se vuelve señora en vez de sierva, ha llegado la hora de que calle. ¡Sabías que según el profeta Amós, Dios mandó callar a los músicos? ¡Fuera de aquí con sus ruidosos himnos de alabanza! No escucharé la música de sus arpas. En cambio, quiero ver una tremenda inundación de justicia y un río inagotable de rectitud (Amós 5:23 NTV). Los músicos cristianos deben concientizar que no son artistas intentando deslumbrar a todos con su ejecución musical o —como también para algunos se ha hecho común—, cansando a los adoradores con larguísimos discursos antes de cada canción, como si tras ellos no viniera el momento cumbre del culto cristiano evangélico: la exposición profunda de la Palabra de Dios. He participado en cultos donde la adoración ha sido tan excesivamente larga y exaltada, que la congregación queda exhausta emocional y físicamente justo en el momento en que debiera estar más dispuesta, alerta y deseosa de adorar a Dios escuchando la explicación y aplicación de las verdades bíblicas. La misión de los ministros de adoración es promover una adoración sincera y racional que renueve el entendimiento y prepare a la congregación para recibir el mensaje bíblico con avidez, profundidad y disposición de obediencia total. Por ello debieran incluir en su desempeño tanto creaciones musicales actuales como aquellas que han inspirado a los creyentes de todos los siglos a ser puros, santos, y fieles al Señor rechazando toda mundanalidad, orgullo y autosuficiencia personal.   

Por último, en la adoración es imprescindible mostrar solemnidad, reverencia y también silencio, valores otrora esenciales pero ahora opacados por la música altisonante, la algarabía, el ruido y hasta griterías a pesar de que Pablo escribió a los efesios que se apartaran de ella (Efesios 4:31). Como vivimos acosados —¿acaso contagiados?— por el bullicio que nos acosa dondequiera, pareciera que huimos del silencio porque nos obliga a conectarnos con nuestro mundo interior. De hecho, aunque el silencio naturalmente aporta paz, estimula el pensamiento y la atención, hoy todo parece concebido para que multitud de sonidos ruidosos y constantes dominen nuestra mente, incluso en las propias iglesias.

Cuando comencé a asistir a retiros espirituales en campamentos cristianos, el clímax de ellos era una fogata durante la cual se nos retaba a tomar decisiones importantes y al final hacíamos un solemne pacto de silencio. Leíste bien: ¡un pacto de silencio! Al apagarse el fuego la última noche del retiro, nos aislábamos unos de los otros para conversar a solas con Dios hasta la hora en que cada cual decidiera irse a dormir, regresando cada uno a los albergues manteniendo íntima comunión con Dios hasta que nos venciera el sueño. Al despertar, manteníamos el pacto de silencio hasta que comenzara el culto matutino antes del desayuno. ¿Te parece aterrador? ¿Una tortura? ¡No me extrañaría! Ahora la última noche de los “retiros espirituales” son las de más bullicio, jolgorio, indisciplina, bromas, juegos y risas estrepitosas. Personalmente, doy gracias a Dios por el enorme impacto espiritual de aquellos pactos de silencio en los que preferíamos comunicarnos solo con él aunque estuviéramos rodeados de otras personas. Sin duda puedo afirmar que tales experiencias definieron para siempre mi vida y ministerio posterior.  

Por ello creo que el silencio, la reverencia, la solemnidad y la quietud son poderosísimos recursos espirituales que nos acercan a Dios y debieran continuar siendo parte de la adoración actual, pues apelan más profundo al alma humana que la música más hermosa, atronadora y vibrante. Como dijo el profeta Amós, la música debiera callar si tras deleitarnos y exaltarnos con su ejecución no mostramos después una rendición total a la voluntad divina. Otro profeta insigne, Elías, escuchó la voz de Dios animándole en un silbo apacible y delicado —apenas un susurro imperceptible—que transformó su corazón desesperado proporcionándole una nueva visión de servicio (1 Reyes 18:4-13). Aunque la adoración puede ser jubilosa y entusiasta, no permitamos que la estridencia y el bullicio lo dominen todo. Hay mucha música cristiana que eleva el espíritu y nos aleja de la mundanalidad. Seamos celosos al escoger las composiciones musicales que usemos para adorar a Dios prefiriendo aquellas que —ya sean contemporáneas o más antiguas— proclamen enseñanzas bíblicas y teológicas que profundicen nuestra comunión con Dios instándonos a liberarnos de la carnalidad, la superficialidad y el opresivo ruido ensordecedor que constantemente nos rodea.

¡Solo así evitaremos que Dios mande de nuevo a los profetas a callar los músicos!              

Honor en vida a quien lo merece

Constantemente veo en Facebook al pastor Nilo Dominguez Domínguez ―quien actualmente vive en Miami, Fl―, predicando en diferentes iglesias y actividades con el mismo fervor y entusiasmo que le son característicos desde su juventud. Graduado a los veinticinco años de edad del Seminario Teológico Bautista de La Habana, en febrero de 1963 (hace 60 años), se jubiló del pastorado activo el 11 de enero de 2006, tras desempeñar un ministerio prodigioso durante cuarenta y tres años. 

Para quienes conocimos tanto su labor pastoral como su liderazgo convencional, no nos extraña que este héroe de la fe, cerca de cumplir los ochenta y cinco años de edad, siga activo, lúcido y comprometido con la proclamación de la Palabra de Dios con la pasión y fervor que le caracterizaron siempre. En muchos sentidos, de él pudiera decirse como de Moisés: nadie como él (Deuteronomio 34:11ª).

Me correspondió predicar en el culto que se celebró el 11 de enero del 2006 en la Iglesia Bautista de Arroyo Apolo en La Habana para hacer efectivo el retiro del ministerio activo del amado pastor y su esposa, la misionera Virginia González. Casualmente encontré días atrás el mensaje que preparé para aquella ocasión y pensé que debía publicar algunas de las palabras que pronuncié aquella noche sobre ellos. Algunas de mis afirmaciones puedo compartirlas debido a la muy profunda y cercana relación de amor cristiano que ambos hemos conservado durante toda la vida. Helas aquí:

Mis muy amados Nilo y Virginia: ¡Qué tremendo ejemplo nos han dado de una verdadera entrega al Señor y a su obra! Como actual presidente de la Convención Bautista de Cuba Occidental, en la cual han ministrado durante tantos años deseo recordarles las palabras que un día escucharán al entrar al Reino celestial: ¡Bien, buen siervo fiel!

Nilo: ¡Nadie como tú! Difícil será que tengamos otro pastor con tu ímpetu. por lo cual jamás olvidaremos muchas de tus características personales. Por ejemplo:

No olvidaremos tus carteles, tal vez no siempre muy artísticos, ¡pero hechos con tanta pasión que resultaban efectivos!

No olvidaremos tu desentono al cantar, porque pese a ello… ¡era inspirador escucharte! Tu ausente oído musical jamás logró impedir que tu corazón alabara al Señor cantando himnos desde el fondo de tu alma.

No olvidaremos tu vieja máquina de escribir –ella misma es un trofeo— donde hiciste innumerables cartas, boletines, promociones y artículos. ¿Cómo pudiste hacer tanto con tan pocos recursos?

No olvidaremos tus dichos, tus sermones, tu fuerza, sinceridad, vehemencia ni tus lágrimas al proclamar la Palabra de Dios, así como tu entrega, espíritu de sacrificio, persistencia, humildad, disciplina y sencillez.

No olvidaremos tu profundo compromiso pastoral con los miembros de las iglesias que atendiste. Cuando prediqué en ellas y visitaba contigo a los hermanos y hermanas en sus casas, comprendí cuan tierna, profunda, sincera y amorosamente compartida era tu relación con las ovejas del rebaño. ¡Siempre te admiré por ello!

No olvidaremos que tanto en los retiros de Yumurí como en las reuniones anuales de nuestra convención, te sentabas junto a Virginia en las primeras filas. Tú, que tenías y tienes tanto que enseñar, siempre estabas dispuesto a escuchar y aprender mientras otros más jóvenes y prepotentes, preferían quedarse conversando afuera de las reuniones. Era emocionante verlos a ustedes dos, siempre sentados en primera línea, captando y disfrutando cada enseñanza, lo cual era una inspiración para todos y especialmente para mí.

No olvidaremos que aunque sirvieron al Señor en tiempos muy difíciles, ustedes enfrentaron las adversidades con buen espíritu, conscientes de que estaban haciendo la voluntad del Señor.

No olvidaremos que pudieron salir fácilmente de Cuba tras salir de la prisión, pero Nilo decidió quedarse y servir a su pueblo y a su amada Convención Bautista de Cuba Occidental. Lo hizo con verdadero amor, sacrificio, entrega absoluta y sin la menor muestra de amargura por la tremenda injusticia sufrida. Con amor dejó su sudor, su vida y las suelas de sus zapatos en San Cristóbal, Caibarién, Cruces, Tapaste, Arroyo Apolo y en las muchas iglesias cubanas donde predicó ―emocionado hasta las lágrimas― sus inolvidables y muy fructíferos mensajes de evangelismo. ¡Quiera el Señor que tras su partida se levanten otros de su misma estirpe! Reconozco que será difícil… ¡muy difícil!

No olvidaremos que Nilo fue la persona que Dios usó en nuestra convención para iniciar el avivamiento misionero y de plantación de iglesias que comenzó a desarrollarse entre nosotros durante su presidencia. No olvidaremos que ambos dieron a la obra bautista cubana los más útiles y productivos tiempos de su vida ministerial.

Repito entonces las palabras que aunque les dará más gozo escucharlas de labios del Señor, esta congregación desea dedicárselas en esta noche a nombre de la multitud de cubanos que fuimos bendecidos por vuestro fructífero y largo ministerio.  ¡Bien, buen siervo fiel! ¡Bien, buen siervo fiel! Esas palabras valen más que ninguna corona, diploma o trofeo, porque lo que jamás será echado al olvido es el reconocimiento del Señor a sus siervos que han sido fieles. ¡Qué bendición haberles tenido por tanto tiempo entre nosotros! ¡A Dios sea la gloria!

Diecisiete años después de aquel emotivo culto de despedida, Virginia desde hace años disfruta de la presencia del Señor mientras el incansable, insustituible, e insuperable pastor, predicador y misionero Nilo Domínguez continúa en la brecha. ¡Qué hombre de Dios! Todavía recuerdo emocionado la mañana en que llegó llorando como un niño a mi oficina en el Centro Bautista, para informarme de su decisión de marcharse del país.

¡Qué trabajo me dio consolarle! Estaba angustiado y triste por emigrar dejando atrás la obra convencional que tanto amaba, temiendo no poder ser tan útil en Estados Unidos como lo había sido en Cuba debido a sus años. ¡Se equivocó totalmente nuestro admirado hermano! Dios ha seguido usándole con poder. Su ministerio continúa alcanzando y bendiciendo a muchos hasta el día de hoy. Acabo de ver una foto suya asistiendo como oyente a una conferencia del Dr. Bárbaro Marrero, (quien fue su alumno en el seminario) sobre los principios de un liderazgo efectivo. Imagino que dicha conferencia fue magistral, pero la presencia de Nilo allí, un líder cristiano efectivo y a la vez humilde hasta la médula, dispuesto siempre a escuchar y aprender, fue sin duda, la demostración más convincente de los principios del liderazgo cristiano. A diferencia de otros líderes cristianos actuales, un líder como él, tan excepcionalmente usado y bendecido por Dios, Nilo mantiene su ego dominado y controlado por la gracia de Dios, lo cual es el verdadero secreto de su grandeza.

¡Que ministerio tan útil, fructífero y largo el de este siervo del Señor! Necesitamos a muchos como él, dispuestos siempre a aprender y escuchar de otros aunque ellos mismos tengan más que decir, pues ya lo han vivido y entregado todo. Conocí a Nilo hace sesenta años, cuando entré a la obra bautista y él comenzaba su ministerio. Siempre me impresionó y admiré su ímpetu, fidelidad y entrega sin reservas al Señor y a su obra. Damos gracias a Dios por la vida de este hombre de Dios y rogamos al Señor que le conserve fuerza y salud suficiente para que muchos podamos seguir disfrutando de su vida y entrega al ministerio cristiano.

Tiempos peligrosos

Cuando el apóstol Pablo escribió su segunda carta a Timoteo, en la cual le advierte sobre postreros tiempos peligrosos, se proponía ayudar y animar al joven ministro en su desempeño pastoral. Por ello, al describir la conducta despiadada de algunos de su propia época que tenían apariencia de piedad pero negaban la eficacia de ella—tal como él mismo apóstol experimentó—, le advierte a su discípulo: a estos evita (2 Timoteo 3:5). La Nueva Traducción Viviente de la Biblia (NTV) traduce ese versículo de la siguiente manera: ¡Aléjate de esa clase de individuos!

Sin embargo, no creamos que Pablo aconseja a Timoteo virar la espalda totalmente a tales personas, porque en la misma epístola insiste: que prediques la palabra; que instes a tiempo y fuera de tiempo; redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina (4:2). Aunque Timoteo debía rechazar las conductas impías que le rodeaban, su deber era predicar y modelar a Cristo delante de los incrédulos sin dejarse arrastrar por sus costumbres.   

He escuchado a predicadores usar tal pasaje bíblico describiéndolo como profético de los tiempos actuales, sin embargo —aunque así podría aplicarse—, el apóstol solo advertía al joven sobre la condición pecaminosa de sus coetáneos, para que desarrollara su futuro ministerio sin amilanarse por ello.

Siempre que leo en 2 Timoteo 3:1-5 la descripción paulina de la corrupción humana, me gusta recordar las palabras antónimas de las actitudes o malas acciones que Pablo reseña, pues me ayudan a comprender el “saneamiento espiritual” que pudiéramos aportar a la sociedad los creyentes si pusiéramos en práctica todo lo que el Señor exige de nosotros. ¿Me explico? Pablo declara a su discípulo que los seres humanos seguirían siendo amadores de sí mismos, avaros, vanagloriosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, intemperantes, crueles, aborrecedores de lo bueno, traidores, impetuosos, infatuados, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella (vs.3-5). ¡Qué cuadro, y cuán cotidianamente constatamos tales comportamientos a nuestro alrededor! Si es así, ¿cómo deberíamos los creyentes responder a tal influencia?

Realizando el ejercicio mencionado de cambiar los calificativos paulinos sobre la humanidad de su época por sus antónimos o significados contrarios a los versículos antes citados, encontraríamos lo siguiente: Porque los seres humanos deberán amar al prójimo como a sí mismos, ser generosos, modestos, humildes, piadosos, respetuosos de la autoridad, agradecidos, devotos, muy afectuosos, compasivos, veraces, comprensivos, misericordiosos, deseosos de hacer lo bueno, fieles, sensatos, prudentes, amadores de Dios más que de los deleites, por lo tanto, la expresión de su fe no sería solo apariencia, sino la más genuina expresión de ella. ¿Comprendes? Si los creyentes contemporáneos fuésemos así, poniendo en práctica esas virtudes totalmente contrapuestas a la impiedad que nos rodea —a pesar de estos tiempos tan difíciles y peligrosos—, lograríamos que muchos se interesaran en el mensaje cristiano, la vida sería más hermosa y agradable para todos y nuestro testimonio más eficaz.

Sé por experiencia propia —¿alguien lo duda?— cuán difícil es devolver amor si nos tratan con desprecio; ser generosos cuando nos oprimen; permanecer totalmente veraces aunque nos mientan descaradamente a diario o cuando mintiendo pudiéramos escapar de situaciones injustas; humildes cuando nos tratan despóticamente despojándonos de nuestros derechos… ¡y respetuosos de la autoridad —sea la que fuere—, aunque la misma se lave las manos en los momentos y situaciones cuando su intervención nos resulta imprescindible! Por ello, a pesar de esas frustrantes realidades comunes en el mundo actual, sigo creyendo que jamás debemos olvidar que somos seguidores de Cristo, quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa a quien juzga justamente (1 Pedro 2:23).

Nunca debiéramos actuar como los que no tienen conocimiento de la Palabra de Dios. Bajo ningún concepto —ni aún en las más injustas circunstancias—, podríamos pagar a nuestros enemigos con la misma moneda. No podemos aportar más miseria humana al mundo porque ya basta con la existente.

De modo que, en estos tiempos tan confusos, peligrosos y frustrantes, sigue siendo imprescindible y válida la tan antigua como brillante expresión paulina: No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Romanos 12:21).     

Día del amor y la amistad

Celebrar el día 14 de febrero proviene de la leyenda de San Valentín, de quien se dijo haber sido decapitado en Roma porque el emperador prohibió el matrimonio creyendo que los hombres casados eran peores guerreros, y el sacerdote continuó casándolos. Por ello el “Día de los Enamorados” se instituyó dos siglos después de la supuesta ejecución de San Valentín,  celebrándose mundialmente por los siguientes diecisiete siglos.

El 10 de mayo de 1967, por no existir prueba histórica sobre su vida y obra, el papa Pablo VI excluyó a San Valentin del calendario litúrgico, tras lo cual la fecha festiva dejó de ser el «Día de los Enamorados» y se convirtió en el “Día del amor y la amistad”.

Aunque entonces no acepté el cambio por considerar que despojaba a los enamorados del placer de celebrar su día y dedicarlo al amor en general, creo que fue bueno reconocer el papel del amor en todas las relaciones humanas, no solo en su aspecto romántico. La Biblia enseña que el que no ama, no conoce a Dios porque Dios es amor (1 Juan 4:8). Al celebrar este día, los más incrédulos sin saberlo exaltan a Dios, la fuente del amor. Ignoran también que el apóstol Pablo escribió palabras inigualables, declarando al amor como la mayor de las tres virtudes cardinales: Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estas tres, pero la mayor de ellas es el amor (1 Corintios 13:13),   

El amor mantiene vivas la fe y la esperanza cuando todo parece perdido. Creemos y esperamos en Dios porque primero él nos amó tal como somos. La complejidad de las relaciones en la vida contemporánea hace del amor un instrumento imprescindible para el bienestar común. A quienes amamos les valoramos, cuidamos y respetamos. Quienes nos aman continuarán valorándonos a pesar de nuestros desatinos. Tal vez por ello el apóstol Pedro escribió: Y ante todo, tened entre vosotros perfecto amor, porque el amor cubrirá multitud de pecados (1 Pedro 4:8).

Un pastor me contó de alguien que publicaba la mala conducta de sus hijos pequeños con tanta frecuencia y dureza que él le preguntó si los amaba.

—¡Pastor! ¿Cómo se le ocurre? Me ofende con eso. 

—Se me ocurre —contestó el pastor— porque la Biblia dice que el amor cubrirá multitud de pecados y perdóneme, usted parece disfrutar divulgando las malacrianzas de sus pequeños sin mostrar amor ni generosidad para con ellos. ¿Qué gana con eso?

—Gano que todos vean cuánto sufro y oren por mí —contestó.

El pastor le insistió que en vez considerarse a sí misma maltratada por sus hijos, por amor a ellos buscara la dirección divina para educarlos mejor. De una manera egoísta ella estaba trasmitíendo una imagen distorsionada de sus hijos, ocultando así sus muchos errores al descuidarles y no educarles correctamente.  

Cuando la Biblia nos dice que el amor cubrirá multitud de pecados no significa que pasemos por alto la existencia de estos en nuestra vida o la de los demás, sino que decidamos hacer como él, quien planeó el modo de redimir nuestra conducta pecaminosa involucrándose en el proceso y amándonos hasta lo sumo. ¡Por ello envió a su hijo para salvarnos!.

Que nos disguste el mal comportamiento de quienes amamos no significa que debamos exhibirlos en la picota pública. ¡Jamás intentes incrementar tu prestigio demeritando a otros! Todos cometemos errores y la mejor manera de ayudarnos es mostrándonos un amor genuino. Por eso Pedro también insiste: Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal amor (2 Pedro 1: 5-7).

No dudes que el amor, desde la fe cristiana, logre el prodigio de un proceso redentor que bendice e involucrará tanto a quien lo comparte como a quien lo recibe, aunque haya sufrimiento en el proceso. Lo hará porque al ser verdadero, responsable, comprometido y digno, el verdadero amor jamás se gozará en demeritar o destruir a alguien, pues su misión es elevarnos a todos a una condición humana más alta, disfrutable y por lo tanto, bendecida.

¡Feliz día del amor y la amistad!

Reflexiones sobre la adoración

Muchas iglesias acostumbran ahora a usar música estridente y con derroche de emociones, concebida como la adoración atractiva y disfrutable que precede a la exposición de la Palabra, lo cual podría —si nos descuidamos—, trasmitir un mensaje equivocado. Si nuestras alabanzas no provocan un interés profundo y sincero por la exposición de la Biblia, no clasifican como “adoración” aunque utilicen cantos preciosos, voces melodiosas, recursos artísticos,  tecnológicos y promuevan sentimientos vibrantes.

Un pastor me contó de una iglesia donde por un tiempo excesivamente largo se mantuvo a los fieles de pie, mientras se desarrollaba una adoración jubilosa, emotiva y físicamente activa. Cuando al fin se invitó a los presentes a sentarse, escuchó a dos mujeres detrás de él —al parecer, visitantes—, comentar:

—¿Sentarnos ahora? ¿Y qué viene después?—, dijo una de ellas.   

—Prepárate —advirtió la otra—, tienen una música riquísima, pero ahora viene una perorata insoportable. ¿Nos vamos?  

En vez de disponerse a continuar adorando, ya estaban satisfechas y deseosas de irse.  

¿Sabes qué hacía en mi adolescencia si un culto se extendía, asustado porque aún faltaba el sermón? ¡Buscaba cómo entretenerme! Mi pastor descubrió un domingo que un grupo de nosotros intercambiábamos papelitos mientras él predicaba. Nos reunió… ¡y agradeció que en vez de conversar nos comunicáramos escribiéndonos, pues así no molestábamos a los demás! No obstante, insistió que debíamos vencer esa tentación.   

—Hay partes del culto cuando es demasiado irreverente entretenerse —explicó—, pues significaría como darle la espalda a Dios y seguramente ustedes no querrían hacer eso. Una es cuando se lee la Biblia y la otra cuando se predica, ¡Son momentos en el que Dios habla y todo el mundo debe callar! Si se entretienen en otra parte del culto estaría mal, pero es menos grave.

¡Qué espíritu tan compasivo y con cuánto amor nos habló el pastor! Él exigía que al leer la Biblia la congregación estuviera de pie en absoluto silencio. Si alguien llegaba en esos momentos, debía detenerse en la puerta y escuchar, evitando que cualquier ruido o movimiento interrumpiera la solemnidad de la lectura bíblica, de modo que viví esa experiencia cada domingo desde niño. Según mi pastor, leer la Biblia era como si Dios mismo estuviera hablando a la congregación, Lógicamente el sermón requería de la misma atención y disciplina por ser la explicación y aplicación de la misma.  

Dios usa tanto a los predicadores como a quienes ministran dirigiendo la alabanza, los cantantes, instrumentistas, sonidistas, coros y grupos musicales, etc. Pero obviamente las alabanzas no deben dejar a una congregación agotada y cansada, sino ávida por escuchar y aprender de la Palabra de Dios.

¿Solo se exalta la gloria de Dios con composiciones musicales y participaciones artísticas impresionantes? Definitivamente no. El interés que mostremos por la exposición bíblica es un factor que demuestra la calidad de nuestra adoración. Me preocupa que al adorar hoy dependamos cada vez más de recursos tecnológicos y música altisonante que estimule mover nuestros cuerpos por la intensidad de sus ritmos y ondas sonoras. La repetición de sonidos estridentes parece llegar al fondo del alma, pero es solo una percepción auditiva y no es necesariamente una manifestación de espiritualidad.

Cuando el profeta Amós clama de parte de Dios: ¡Fuera de aquí con esos ruidosos himnos de alabanza! No escucharé la música de sus arpas. En cambio, quiero ver una inundación de justicia y un río inagotable de rectitud (Amós 5:23-24, NTV); enseña que la verdadera adoración no es un rato místico y a la vez entusiasta de música, emociones y movimientos físicos, sino una actividad que exige de los adoradores una obediencia absoluta a los reclamos divinos.

El actual proceso corruptor y hedonista pudiera hacernos creer que para exaltar la gloria de Dios es necesario un derroche de recursos que —junto al despliegue de talentos y habilidades personales—, nos provoque disfrutar al máximo, como en cualquier espectáculo artístico. ¿Será que algunas reuniones cristianas puedan no estar exaltando a Dios sino a la destreza humana, especialmente cuando la más pura exposición bíblica quede relegada al mínimo o al tiempo cuando ya las personas están agotadas?

Adorando a Dios podemos emocionarnos hasta lo sumo tanto si tenemos instrumentos musicales como si no existen en cien kilómetros a la redonda. Lo esencial no es que usemos recursos artísticos o tecnológicos, sino que experimentemos la presencia de Dios, tan real cuando cantamos en voz alta como cuando oramos en silencio, leemos la Biblia o escuchamos con atención profunda la predicación. ¿Nos emocionaremos solo si hay redoble de platillos, volumen altisonante, manifestaciones artísticas y movimientos corporales? ¡Cuidado! También glorificamos al Señor cuando totalmente absortos, en silencio y reverencia total, escuchemos y obedezcamos la Palabra de Dios dispuestos a tomar las decisiones pertinentes —que aunque sean difíciles, provoquen lágrimas y constricción—, nos permitan complacerle a él y no a nosotros mismos.  

El hacer tu voluntad, Dios mío, me ha agradado, y tu ley está en medio de mi corazón.

Salmo 40:8