Un mundo cambiante

Encontrándome en Seúl, Corea del Sur, en agosto de 1990 para asistir al décimo sexto congreso de la Alianza Bautista Mundial, la tarde antes de regresar —acompañado del Dr. Eliezer Veguilla—, fuimos a comprar unos zapatos que vi días antes en una tienda. Temiendo que mis recursos no alcanzaran para los gastos de estancia en el país, esperé al último día para comprarlos. Tras bajarnos del tren subterráneo y caminar rápidamente hacia la tienda, escuchamos que una mujer corría y gritaba detrás de nosotros en medio de la multitud que transitaba por la estación del tren.

La mujer era joven, vestía muy humildemente y agitaba algo en su mano.  Nunca dejamos de escuchar sus gritos mientras intentábamos llegar a la tienda antes de que cerrara. Sin embargo, al entrar en ella, nos sorprendió que llegara inmediatamente detrás de nosotros agitando en su mano derecha dos billetes de veinte dólares. Fue directo hacia mí, agarró el bolsillo de mi pantalón y señaló que dichos billetes se me habían caído al suelo. Aunque le insistí que no eran míos, decididamente los colocó en mi mano afirmando con su cabeza y se fue tan rápidamente como entró, haciendo reverencias y sonriendo llena de felicidad.

Justo en el momento en que se marchó recordé que al abandonar el tren revisé mis bolsillos para constatar si traía el dinero necesario. Nervioso, lo hice nuevamente y estaban vacíos. ¡La mujer tenía razón! Muy emocionado salí tratando de alcanzarla para agradecerle, pero era imposible verla entre la multitud que colmaba la estación del metro a esa hora. Me emocionó que hubiera corrido por más de doscientos metros para devolver el dinero caído a un extranjero desconocido que no hablaba su idioma, y a quien probablemente jamás volvería a ver. ¡Increíble! Después de más de 30 años, su recuerdo vuelve a mi mente, me impresiona y bendice. ¡Qué lección de honradez, bondad y sensibilidad humana! Ella pudo conservar el dinero al ver que nosotros varias veces la miramos mientras nos perseguía sin hacerle caso. Jamás olvidaré la expresión de alegría y genuino gozo que mostró al entregármelo.     

No solo ella nos dio lecciones de honradez y bondad en Corea del Sur. Constantemente nos equivocábamos pagando de más y los coreanos nos rechazaban enseguida el dinero, advirtiéndonos de nuestro error. Aunque conocíamos que entonces un dólar equivalía a 700 Won, en la moneda local los billetes de mil y diez mil eran casi idénticos y pagábamos en demasía, lo cual provocaba una reacción instantánea en los comerciantes que rechazaban drásticamente el dinero y nos explicaban. Durante nuestra estancia en un país que nos era totalmente ajeno nos sentimos seguros, rodeados de gente noble, educada, honrada, cortés y servicial hasta lo sumo. Una cultura totalmente distinta a la nuestra, pero muy respetuosa y laboriosa, disciplinada, prudente y sumamente discreta.  

A su vez, también recuerdo el bautizo de diez mil nuevos creyentes en Cristo que se realizó en un canal de dos kilómetros de largo construido para las regatas de los Juegos Olímpicos de 1988. Me impresionó hasta las lágrimas que ese evento multitudinario —realizado ordenadamente en menos de una hora por 200 pastores—, pudo relacionar y armonizar perfectamente el gozo cristiano con una impactante demostración de orden, corrección, disciplina, reverencia, solemnidad y una espiritualidad profunda que experimentamos todo el tiempo mientras escuchábamos por los altavoces himnos cristianos.  

¿Continuará siendo igual ahora el comportamiento humano en aquel país? Lo ignoro, pero sí noto como a mi derredor algunas buenas costumbres y actitudes vigentes en aquella época van perdiéndose. El decoro, la honradez, la dignidad, la elegancia, la mesura —así como el respeto y la consideración humana al expresar nuestras opiniones aunque sean discordantes—, son virtudes que escasean. Hoy casi todo lo celebramos o combatimos a fuerza de gritos, chiflidos, gestos exagerados, insultos o maneras desmedidas. También creo que la reverencia, la solemnidad y la quietud ante la grandeza y santidad divina han sido sustituidas en algunas reuniones cristianas por un exceso desenfrenado de emociones, efectos tecnológicos y música ensordecedora. Es como si despreciáramos el silencio y la meditación profunda que nos transforma, santifica y renueva mientras experimentamos la presencia de Dios y su inefable obra de gracia en nosotros.  

¿Oh será que la ancianidad inexorable ofusca mis sentidos, volviéndome rígido e intransigente? Confieso que a veces lo temo.

Sin embargo, recuerdo muy bien que en mis años mozos, lo que transformó mi conducta propiciando un cambio radical en mis planes de vida, no fue el bullicio, el jolgorio o el exceso de actividades y diversiones que de una u otra manera siempre disfruté. Me transformaron —y salvaron— los momentos en que experimentando la inefable, santa y bendita presencia de Dios, me rendí totalmente a él y a su voluntad aunque la emoción apenas me permitiera articular palabras.

¡Claro, ya comprendo, vivimos en un mundo diferente! Escucho a diario la anterior afirmación, tan expresada de manera positiva resaltando el desarrollo innegable, como negativa lamentando la pérdida de valores y principios cada vez más olvidados.

 ¿Será posible, acaso, preguntarnos si los reclamos divinos también habrán cambiado?

La Biblia afirma lo que para mí es concluyente: Toda buena dadiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza ni sombra de variación (Santiago 1:15); Jesucristo es el mismo, hoy, ayer y por lo siglos (Hebreos 7:8).

En este mundo cambiante optemos por aferrarnos humildemente a Dios y a sus enseñanzas repitiendo como el salmista: ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra. Mi carne y mi corazón desfallecen, más la roca de mi corazón y mi porción es Dios para siempre (Salmo 73:26).

¿Arrogancia o humildad?

Los versículos que inspiran este comentario nos retan a asumir una actitud que en nuestra corrupta y orgullosa condición humana es muy difícil. ¿Estimar cada uno a los demás como superiores a él mismo? ¡Qué locura! Además, la humildad no está de moda hasta en algunos círculos cristianos que muestran un proceder muy arrogante opuesto a todo lo que Cristo exige de sus seguidores. Aclaro que lo que Pablo enseña no es que dejemos de valorarnos nosotros mismos, sino que respetemos el valor y la dignidad propia de los demás.

Aunque cada vez sea más fuerte el rechazo actual a las enseñanzas cristianas —porque se consideran retrógradas y discriminatorias por los límites que imponen a la conducta humana—, ello no puede impedir que los cristianos mostremos una conducta humilde y amorosa. Sí, nos entristece que muchos se opongan a lo que predicamos y enseñamos, pero ello no anula nuestro deber de amar y servir a los demás, sean quienes fueren. La actitud de Jesús —¿recuerdas que lo catalogaron amigo de publicanos y pecadores?—, no significaba que él estuviera de acuerdo con sus modos de pensar y actuar.

Jamás debiéramos mostrar una actitud altanera y despreciativa. El mismo Pablo insiste: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia… (Colosenses 3:12). ¿Será que tal comportamiento solo debemos mostrarlo para con quienes sustentan y afirman nuestra fe? No lo creo. Al interactuar con los no creyentes urge mostrar un espíritu compasivo, recordando que solo somos pecadores perdonados por la gracia de Dios y todavía tenemos mucho más que alcanzar y comprender. ¿Acaso ya somos perfectos? ¿En realidad es fácil y nos place obedecer siempre al Señor ante cualquier disyuntiva?

Tristemente terminó la época cuando los cristianos cantábamos haz lo que quieras de mí, Señor, tú el alfarero, yo el barro soy, dócil y humilde anhelo ser, cúmplase siempre en mí tu querer, como expresaba un antiguo himno totalmente olvidado. Ahora preferimos cantar jubilosas y enfáticas declaraciones exigiéndole a Dios que las cumpla. Jamás olvidaré al grupo musical que en un retiro de jóvenes propuso una canción lema que declaraba repetidamente: te diré, Dios, mis deseos para que tú los cumplas. Fueron humildes y aceptaron mi pedido de cambiar tal expresión. ¡Si bien es obvio que podemos decirle a él nuestros deseos, jamás debiéramos hacerlo en forma de orden! El orgullo humano suele estar tan enraizado en esta época que solemos no percibir cuanta arrogancia y presunción pueden manifestar algunas de nuestras actitudes, conductas, decisiones y expresiones.   

Seguidores de uno que no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres, y estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, siendo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz (Filipenses 2: 6-9), nuestras reacciones a los inconvenientes de la vida o al acoso de los impíos con frecuencia son impropias.

Cuando alguna situación provoca que nuestra autoestima se vea amenazada, los cristianos del Siglo XXI fácilmente exclamamos: ¿Humillarme yo? ¡No tengo por qué hacerlo! ¿Será que nos gusta experimentar superioridad, ocupar los primeros planos y ser siempre aplaudidos como si fuéramos los reyes del universo? ¿Nos resulta vergonzoso que alguien nos señale errores o aconseje intentando ayudarnos? Jesús fue escupido, coronado de espinas, crucificado, desechado y despreciado, pero aceptó el camino de la humillación si ello consistía en obedecer al Padre. Es posible que a veces olvidemos a quién amamos y seguimos como nuestro ejemplo supremo de vida. Nuestra misión en la tierra no es ser los primeros en todo, ni brillar como grandes personalidades inatacables, sino ser obedientes incondicionales a quien nos salvó y redimió cueste lo que cueste.

Una niña lloraba porque en el programa de fin de curso le ofrecieron un papel secundario y a su amiguita le asignaron uno principal. Tras secarle las lágrimas, su madre buscó un reloj de mesa y le preguntó mostrándoselo:

—¿Qué ves ahora?—, a lo cual la niña contestó que veía un reloj andando.

La madre viró el reloj, abrió la tapa posterior y le repitió la pregunta.

—Ahora veo rueditas de distintos tamaños dando vueltas—, dijo la niña, tras lo cual la madre añadió:

—Hija, si quito la más pequeñita todo el reloj será inservible. Nunca es vergonzoso hacer un papel secundario. ¿Entiendes lo que quiero enseñarte?.

Vivimos en un mundo tan arrogante y retador que a veces nos contagiamos olvidando importantes requerimientos que nuestra propia fe nos exige. Sentirnos menospreciados, incomprendidos, maltratados o perseguidos no es excusa para mostrar altivez y desamor. Bien escribió el apóstol Pedro: Porque esto merece aprobación, si alguno a causa de su conciencia delante de Dios, sufre molestias padeciendo injustamente. Pues, ¿qué gloria es si pecando sois abofeteados y lo soportáis? Más si haciendo lo bueno sufrís y lo soportáis, esto ciertamente es aprobado de parte de Dios. Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente (1 Pedro 2:19-23). ¿Será pedirnos demasiado que actuemos de esa manera? ¿Olvidamos que 1 Juan 2:6 nos enseña: el que dice que está en él debe andar como el anduvo?

Desde el antiquísimo libro de Proverbios nos llegan palabas alentadoras: El temor de Jehová es enseñanza de sabiduría y a la honra, precede la humildad (Proverbios 15:33). Y para advertirnos de que somos bendecidos cuando actuamos humildemente, el Nuevo Testamento nos alerta con agudeza: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Santiago 4:6).

Ante la opción entre la arrogancia y la humildad, no hay que hacer preguntas. ¡Sabemos muy bien lo que Dios desea y espera de quienes decimos ser sus hijos!

La vanagloria de la vida

Alguien me preguntó refiriéndose al pasaje bíblico que encabeza este artículo:

—¿Por qué la primera epístola de Juan ordena que no amemos al mundo si Juan 3:16 dice: Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha dado a su Hijo Unigénito para que todo aquél que en él crea no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16)? ¿La Biblia se contradice? 

Las palabras hebreas o griegas que se traducen por mundo poseen acepciones diferentes. En Juan 3:16, mundo alude a la humanidad, pero en otros pasajes puede referirse al propio planeta o a las actitudes, costumbres y formas de pensar comunes en la sociedad.

Es asombroso como Pablo describió la conducta humana de los tiempos postreros: Pues la gente solo tendrá amor por sí misma y por su dinero. Serán fanfarrones y orgullosos, se burlarán de Dios, serán desobedientes a sus padres y malagradecidos. No considerarán nada sagrado. No amarán ni perdonarán; calumniarán a otros y no tendrán control propio. Serán crueles y odiarán todo lo bueno. Traicionarán a sus amigos, serán imprudentes, se llenarán de soberbia y amarán el placer en lugar de amar a Dios. Actuarán como religiosos pero rechazarán el único poder capaz de hacerlos obedientes a Dios. ¡Aléjate de esa clase de individuos! (2 Timoteo 3:2-5 NTV).

Por lo tanto, ¿asombra que la humanidad hoy exhiba sin recato —tanto en lugares públicos como en las omnipresentes pantallas digitales—, cualquier proceder humano ignorando el valor de la intimidad, el pudor y la modestia? A mi entender, la apreciación acrecentada que ahora tenemos de la depravación humana se debe al avance tecnológico que hoy propicia la libre exposición de conductas que antes ocurrían en privado y a escondidas. Desde el principio Dios declaró que la malicia de los hombres era mucha en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal (Génesis 6:5).

Cuando Pablo alertó a Timoteo ¡aléjate de esa clase de individuos! no le ordenaba apartarse totalmente de ellos, sino solo advirtiéndole: Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas. Pero tú se sobrio en todo, soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio (2 Timoteo 4: 2-5).

La misión cristiana no implica alejarnos de las personas corruptas, sino mostrarles el gran amor de Dios, dispuesto a perdonarles en Cristo y salvarles. Cuando los Fariseos preguntaron a los discípulos: ¿Por qué vuestro maestro come con publicanos y pecadores? (Mateo 9:11); era porque él se relacionaba con gente considerada despreciable. Entonces nuestro deber —sin sucumbir a costumbres que comprometan nuestro testimonio—, es lograr relaciones tan cordiales con los no creyentes que propicien poder mostrarles a todos el poder transformador del evangelio de Cristo.  

Sin embargo, ¡cuán fácil es contagiarnos del espíritu carnal, vanidoso y prepotente que nos rodea, al cual la Biblia llama la vanagloria de la vida (1 Juan 2:16 RVR). Seguir a Jesús implica sencillez, humildad, misericordia y gracia al relacionarnos con incrédulos sin que nos amedrente cuán belicosos o pretenciosos puedan mostrarse. No recuerdo los detalles, pero hay una historia fabulosa sobre un evangelista que amenazado de muerte por un maleante, le respondió lleno del amor de Cristo:

—Sí, ¡puedes matarme y cortar mi cuerpo en mil pedazos! Pero te aseguro que cada uno de ellos te gritará que Dios te ama y quiere perdonarte.

Responder así parece casi imposible ahora cuando muchos asumen posturas cada vez más radicales y despreciativas, acusando a los creyentes de hipócritas, ignorantes o extremistas. ¿No será que quienes así actúan —cegados por la vanagloria de la vida—, incapaces de ver más allá de su propio entorno, juzgan de esa misma manera a los demás? A su vez, los cristianos no siempre vivimos a la altura de la fe que predicamos y mostramos actitudes que nos incapacitan para influir positivamente en las personas que nos rodean. ¡También existe un inaceptable y petulante orgullo cristiano, tan falso y presuntuoso que en vez de atraer a los no creyentes, los confunde y aleja del verdadero evangelio!  

Jesús, sin embargo, enseñó que Dios bendice a los pobres en espíritu, a los que lloran, los humildes, los que anhelan justicia, los misericordiosos, los de corazón puro, los pacificadores y los que por seguirle, están dispuestos a sufrir y ser despreciados. Insistió que seríamos bienaventurados cuando por su causa fuésemos vituperados y perseguidos, recordándonos que debemos ser luz del mundo y sal de la tierra. Algo que para lograrlo, jamás podemos permitir que la vanagloria de la vida nos afecte.

Sé que la ancianidad puede deformar mis percepciones, pero recuerdo himnos hoy desechados que antes cantábamos muchísimo: Uno decía: Sed puros y santos, mirad al Señor, permaneced fieles siempre en orar. Leed la palabra del buen Salvador. Socorred al débil, mostradle amor.  Otro, que tenía la virtud de emocionarme al máximo, expresaba: Más santidad dame, más odio al mal, más calma en las penas, más alto ideal, más fe en mi maestro, más consagración, más celo en servirle, más grata oración. Más pureza dame, más fuerza en Jesús, más de su dominio, más paz en la cruz. Más rica esperanza, más obras aquí, más ansia del cielo, más gozo allí. ¿Entiendes? Este último expresa un deseo ardiente por importantísimos valores espirituales. Todo en ambos himnos —incluso las características y el espíritu de sus melodías—, exaltaban la espiritualidad sobre la vanagloria de la vida. Había otro que al cantarlo declarábamos nuestra decisión de negarnos a adquirir actitudes mundanas: Dejo el mundo y sigo a Cristo, porque el mundo pasará, más su amor, su amor bendito, por los siglos durará. ¡Oh, qué gran misericordia! ¡Oh, de amor sublime don! ¡Plenitud de vida eterna! ¡Prenda viva de perdón!  Mi dolor no es tanto porque los cristianos actuales ignoren o rechacen esos himnos, es temor a que hoy no se valoren sus enseñanzas, que sin duda con base bíblica, apelaban musical y emocionalmente a los creyentes a una mayor consagración, dependencia del Señor y una vida de santidad y pureza espiritual.

No lo dudes, la vanagloria de la vida nos rodea y acecha constantemente y es fácil sucumbir a ella. Para evitarlo, recordemos que Jesús aclaró muy bien lo que involucraba seguirle a él: Si alguno quiere seguir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí la hallará (Lucas 9:23-24). ¿Comprendes? ¡Una genuina experiencia cristiana rechaza completamente la vanagloria de la vida!

Domingo de Resurrección

Marcos, posiblemente el primer evangelio escrito, narra que un ángel anunció a las mujeres que fueron al sepulcro la resurrección de Jesús, pidiéndoles que dijeran a los discípulos y a Pedro, que Jesús les esperaba en Galilea y allí le verían. ¡Más ellas, aterrorizadas, salieron huyendo de allí y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo! Sí, leíste bien, el miedo cerró sus bocas. ¿No debieron mejor saltar de alegría y salir presurosas a contarlo a todos? Cuando al final María Magdalena comunicó la fabulosa noticia a los discípulos que encontró tristes y llorando, ¡ellos, sencillamente no le creyeron!

Mateo, a su vez, asegura algo diferente. Según él, en el sepulcro el ángel le dijo a las mujeres que no temieran y les enseñó el lugar vacío donde estuvo el cadáver, pidiéndoles que fueran pronto a decirle a los discípulos que Jesús había resucitado e iba delante de ellos a Galilea, donde podrían verlo. Según Mateo, ellas salieron del sepulcro con temor y gran gozo, y corrieron a dar las buenas nuevas a los discípulos. En el camino Jesús se les aparece y ellas se le acercaron, abrazaron sus pies y le besaron, tras lo cual Jesús repitió el mismo mensaje de que en Galilea todos podrían verle.  

Lucas, a su vez, asegura que ellas, turbadas al no hallar el cuerpo de Jesús en la tumba, son tranquilizadas por dos ángeles que les preguntaron: ¿por qué buscáis entre los muertos al que vive? Como esas palabras les recordaron a ellas los anuncios de Jesús, fueron a buscar a los once discípulos para darles la noticia. Lo sorprendente aquí fue que a ellos sus palabras le parecieron locura y no les creyeron. Pedro, no obstante, corrió al sepulcro y al ver allí solo los lienzos que envolvieron el cuerpo del Señor regresó maravillado a su casa, lo que demuestra que antes había demostrado total incredulidad. Como hizo Tomás días después, Pedro fue al sepulcro porque necesitaba ver para creer. Lucas también narra en exclusiva la experiencia de dos discípulos que caminaban hacia Emaús, a quienes Jesús les apareció y conversó con ellos durante todo el camino sin ser reconocido. ¿Sabes por qué? ¡Sus ojos estaban velados todo el tiempo por la incredulidad! Tanto fue así, que al indagar Jesús sobre qué hablaban ellos en el camino, casi le acusaron de ser la única persona que ignoraba lo ocurrido en Jerusalén en los últimos días. ¿Imaginas qué clase de error tan torpe y cruel cometieron?

Juan —probablemente el último de los cuatro evangelios que se escribió—, ofrece una versión que en cierto modo armoniza todas las anteriores. Cuando María Magdalena vio el sepulcro vacío, pensando que habían robado su cuerpo, corrió y lo comunicó a Pedro y a Juan, quienes a su vez corrieron hasta allí. Al ver los lienzos vacíos recordaron que Jesús había dicho que era necesario que él resucitase y volvieron a los otros discípulos a comunicárselo. Mientras tanto, María regresó llorando de nuevo al sepulcro, entró y vio a dos ángeles que le preguntaron por qué lloraba y también a Jesús, quien al hacerle la misma pregunta, ella creyó que era el cuidador del lugar y le respondió que quería recuperar el cadáver del Señor para llevarlo de nuevo al sepulcro. Tal encuentro fue determinante, porque María al escucharle, terminó reconociéndole emocionada y recibió el encargo de confirmar la sublime noticia a los demás.

¿Acaso las particularidades de tales relatos revelan inexactitud y errores en los evangelios? De ningún modo. Solo demuestran el profundo e inexplicble estremecimiento que todos experimentaron porque —tristemente—, ninguno esperaba que Jesús resucitaría. Por ello cada cual manifestó su propia percepción provocada por la extraordinaria sorpresa y también, por un muy posible sentimiento de culpa debido a no creer ni recordar los varios anuncios que Jesús les hizo sobre su resurrección al tercer día tras su muerte. ¿No has notado cómo cuando varias personas son sorprendidas y aterradas por un evento totalmente inesperado, cada cual suele manifestar diferentes apreciaciones? Mucho más cuando al permanecer tristemente incrédulos, escondidos y temerosos por miedo a los judíos, fueron sorprendidos por una noticia que para ellos resultaba demasiado buena como para ser cierta.

De alguna manera tras más de dos mil años, nosotros en cierto aspecto solemos repetir la historia. Creer en la resurrección de Cristo nos reta a rechazar para siempre el temor y la desesperanza, porque nos deja sin aquellos argumentos que nos permitirían temer y quejarnos ante los acontecimientos que nos resultan difíciles de aceptar. ¿Será que sentimos cierto turbio y oscuro, pero agradable placer al lamentarnos cuando sufrimos? En el fondo no es que seamos del todo incrédulos, pero el poder que levantó a Cristo de la tumba nos estremece tanto que a veces nos paraliza. No juzguemos a los discípulos por su incredulidad, pues muchas veces actuamos como ellos mismos ante los sufrimientos que nos alcanzan, olvidando que para Dios nada es imposible. Gocémonos, pues, siguiendo al Cristo resucitado del mismo modo que disfrutamos sencilla y naturalmente la gloriosa salida del sol que tanto nos alienta y bendice cada mañana. Tratemos siempre de mantener la paz en medio de las tormentas pasajeras de la vida, pues la resurrección de Cristo nos garantiza la certeza de nuestra esperanza y felicidad eternas.

De modo que aunque hoy todo parezca irte de mal en peor, decide abandonar las quejas, los temores, los lamentos y cámbialos por la fe, las palabras de aliento y la esperanza eterna: ¡Por la admirable y sublime gracia de Dios, tú y yo creemos en un Cristo resucitado!

 Qué toda la alabanza sea para Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Es por su gran misericordia que hemos nacido de nuevo, porque Dios resucitó a Jesucristo de entre los muertos (1 Pedro 1:3 NTV)

¿Sábabo de gloria?

Puede que no sepas que hasta mediados del siglo pasado se acostumbraba llamar sábado de gloria al día después de la muerte de Jesús. Nunca entendí por qué se denominaba como glorioso ese día que resultó angustioso para sus seguidores. Las emociones que vivieron desde el jueves anterior durante la celebración de la última cena pascual más los acontecimientos posteriores en el Getsemaní, fueron devastadores para todos. Allí Jesús sufrió tan agónicamente que Dios envió un ángel a consolarlo y ocurrió la abominable traición de Judas, quien acompañado de mucha gente con espadas y palos para prenderle, provocó que todos los discípulos, dejándole, huyeron (Mateo 26:56). ¿Podemos imaginar cómo se sintieron ellos mismos después de tanta infamia?

Aunque desconocemos los detalles del comportamiento de los doce durante la madrugada del viernes mientras Jesús era juzgado por el concilio, escupido, abofeteado y azotado, imagino que de algún modo sabrían lo que acontecía. Sus ausencias durante todo el proceso —salvo la presencia de Pedro negando conocerle—, revela el estado espiritual y emocional en que se encontraban. Al parecer, durante la crucifixión solo estuvieron presentes su madre, algunas mujeres que le seguían y Juan, el discípulo amado. ¿Tiene explicación tal proceder de sus más cercanos y fieles seguidores en ese momento terrible? De ellos, el relato bíblico solo informa que el domingo en la noche permanecían escondidos a puertas cerradas por miedo de los judíos (Juan 20:19), aterrorizados por la crueldad de los acontecimientos. Por ello siempre pensé que en vez de llamar sábado de gloria al día posterior a la muerte de Jesús, deberíamos llamarle sábado vergonzoso.

No obstante, tal día comenzó a reconocerse como sábado santo cuando la Iglesia Católica realizó una reforma litúrgica llamándole de esa manera, aunque ese día los discípulos permanecieron  desanimados y temerosos a pesar de que él anunció su resurrección reiteradamente. Tampoco la esperaban las mujeres que en la mañana del domingo fueron a la tumba con especies aromáticas para ungir su cadáver.  

Sin embargo —¡qué contradicción!—, los enemigos de Jesús sí recordaban su anuncio de que resucitaría al tercer día y maniobraron para impedirlo a toda costa alegando que sus discípulos robarían el cuerpo para al menos, simularla. Por ello durante la mañana de ese triste sábado aseguraron la piedra que sellaba su tumba para que no pudiera ser removida. ¿Será que desde entonces la humanidad vive en un confuso e interminable sábado vergonzoso? Los cristianos, aunque creemos en la resurrección pues tal como Pablo escribió: Si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también nuestra fe (1 Corintios 15:14), seguimos sin entender ni obedecer del todo los requerimientos de Jesús, por lo cual tras más de dos mil años de historia, sufrimos penosos desatinos, divisiones interminables y muchas inconsecuencias. Además, gran parte de la humanidad no solo desprecia a Cristo sino que se empeña con fuerza e impudicia en combatir sus enseñanzas. ¿Ignoran que así actúan como aquellos que sellando la piedra del sepulcro creyeron asegurar que las enseñanzas de Jesús quedarían sepultadas para siempre?

No obstante, los primeros discípulos,—pese a sus dudas e incredulidades—, se rindieron ante la evidencia gloriosa de ver a su Señor resucitado y fueron tan exitosos proclamando su fe que miles de años después no solo creemos y proclamamos su resurrección, ¡sino que también anunciamos y esperamos su segunda venida en gloria al final de los tiempos! De modo que celebraremos el Domingo de Resurrección proclamando gozosamente que él se levantó de los muertos aunque sus discípulos no lo esperaban y sus enemigos intentaron evitarlo. Además, ¿acaso podríamos dudar ahora del triunfo final del Reino de Dios tal como proclaman las enseñanzas bíblicas?

Mañana, cuando recordemos con gozo inmenso la resurrección del Señor, proclamamos el cumplimiento también inevitable de la profecía bíblica: Y el séptimo ángel tocó la trompeta y fueron hechas grandes voces en el cielo, que decían: Los reinos de este mundo han venido a ser de nuestro Señor y de su Cristo; y él reinará por los siglos de los siglos (Apocalipsis 11:15).

Demos gracias a Dios porque más de dos mil años después de la resurrección de Cristo, a pesar de nuestras imperfecciones seguimos aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras (Tito 2:14).

¡Preparémonos para un feliz y bendecido Domingo de Resurrección!  

El sentir de Cristo

¿Será posible a la mente humana comprender totalmente lo que significó para Cristo despojarse de su condición divina, asumir un cuerpo terrenal y además morir en la cruz para salvar a quienes creyeran en él? ¡Es lógico que los teólogos hayan discutido durante siglos sobre el alcance de la expresión paulina se despojó a sí mismo! Los humanos, tan orgullosamente apegados a nuestros derechos, condiciones y posiciones, quedamos anonadados ante tal pronunciamiento.

Aunque somos corruptos y erramos fácilmente, nos aferramos a nuestra dignidad humana y nos es difícil apreciar la magnitud de la acción de Cristo al asumir su encarnación. Ante ello, ¡qué absurdas resultan nuestras actitudes soberbias y pretenciosas! El Hijo de Dios se humilló hasta lo sumo con tal de salvarnos y transformarnos. Para ello, el Dios de la gloria habitó un cuerpo humano. ¿Podemos siquiera imaginar las limitaciones que asumió al hacerlo? El poder eterno que creó el universo vino a ser una más de las criaturas terrenales. Experimentó a plenitud la fragilidad humana con tal de redimirnos.  

La oración de Jesús cuando ya se acercaba su muerte: Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes de que el mundo fuese (Juan 17:5), nos permite vislumbrar la magnitud de su sacrificio. No habitó este mundo para su conveniencia, sino por nuestra necesidad. También para enseñarnos que debiéramos buscar el beneficio ajeno por encima del propio, algo cada vez más ausente en la conducta humana actual. Tal parece que Jesús nos dijera:

Hagan bien a los demás aun en el caso de que deban renunciar a derechos legítimos y ventajas personales. El bienestar de quienes amamos merece cualquier sacrificio, cualquier renunciamiento, cualquier dolor, cualquier entrega.

Nosotros preferimos utilizar expresiones diferentes:

—Tengo derecho a disfrutar mi vida sin que las necesidades de otros estorben mis planes.

¡Cualquiera diría que somos seguidores de Poncio Pilatos, pues ante situaciones comprometedoras nos lavamos las manos como él aunque sabemos cuán pusilánime fue su actuación! ¿Aceptaremos alguna vez que nuestras tan comunes actitudes individualistas, soberbias y pretenciosas son del todo ajenas a la fe cristiana? Como seguidores de Jesús lo correcto sería que nuestras decisiones y acciones siempre estuvieran encaminadas al bienestar ajeno y no al propio.  

El reto mayor que nos presenta a los creyentes el hecho de que Jesús se despojara a sí mismo, no es entender lo que ello significó para él —algo que nos es imposible comprender del todo—, sino aceptar que debiéramos mostrar siempre su misma disposición. Los estudiosos de la Biblia discuten tanto sobre el significado del despojamiento propio de Jesús porque es más fácil dedicarse a profundas discusiones teológicas que obedecer y poner en práctica humildemente sus implicaciones elementales, por demás muy claras.

El orgullo y superficialidad que a veces exhibimos los creyentes en Cristo tiene una razón obvia: el rechazo que hacemos a todo lo que conlleve renuncia y sacrificio, mientras proclamamos vivir entregados y sirviendo a quien fue capaz de abandonar su gloria celestial, humillarse a sí mismo y hacerse  obediente hasta la muerte. ¿Lo has pensado? El Hijo de Dios no se aferró tampoco a su recién adquirida y perfecta dignidad humana, esa que es tan valiosa e irrenunciable para nosotros a pesar de no ser como él debido a nuestras imperfecciones. Jesús se sometió voluntariamente a la soberanía divina mostrando una obediencia sin límites aunque ello implicara ser humillado, traicionado, escupido, flagelado, condenado, despreciado y finalmente clavado en una cruz.

Nosotros persistimos en luchar contra las injusticias o heridas que sufrimos de la única manera que jamás será posible vencerlas: conservando y hasta exhibiendo nuestro orgullo propio. Lo peor es que cuando algo así sucede, olvidamos que Jesús nos enseñó que cualquiera que se enaltece, será humillado; y el que se humilla será enaltecido (Lucas 18:14). ¡Cuán fácilmente pretendemos ignorar que cualquier actitud orgullosa es esencialmente incompatible con la fe cristiana! Nos resistimos a humillarnos ante incomprensiones, circunstancias adversas, injusticias e incluso ante las consecuencias de nuestros propios errores. ¿Será el Espíritu Santo el que alguna vez susurre en nuestros oídos las palabras que tanto nos agradan: no tienes por qué humillarte?

Recordar a Jesús en la cruz, su actitud y todo lo que desde allí expresó —especialmente sus palabras Padre perdónalos porque no saben lo que hacen (Lucas 23:34)—, debiera impedir que al experimentar la injusticia y la maldad humanas escojamos obedecer las órdenes presuntuosas de nuestro ego, siempre dispuesto a manifestarse. Quiera Dios que durante esta semana que recordamos la pasión, muerte y resurrección del Señor, todos los que pretendemos ser sus seguidores meditemos en que necesitamos mantener a toda costa el espíritu de Jesús. Es hora de que valoremos y obedezcamos sus palabras tal vez menos recordadas: aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas (Mateo 11:29).

Es muy difícil lograrlo —lo sé por mi propia experiencia—, pero nos es absolutamente necesario si de verdad queremos actuar como seguidores suyos. De lograr hacerlo, de seguro encontraremos el descanso que él prometió para nuestras almas aunque enfrentemos la más difícil y frustrante de las situaciones.

La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón ni tenga miedo (Juan 14:27).