¿Es necesaria la fe?

Paisaje montañoso del Oriente cubano

El anhelo o deseo de Dios es universal. A pesar de que nuestra civilización es cada vez más secularizada y carente de intereses espirituales, muchas personas que en un tiempo han practicado la fe, imbuidos en sus luchas y aspiraciones diarias, reducen tanto su participación cristiana, que olvidan o abandonan totalmente las creencias de su niñez y juventud. Me gustaría compartir con mis amigos y amigas oyentes varios casos, que demuestran como algunos de los que manifiestan no creer ni necesitar de Dios, de algún modo conservan su necesidad de Él. Tal vez diferentes motivos o intereses logran apagar u ocultar sus sentimientos en ese sentido, pero al final afloran cuando las circunstancias de la vida lo propician.

El programa Mensajes de Fe y Esperanza, se trasmite de lunes a viernes a las 8:55 de la noche. Sintonícelo en los 800 AM (Onda Media)

Necesidad de Dios

Vista aérea de la ciudad de Matanzas, Cuba

Creer o no creer en Dios crea diferencias en la vida de un ser humano, pero no en el valor que esa persona tiene para Dios. ¡Todos los seres humanos son valiosos para él! Tanto, que dio a su hijo unigénito, Jesús, para abrirles el camino hacia una correcta relación con él. La experiencia que los cristianos llamamos salvación, conversión o nuevo nacimiento, está al alcance de cualquiera que reconociendo su necesidad de él, le invoque…

El programa Mensajes de Fe y Esperanza se trasmite de kunes a viernes a las 8:55 p.m. Sintonicelo en los 800 AM (Onda Media)

El camino correcto

Calle de la Habana Vieja, La Habana, Cuba

Probablemente todos hemos tenido la experiencia alguna vez de tomar un camino equivocado. Siempre que lo hacemos, al principio todo parece ir bien, después comienzan las dudas. Comprendemos que no estamos yendo por donde debemos ir y aún así avanzamos un poco más. Al fin llega el momento en nos decidimos y viramos atrás. A esa experiencia de virar atrás y abandonar un camino que reconocemos errado la Biblia la llama arrepentimiento

El valor de la esperanza

Edificio de la Habana Vieja, La Habana, Cuba

De algún modo tenemos que aprender a mantener la esperanza cuando estamos en medio de circunstancias difíciles. Los tiempos malos pasan. Sea que estemos enfermos, o enfrentando dificultades económicas, o problemas familiares, es bueno agarrarse a la esperanza de que las condiciones actuales de algún modo mejorarán. Es bueno tener ese espíritu porque así nos ayudamos a nosotros mismos y desarrollamos las energías que nos permiten afrontar los problemas con sabiduría y sensatez.

Retos de la Covid-19: acercarnos a Dios

«Conforme a mi anhelo y esperanza de que en nada seré avergonzado; ahora bien, con toda confianza como siempre, ahora también será magnificado Cristo en mi cuerpo, o por vida o por muerte (Filipenses 1:12)».

Está ocurriendo un aterrador recrudecimiento de los contagios por Covid-19. También Cuba ha reportado los mayores números de diagnósticos positivos diarios desde el principio de la pandemia. El incremento durante los últimos meses, y la aplicación el mes de enero pasado de nuevas medidas económicas, añaden preocupaciones e inestabilidad a la vida de todos. Es un momento desbordado de preocupaciones angustiosas.

A veces animamos a otros dándole una palmadita en el hombro, diciéndoles:

—Tranquilos, todo saldrá bien, Dios no abandona a los suyos.

Son palabras consoladoras, aunque lo único verdadero que afirman es que Dios no abandona a los suyos; pues no siempre todo sale bien. ¡En la vida muchas cosas terminan mal! Jesús advirtió que en el mundo tendréis aflicción, más confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33). Si quieres leer una lista espantosa de aflicciones, injusticias y tragedias que los hijos de Dios pueden sufrir, lee Hebreos 11 y concéntrate en los versículos 36 al 39. ¿Lo leerías ahora si tienes una Biblia a mano? La fe en Dios no hace desaparecer prodigiosamente todos los sufrimientos, aunque sí logra que los enfrentemos como corresponde. Si con frecuencia Dios nos libra de aflicciones, otras veces su gracia y su amor nos fortalecen para sobrellevarlas.

La pandemia ha cambiado muchas de nuestras costumbres, incluyendo la forma en que mostramos amor a familiares, amigos y hermanos en la fe. Quienes insisten que podemos abrazarnos y besarnos como antes, parecen ignorar que Dios dispuso las medidas de aislamiento que encontramos en Levítico para con enfermedades infecciosas como la Lepra, y que la primera cuarentena de la historia —que duró más de un año—, la impuso Dios a Noé y a su familia, librándoles de la muerte. Descuidarnos cuando sepamos que un peligro acecha es una actitud temeraria, desprovista de piedad y virtud.  

Los que asistimos regularmente a la iglesia estamos sufriendo la carencia de las actividades cristianas. ¡Esos templos cerrados! Ahora bien, aunque adorar y obedecer a Dios incluye el deber de congregarnos; cuando circunstancias como esta impiden reunirnos, debiéramos recordar que Dios es Omnipresente. ¿Creerán algunos que vive recluido en templos y se enfurece si no van a visitarle? ¿Acaso lejos del templo no puede adorársele, obedecerle y tener comunión con él? Me temo que para algunos, adorar a Dios signifique participar en reuniones y liturgias porque sin ellas no experimentan su presencia. ¿Habrá permitido Dios esta experiencia para recordarnos que la verdadera fe depende más de una relación personal con él, que de la asistencia a reuniones y celebraciones?

Pensando en la última afirmación, recordé tres personajes bíblicos fascinantes. El primero es José, hijo de Jacob. ¿Conoces con cuántos hebreos fieles se reunió después de que sus hermanos lo vendieron como esclavo a mercaderes madianitas? Su virtuoso desempeño posterior solo se explica porque Dios estaba con él y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio gracia y sabiduría… (Hechos 7: 9-10). Inmerso en un imperio pagano, su relación con Dios bastó para que él mostrara fidelidad inclaudicable.

El segundo es Moisés, excepcional líder hebreo. Hijo de una piadosa familia esclava en Egipto, gracias a la estrategia materna salvó su vida y fue educado en el palacio del Faraón; apartado de su pueblo y su familia. Aunque su madre le inculcó la fe mientras le atendió como niñera en sus primeros años; en lo sucesivo vivió inmerso en una sociedad pagana. Al igual que José, fue tan fiel a sus convicciones hebreas que escogió ser maltratado con el pueblo de Dios, que gozar de los deleites temporales del pecado (Hebreos 11:25). ¿Entiendes? Hoy muchos jóvenes dicen ser cristianos y parecen disfrutar muchísimo asistiendo a la iglesia, pero no son pocos los que sucumben a la influencia del mundo o se alejan totalmente de la fe cuando alcanzan la adultez. ¿Qué estará sucediendo?

El tercero es Daniel. Casi adolescente, cautivo de una civilización muy superior a la suya, lejos de su familia y costumbres hebreas, propuso en su corazón no contaminarse (Daniel 1:8). Así llegó a ocupar posiciones claves y peligrosas en las cortes de imperios paganos. Vivió rodeado de enemigos envidiosos que hicieron todo lo posible por destruirle pero él mostró una fe inquebrantable y una comunión íntima con su Dios aunque vivió en un medio totalmente ajeno a sus creencias. ¡Qué tres ejemplos! ¿Comprendes? Le fe depende más de la relación personal con Dios que de las reuniones religiosas aunque nos agraden y sean buenas.

No obstante, creo firmemente en el valor de la iglesia, la adoración comunitaria y la comunión fraternal de los creyentes; aunque temo que nuestras estructuras y costumbres fallen al no trasmitir con eficacia un valor esencial de la fe cristiana: la relación transformadora, íntima, constante e indestructible del creyente con Dios donde quiera que esté y ante cualquier situación. Como la Biblia enseña que no dejemos de congregarnos como algunos tienen por costumbre (Hebreos 10:25); aclaro que dejar de hacerlo por causas mayores y ajenas a nuestra voluntad, no significa desobediencia ni falta de fe. El apóstol Pablo, preso en Roma, aprendió que su reclusión y la paralización de sus viajes misioneros no impidieron su comunión con Dios, la propagación del evangelio ni el alcance de su ministerio. Debemos aceptar las aflicciones inevitables confiando en que el Señor sabe lo que hace. Dueño absoluto de nuestras vidas, su voluntad es perfecta aunque nos azoten pandemias, cuarentenas o crisis económicas. También creo que dejar de asistir solo a la iglesia pero continuar con todas nuestras otras actividades seculares en los lugares donde los templos pueden estar abiertos, dice demasiado de cuáles son mis prioridades y la realidad o no de la fe que digo profesar.  

¿Estás acercándote a Dios en este tiempo de pandemia, confinamiento, carencias, planes truncados y malas noticias todos los días? Si así haces, enfrentarás con mejor ánimo este tiempo difícil y podrás bajo su dirección tomar las mejores decisiones. Reducidas tus actividades y relaciones debido a la situación actual, enfócate en desarrollar una comunión íntima, profunda y personal con él. Ahora, que parece alejarse más el retorno a una vida normal, urge orar como el salmista: Oh Dios, ten misericordia de mí. Porque en ti ha confiado mi alma, y en la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los quebrantos (Salmo 57:1).

Todos conocemos creyentes que imposibilitados por determinadas enfermedades o duras condiciones limitantes —y a veces injustas— que les ha impuesto la vida, a pesar de todo muestran una fe radiante y un espíritu animoso en los momentos más terribles. Así logran ser fuente de inspiración constante para quienes les conocen. Otros, pareciera que asiduamente y por cualquier nimiedad el mundo se les viene encima. Maximizan sus aflicciones y sus lamentos son tantos, que cansan y ahuyentan a quienes pudieran animarles y ayudarles. Bien dice la Biblia que el ánimo del hombre soportará su enfermedad, ¿pero quién soportará al ánimo angustiado? (Proverbios 18:14). Por eso es importante el desarrollo de una fe sincera y vital, que basada en la Palabra de Dios nos capacite a enfrentar las aflicciones inevitables de la mejor manera.

El secreto entre una actitud y otra va más allá del carácter o el temperamento. Depende de que siguiendo las enseñanzas bíblicas vivamos fortalecidos por el Espíritu Santo. Podrá parecernos contradictorio, pero si en estos tiempos tan difíciles nos acercamos más al Señor humillados ante su presencia y rendidos a su voluntad —que pudiera ser diferente a la nuestra—, creceremos en espiritualidad, fe, devoción personal, fortaleza y sabiduría.

¿No lo crees? Prueba y verás.

¡Cristo ha resucitado!

Representación grafica de la tumba de Jesús, vacía y abierta

Las mujeres que fueron el domingo en la mañana a la tumba a la tumba de Jesús llevaban como única misión ungir el cadáver con especies aromáticas. Al no ver el cuerpo, solo pensaron en un robo. Al escuchar el anuncio del ángel, tuvieron temor de comunicarlo a otros y cuando al fin lo hicieron, los discípulos no les creyeron. Ya andaba de boca en boca la noticia y éstos permanecían incrédulos y escondidos por miedo a los judíos. Al final, volvieron al antiguo negocio de la pesca pensando que todo había acabado. Si algo demuestra la actitud de los discípulos es que se negaban a creer en la resurrección. Era una noticia demasiado buena para ser cierta…

«Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia, nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros (2 Pedro 1:3:4)

La crucifixión de Jesús

Representación grafíca de el Calvario

La historia de la muerte de Jesús es la exhibición más bochornosa de la maldad humana y del poder del pecado. ¿Hasta dónde puede llegar la injusticia y el desamor? La crucifixión de Jesús degradó al hombre mucho más allá de lo imaginable. Jamás ningún ser humano encontrará palabras para describir con justeza la ignominia del Calvario. La cruz concentra y exhibe la maldad humana, pero la derrota definitivamente por medio de la gracia y el perdón.  Desde entonces, el pecado puede esclavizarnos y destruirnos solo hasta que nos encontremos con la cruz de Cristo…

Una Semana Santa Diferente

Iglesia AMEC Casa de Alabanza, Puerto Rico

Autor: Pastor Mizraim Esquilín Jr.

Celebrar la Semana Santa en medio de un escenario como el que estamos viviendo va a ser una experiencia totalmente distinta. No habrá procesiones ni ceremonias en las calles. No habrá servicios evangelísticos en las esquinas. No van a haber obras temáticas en los teatros ni musicales en las iglesias. No habrá conciertos extraordinarios llenos de luces, sonido y bandas acompañando a los mejores intérpretes. No harán falta los vestidos de gala ni los atuendos fastuosos. Eso desde el punto de vista de las tradiciones cristianas puede ser raro e inclusive nostálgico.

Por otro lado, no va a haber lugar para salir de paseo, las playas estarán cerradas y no habrá oportunidad para que los niños se reúnan a buscar sus huevos de pascua. Eso desde el punto de vista secular puede ser inusual e incluso chocante. Lo cierto es que a todos nos han cambiado las agendas. Tal parece que el Dios del cielo se las ha arreglado para que todos nos enfrentemos a esta semana, despojados de todas aquellas cosas que no son esenciales. Dios desea que todos nos sentemos a la mesa (a su mesa) a disfrutar de los manjares que él tiene para nosotros.

Recibía esta semana un comunicado de un amigo pastor el cual con mucha razón decía que nos ha tocado vivir un nuevo tiempo. Estamos de cara a una nueva temporada en donde toda teología que gira en torno al triunfalismo o al ser humano como eje central se ha desmoronado. Solo el mensaje de la Cruz es pertinente en este tiempo. Eso ha provocado un cambio en todos nosotros. Esta es la época en donde más sed hay de Dios. Gobiernos enteros están decretando días de ayuno y oración. Personas que no suelen creer han tenido en días recientes la frase “hay que orar”. Creyentes asiduos están más a tono con su fe y buscando el rostro del Señor. Familias enteras están regresando a realizar sus reuniones de oración y sus altares familiares. Jóvenes y niños están descubriendo su amor por la alabanza y por la Palabra. Adultos y ancianos están buscando el rostro del Señor con mayor intensidad.

Entonces tenemos que preguntarnos; ¿no es esto algo de parte del cielo? ¿Será esto lo que Dios ha anhelado por tanto tiempo? ¿Será este tiempo el principio de un avivamiento? Ciertamente Dios no se alegra de los tiempos de desgracia ni dolor, pero tal y como pasó en el caso de Job, Dios utiliza instantes como este para revelarse a los suyos, de modo que le conozcan con mayor intimidad. Esa precisamente es la idea central de la Semana Santa, celebrar la revelación más grande dada los hombres. Tenemos acceso directo para conocer íntimamente al Padre porque Cristo Jesús lo facilitó así. Celebramos la Semana Santa para proclamar que Jesús murió en la cruz para limpiar nuestros pecados y darnos salvación, y que resucitó al tercer día para garantizar nuestra eternidad junto a él.

Esta Semana Santa nos ha devuelto a lo básico. No vamos a contar con elementos externos que nos sirvan como un soporte técnico para una experiencia religiosa. Pero sí contamos con el tiempo para tener un encuentro real con Dios. Ciertamente no vamos a tener una Semana Santa como lo acostumbrado. Pero Dios sigue disponible. Su presencia está a una oración de distancia. Su compañía está a una canción de distancia. Su dirección está a un verso bíblico de distancia. Creo inclusive que este puede convertirse en el mejor tiempo; un tiempo determinante.

Este puede ser un momento en el cual Dios forme nuestros corazones en medio de un encuentro íntimo, sin elementos adicionales. Esta va a ser una Semana Santa entre tú y Dios y él está disponible para hablarte de forma personal y específica. No desaproveches esta oportunidad.

La verdad sobre el Domingo de Ramos

“Y la multitud, que era muy numerosa, tendía sus mantos sobre el camino; y otros cortaban ramas de los árboles, y las tendían sobre el camino. Y la gente que iba delante y la que iba detrás aclamaba diciendo: ¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor” (Mateo 21:8-9)”

¿Sabes cuál es la verdad tras los cantos y alabanzas, la fiesta y el entusiasmo mostrado aquella mañana en Jerusalén a la llegada de Jesús montado sobre un pollino? Los cristianos evocamos cada año ese acontecimiento y pareciera que celebramos un día sublime en la vida del Señor, y en verdad lo fue. No en balde a quienes les molestó y protestaron por considerarlo impropio, él contestó que si estos callaran, las piedras clamarían (Mateo 21:40). Sin embargo, aunque Jesús merecía los cantos y alabanzas de la multitud que le acompañó hacia Jerusalén, y fuera él mismo quien ordenara los preparativos para tal evento, cuando llegaron cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella (Lucas 19:41).

No debe extrañarnos que solo el evangelio de Lucas narre ese momento angustioso de Jesús porque en su prólogo insiste que escribió después de haber investigado con diligencia todas las cosas (Lucas 1:3). Por eso encontramos en su evangelio detalles que no aparecen en los otros. Lucas nos narra que Jesús, tras culminar la experiencia de los alegres cantos y las alabanzas, estaba turbado y llorando. Siempre me he impresionado esa reacción del Señor tras un evento tan jubiloso y único.

Al leer que toda la multitud de los discípulos, gozándose, comenzó a alabar a Dios a grandes voces por todas las maravillas que habían visto, diciendo: ¡Bendito el rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas! (Lucas 19:37); cualquiera podría creer que al fin todos en Jerusalén habían captado las enseñanzas y el propósito de la vida de Jesús, el Mesías de Israel. Más Jesús no pensaba así.

Ciertamente ignoramos el número de personas que acudieron a recibirlo y bajaron junto a él desde el Monte de los Olivos hasta la ciudad. Tampoco sabemos si todos los que cantaban y alababan habían comprendido a plenitud sus enseñanzas. Puede que muchos vieran en él al posible libertador del yugo romano o tuvieran expectativas más interesadas, personales y ocasionales que el propósito redentor de su vida y su muerte en la cruz; suceso sobre el cual en esos momentos ninguno tenía la menor idea.

¿Conocía Jesús que muchos de ellos al dispersarse regresarían a sus casas y posiblemente olvidarían las alabanzas y los cantos? ¿Presentía que pocos días más tarde algunos podrían unirse a la otra multitud que exigiría su crucifixión a Poncio Pilatos? Lo que Jesús sí conocía perfectamente, es cuán contradictorios y torpes podemos ser los seres humanos al intentar comprender a plenitud sus enseñanzas y reclamos. Lo había comprobado durante los tres años de su ministerio gracias a sus propios y más cercanos discípulos. Además, sabía de la destrucción que sufriría la ciudad de Jerusalén varias décadas más tarde, según sus propias palabras porque no conociste el tiempo de tu visitación (Lucas 19:44b). Tiempo antes, ya él se había lamentado: ¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina a sus polluelos debajo de sus alas y no quisiste! (Lucas 13: 34). ¿Puedes notar cuánta tristeza hay en esas palabras suyas, al igual que las expresadas tras los cantos y alabanzas de la entrada triunfal?

Puedo imaginar a Jesús contemplando la ciudad y clamando al cielo: Padre, les amé, enseñé, les advertí, quise ser un ejemplo para ellos, pero no quisieron, no entiendieron… Y algunas veces pienso que él pudiera llorar también por nosotros, los que pretendemos seguirle. Con frecuencia somos tan tercos, superficiales e ignorantes que no atinamos a comprender cuánto daño nos hace la desobediencia a sus enseñanzas o la incorrecta o escasa aplicación de ellas a nuestra vida diaria. Hablamos de la dureza de corazón de los impíos… y no vemos cuando nuestro propio corazón se endurece, rebelándose o renegando ante los designios divinos. ¡Con qué facilidad nos atrevemos neciamente a desobedecer al Señor! Jamás olvidaré la ocasión que al intentar aconsejar a alguien que enfrentaba situaciones muy difíciles, me expresó:

─Comprendo que no debiera actuar así, pero la decisión está hecha y no voy a volver atrás, ¡qué me castigue Dios si quiere!

Me horrorizó escuchar tal declaración porque esa persona tenía ─supuestamente─ una larga historia de fe y servicio en la obra del Señor. ¿Sabría lo que estaba diciendo? Sus palabras que me castigue Dios me recordaron las pronunciadas por algunos en Jerusalén frente a la casa de Pilatos: su sangre sea sobre nuestras cabezas, y sobre nuestros hijos (Mateo 27: 25). La persona salió de mi oficina y yo quedé angustiado, por su increíble necedad y desatino.  

A veces pretendemos ser muy espirituales pero actuamos mal y desvirtuamos nuestra fe. ¡También somos tercos! Como bien recordaba una famosa canción de Julio Iglesias somos capaces de tropezar dos veces con la misma piedra. No obstante, si hay algo hermoso e inigualable en las relaciones de Dios con los seres humanos, es que él es paciente, muy paciente, mucho más de lo que solemos ser nosotros con los errores y las inconsistencias de los demás.

Por eso Jesús lloró al terminar la entrada triunfal. Dios había ofrecido todas las oportunidades a la ciudad amada cuando el Mesías caminó y enseñó por sus calles, los alrededores y en gran parte del país. Por no obedecerle ni recibirle, las consecuencias serían terribles. Jesús, sin embargo, no podía alegrarse con eso. Más bien sentía tan profunda angustia que sus lágrimas brotaron en profusión.

¿Sabes ahora cuál es la verdad que para algunos permanece oculta tras la entrada triunfal? Toda alabanza humana, la más sublime, majestuosa y prominente es vacía, fatua e intrascendente si al terminar de expresarse, no se convierte en hechos de obediencia humilde y devoción sinceras. Y lo peor: tal alabanza termina afligiendo a Dios. ¿De qué valieron los cantos y los gritos de: ¡Bendito el Rey que viene en el nombre del Señor; paz en el cielo y gloria en las alturas! (Lucas 19:38) si el jueves en la noche hasta los mismos discípulos de Jesús ─tan felices y animados durante la entrada triunfal─, huyeron despavoridos cuando él fue entregado por Judas en el Getsemaní. ¿Comprendes?

Dios nos libre de esa adoración artificial que no es respaldada con nuestra vida y voluntad sometidas completamente a él, porque repetiríamos la historia del Domingo de Ramos en Jerusalén. Tal alabanza en vez de agradarle, entristece y deshonra al Señor. ¡Y estamos en este mundo para adorarle, exaltarle y engrandecer al Dios que nos salvó en Cristo y nos selló con el Espíritu Santo de la promesa (Efesios 1:13). Recordemos que Jesús dijo: por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo, da malos frutos (Mateo 7:16-17).  

La verdad tras la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén es que toda alabanza y adoración ─aun la más exaltada, grandiosa y bien elaborada─, carece totalmente de sentido si la vida y las acciones de quienes adoran no la respaldan constante y completamente. Están de más las ceremonias grandiosas si llenas de palabras y repeticiones vacías a los ojos de Dios resultan pura parodia. Lo que de verdad exalta a Cristo es que vivamos como él quiere y enseñó. ¡Eso sí glorifica su nombre!

Retos de la Covid-19: una actitud positiva

La epístola de Pablo a los Filipenses ha sido recibida por los cristianos de todos los siglos con devoción y simpatía. Muchos de sus pasajes se repiten de memoria porque conquistan el corazón de todos. Es admirable que una carta escrita hace dos mil años bajo un férreo distanciamiento físico contenga palabras tan cálidas y amorosas. La adversidad que el apóstol sufrió en esos momentos no dañó su fe, su espíritu gozoso, ni su decisión de ayudar y bendecir a las personas con quienes se relacionaba a pesar de todo. ¿Sería fácil para él asumir la enorme disminución que sufrieron sus relaciones personales y su ministerio? Solo alternaba con quienes le custodiaban y con visitas ocasionales.

Sabemos que permaneció dos años enteros en una casa alquilada, y recibía a todos los que a él venían, predicando el reino de Dios y enseñando acerca del Señor Jesucristo, abiertamente y sin impedimento (Hechos 28:30- 31). Ello no implica que se reuniera con multitudes, pues era un prisionero solitario sin vida social activa. Solo predicaba y enseñaba sin estorbo a quienes les visitaban. Aunque leamos rápido la expresión dos años enteros, ¿recuerdas cuán largo y frustrante nos resultó el año pasado? Ahora sabemos que probablemente durante el actual se mantendrá esta situación. ¡Solo Dios sabe si disfrutaremos nuevamente de una vida normal! Ni hablar de las afectaciones económicas en todas partes y que en nuestro país —recrudecidas por el actual reordenamiento económico—, han resultado abrumadoras.

Entonces, ¿cómo enfrentar tan difícil experiencia sin angustiarnos? El refrán a mal tiempo buena cara proclama una verdad irrefutable: la reacción que mostremos frente a las dificultades determinará cuánto nos afectarán los actuales acontecimientos y sus consecuencias. Incluso ante pérdidas irreparables, la fuerza y el consuelo para continuar adelante dependen de la actitud y las decisiones que tomemos.

¿Sabías que nuestro instinto gregario nos insta a mantener una conciencia colectiva a toda costa? No fuimos creados para vivir en soledad aunque a veces las circunstancias nos obliguen a hacerlo. Pablo, no por su voluntad sino debido al triunfo de sus intrigantes enemigos, vio reducir al mínimo sus actividades y relaciones personales. Y en vez de amilanarse  por lo que no podía hacer, escogió escribir: Doy gracias a Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros (Filipenses 1:4). Tal vez yo hubiera escrito: ¡Cuánto dolor no poder verles ahora ni estar junto a ustedes, hermanos míos!  Sin embargo, él prefirió escribir: ¡Qué alegría me da recordarles, y qué gozo orar por ustedes! ¿Notas la diferencia? Su actitud amorosa transformó tanto su realidad como la de los filipenses al leer sus palabras. ¡Nosotros pudiéramos hacer lo mismo ahora! Conscientes de la imposibilidad de relacionarnos como siempre con quienes amamos, expresemos gratitud por los buenos tiempos vividos y oremos con gozo por quienes ahora no podemos ver ni abrazar. Aun en las peores circunstancias es posible encontrar motivos por los cuales gozarnos.

El concepto de distanciamiento social o físico crea muchos cuestionamientos al pensamiento cristiano. ¿Será pecado no reunirnos? Leí en algún lugar: Cerrar los templos es ceder ante Satanás. Y aunque comprendo el razonamiento, no lo veo así. Todos los templos no han cerrado durante la pandemia, pero hay momentos y lugares cuando urge hacerlo para evitar infecciones masivas. Aunque a veces exclamemos como el salmista: Me acuerdo de estas cosas y derramo mi alma dentro de mí, de cómo yo fui con la multitud y la conduje a la casa de Dios, entre voces de alegría y de alabanza del pueblo en fiesta (Salmo 42:4), es legítimo adoptar una disciplina responsable, no por falta de fe, sino para honrarla cuidando la salud y la vida de todos, pues el peligro es cierto. ¿Podríamos cerrar los ojos a la realidad y actuar como si nada sucediera? Como escribí en el post anterior y dijo Jesús al hablar de los tiempos finales y esto os será ocasión para dar testimonio (Lucas 21:13).

Lejos de catalogar su distanciamiento físico como una tragedia, Pablo lo asumió como una oportunidad que Dios podía usar y se gozaba porque el evangelio continuaba predicándose —incluso por motivos no legítimos—, tal como narra en Filipenses 1:15. Seguro de que Dios continuaría obrando, recuerda a los creyentes: Solamente que os comportéis como es digno del evangelio de Cristo (1: 27). Él descubrió una verdad consoladora: es iluso pensar que solo nuestro activismo constante hace prosperar la obra de Dios. Por favor, ¿querrías leer de nuevo esa última oración antes de seguir adelante?

¿Tememos que la obra del Espíritu Santo no convenza al mundo de pecado, de justicia y de juicio (Juan 16:8)? Con el fin de evitar la propagación de una enfermedad que puede ser mortal, ocasionalmente podremos abstenernos de algunas reuniones porque sabemos que el Espíritu Santo “enseñará todas las cosas y os recordará todo lo que yo os he dicho (Juan 14:26)? ¿Acaso la obra de Dios se limita a que los pastores prediquen desde el púlpito cada domingo o a lo que cantan los grupos de alabanza? ¡Por favor! Algunas actitudes que asumimos en nombre de la fe, podrían esconder incredulidad y nulidad espiritual. Las reuniones son necesarias y expresan nuestra obediencia y amor, pero no olvidemos que ningún acontecimiento es ajeno al señorío del Dios Omnipotente que adoramos. Por lo tanto, gracias a la obra del Espíritu Santo, muchos buscarán al Señor arrepintiéndose de sus pecados aunque nuestras reuniones y planes misioneros estén afectados. Recordemos lo que Jesús dijo a la mujer samaritana: la hora viene cuando ni en este monte, ni en Jerusalén adoraréis al Padre (…) más la hora viene y la hora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en Espíritu y en verdad, porque el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren (Juan 4: 21; 23-24).

A su vez, la situación actual nos permite reevaluar cómo vivimos nuestra fe y nuestros ministerios, ya que podemos aprovechar las facilidades tecnológicas actuales para mantener el contacto con las personas. Las redes sociales –a pesar de la superficialidad, corrupción y violencia que pueden inundarlas–, son plataformas utilísimas si las usamos con la dignidad y el respeto que corresponde. La formación de grupos afines, familiares o de intereses comunes nos ayuda a mantener comunicación estrecha y constante con los que amamos donde quiera que estén. Si utilizamos las redes para el testimonio y la inspiración cristiana podremos promover motivos de oración de una forma exponencial. ¡En minutos miles de personas estarán conectadas espiritualmente, orando por motivos específicos!

En los lugares donde podamos reunirnos debemos cumplir las normas sanitarias. A Dios no le ofenden nuestra sensatez y responsabilidad, pero… ¿le agradarán nuestra intemperancia y prepotencia al asumir que va a librarnos del contagio aunque nosotros mismos no nos ocupemos de ello? Él podría hacerlo, sin duda, pero La Biblia reclama que mostremos dominio propio y que actuemos con sabiduría y prudencia. En tiempos de pandemia, el amor fraternal y el compañerismo cristiano se muestran más con actitudes y compasión que con abrazos y besos. Cuando después de su resurrección Jesús le dijo a María Magdalena no me toques (Juan 20:17), no entendemos con claridad la razón de su negativa, pero seguramente no fue por falta de amor.

Al comenzar la epístola Pablo desea a los filipenses: Gracia y Paz a vosotros, de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo (Filipenses 1:2). Ahora todos necesitamos gracia y paz para asumir de forma piadosa los inconvenientes de esta situación. Gracia es un vocablo hermosísimo que significa favor inmerecido, actitud favorable, la belleza o la gracia de la personalidad; de la que procede una disposición amistosa, buena voluntad en general, como la de Dios hacia nosotros. En el diccionario de la lengua española, su primera acepción es: Cualidad o conjunto de cualidades que tiene alguien o algo que le hace agradable o atractivo. Entonces, gracia es también el don que tienen algunas personas para mitigar la angustia de una situación opresora por medio de una actitud favorable. Quienes en momentos difíciles manifiesten gracia y paz serán una bendición para los demás, así como Pablo fue para los filipenses escribiéndoles una carta tan atractiva, positiva e inspiradora. Nos corresponde, pues, a nosotros hacer lo mismo.

Seamos portadores de gracia y paz en todo momento. Los demás nos lo agradecerán y nosotros nos sentiremos mejor en medio de la aflicción.