Odiar lo que Dios odia

Describimos a Dios como en un ser lleno amor y misericordia porque la Biblia así lo enseña, por lo cual los versículos que más repetimos de memoria son los que ensalzan el amor divino: Porque de tal manera amó Dios al mundo que dio a su hijo unigénito, para que todo aquel que en el crea, no se pierda, más tenga vida eterna (Juan 3:16). Más Dios muestra su amor para con nosotros en que siendo aún pecadores Cristo murió por nosotros (Romanos 6:23). También insistimos en que él es misericordioso, lo cual según las palabras de Jesús nos inspira a serlo nosotros: Bienaventurados los misericordiosos porque ellos alcanzarán misericordia (Mateo 5:7). Sed, pues, misericordiosos como también vuestro Padre es misericordioso (Lucas 6:36).

El libro de los proverbios de Salomón contiene múltiples declaraciones que muestran lo más excelso de la sabiduría hebrea aunque algunas provienen de otros autores y fueron compiladas doscientos años después de la muerte del rey sabio. La Biblia nos dice que era mayor la sabiduría de Salomón que la de todos los orientales, y que toda la sabiduría de los Egipcios (1 Reyes 4:30).

Entre los proverbios salomónicos, resalta una interesante lista de acciones o actitudes humanas, las cuales el sabio rey asegura Dios detesta: Seis cosas aborrece Jehová y aun siete abomina su alma: Los ojos altivos, la lengua mentirosa, las manos derramadoras de sangre inocente, el corazón que maquina pensamientos inicuos, los pies presurosos para correr al mal, el testigo falso que habla mentiras y el que siembra discordias entre hermanos (Proverbios 6:16-19). La expresión seis cosas… y aun siete, sugiere que pudiera haber más pecados que Dios odia. Obvio, ¿no? Además, ¡qué lección de ética tan extraordinaria!

El primero en la lista es el orgullo humano, descrito por la expresión ojos altivos, reveladora de la actitud petulante de quienes se creen superiores. ¿Sabías que la palabra hebrea traducida por ojo, se usa metafóricamente para ilustrar capacidades, condiciones morales y espirituales? Así los ojos altivos revelan la pobreza espiritual de aquellos que considerándose más valiosos, ignoran que el orgullo es una necedad soberana: Antes del quebrantamiento, la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu (Proverbios 16:18). La humildad, sin embargo, atrae el favor divino: Dios resiste a los soberbios y da gracia a los humildes (Santiago 4:6). Por eso Pablo insiste: No seáis sabios en vuestra propia opinión (Romanos 12:16). Es lamentable e insensato que algunos cristianos muestren ínfulas de superioridad. ¡Cuán lejos andan de Dios quienes así piensen!  

Dios también aborrece la lengua mentirosa y el testigo falso que habla mentiras, algo establecido en los diez mandamientos y que Jesús confirmó aludiendo a Satanás como padre de mentira (Juan 8:44). Ahora mentir suele ser tan común y socorrido que los cristianos debiéramos estar alertas. ¡Dios odia que mintamos! La lengua se torna mentirosa no solo si inventamos una falsedad, sino también al repetir lo que oímos sin tener constancia de su certeza. Así se miente en todas partes con facilidad pasmosa y por cualquier motivo.

Jamás olvidaré que un grupo de jóvenes cristianos llegó a un retiro espiritual en un campamento mintiendo con respecto a alguien que —aunque inició el viaje con ellos— no llegó al lugar. Al comprobar después que habían acordado mentir y engañarnos burdamente resultó muy doloroso. ¿Cómo pudieron?    

El aborrecimiento divino por la mentira se muestra en Apocalipsis 21:8 cuando dice: y a todos los mentirosos, su parte es en el lago de fuego y azufre, que es la muerte segunda. ¡Claro que la mentira no es un pecado imperdonable! Pero por amor a Dios no debiéramos mentir a sabiendas ni propagar comentarios sobre los cuales no estemos seguros.   

Dios también aborrece las manos derramadoras de sangre inocente. Horrorizan las innumerables guerras ocurridas donde por regla general, la mayoría de quienes mueren resultan ser víctimas inocentes de las decisiones o intereses que las provocaron. A su vez, es imposible ignorar el abrumador número de embriones humanos privados del derecho a vivir y desarrollarse en el seno materno. El tema del aborto, todavía controversial en la mayoría de los países; es tan legal en algunos y justificado por diversas causas en otros, como realizado clandestinamente en los países donde se prohíbe. El número total de los que suelen realizarse es imposible de contabilizar. ¡Hay demasiada sangre inocente derramada!

El corazón que maquina pensamientos inicuos y los pies presurosos para correr al mal también son aborrecibles y evidencian una conexión lógica. Bien escribió Pablo: todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo noble, todo lo que es de buen nombre; si hay virtud alguna, si algo digno de alabanza, en esto pensad (Filipenses 4:8). Como los pensamientos inicuos son los que inspiran las acciones pecaminosas, si queremos vivir en santidad debemos descartarlos de inmediato.

El último pecado odioso en la lista que nos ocupa es el que siembra discordia entre hermanos. Otro proverbio aclara la idea: Honra es del hombre dejarse de contienda; más todo insensato se envolverá en ella (20:3). La Biblia también nos recuerda: si alguno quiere ser contencioso, nosotros no tenemos tal costumbre, ni las iglesias de Dios (1 Corintios 11:16).

Los proverbios de Salomón están llenos de sabiduría y ética. No obstante, su historia personal demostró que la sapiencia por sí sola no garantiza fidelidad a los mandatos divinos. Si la excelencia de conocimientos no se asume con humildad, propiciará pensamientos inicuos que conducirán a la desobediencia. ¿Comprendes? El rey más sabio de la historia bíblica no terminó siendo el más piadoso. Si alguna vez, debido a experiencias exitosas de vida o conocimientos adquiridos nos acosara la tentación de envanecernos, leer el capítulo once del primer libro de Reyes nos llamaría a capítulo. Comienza con la palabra “pero” y lo que leemos después sobre Salomón es dolorosísimo. El secreto está en lograr odiar lo que Dios odia.

No lo dudes, la impiedad del mundo en que vivimos trata de arrastrarnos con fuerza impetuosa. ¡Posee todos los atractivos para encandilarnos! Decidamos, pues, amar a Dios con todo nuestro corazón y a la vez odiar lo que él odia. Ello nos ayudará a rechazar la inmensa, ladina y perniciosa maldad que nos rodea.   

Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos acedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de nuestra fe, el cual, por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó en la diestra del trono de Dios. (Hebreos 12:1-2).

¿Cansados y abatidos?

En un fragmento muy conocido del Sermón de la Montaña Jesús expresó: No os afanéis por la vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ¿no es la vida más que el alimento y el cuerpo más que el vestido? Mirad las aves del cielo, que no siembran, si siegan ni recogen en graneros; y vuestro Padre Celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros mucho más que ellas? ¿Y quién de vosotros podrá, por más que se afane, añadir a su estatura un codo? (Mateo 6:25-26). La mejor maestra de Biblia que tuve durante mi adolescencia y juventud, decía jocosamente que tal texto bíblico era el preferido de todos los vagos… ¡porque ellos se ahorraban hasta el trabajo de pensar!    

¿Enseñaría Jesús que no es necesario esforzarse y trabajar para suplir las necesidades normales de la vida?  Puede que a algunos les gustaría así, pero ignoran que desde la creación del mundo tomó, pues, Jehová Dios, al hombre y lo puso en el huerto del Edén para que lo labrara y lo guardase (Génesis 2:15). Él no creó un lugar idílico para que Adán y Eva admiraran los celajes mientras se amaban el uno al otro, sino para que al sojuzgar la tierra y señorear la creación, lograran todo cuanto necesitaban para una vida bendecida y feliz.

El secreto de la enseñanza de Jesús está en las palabras no os afanéis, que significan no preocuparse ansiosamente. Se dice que los antiguos rabinos judíos enseñaban que la vida más honorable se logra con una combinación de previsión, prudencia y serenidad. Previsión para identificar las necesidades reales, prudencia para buscar cómo suplirlas adecuadamente y serenidad para hacerlo de una manera agradable, pacífica y juiciosa. Solo así pueden evitarse la angustia y la preocupación excesivas. Por ello Jesús insistió en que al igual que el afán no apresura procesos normales de la vida como el crecimiento, igual sucederá en cualquier otro desempeño humano.

Cualquier dificultad, actividad o proyecto que debamos enfrentar, asumámosla con previsión, prudencia y serenidad. Como algunos no emprenden nada sin desatar una guerra campal con ellos mismos y con los demás, con frecuencia terminan muy cansados y abatidos. ¡Todo es cuestión de actitud!

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Las cosas que no se ven

Cuando me preguntan sobre el texto bíblico de mi preferencia estoy en un gran aprieto. Tengo una larga lista de ellos porque depende de las circunstancias. Por ejemplo, con respecto a mis responsabilidades ministeriales, Hechos 20:24 lo define todo pues me inspira a asumir los retos más difíciles con buen espíritu: Pero de ninguna cosa hago caso ni estimo mi vida preciosa para mí mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús para dar testimonio de la gracia de Dios.

En los últimos meses, ante la amenaza y las dolorosas consecuencias de la pandemia del Covid 19, el Salmo 57:1 alienta mi fe: Porque en ti ha confiado mi alma y bajo la sombra de tus alas me ampararé hasta que pasen los tormentos.

Cuando me abruman mis errores y fracasos, 2 Corintios 12:9 me libra de la depresión: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Me agrada leerlo en la traducción en lenguaje actual (TLA): Mi amor es todo lo que necesitas. Mi poder se perfecciona en la debilidad. ¡No encuentro cómo explicar cuánto me consuelan y ayudan esas palabras!

La lista sería enorme, pero ante las realidades frustrantes que la vida suele proporcionarnos me consuela e inspira 2 Corintios 4:18: No mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; porque las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas. ¿Comprendes? A veces todo lo que vemos es terrible y las inconveniencias de la vida presente obnubilan la visión de la gloria y las verdades eternas. Lo cual no significa que sean inexistentes, sino que por ser innegables e indestructibles, solo están esperando el justo momento de Dios…

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Retos de la Covid 19: realidades abrumadoras

Desde que se reportaron los primeros casos de una neumonía desconocida en Wuham, China, en diciembre de 2019, han enfermado más de 215 millones de personas, cuatro millones y medio fallecieron y casi 113 mil luchan hoy por su vida en las salas de terapia intensiva del mundo.

¿Expresarán tales datos toda la realidad? Meses después conocíamos que había lugares donde la gente moría sin alcanzar atención médica y que en varias ciudades del mundo desarrollado los hospitales colapsaban. ¿Sorprende que ahora suceda igual o peor en los países pobres? Hasta donde sé, no se contabilizan como fallecidos por Covid-19 quienes tras resultar PCR negativo, mueren por secuelas o complicaciones posteriores. Tal vez ni las estadísticas mejor elaboradas reflejen el alcance total del efecto pandémico, pero son una valiosa información de referencia sobre las consecuencias de la enfermedad.  

Vivimos una tragedia global de proporciones apocalípticas. Imposible evitar la tristeza ante las noticias de tantos contagios diarios y el deceso de muchas personas. Al principio, orábamos por un fin rápido de la pandemia y para que muchos incrédulos y también los cristianos nos humilláramos ante Dios. ¡Cuán ilusos fuimos!

Desde mi perspectiva de pastor evangélico —y en mi octava década de vida—, no encuentro otro modo de analizar los acontecimientos que no sea a la luz de las enseñanzas bíblicas. Al revisar los noticieros del mundo y los de mi país, lo que veo aterra. Lejos de humillarnos y actuar sabiamente, percibo que la soberbia va en aumento y que una obstinación colectiva atrapa a muchos, acrecentándose mientras más dura la pandemia. ¿Conoces de algún país en el que todos —de mutuo acuerdo, conscientes del maligno y letal enemigo común— pongan a un lado sus diferencias, ideas políticas o intereses personales para aniquilar al Sars-Cov-2? Lo que sucede es que cada día se acrecientan las divergencias, la desconfianza y las acusaciones mutuas denigrando públicamente a quienes poseen ideas diferentes. Alimentando así nuestro ego mostramos incapacidad total para analizar con serenidad cualquier argumento ajeno. No basta que la Biblia advierta: Antes del quebrantamiento, la soberbia, y antes de la caída la altivez de espíritu. Mejor es humillar el espíritu con los humildes que repartir despojos con los soberbios (Proverbios 16:18-19). ¡Oh, Dios, recogeremos cada día más despojos! ¿Ignoramos que las palabras arrogantes del necio se convierten en una vara que lo golpea, pero las palabras de los sabios los protegen (Proverbios 14:3 NTV)?

Lo mismo sucede entre los seguidores de Cristo. Si en las redes proliferan mensajes bíblicos, fervientes llamados al ayuno, la oración y al arrepentimiento, también abundan acusaciones, críticas y juicios nocivos entre creyentes. Si nuestra principal misión es alcanzar a los incrédulos instándoles al arrepentimiento; ¿por qué mostrar ante ellos las incomprensiones y diferencias conceptuales entre cristianos? En vez de proclamar el glorioso evangelio de Cristo y animar a todos en este momento sombrío, pareciera que el interés de algunos es exhibir —sin compasión, pudor, misericordia ni empatía— los penosos errores y pecados que otros cristianos cometen. Tales actitudes me recuerdan a la mujer adúltera, Jesús y quienes querían apedrearla. Si entonces las piedras rodaron al piso, ¿por qué ahora vemos tantas al vuelo entre hermanos en la fe? ¿Qué está sucediendo?

A veces ni se percibe dolor por el hipotético error o pecado ajeno, sino un intenso deseo de mancillar a hermanos; lo cual la Escritura condena enfáticamente. Si los chismosos de barrio usan las redes sociales para que sus habladurías alcancen difusión global, quienes seguimos a Cristo conocemos normas bíblicas que condenan tales prácticas. ¿Será que no hemos leído Mateo 5: 21-24; 7:1-6; 18:15-21; 1 Corintios 6:1-11; 11:16; y otros pasajes más? Nos urge rescatar principios insoslayables de ética cristiana que estamos burlando constantemente. Nuestro desempeño público debe estar a la altura de quienes somos y qué creemos. Haced todo sin murmuraciones y contiendas, para que seáis irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo (Filipenses 2:14:15).   

Hablando sobre costumbres ahora usuales entre algunos creyentes, un joven pastor me increpó:

—Usted ya está muy viejo, pastor. Ya no es así, esos tiempos se acabaron.

Le contesté lo más amable y cariñosamente posible que la antiguedad de la Biblia superaba la mía y aunque el mundo nos considere retrógrados, proclamamos que ella es nuestra única regla de fe y práctica. Ojalá siempre fuese obvio que obedecemos sus enseñanzas.  

A pesar de nuestras plegarias la Covid-19 sigue presente. Tanto tiempo bajo su amenaza y consecuencias, es posible que muchos padezcamos lo que se llama fatiga pandémica: estrés, insomnio, irritabilidad, cambios de humor, aburrimiento, falta de concentración, ansiedad. ¡Admito que tengo varios de esos síntomas en alguna medida! Por ello me aferro a la promesa divina: No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia (Isaías 41:11).

¿Cómo fue posible que el virus se esparciera por todo el planeta si el contagio ocurre cuando alguien a menos de metro y medio de otro estornuda, toce, respira, canta o habla? O todavía ignoramos mucho sobre el Sars-CoV2, o simplemente estamos sufriendo debido a la irracionalidad, el egoísmo y la soberbia humana. Renuentes a aceptar que nuestros soberanos antojos no siempre tienen que cumplirse, nos cuesta reconocer que todo sería distinto si actuando con cordura y sensatez tomásemos decisiones correctas ante cualquier peligro potencial. ¿Será pedir demasiado a los terrícolas del Siglo XXI mostrar tales actitudes?

La expansión de la Covid 19 nos confirma que la doctrina bíblica sobre el pecado es irrebatible. Los humanos se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido. Profesando ser sabios, se hicieron necios (Romanos 1: 21b-22). La generación más científicamente desarrollada de la historia se resiste a tomar decisiones radicales si a la vez implica negarse a sí misma. Somos incapaces de renunciar a placeres, planes o proyectos ya concebidos ni siquiera para evitar la propagación de un virus que puede matarnos. Hemos visto durante todo este tiempo a multitudes congregándose y violar normas higiénicas siempre que conviniera a los propios intereses del momento. ¿Nos sorprende el incremento pandémico?

Ante tanto desatino, recordemos que el mandato divino más preciado sigue vigente: Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra, por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo (Mateo 28:19-20).

¿El fin del mundo? ¡Nos encanta hablar de ello! ¿Y el regreso de Cristo que anhelamos con urgencia? Jesús lo aclaró rotundamente: No os toca a vosotros saber los tiempos y las sazones que el Padre puso en su sola potestad (Hechos 1:7). La pandemia, aunque nos desconcierte hasta lo sumo y las malas noticias aflijan a diario nuestro corazón, es solo un dolorosísimo episodio más en la larga historia de la humanidad. Aferrémonos a nuestra fe y valoremos los sufrimientos que muchos enfrentaron antes que nosotros —con menos recursos y conocimientos— a lo cual a veces no damos importancia por no vivirlo de cerca. Tal comprensión también es parte de la ética cristiana.  

Si sobrevivimos a esta experiencia, Dios quiera que mostremos un corazón más sensible al dolor y las necesidades ajenas, incluso las de quienes no piensen como nosotros. ¿Acaso no enseñó Jesús que Dios es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso (Lucas 6:35-36)? En este mundo cada vez más ególatra y violento, los que decimos seguir a Cristo no podemos dejarnos llevar por su mismo espíritu. ¿Olvidamos que los incrédulos observan cómo actuamos en medio de las adversidades y perciben claramente si obedecemos o no a quien encargó que fuésemos luz del mundo y sal de la tierra?

Abrumados, tristes y cansados por la extensión de la pandemia, recordemos que los creyentes en Cristo nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y no solo esto, sino que también nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia, y la paciencia, prueba; y la prueba, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos es dado (Rom 5:2-3).

Por tanto, ofrezcámosle a todos el amor de Dios y no críticas mordaces, acusaciones, juicios inmisericordes o sentencias malintencionadas. No lo hagamos a nuestros hermanos ni tampoco a los incrédulos. ¡Si no mostramos a los no creyentes el amor de Dios, tampoco podremos presentarles el evangelio de Cristo!

Apropiémonos del espíritu del antiguo y famoso poema:  

Señor, haz de mí un instrumento de tu paz,  donde haya odio ponga yo el amor, donde haya ofensa ponga yo perdón, donde haya discordia ponga yo la armonía, donde haya error ponga yo la verdad, donde haya duda ponga yo la fe, donde haya desesperación ponga yo la esperanza, donde haya tinieblas ponga yo la luz, donde haya tristeza ponga yo la alegría.

Oh Maestro, que no busque yo tanto ser consolado como consolar, ser comprendido sino comprender, ser amado sino amar.

Porque dando se recibe, olvidando se encuentra, perdonando se alcanza el perdón    y muriendo se resucita a la Vida Eterna.

San Francisco de Asís (1182-1226)

¿Actuamos como cristianos?

Carlos T. Rusell, en su libro La Batalla del Armagedón, dice que algunos hindúes levantaban la Biblia delante de los misioneros ingleses que intentaban evangelizarles y les decían:

—Sus prácticas no corresponden a las enseñanzas de su libro sagrado. Ustedes no son tan buenos como su Libro. Si lo fueran, ustedes conquistarían a la India en cinco años.

Erramos al creer que para evangelizar al hombre y la mujer contemporáneos, solo es necesario aprender un pequeño discurso de memoria y compartirlo rápidamente con cada persona que nos encontremos. Ello podrá funcionar con algunos y bajo ciertas circunstancias, pero mucha gente hoy en día no se dispone a oír a una persona extraña y solitaria en la calle que le obligue a escuchar un discurso, porque tal acto se considera impertinente y molesto.

Los creyentes en Cristo debiéramos recordar que nuestros hechos hablan más alto que las palabras. Obviamente debemos compartir con otros nuestra fe y explicarles el evangelio, pero si nuestra forma de actuar no respalda lo que creemos, la gente no dará crédito al mejor discurso o exposición bíblica que presentemos. Primero mirarán quienes somos y como actuamos. Después estarán dispuestos a escucharnos o no.

Esa verdad es muy importante hoy, sobretodo, en las redes sociales. Es muy fácil —y a la vez necesario— colocar en ellas citas bíblicas y mensajes del evangelio. Es una plataforma muy eficaz para presentar a Cristo con sabiduría y gracia. No obstante, como nuestras publicaciones podrán leerlas muchas personas no cristianas, nunca debiéramos usarlas para resolver problemas o diferencias entre creyentes y mucho menos para criticarnos o acusarnos mutuamente unos a los otros por cualquier diferencia de criterio.

Levantar a Cristo en las redes es muy provechoso. Pero nuestro comportamiento en ellas debe ser exquisito y conforme al espíritu de Cristo. Si no hacemos así, sucederá igual que cuando nos comportamos de manera incorrecta delante de los incrédulos: desvirtuamos la belleza, el valor y el poder del evangelio…

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Disponible todo el tiempo

Muchas personas sientan atracción hacia la fe cristiana, pero jamás hacen una verdadera decisión para seguir a Cristo o piensan erróneamente que Dios no puede perdonarles sus pecados. Recuerdo a alguien que siempre me decía:

—Me gustaría creer igual que ustedes, pero soy demasiado malo para eso…

Pienso que mucha gente podría recitar el famoso poema de Lope de Vega. ¿Lo conoces?

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras? ¿Qué interés se te sigue, Jesús mío, que a mi puerta cubierto de rocío pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh cuánto fueron mis entrañas duras pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío si de mi ingratitud el hielo frío secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el Ángel me decía:  «Alma, asómate ahora a la ventana, verás con cuánto amor llamar porfía!»

¡Y cuántas, hermosura soberana, «Mañana le abriremos», respondía, para lo mismo responder mañana!

Sin embargo, Dios siempre estará disponible para cualquiera que le busque, sin importar el lugar, el tiempo, ni la manera en la que haya vivido antes. Eso sí, hay un único requisito: hay un solo mediador entre Dios y los hombres: Jesucristo hombre, el cual se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Timoteo 2: 5-6).

Dios siempre está disponible y recibe amorosamente a quienes le busquen por medio de Jesús. Fue por eso que él dijo: Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados que yo os haré descansar (Mateo 11:28).  

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El único camino a Dios

Después de un año y medio de pandemia la gente reacciona de diferente manera al ver que todo se complica cada día más. Unos cuestionan a Dios y demuestran más rebeldía e incredulidad, proclamando que si él en verdad existiera —y fuera tan poderoso como los creyentes afirman—, no permitiría que tales cosas sucedieran. Hay mucha gente así y debiéramos orar por ellos, para que Dios les ilumine y puedan abrir sus mentes y corazones al mensaje del evangelio.

Otros comienzan a sentir inquietudes y necesidades espirituales debido al peligro, inseguridad y temor que una circunstancia ade tal magnitud les provoca. No es fácil ver a familiares y conocidos enfermar y fallecer mientras a la vez enfrentamos los retos comunes de la vida, ahora incentivados por esta pandemia. A su vez, este es el momento en que debemos aclarar a las personas afligidas y buscando a Dios, que él ha provisto un solo camino para llegarse a él, conocerle, y no solo encontrar fuerza para enfrentar las dificultades, sino recibir el perdón de nuestros pecados y la salvación eterna. Aunque muchas personas aseguran que hay muchos caminos para llegar a Dios, el propio Jesús se encargó de aclarar todo lo contrario: hay un solo camino.

Sea como fuese, y aunque no nos enfermemos y la pandemia termine si esa es la voluntad de Dios, la gran necesidad de los seres humanos no es escapar o sanar de una enfermedad, es asegurar su destino eterno. Al fin al cabo, con pandemia o sin ella, hay algo que todos los sabemos con certeza. Creyentes o no, un día moriremos…  

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A pesar de la adversidad

Aunque Jesús dijo muy claro a sus discípulos: En el mundo tendréis aflicción, pero confiad, yo he vencido al mundo (Juan 16:33); los seguidores de Cristo del Siglo XXI todavía nos sorprendemos cuando las aflicciones nos acosan. No obstante, ¡ningún sufrimiento debiera extrañarnos! Ni siquiera la pandemia del Covid 19 con su enorme carga de enfermos, fallecidos y terribles consecuencias para toda la humanidad.

Las aflicciones llegan y algunas son tan fuertes, largas, desconcertantes, paralizadoras y angustiosas como la que, en mayor o menor medida, enfrentamos desde que el virus Sars- Cov-2 decidió esparcirse por el mundo. Bueno, a decir verdad, el virus no decidió nada, ni puede viajar por sí solo. ¡Somos los humanos quienes le hemos transportado!

El personaje bíblico del cual hablaremos en el programa de hoy, no padeció una pandemia, pero fue una víctima más cuando Nabucodonosor, rey de Babilonia, vino a Jerusalén, y la sitió. Y el Señor entregó en sus manos a Joacin, rey de Judá, y parte de los utensilios de la casa de Dios; y los trajo a tierra de Sinar, a la casa de su dios… (Daniel 1:1-2). Se lee fácil, ¿verdad? Pero así comenzó un cautiverio de setenta años para miles de personas, entre ellas el joven Daniel.

Cualquiera pudiera decir que tal evento destruyó la vida del noble joven al arrancarle de su patria, su familia, su cultura y sus propósitos de vida. No obstante, la historia de Daniel demuestra que sin importar el tipo o la intensidad de la aflicción que nos acose, todo dependerá de la manera en que respondamos a los nuevos retos. Por lo tanto, la historia de Daniel ha servido de inspiración para muchos, a pesar de la adversidad que sufrió…  

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Enfrentando la adversidad

Aunque a todos nos gustaría disfrutar de una vida fácil y sin tener que enfrentar y sufrir adversidades, una verdad incuestionable es que a través de ellas también podemos aprender lecciones valiosas.

Por más que deseemos vernos libres de aflicciones, mientras estemos en este mundo será completamente imposible. Muchos serán los acontecimientos que pondrán a prueba nuestra fe y confianza en Dios. Por lo tanto, debemos recibirlos y afrontarlos como oportunidades para crecer, aprender lecciones valiosas y experimentar la ayuda y la presencia del Señor de una manera más real.

Recordemos las palabras de Pedro: para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más valiosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo, a quien amáis sin haberlo visto, en quien creyendo, aunque ahora no le veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso; obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas (1 Pedro 1:7-9).

Pobre de aquellos que los sufrimientos y problemas les endurezcan el corazón, provocándoles más soberbia y incredulidad. Para ellos si no hay esperanzas…

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¿Creemos en la justicia de Dios?

(Traducción libre de un fragmento del libro Filters, de Robert Barriguer)

Billy Graham, quien llegó a ser uno de los grandes hombres de integridad del evangelio en el último siglo, dijo tener como norma en su vida: Ni ataco, ni me defiendo. ¿Puedes imaginarte cuántos ataques habrá recibido él a lo largo de su vida y ministerio? Sin embargo, tomó la decisión de nunca atacar a nadie ni defenderse.

Hay personas que cuando leen en sus Biblias: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor (Romanos 12:19) en realidad interpretan: El Señor me dijo que la venganza es mía. Entonces deciden tomar el asunto en sus manos, lo cual siempre es una mala decisión. Cuando te ataquen, deja que Dios te defienda y así mostrarás que confías en que sus juicios son justos.

En verdad, ¿será justo ser atacados y no defendernos? A veces sentimos que alguien nos lanza un dardo por la espalda y queremos responder rápidamente, ya sea a través de las redes sociales o como hacen algunos pastores, a través de una prédica. Sin embargo, cuando desempeñemos algún liderazgo eclesiástico será bueno tener presente que todo el mundo no va a estar siempre contento. ¡Hasta a Jesucristo le atacaron! Todos no estarán felices con lo que uno haga y habrá veces en que nos atacarán.  

Entonces, da por cierto que algunas veces enfrentarás fuego amigo. Aunque estés haciendo tu mayor esfuerzo y ganando gente para Cristo, es posible que a la vez recibas ataques de otras iglesias, de tus mismos hermanos y hermanas en la fe, o de tu propia familia, todo lo cual es muy doloroso. Cuando así suceda confía en que Dios tiene todo bajo control. No olvides que la Biblia dice que la venganza no es tuya, es del Señor.  

Isaías profetizó de Jesús: angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca (Isaías 53:7). No es fácil portarse con mansedumbre cuando sentimos que alguien quiere crucificarnos, pero no ataques ni te defiendas. ¡Confía en Dios y en sus planes perfectos! Las personas tienen diferentes niveles de comprensión y a veces por un mal entendido, o precisamente por falta de madurez, están dispuestos a prender una chispa que, si contraatacas y le agregas gasolina… ¡puede convertirse en un incendio forestal! Recuerda lo que expresó Salomón: Sin leña se apaga el fuego, y donde no hay chismoso cesa la contienda. El carbón para las brasas, y la leña para el fuego; y el hombre rencilloso para encender las contiendas (Proverbios 16:20-21).

No ataques a nadie, ni siquiera a quienes te ataquen a ti. Tampoco te defiendas. Concéntrate en tu ministerio y en el trabajo que Dios te encargó, y Él te defenderá. Además, nunca debemos atacar porque no hemos sido llamados para señalar el pecado de otros. Puesto que todos hemos pecado, el pecado ajeno es muy fácil de encontrar. Se dice que entre otras, hay dos aves muy diferentes en los desiertos: los buitres y los colibríes. Cada día se despiertan y salen a buscar comida. Cada día los colibríes buscan dulce néctar, y los buitres animales muertos para comer. ¡Las dos aves encuentran siempre lo que buscan! La enseñanza es obvia: siempre encontrarás aquello que buscas, tanto en la vida como en las personas. No quiero ser alguien que busque carne muerta, como el colibrí, prefiero buscar algo dulce. Enfoquémonos en buscar y promover lo bueno de la gente.

En algún momento todos seremos tratados de manera injusta y eso duele… Sin embargo, nosotros no sabemos todas las circunstancias que puede estar atravesando la otra persona, y solo Dios conoce las intenciones del corazón. ¡Confiemos en Dios, y demostremos nuestra confianza en él al no atacar a nadie ni defendernos! Hoy en día esto es muy difícil, ya que las redes sociales han proporcionado a las personas una plataforma desde la cual pueden expresar lo que tienen en su corazón, sin filtros, sin analizar bien, ni mucho pensamiento previo.

Podemos notar que el mundo está lleno de odio… ¡pero sabemos que el amor puede vencerlo! La Biblia dice que no paguemos a nadie mal por mal. No agreguemos nuestra voz a la voz del odio que cunde en las redes, y no caigamos en la tentación de usarlas para atacar a otros, ni para defendernos. Solo el amor de Dios puede cambiar el mundo: No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal (Romanos 12:21).