Retos de la Covid-19: distanciamiento social

Hace varias semanas, me invitaron a escribir pequeños mensajes que serían publicados en un grupo de pastores evangélicos en WhatsApp. Acepté gustoso, porque comprendo que una pandemia afecta totalmente la dinámica del trabajo pastoral y la vida de las iglesias. Ahora bien, ¿acaso la propia Biblia no enseña que no solo los pastores, sino que todos somos ministros del Señor? Si bien los pastores, para ser efectivos necesitan mantener un contacto estrecho con las personas, el mismo reto lo tenemos todos los creyentes en Cristo. Si en medio de una situación tan frustrante y dolorosa como esta no asumimos nuestro deber de ayudarnos y bendecirnos los unos a los otros, ¡todo será más difícil! Como muchas personas me han escrito solicitando copias de esos artículos, he decidido editarlos y publicarlos también en mis páginas de Facebook. Así podrán leerlo, si así lo desean, no solo pastores, sino cualquier persona interesada en enfrentar este difícil tiempo de pandemia con la mejor actitud posible.  

Para los que estamos acostumbrados a la vida de las iglesias, la situación epidemiológica actual nos presenta grandes retos para reunirnos y disfrutar del compañerismo cristiano. ¿Imaginamos alguna vez que nuestros templos podrían estar cerrados durante largos períodos? De entrada, la recomendación bíblica acerca de no dejando de reunirnos, como algunos tienen por costumbre (Hebreos 10:25) ha sido invocada por algunos para negarse a asumir medidas que controlan o limitan la libre y espontánea reunión de los creyentes. No obstante, recordemos que no es solo la vida de las iglesias la que sufre en una pandemia tales restricciones, sino todo el universo de relaciones y actividades humanas. ¿Entonces? Creo que absolutamente todos debemos pensar en cómo ayudarnos y servirnos mutuamente ante una situación tan excesivamente larga y frustrante.

Escuché en un programa televisivo una discusión sobre el concepto de aislamiento social porque uno de los invitados argüía que ambas palabras son completamente excluyentes. Aclaró que era mejor hablar de distanciamiento físico o social, ya que el concepto de aislamiento excluye toda relación y los humanos necesitamos interactuar aun en medio de situaciones extremas como lo es esta pandemia. El enfermo que ingrese a un hospital o a los llamados centros de aislamiento, continuará interactuando con personal médico, de servicios y otros pacientes. Más nunca podrá –¡qué enorme tristeza!– ser visitado o acompañado por sus seres queridos durante el proceso de su enfermedad, ni en sus últimos días si al fin no sana.    

Por eso el concepto de distanciamiento social es más piadoso y realista. Por lo tanto lo usaré de ahora en adelante para esta serie de mensajes. Debemos aprender a distanciarnos por el bien nuestro y de los demás, sin permitirnos caer en un antihumano aislamiento total. Abstenernos de abrazar, besar y tocar a las personas no significa necesariamente que sea imposible mostrarles o recibir amor, apoyo y comprensión. Tampoco el hecho de usar horribles e incómodas mascarillas y mantener una distancia prudente, significa que tengamos falta de fe en el Señor que nos puede librar de contagiarnos. ¿Acaso él mismo no decretó en el Antiguo Testamento la distancia que era necesario mantener con respecto a los leprosos? En un proceso pandémico el distanciamiento social no demuestra falta de fe, sino de cordura, sabiduría y respeto, cuidado hacia los demás y para con nosotros mismos.

Invitado a predicar en una iglesia y esperando el inicio del culto, alguien vino hacia mí con los brazos abiertos:

─¡Que alegría verlo tras tantos años! Venga un beso y un abrazo que nada nos pasará.

─Mejor me amas con los ojos, ¿no crees? Ahora ellos muestran más amor legítimo que la boca y los brazos.  ¿Recuerdas el coro “Una mirada de fe”? Pues una mirada de amor ahora es más segura, hermano─, le contesté.

En ambiente epidemiológico muchas costumbres tienen que cambiar y el verdadero amor está obligado a encontrar nuevas y más seguras formas de expresarse. El distanciamiento físico se impone, pero necesariamente no tiene ni puede significar aislamiento espiritual, emocional ni ministerial. ¿Cómo lograrlo? Sin duda ahora tenemos más posibilidades para ministrar y relacionarnos que las generaciones anteriores y no debemos limitarnos. Por lo pronto, lo primero será recordar que aun viviendo en el peor de los escenarios posibles, Dios sigue en su trono sempiterno. Esta pandemia puede enseñarnos a valorar más nuestra salud y la de aquellos que amamos. También puede demostrarnos que es posible desarrollar relaciones profundas y significativas sin que nos toquemos, besemos o abracemos. ¡Es necesario que aprendamos a usar la fuerza y la belleza de las palabras y la bondad de las buenas actitudes!

El apóstol Pablo, después de una vida activísima y un multitudinario impacto debido a sus viajes misioneros, terminó encerrado en Roma y encadenado a un soldado romano. ¡Imposible estar más distanciado y reducido! No obstante, su alma y su fe continuaron radiantes, lo cual mostró en las cartas que escribió, en las oraciones que elevaba por los demás y en la forma de interpretar los acontecimientos. Reducido, sí –y sufriendo un nada agradable distanciamiento social–, se las arregló para continuar bendiciendo a los creyentes de su época. También siguió predicando y compartiendo su fe con gozo, aunque en menor escala, con las personas que tenía a su lado o las que pocas que llegaran a visitarle.

¿Te das cuenta? Distanciado y reducido al máximo, aprovechó su nuevo escenario y se negó a vivir lamentándose por lo que ya no podía hacer. Así logró seguir ministrando y declaró sin angustias que las cosas que me han sucedido han redundado más bien para el progreso del evangelio (Filipenses 1:12). Sin sufrir por lo que era imposible de realizar, se ocupó en aprovechar su tiempo haciendo, sencillamente, solo lo que estaba a su alcance. Así nos enseñó una lección inigualable: los lamentos no tienen el poder de consolarnos, pero la fe y nuestras buenas actitudes son capaces de redimir y embellecer la peor tragedia.

Si tú y yo somos fieles, –a pesar de todas las tensiones y limitaciones que nos impone la pandemia–, podemos aprender lecciones valiosas. Recuerda que no solo predicamos con nuestras palabras; también lo hacemos con nuestras actitudes y hasta con un piadoso y amigable silencio en momentos cruciales. No podemos conceder a la pandemia que nos impida bendecir, ayudar y mostrar el amor de Dios a los demás porque nos encerremos en nuestros propios temores y preocupaciones.  

A pesar de la limitación de reuniones y del distanciamiento físico que las normas epidemiológicas exigen, enfoquémonos como Pablo en hacer humildemente todo el bien que podamos a quienes estén a nuestro alcance. Si es imposible reunirnos y abrazarnos como antes, alcancemos y cubramos a muchos con nuestras oraciones, buenos deseos, llamadas telefónicas, palabras de amor, aliento, afirmación y mensajes de fe, todo lo cual hoy puede hacerse gracias al desarrollo tecnológico y las redes sociales. Preocupémonos por presentar en todas partes nuestro testimonio de fidelidad y vida consagrada sin aspavientos, hipocresías ni críticas desmesuradas y escasas de bondad. Recordemos que Jesús dijo que toda palabra ociosa que hablaren los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio (Mateo 12:36). Aprovechemos los pocos contactos personales posibles y usémoslos para bendecir y animar a los demás. Si así hacemos, cuando esto pase tendremos la misma experiencia del apóstol: declararemos que todo ha redundado para nuestro bien común y el progreso del evangelio.

Sigamos adelante con fe y confianza. Dios tiene un propósito con cuanto ocurre aunque no lo entendamos ahora. A pesar de la condición preocupante que nos amenaza hace más de un año, Dios continúa siendo Todopoderoso. ¿Lo dudas? Y nosotros seguimos siendo sus hijos amados. Su gloria también sigue llenando toda la tierra aunque en la actualidad nos sobrecojan el desplome ético de la sociedad, la violencia, el desatino y la corrupción imperantes en todas partes, incluyendo un virus implacable negado a desaparecer. Dispongámonos a ver más allá de las limitaciones que la vida nos impone y llenemos de fe, amor y buenas actitudes el reducido espacio donde nos encontremos. ¡Dios hará lo demás! Como él solo sabe y puede transformar las mayores tragedias en bendiciones, logrará que se cumplan en nosotros las muy consoladoras y sabias palabras bíblicas: Porque esta leve tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más excelente y eterno peso de gloria; no mirando nosotros las cosas que se ven, sino las que no se ven; pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas (2 Corintios 4:18). Amén.

Actuar como Jesús (17)

¿Sabes qué es longanimidad?

Apenas usada en una conversación corriente, la palabra longanimidad aparece catorce veces en el Nuevo Testamento, la mayoría de ellas traducida como paciencia. Si preguntas a Google te dirá que es: generosidad, amplitud de ideas y conducta, pero el significado bíblico es más profundo. El Diccionario Expositivo de la Biblia (VINE) refiere que es aquella cualidad de auto-refrenamiento ante la provocación, que no toma represalias apresuradas ni castiga con celeridad; es lo opuesto a la ira y se asocia con la misericordia. En otras palabras, es la paciencia para con las personas.

Si buscas los sinónimos de longanimidad encontraras una lista de palabras que por si sola bendicen: nobleza, benevolencia, caballerosidad, generosidad, hidalguía, lealtad, magnanimidad, clemencia, afabilidad, condescendencia, benignidad, bondad, predilección, simpatía, amabilidad, cordialidad, docilidad, dulzura, mansedumbre, sensibilidad, ternura y tolerancia. Obviamente nuestra capacidad de ser longánimos determinará la manera de relacionamos con los demás. Mostraremos “buen carácter” o “mal carácter”, en dependencia de cómo enfrentamos las diversas situaciones que la interacción humana provoca.

Ahora bien, ¿exhibiremos siempre una sonrisa en los labios aunque nos traten a patadas, suframos o veamos injusticias y falsedades? La longanimidad de Jesús fue incuestionable, mas no le impidió airarse con los mercaderes del templo y la falsedad de fariseos y saduceos, pues ellos encarnaban la perversión de la piedad y la hipocresía religiosa. Sin embargo fue magnánimo y compasivo con las multitudes pues las consideraba como ovejas sin pastor. También reprendió a sus discípulos cuando fue necesario. Él increpó a Pedro: ¡Quítate de delante de mí, Satanás! (Mateo 16:23) cuando le pidió que evitara su muerte en Jerusalén. Ahora bien, tal reprimenda no impidió que Jesús le amara y lo invitara a la experiencia sublime del Monte de la Transfiguración junto con Jacobo y Juan. También, al anunciarle que le negaría, le dijo: he orado por ti para que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos (Lucas 22:32). ¿Comprendes? Podemos ser generosos y magnánimos con las personas aunque a veces nos defrauden. Jesús sabía cómo demostrar a los suyos que les amaba y confiaba en ellos a pesar de sus errores o inconsistencias. Eso es tener paciencia con las personas.

Después de explicar a sus discípulos que sufriría y enfrentaría la muerte en Jerusalén, mientras se encaminaban a Capernaún Jesús les oyó discutir sobre quién de ellos sería el mayor en el reino de los cielos. ¿Cómo hubieras reaccionado tú en una situación semejante? En mi caso, hubiese explotado ahí mismo:

–¿Y eso es lo único que les preocupa? ¡No han aprendido nada en estos tres años!

Jesús escuchó inmutable la egoísta y absurda discusión. Esperó llegar a donde iban y tomando a un niño en sus brazos, volvió a insistirles con ternura sobre la naturaleza del reino de Dios, en el cual la grandeza depende de la humildad y el servicio. ¡Qué lección!

¿Qué crees del trato de Jesús a Judas? ¿No te sorprende que le permitiera llevar las finanzas del grupo hasta última hora? Cuando puedas, lee los relatos de esa noche en los cuatro evangelios (Mateo 26:1-56; Marcos 14:1-50; Lucas 22:1-53 y Juan 13:1-38). Si los lees uno detrás del otro, verás cómo Jesús trata a sus discípulos –incluyendo a Judas– en los momentos en que él estaba en máxima tensión y angustia. Comprenderás, además de la incapacidad de ellos para entender todo lo que sucedía, como Jesús se lamenta profundamente de lo que implicaría para Judas su rol en los acontecimientos que vendrían: “A la verdad, el Hijo del Hombre va, según está escrito de él, mas ¡hay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Bueno le fuera a ese hombre no haber nacido (Mateo 26:24)”. Tales palabras, más que una acusación son un grito de dolor. En mi opinión, Judas solo se separó del grupo al terminar la cena pascual; y no antes como muchos insisten. Por lo tanto, ¿puedes imaginar a Jesús lavándole los pies a Judas? Creo que así él le mostró su amor al igual que a los demás, aun sabiendo que le traicionaría.

Esa misma noche, ya en el Getsemaní, Jesús suplicó a Pedro, Jacobo y Juan que velaran orando cerca de él: Mi alma está muy triste, hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo  (Mateo 26:38), peroellos ignoraron su ruego y se durmieron. Jesús vuelve, los despierta e insiste en que oren para que no entréis en tentación (Mateo 26:41), ¡y volvieron a dormirse! En medio de su agonía regresa a ellos, pero esta vez no les dice nada. Ajenos a la angustia del Señor y a su agónico pedido de oración continuaban durmiendo. ¿Cómo fue posible? Entonces Jesús se retira de nuevo y cuando regresa solo les dice: Dormid ya, y descansad (Mateo 26:45). ¡Qué magnánimo el Señor, qué paciencia infinita para con quienes habían dormido todo el tiempo! Más tuvo que despertarlos pues ya llegaban a prenderle. Los tres discípulos más fieles le dejaron solo en su agonía a pesar de sus ruegos. Y en ese momento fatídico, Judas entró al Getsemaní…

Entonces sucedió lo inconcebible: Jesús permite que Judas le bese, le llama amigo y le pregunta: ¿con un beso entregas al Hijo del hombre (Lucas 22:19)? Después, censuró claramente a quienes venían con él: ¿Cómo contra un ladrón habéis salido con espadas y con palos para prenderme? Cada día me sentaba con vosotros enseñando en el templo y no me prendisteis (Mateo 26:55). ¿Sabes qué creo de esas palabras? Fue como si Jesús les dijera: ¡Es indigno que ustedes les pagaran a Judas para que él me entregara! Resaltando de esa manera la impiedad y la vileza de sobornar a uno de sus discípulos, más que la propia traición de este. Judas era culpable, pero Jesús no lo odia ni le muestra desprecio. Se aflige por lo que significaría para él mismo esa acción. Y eso es longanimidad: compasión infinita hacia quien ha caído tan bajo, a pesar de haber tenido las mayores posibilidades.

¿Quieres otra prueba de longanimidad? Esa noche, todos los discípulos, dejándole, huyeron (Mateo 26:56). Sin embargo, cuando volvió a verlos tras su resurrección, no expresó una sola palabra de reproche porque todos escaparon aterrorizados en su noche más oscura. ¡Más sí les reprochó que no habían creído a los que le habían visto resucitado (Marcos 16:14)! Muy interesante, ¿verdad? Jesús comprendió el horror y la turbación de ellos al ver a su Señor camino a la muerte. Como conocía cuán inestables, inseguros y torpes solemos ser los humanos, nuestras debilidades no le sorprenden. Él es amplio para perdonar y muestra una paciencia admirable. No obstante, sí reclama que creamos en él, porque la fe es la que provoca que nos mantengamos seguros a su lado.

Por ello creo que quienes pretendemos seguirle, debemos ser tan pacientes, magnánimos y generosos para con los demás como él fue con sus discípulos y lo ha sido para con nosotros mismos. Muchas personas durante nuestra vida podrán decepcionarnos, engañarnos, traicionarnos o incluso, declararse nuestros enemigos sin que jamás les hayamos hecho daño. No nos extrañemos ni endurezcamos demasiado cuando eso suceda. Si Jesús fue tratado de esa manera, ¿por qué no podría sucedernos a nosotros? Recordemos que si somos intolerantes o vengativos y no estamos dispuestos a perdonar, no seremos como Jesús.

Por lo tanto, bien nos haría obedecer la recomendación paulina: Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a los otros, y perdonándoos unos a los otros, si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros (Colosenses 3:12-13).

Practicar la longanimidad propiciará que seamos más semejantes a Jesús.

Si no fuera por…

La Habana, Cuba

“Si no fuera por…” es una expresión que denota cuánto mejor serían algunas cosas si no existieran otras. Con reiteración solemos escuchar o decir: si no fuera por este problema, si no fuera por esta enfermedad, si no fuera por este carácter, si no fuera por…

Es muy posible, que algunas circunstancias en nuestra vida que caen en la categoría de “si no fuera por” puedan dejarnos a la larga un resultado positivo. Ellas nos ayudan a buscar a Dios, a ser menos prepotentes, más sensatos y más humildes. Es por eso que la Biblia, en la carta a los Romanos, capítulo 5, versículos 3 y 4 nos enseña: “sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia prueba, y la prueba, esperanza”.

Importancia de la fe

Atardecer en La Habana, foto tomada desde el litoral.

¿Recuerdas alguna vez en tu vida en que hayas dicho: “he perdido la fe”? Lo interesante es que al perder la fe, automáticamente estabas añadiendo dolor y frustración a la triste experiencia que estabas viviendo. Cuando se pierde la fe, detrás vienen la amargura y la desesperanza. La gran noticia es que hay otro camino ante los impoderables de la vida. Podrás enfrentar muchos inconvenientes sin permitir que ellos te nublen el alma o te enfríen el corazón…

Tened fe en Dios

Calle de La Habana, Cuba

Cuando la Biblia habla de la fe, no se refiere a tener una mente positiva, sino a profundas convicciónes sobre quién es Dios, su poder y su propósito de amor para con nosotros. Por ello Jesús dijo a sus discípulos; Tened fe en Dios (Marcos 11:22). La verdadera fe, la que nos revela el amor de Dios en Cristo, añade a nuestras vidas posibilidades insospechadas. Además de recibir el perdón de los pecados, esa fe nos permite levantarnos por encima de todas las imposibildades y desesperanzas…

Hay que tener fe

Canal de entrada a la Bahía de la Habana

La fe y la esperanza son indispensables para la vida. “Hay que tener fe” y “la esperanza es lo último que se pierde”, son frases que nos recuerdan su importancia. Nuestro programa tiene el propósito de ayudar a sus oyentes a fortalecer en sus vidas estas dos virtudes… No dejes de escucharlo… ¡son solo cinco minutos!

Actuar como Jesús (16)

EL SILENCIO DE JESÚS

Acusado de ser un hombre glotón y bebedor de vino, amigo de recaudadores de impuestos y pecadores (Lucas 7:34), seguido y admirado por multitudes a las cuales mostraba empatía y comprensión; era obvio que Jesús era capaz de relacionarse con personas de cualquier condición moral y nivel social. Sin embargo, hubo tres personajes a los cuales trató con un mutismo impresionante: Caifás, Pilatos y Herodes.

Sus conversaciones con los discípulos, Nicodemo, los mensajeros de Juan el Bautista, la mujer samaritana, la mujer adúltera, el joven rico y otros más, revelan que podía lidiar con diferentes caracteres, intereses e historias de vida. Él encaminaba cualquier situación hacia un momento cumbre de enseñanza aunque supiera que no iba a ser asimilada. En encuentros con los fariseos y saduceos que le preguntaban o a veces le impugnaban, desarrollaba razonamientos y agudísimas acusaciones que podrían conmover o hacer reaccionar a sus interlocutores. Con otros, como Leví y Zaqueo —publicanos despreciables—, él logró un vínculo instantáneo; pues lo dejaron todo y le siguieron. Asimismo, atendió y complació a quienes se acercaban buscando sanidad para ellos o sus familiares, incluyendo a extranjeros como la mujer sirofenicia y el centurión romano. ¿Por qué, inmutable, casi enmudece ante Caifás, Pilatos y Herodes?

Caifás, el sumo sacerdote, hombre capaz de comprar testigos falsos; increpó con saña a Jesús para que declarase que era el Mesías. Cuando él le contestó: Tú lo has dicho (Mateo 26:64), fue tan hipócrita que rasgó sus vestiduras diciendo: ¡Ha blasfemado! ¿Qué necesidad tenemos de testigos? (Mateo 26:65). Orgulloso, cruel y creyendo que el fin justificaba los medios, estaba feliz por haber logrado su objetivo pero rasgó su ropa como si experimentara un dolor desgarrador. Luego, sin una gota de piedad, el juicio en su casa culminó con soldados escupiendo a Jesús en el rostro, mientras le abofeteaban y golpeaban a puñetazos. Cuando le preguntó al Señor: ¿No respondes nada? (Mateo 26:62), Jesús no articuló palabras.

Pilatos, el gobernador romano, fue otra figura enigmática. Sádico, cruel y violento según algunos historiadores, en los evangelios aparece débil, supersticioso y asustado por los sueños de su esposa. Los judíos lo manipulaban pues le aterraba que hubiera problemas en Palestina y fuera destituido por el emperador. Creyó inocente a Jesús, pero evadió su responsabilidad enviándole a Herodes. Al ver que lo regresaron, procuró que el pueblo eligiera entre él y un criminal peligroso. ¿Creería así salvarlo o evitaba enredarse en una condena deplorable? Para disimular que le creía inocente —por miedo a los líderes judíos—, mandó azotarle. Y aunque se lavó las manos diciendo: inocente soy yo de la sangre de este justo (Mateo 27:24);  permitió que sus soldados le desnudaran, le echaran arriba un manto de púrpura, le coronaran con espinas, y se burlaran reverenciándole como a un rey. ¡Qué tipo! Hizo muchas preguntas a Jesús, quien solo respondió pocas, prefiriendo el silencio.

Herodes, de visita en Jerusalén, era el tetrarca de Galilea que decapitó a Juan el Bautista. Cuando Pilatos le envió a Jesús, asumió el asunto como otra de las diversiones conque animaba su vida disoluta. ¿Sabría que Jesús le llamó zorra tiempo atrás? Era un epíteto que calificaba a un don nadie con ínfulas de poderoso. De modo que si Jesús se consideraba rey los judíos, ¡él se jactaría de su poder y su impudicia para herirle y agraviarle! Tan hipócrita como era, recibió a Jesús de buen tono y le hacía muchas preguntas, pero él nada respondió (Lucas 23:9). Hijo de Herodes el Grande —quien asesinó a los menores de dos años en Belén cuando Jesús nació—, y malvado como él, impenitente, supersticioso e inseguro, el silencio de Jesús le descompuso. A diferencia de los acusados que llegaban a él aterrados y suplicando por su vida; Jesús mostraba una serenidad asombrosa, porque guardar silencio en semejantes ocasiones demuestra grandeza y fuerza de alma. Entonces Herodes, humillado y turbado, decidió burlarse abiertamente. Con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa espléndida; y volvió a enviárselo a Pilatos (Lucas 23: 12). ¿Sabías que los humanos ridiculizamos todo lo que nos hace sentir inferiores? Es la manera más obvia, inmediata y ruin de exhibir podredumbre moral. Jesús, delante de Herodes, no articuló ni una sola palabra.

Reflexionando en los motivos por los cuales Jesús prefirió callar ante estos tres hombres poderosos de su época —compendios de maldad, cobardía y miseria humana—, evoco un precioso pasaje bíblico: Angustiado él y afligido, no abrió su boca, como cordero fue llevado al matadero, y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció y no abrió su boca (Isaías 53:7). ¿Habrá momentos en que tú y yo debiéramos hacer lo mismo?

¿Has visto en las películas la advertencia que hacen los policías cuando detienen a alguien? Tiene derecho a guardar silencio; cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra en un tribunal. Es sabido que en circunstancias muy extremas, mantener silencio es la única posibilidad de preservar dignidad y buen juicio; pues callar es el lenguaje del alma en sus momentos trascendentes. Acorralados en situaciones amenazantes, las emociones pueden incitarnos a emitir palabras torpes, capaces de perjudicarnos a nosotros mismos o a otras personas. Además, el silencio es una fuerza asombrosa en la comunicación humana, al igual que en la música y en las artes escénicas. Dependiendo del momento en que se utilice, es más poderoso y aleccionador —o aterrador— que miles de palabras. Y tiene la virtud inmensa de que somos dueños de lo que callamos, pero esclavos de lo que decimos.

Como en el Siglo XXI la dignidad, el respeto y la mesura suelen ser conceptos obsoletos para muchos, la gente habla, impugna, demerita y desprestigia a los demás con facilidad. Lo peor es que aunque a veces lo hacen desde la ignorancia, muestran una autoridad pasmosa. El resultado es que la comunicación interpersonal, cada vez más virulenta y tendenciosa; evidencia que la crueldad y la decadencia ética ganan terreno en el acontecer humano. ¿Has visto cómo —incluso personas que se precian de seguir a Jesús—, se ofenden y denigran públicamente con impiedad bochornosa? Jesús, conocedor como nadie de la naturaleza humana, pudo haber expresado verdades acusatorias, durísimas e irrebatibles contra Caifás, Pilatos y Herodes directamente. ¿Por qué no lo hizo? La respuesta la encuentro en sus propias enseñanzas: El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca buenas cosas; y el hombre malo, del mal tesoro saca malas cosas. Más yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. (Mateo 12:35-36).

¿Sabes lo que significa palabra ociosa? Pura charla, vocablo hueco, desprovisto de respaldo en la propia vida del que habla, y por lo tanto, mezquina. Es la palabra que incapaz de bendecir y elevar a otros, les rebaja causando divisiones, enemistades y contiendas. Según Jesús, tales palabras nunca deberían ser expresadas. Por eso habrá momentos cuando por dignidad y obediencia nos corresponderá callar, pues hablar palabras ociosas contamina nuestro propio corazón. Aunque en ocasiones nos humillen como a Jesús, dejemos que algunos exhiban su impudicia mostrándose tal cual son y expresen palabras que desnuden su alma, pero no emitamos palabras que envilezcan la nuestra. Así podremos conocer mejor quién es quién. Expresar palabras que alimenten nuestro ego herido para agredir a quienes tienen uno mayor que el nuestro, es tan inútil como tonto. Más sabio y cristiano será guardar silencio y dejar que Dios, juez justo y con todo derecho, a su tiempo diga su última palabra.

Sigo creyendo que seríamos mejores y más bendecidos —y la gente a nuestro lado también—, si nos atreviéramos a actuar siempre como Jesús lo hizo. Pablo alertó que ninguna palabra corrompida salga de nuestra boca, sino la que sea buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia a los oyentes (Efesios 4:29).

¡Oh Dios, cuánta palabra ociosa y torpe desperdigada por el mundo! Danos sabiduría a tus hijos para discernir cuando es tiempo de callar, y tiempo de hablar (Eclesiastés 3:7).

Pbro. Alberto I. González Muñoz

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ACTUAR COMO JESÚS (15):

LA COMPASIÓN DE JESÚS

Los evangelios cuentan que Jesús lloró ante la tumba de Lázaro, al ver a Jerusalén el día de su entrada triunfal, y sabemos que su angustia en el Getsemaní le hizo sudar grandes gotas de sangre (Lucas 22:44). La epístola a los Hebreos recalca que Cristo, en los días de su carne, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas (5:7). Aunque Los comentaristas insisten que se refiere a la experiencia del Getsemaní… ¿Y las tantas veces que él buscó lugares solitarios para orar a solas, alguien presenció y escuchó esas oraciones? Solo el Padre. Como estaba profetizado que él sería un varón de dolores, experimentado en quebranto (Isaías 53:3-4), puede haber llorado otras veces. ¿Alcanzaremos a comprender cuánto significó para el Hijo de Dios habitar un cuerpo humano? Sus sufrimientos terrenales, no obstante, no afectaron en lo absoluto su espíritu compasivo.

Jesús, Dios encarnado, conocedor eterno de todas las respuestas y consciente de su poder divino, podría haber llegado jubiloso a la tumba de Lázaro ordenando a familiares y amigos que no lloraran más, ¡iba a resucitarlo! Más se unió primero al llanto de todos, mostrando una sensibilidad soberana con quienes habían perdido a alguien que —también para él—, era un amigo especial. Jesús, lleno de amor y compasión no permanece impasible ante el dolor humano.

Durante su entrada triunfal a Jerusalén, ¿lloró de emoción por ser aclamado rey que viene en el nombre del Señor (Lucas 19:38)? No, lloró compungido por la maldad de sus habitantes y la destrucción de la ciudad años más tarde: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este día, lo que es para tu paz! Más ahora está encubierto de tus ojos (Lucas 19:42). Aunque cinco días después otra multitud gritara: ¡crucifícale, crucifícale!, tampoco lloró al entrar a Jerusalén porque allí enfrentaría su muerte; sino por quienes al rechazarle se condenaban a sí mismos. Su sacrificio redentor angustiaría su alma, pero él vencería la muerte y la corrupción de la carne. Sin embargo, los habitantes de Jerusalén seguirían aferrados a sus pecados y solo alcanzarían perdón los que creyesen en él. ¿Comprendes? La tristeza y compasión de Jesús, demuestran bondad, empatía, pesar por las terribles consecuencias del pecado y la incredulidad. Como vino a traer vida, y vida en abundancia (Juan 10:10); sufría indeciblemente por la miseria y la iniquidad humanas. Desde el principio de su ministerio, al ver las multitudes tuvo compasión de ellas porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor (Mateo 9:36). 

Jesús fue compasivo hasta con Judas, cuando acompañado de una turba infame y armada con espadas y palos, le entregó con un beso. Prefirió rechazar de cuajo la intención de los suyos: ¿heriremos a espada? (Lucas 22:49) y la violenta respuesta de Pedro al herir al siervo del Sumo Sacerdote, asegurándose de que dejaran libres a sus discípulos: pues si me buscáis a mí, dejad ir a éstos (Juan 18:8). Horas después, fue compasivo con el mismo Pedro, a pesar de que él pudo observarlo en el patio de la casa del Sumo Sacerdote, mientras afirmaba tres veces que no le conocía. ¿Puedes imaginar su mirada? Pedro, saliendo afuera, lloró amargamente (Lucas 22:62).  Cuando Jesús, ya resucitado le encontró de nuevo, solo le preguntó ¡también tres veces!: Simón, hijo de Jonás, ¿Me amas..? ¿Me amas… ¿Me amas? (Juan 21:15-17); dándole la oportunidad de borrar con tres afirmaciones amorosas sus cobardes y públicas negaciones anteriores. ¡Qué historia! Jesús continuaba amándole a pesar de su cobardía y le encargó siguiera sirviéndole, afirmando a sus ovejas. ¿Qué hubiéramos hecho tú y yo en una situación similar? Sí, Jesús enfrentó momentos dolorosísimos durante su vida terrenal, pero su tristeza nunca fue amarga, resentida ni despreciativa. Su dolor no impedía la esperanza redentora de que los seres humanos pudieran arrepentirse, ser redimidos y transformados.

Ahora bien, ¿podemos entristecernos los cristianos cuando los problemas y las frustraciones nos acosen por todas partes? ¿Será —como dicen algunos—, que debemos estar rebosantes de gozo siempre, sin importar qué ocurra? Creo que cuando la Biblia nos dice estad siempre gozosos (1 Tes. 5:16), de ningún modo impide que podamos entristecernos como el Señor ante situaciones dolorosas que nos sorprendan. Es más, hay ocasiones en que no entristecernos sería una reacción impía. Ser cristiano no significa estar inmunizado contra el sufrimiento humano, ya sea nuestro o ajeno. ¡Y líbrenos Dios de sufrir solamente las aflicciones propias! Debiéramos mostrar la misma sensibilidad y compasión de Jesús, incluso, hasta con aquellos que padecen a causa de su propia impiedad. Al fin y al cabo, aunque la tristeza nos domine ocasionalmente, Jesús será siempre la fuente de nuestro gozo. No obstante, creo que hay situaciones en la que es inevitable, justo y piadoso experimentar tristeza.

Me avergüenza confesar que a veces, al ver sufrir a alguien debido a conductas pecaminosas, con dureza y falta de compasión me he atrevido a exclamar: ¡Bien que lo merece! ¿Lo has hecho tú? Tendemos entonces a experimentar cierta satisfacción porque la persona sufre lo merecido, y mucho más si le aconsejamos o advertimos antes lo que sucedería. Jesús obraba de otro modo; las personas podrían ser culpables, pero él se conmovía al verles sufriendo. Revisa los evangelios y verás cuantas veces mostró simpatía y comprensión hacia personas que en realidad, no la merecían. Era compasivo y muy sensible al sufrimiento humano.   

¿Por qué nos será tan difícil a sus actuales seguidores mostrar la misma compasión que él brindó a los pecadores de su época? Aunque nos preciamos de odiar el pecado, pero amar al pecador, me parece que tal expresión peca de presunción. Dicha así, de forma tajante y absoluta —en mi opinión—, huele a fariseísmo. Pienso así porque cansados ya de la corrupción, las injusticias y el impúdico desatino que nos rodean, oigo a muchos cristianos anhelar que el juicio divino acabe de llegar de una vez por todas. ¿Muestra tal actitud el amor que decimos tener hacia los pecadores? ¿Ignoramos que cuando así hacemos nos alejamos del sentir de Cristo? Sería bueno recordar que sus palabras más condenatorias no fueron dichas contra comunes pecadores: las expresó sobre los religiosos más radicales, fanáticos e intransigentes de su época. Lo sabías, ¿verdad? Tras leer este artículo, ¿te animarías a buscar Mateo 23:13-35? Jesús tildó de hipócritas y llamó generación de víboras a quienes pretendiendo ser seguidores y maestros de la ley divina, no obraban en consonancia con lo que creían y enseñaban. Entonces, si nosotros tampoco cumplimos con todo lo que él pide y espera de quienes le siguen… ¿no pudiéramos ser también culpables de lo mismo?

La sociedad que nos rodea, corrupta hasta la médula, es cada vez más egocéntrica, violenta y desenfrenada. ¿Alguien lo duda? Más no creo que debamos airarnos y elevar un clamor justiciero por su rápida y definitiva condenación. Conscientes del juicio que les espera, haríamos mejor doliéndonos por su dureza y corazón no arrepentido. Con angustia y compasión debiéramos clamar por misericordia, tanto para ellos como para con nosotros. Así, orando para que se arrepientan, sean perdonados y transformados antes de que sea tarde, actuaríamos conforme al espíritu de Cristo. Y si padeciésemos injustamente, ¿no mandó Jesús a orar por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos… (Mateo 5:44)? Debiéramos ser más compasivos y más consecuentes con la sublime experiencia de haber sido alcanzados por la gracia de Dios.

Y por favor, al escribir esta meditación no pienses que te estoy juzgando a ti si piensas diferente, y menos que estoy vanagloriándome de ser como en realidad no soy. La escribo, puedo asegurarlo, mirando al fondo de mi corazón. ¿Sabes por qué? Son tan comunes el odio, el rencor, la venganza, la violencia y la soberbia en este mundo, que a veces es imperceptible el momento cuando comenzamos a dejar de ser humildes, compasivos y misericordiosos, tal como Dios espera de nosotros.   

¡Si fuésemos capaces de sentir y actuar siempre como Jesús hizo, nuestro testimonio cristiano sería más poderoso! De eso sí estoy seguro.

Alberto I. González Muñoz


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En medio de la pandemia

Mi hermana en Cristo y amiga desde la juventud, Dinora Lima Nodarse, publicó en su página de Facebook el siguiente artículo hace casi un año. Como sus enseñanzas están vigentes todavía y puede bendecirnos a todos, lo publico con muchísimo gusto…

“Cantad a Jehová, vosotros sus santos, y celebrad la memoria de su santidad. Porque un momento será su ira, pero su favor dura toda la vida. Por la noche durará el lloro, y a la mañana vendrá la alegría»

sALMO 50:4-5

Estamos viviendo tiempos de angustia, temor y dolor. Al levantarnos cada mañana, deseando que nada hubiera pasado, experimentamos el mismo sentimiento que tras la muerte de un familiar:

—¡Oh, Dios, si fuera solo un sueño!

Pero cada día, penosamente, nos devuelve el mismo menú. Por ahora el encierro en casa y las malas noticias serán el pan nuestro de cada día. Con manos y pies atados, con sueños y aspiraciones canceladas, ya ni siquiera planeamos ir de tiendas y comprar quien sabe qué. Para muchos, ya no hay estímulo para el trabajo que nos permitiría garantizar todas nuestras necesidades. No esperamos el fin de semana con planes para salir, reunirnos con la familia o ir a la iglesia para adorar a Dios. Todo debe ser olvidado por un tiempo. Ahora solo nos queda dar gracias a Dios por estar vivos, por tener comida en la mesa y por no haber tenido pérdidas en la familia. 

Volviendo al texto base de esta reflexión, es necesario proclamar con fe que “por la noche durará el lloro, pero en la mañana vendrá la alegría”. Ahora, nuestro gozo no depende de los buenos momentos que vivimos, ni de la realización de tus sueños o los míos, porque como tantas cosas, muchos de nuestros proyectos de vida están cancelados o postergados. Es hora de recordar que según la Palabra de Dios, el bienestar no depende de lo que ocurra en nuestras vidas sino de las decisiones que tomemos frente a los peores acontecimientos. Recordemos que Pablo y Silas, presos en Filipos, “cantaban a Dios y los presos les oían (Hechos 10:25)”.  

Ahora que no podemos depender de lo bueno que la vida nos depara, todos estamos en iguales condiciones. No importa la nacionalidad, la raza, la religión o el estatus social o económico, todos estamos igualmente amenazados por una pandemia. ¿Lo entiendes? Más hay una importante diferencia en aquellos que servimos a Cristo: ¡el Señor está con nosotros! Y en la noche durará el lloro, pero en la mañana vendrá la alegría. ¿Así esperas?

Aunque ahora pasamos un tiempo donde lloramos, desahogamos frustraciones, el temor, el dolor y la tristeza, también podemos gozarnos en que llegará el tiempo cuando declaremos victoria. No será la victoria por haber concluido una carrera universitaria, porque por ahora, las clases están cerradas. Tampoco la victoria obtenida por un ascenso laboral, porque se están perdiendo los trabajos y los salarios se reducen al mínimo. Ni la victoria de comprar la casa de tus sueños porque la economía está por el piso, ni la victoria del viaje anhelado, porque los vuelos están cancelados, los aeropuertos y las fronteras cerradas. No será la victoria de festejar la llegada de un nuevo hijo, un aniversario, una boda, un cumpleaños. Aunque todos esos eventos siguen ocurriendo, ¡las celebraciones están canceladas! Por ahora, resultan peligrosas, ya que podrían exponernos al contagio.

Esforcémonos por vivir aquí y ahora; sin deprimirnos porque los acontecimientos gratificantes que anhelamos demoran por llegar. Aunque nos asalte la impaciencia y se derriben los muros que ya teníamos construidos para nuestros castillos de ensueño, recordemos que la Biblia dice: “Estad siempre gozosos, orad sin cesar, dad gracias en todo, porque esta es la voluntad de Dios para con vosotros en Cristo Jesús. No apaguéis el espíritu (1 Tesalonicenses 5:17-19)”.

Por lo tanto, no renuncies a sentir el gozo y la satisfacción que te brinda cada día al levantarte y ver el sol que alumbra; al respirar y sentir que el aire llega a tus pulmones; al saber que tu corazón palpita lleno de vida; al poder alzar tus manos en señal de victoria y dar gloria a Dios. Hazle ver al mundo que tu victoria ahora no es la de exhibir tus mejores fotos en Facebook, sino la que se conquista en la quietud de la noche, en el quehacer diario con tu familia, y en la armonía y la paz que Dios otorga por gracia a todos los que le busquen. Convencidos de que esto también pasará, podemos repetir con el salmista: “Pero de día mandará Jehová su misericordia y de noche su cántico estará conmigo, y mi oración al Dios de mi vida (Salmo 42: 8)”. ¡Habrá, sin duda, un mañana de victoria! «

Dinora Lima Nodarse, California, Abril 3, 2020

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Actuar como Jesús (10)

JESÚS Y LA SOLEDAD

Tan pronto como Jesús comenzó su ministerio, se vio rodeado constantemente de multitudes. Al mudarse de Nazaret a Capernaún y comenzar a enseñar en la sinagoga, «todos se admiraban de su doctrina; porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como los escribas (Marcos 1:22)». Para nosotros, tras dos mil años de historia cristiana es fácil de entender: ¡Él era el Hijo de Dios, el Salvador del mundo! Pero sus conocidos recelaron al ver a un coterráneo obrando milagros y compartiendo enseñanzas muy peculiares. No obstante, era lógico que él atrajera a muchedumbres necesitadas y «muy pronto se difundió su fama por toda la provincia alrededor de Galilea (Marcos 1:28)».

Ahora bien, ¿era fama lo que Cristo buscaba? Jesús sanaba a las personas para devolverles su bienestar, no para que otros vieran lo que hacía a fin de aumentar su popularidad. ¿Te parece innecesaria esta última explicación? Con respecto a Jesús, está de más. Con respecto a nosotros, no. Vivimos una época en que la imagen y la popularidad tienen un valor tan absoluto que es fácil sucumbir a la presión imperante. ¿Será por ello que algunos seguidores de Cristo se asemejan más a una impulsiva y petulante farándula que a la humilde manada pequeña a la cual el Padre ha prometido el reino?

Los siervos de Cristo no somos modelos de pasarela buscando impresionar a quienes nos observan en busca del aplauso ajeno. Nuestra única misión es servir con humildad y entrega al Salvador que amamos con todo nuestro ser, nada más. Por lo tanto, cuando nuestro ministerio prospere y sea conocido por todos seamos cuidadosos de cuánto y cómo hablamos de nuestros logros y comportémonos con la humilde dignidad que caracterizó a Jesús.

¿Anhelamos ser elogiados constantemente o que las personas reconozcan el poder y la gloria del Dios que hace maravillas con sus siervos inútiles? Me impresiona que en repetidas ocasiones, después de realizar un milagro Jesús pidiera que no se dijese nada a nadie. Puedes comprobarlo en los siguientes pasajes: Mateo 8:4; 9:30; 12:16; 17:9; Marcos 1:34; 5:43; 7:36; 8:26. Muchos de nosotros, en cambio, luchamos porque todos conozcan en detalle lo que hacemos… ¡y nos sentimos defraudados e injustamente ignorados si nuestros logros pasan desapercibidos!

Jesús tenía razones para pedir prudencia a quienes sanaba. ¿Acaso algunos no quisieron «apoderarse de él hacerle rey» (Juan 6:15)? Como la naturaleza de su misión redentora respondía a un plan divino específico, su fama podría precipitar reacciones o acontecimientos impropios. ¿Comprendes ahora? Tú y yo debiéramos ser prudentes para que otros no juzguen erróneamente las intenciones de nuestro servicio cristiano ─algo que ocurre con frecuencia─, porque puede dañar nuestro testimonio delante de quienes queremos ganar para Cristo. Además, bajo ningún concepto podemos perseguir nuestro encumbramiento personal. Vivimos para exaltar la persona de Jesús y su obra redentora. Sería estupendo que recordásemos las palabras de Juan el Bautista: «A él conviene crecer, más a mi menguar» (Juan 3:30).

¿Cómo resolvía Jesús la tensión resultante de ser una figura pública buscada por todos, y a la vez, no perder la naturaleza redentora de su misión? La Biblia nos advierte que «su fama se extendía más y más; y se reunía mucha gente para oírle, y para que les sanara de sus enfermedades. Más él se apartaba a lugares desiertos y oraba» (Lucas 5:15-16).

Si deseas servir a Cristo y bendecir a muchos, necesitarás aprender que la legitimidad y el prestigio de cualquier ministerio cristiano dependerá de que encuentres un balance equitativo entre las muchas actividades públicas y tu privacidad; entre el actuar a favor de la gente y el cuidado de tu devoción personal; entre tu conocimiento de la Palabra y su aplicación diaria a tu propia vida; entre la complejidad alucinante de una vida pública y el cuidado ineludible de tu vida privada y obediencia a Dios. Jesús, el ser más amoroso y sociable que ha existido, precisó de soledad y quietud, por lo cual se aislaba con frecuencia. Aunque poseía poderes extraordinarios, necesitaba intimidad, privacidad y recogimiento. ¿Podremos hacer como él? Mientras más exitoso y público sea tu desempeño, más necesidad tendrás de privacidad y soledad para encontrarte con Dios y… contigo mismo para mantener la cordura y no se te vayan los humos a la cabeza, algo tan común en la actualidad. Aislarnos de la multitud con frecuencia ─tal como hacía Jesús─, salvaguarda la dignidad y la eficacia de nuestros ministerios.

Tengamos en cuenta que ahora no es solo el contacto personal físico lo que nos convierte en personas públicas con relaciones que reclaman nuestro tiempo. ¿Y qué de las redes sociales? Ni pensar en renunciar a ellas porque usadas con sabiduría y cordura, son una bendición increíble. Ellas amplían el horizonte como nuestros antepasados jamás imaginaron y pueden mantener actualizadas las relaciones con personas que amamos. Sin embargo, ¡urge que aprendamos a controlarlas! Su uso excesivo esclaviza y… corrompe. ¿Piensas que exagero? O dominamos las redes sociales con claras muestras de decencia, prudencia y valores cristianos, o ellas nos infectarán con sus características virales ─altamente contagiosas─ de la frivolidad, el desatino, la falsedad y relatividad ética que caracterizan al pensamiento contemporáneo.

¿Cuánto tiempo de nuestra vida controlan? ¿Qué fotos publicamos y con cuáles propósitos? ¿Qué sentido tiene publicar demasiadas fotos solitarias de mi persona constantemente? ¿Resalta lo que allí compartimos los valores de la fe que profesamos o nuestros intereses, debilidades, frustraciones y excentricidades? ¿Exalta a Cristo todo lo que comento o dedico un tiempo precioso a observar, mientras algunos deberes ineludibles quedan abandonados? La magnitud actual de las redes sociales y su control e influencia sobre nuestras vidas es preocupante. Y repito: Ni pensar en renunciar a ellas, solo que debemos usarlas con cordura y propósito, a fin de dar gloria a Dios y resaltar la belleza, el poder y la seguridad que ofrece la vida cuando él es nuestro Rey y Señor. Usándolas con sabiduría, corrección y bajo la dirección de Dios, nuestra presencia en las redes sociales puede bendecir a muchos.

De todas formas, urge que de vez en cuando hagamos como Jesús y escapemos de la multitud, tanto real como virtual, que cada día tiende a controlarnos e influenciarnos más. Cuando Dios ve que nos apartamos de todo para renovar fuerzas, buscarle y aprender de él, o para atender nuestros deberes familiares con frecuencia abandonados, como conoce el beneficio que recibiremos, casi que podemos oírle comentar desde los cielos:

─¡Me encanta, hijos míos, me encanta!

Permitamos que Dios también haga un “me gusta” sobre nuestras vidas. Enfrentemos con sabiduría y prudencia la influencia perniciosa de la popularidad banal y frívola que entretiene y corrompe a muchos en las redes sociales. Ocupémonos de lo esencial, buscando siempre la dirección de Dios.

Así seremos mejores, y más semejantes a Jesús.

Alberto I. González Muñoz


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